Escrivivirte

¿Qué es esto?

Hay un enorme agujero en mi abdomen.
Es perfectamente circular y me corta la mitad de los pulmones.
Debido a él se puede apreciar la cortina de mi habitación.
A veces se mitosisea
y se dispersa por todo mi tronco.
Entonces luego ando todo agujereado (como Gruyere).

Si me siento sobre el filo de un día
y balanceo las piernas al compás de notas musicales
puedo ser ligero,
puedo llorar menos.
Porque así descanso del peso de aquellas mirutas trabas.

Los ojos se me hundieron
en el sillón donde me agüité.
Perdí el alma (se escapa por los agujeros),
entonces como que no he sentido bien.

Ni mal.

Tampoco.

Nada.

Es en lo que me convertí:

Nada.

Dejar de ser lugares,
no estar afuera.
Mejor bajo las cobijas de mi cama.
Respirar.

Evoco que me cerré la chamarra
porque el pecho lo traía descosido.
Un atisbo de mis músculos,
de las venas en vuelcos.
Y el viento y los rayos del sol
que se deslizaban con filo
me consumían en ceños fruncidos.
Ahí de por eso me la cerré.

Después tu ausencia es presente.
Me convergía rastreándote en la casa de los abuelos.
Ilusionaba tus llamadas a la cinco de la tarde, con mana’s infiltrándose hasta mi estancia.

La cabeza produciéndome otear recuerdos que de un segundo a otro se mudarían a pétalos de flores,
el viento se los soplaría lejos.
Y yo ahí, sin ojos, sin alma, con el brazo extendido a tu memoria.

Creí que estancado ahí me iba a quedar.
Desangrándome con tanto agujero.

Qué irónico,
eso de querer algo con copiosas ganas,
pero al mismo tiempo
que sea antónimo con cuantiosa fuerza.

Pernoctar con el desasosiego de despertar en un mundo sin ti.
Abrir los ojos sin la posibilidad de recibirte una vez más.
Que la tristeza me escolta.
Que lloro las noches que me llevaría contar las estrellas.
Que estoy perdido en Nunca Jamás.

No me voy a quedar así,
te lo prometí;
con el meñique,
con estirpe,
con verbos,
con la médula.

Mira, me embarqué en una misión.
Aglutinó trozos de Ikigai.
En alguna hora de veinticuatro
pillaré los bastantes para completar aquellos huecos que se me concibieron.

Los voy a cubrir, cada uno,
con vida.
Lo que me dejaste, tus tazas de café.
Para volverme a encontrar.

Aún si prolongo lágrimas, ya no arderán tanto,
porque ya me habré hecho cicatriz.
Una que siempre quedará,
encarrilada a ser un recuerdo más del vestigio de tu amor.
Y mi mueca de dolor se conmutará en mis labios haciéndose comillas.

Extrañándote.

Te extraño.

Siempre.

Etiquetas: poema tristeza vida vivir

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