PERRO ANDALUZ

Tengo un perro andaluz que cuando le pones flamenco, baila.

Tengo un ojo cortado por la mitad para ver dos veces la sangre y asegurarme de que fuiste tú.

Tengo una pulsión que se me escapa por las manos, como si dos clavos las atravesaran y mis carnes fueran de plastilina se me abren dos agujeros, tan profundos, como un pozo; de donde salen cientos de insectos escapando de mí, como ratas saliendo de una alcantarilla huyendo de un depredador más grande.

Y lo miro y sonrío -y sonrío- y no dejo de sonreír: estoy tan podrida que ni las alimañas quieren saben de mí, soy libre, al fin, del cargante peso de tener que fingir lo contrario.

Tenemos un baile pendiente, una canción por hacer, una noche que recordemos siempre y un tren a cualquier parte por tomar.

La pena es que, estoy tan vacía, que el tedio ocupa todo el espacio y ya no queda sitio para nada más.

No tengo ni espacio para la dignidad: solo hay que verme.

Me lleno de tus consejos mientras juego con mi perrito andaluz.

Me adentro en unos ojos cargados de inocencia que me recuerdan que, pese a todo el mal, la bondad permanece.

Y, donde todo se llena de belleza, no hay espacio para la tristeza.

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