Si se quita las gafas

Si se quita las gafas

Amparo B.S.

15/03/2021

   Desayunan en la terraza. El sol de un otoño con retraso les permite estar en manga corta. Ella pone la tapa a la mantequilla entre tostada y tostada. Él se mira la mano que no sujeta el tazón de café con leche.

-¿Te has fijado que es en las manos donde primero se nota la edad?

– No, la verdad.

– Mira estas manchas que tienes aquí – y ella se aparta al instante.

– Verás, no estoy hoy para observar el paso del tiempo con tanta atención. ¿A qué hora has quedado con los de la inmobiliaria para ver el piso? ¿Era en el barrio de La Luz, me dijiste?

– Sobre las 12. ¿Por qué? ¿Vienes conmigo a verlo?

– No creo.

       Él la mira con una sonrisa incrédula, se quita las gafas y las deja sobre la mesa. Ella recoge su plato y se levanta.

       Recuerda las primeras veces que intimaron. Él se las quitaba cuando iba besarla y ella temblaba desde el primer gesto porque entonces sabía que no tendría prisa en marcharse, que esa tarde no le esperaban pronto en casa para bañar al niño.

       Tras aquel gesto lento, demorando el placer, su boca se le acercaba y de tan grata ella enloquecía. Sus manos colocadas detrás de las orejas le sujetaban la nuca, luego descendían despacio por la espalda. Sus labios y  su ansiado olor envolvente la atenazaban, le hacían cerrar los ojos que por el momento no volvería a abrir. Seguía un abrazo fundente que aceleraba el pulso, y la intensidad del momento apretado en besos y caricias, los arrastraba al confort del merecido encuentro.

       Cuando ya el sudor dejaba de pertenecer a uno u otro, su propio cuerpo la sorprendía al borde de un abismo de gozo y dolor, de pérdida, de añoranza que comenzaba en ese mismo instante.

       Hoy no quiere besos, sólo quiere acelerar lo que va a suceder. Cuando regresa de la cocina con más café, él bebe su zumo y lleva las gafas puestas.

    – ¿Cuánto tiempo llevo aquí en tu casa, cuatro semanas, cinco? – le pregunta sin mirarla.

    – Cuatro semanas y dos días.

    – Cuatro semanas y dos días que me hiciste sitio en el armario y renovaste mi cepillo de dientes, pero… has estado muy tensa. Creía que era la oportunidad de ensayar algo mejor para los dos.

    – Me acostumbré a estar sola.

    – Pronto volverás a tener tu casa otra vez para ti, tranquila.

      Recogen la mesa entre los dos. Se pone a fregar lo del desayuno mientras él se cierra en el baño. Se oye el agua de la ducha. Ella recorre la casa quitando trastos o cambiándolos de sitio, no sabe bien. Mira el reloj de su cuarto.

      – ¿Vienes conmigo entonces? – pregunta mirándola desde el espejo empañado.

      – Bien. Ahora me arreglo.

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