Si digo “te quiero”, no estoy mintiendo. La frase —que otros gastan con la liviandad de una moneda falsa— en mí persiste como esas palabras antiguas que han sobrevivido al desgaste del tiempo. No es una invención del instante ni una concesión a la costumbre: es, acaso, una de las pocas certezas que no han sido erosionadas por la duda.
Porque el tiempo, ese paciente corrector de nuestras ilusiones, también testimonia. Y si algo ha permanecido —contra el olvido, contra la rutina, contra esa secreta inclinación al desencanto— es precisamente este afecto que no se resigna a desaparecer. Tanto tiempo tampoco miente: se acumula, insiste, se vuelve argumento.
Tal vez amar sea eso: una obstinación que el tiempo no logra desmentir. Un acto de fe que, repetido en silencio, termina por adquirir la forma de una verdad.
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