Interludio Poético: Akiva y Pablo, Piedras del Amor y del Testimonio
En Cesarea Marítima,
dos hombres fueron encerrados,
no por crimen,
sino por destino.
Akiva, pastor de ovejas,
analfabeto hasta los cuarenta,
se enamoró de Raquel,
la hija del hombre más rico de Jerusalén.
Ella lo amó con ternura,
renunció a su oro,
vendió su cabellera rubia
para comprar pan,
y vivió con él en una choza
donde el amor era más fuerte que el hambre.
Un día, Akiva miró una fuente,
y vio una piedra perforada
por la constancia de una gota.
Dijo:
“Si el agua puede abrir la piedra,
también mi alma puede abrirse al saber.”
Y así, comenzó a estudiar la Torá
con los sabios de Israel,
hasta convertirse en fuente rabínica,
en maestro de maestros,
en testigo del Shema
aun cuando su carne fue desgarrada
por los romanos.
Pablo, erudito desde joven,
formado a los pies de Gamaliel,
fue derribado por una luz
en el camino a Damasco.
Allí no perdió su saber,
lo transfiguró.
Y dio todo
para presentar a la Iglesia
como novia pura de Cristo,
como Raquel fue para Akiva:
joya escondida,
corazón fiel.
Ambos fueron piedras:
Akiva, perforada por el agua del estudio,
Pablo, quebrada por la luz del Espíritu.
Ambos fueron testigos:
del amor que renuncia,
de la sabiduría que se revela tarde,
del Dios que transforma cárceles en altares.
“La misericordia y la verdad se encontraron,
la justicia y la paz se besaron.” (Salmo 85:10)
Un día declara a otro sabiduría,
y una noche a otra da conocimiento. (Salmo 19:2)
Cesarea no fue solo prisión.
Fue el lugar donde el amor,
la compasión,
la sabiduría,
y la fe
se encontraron en dos hombres
que, desde caminos opuestos,
llegaron al mismo Aleph.
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Autores o libros favoritos: Jorge Luis Borges, Luigi Pirandelo, Cabrera Infante, Severo Sarduy, Julio Cortazar