DONDE EL SILENCIO APRENDIÓ A AMAR

DONDE EL SILENCIO APRENDIÓ A AMAR

fran

19/05/2026

En Heliópoli, el amor se afinaba como una máquina. Bastaba ajustar una frecuencia para calmar la nostalgia, subir un semitono para devolver la esperanza. Irene Kalos había dedicado su vida a eso: corregir desajustes emocionales desde una consola, convencida de que sentir era un problema técnico. La noche en que activó el archivo AP-Λ/07, pensó en “Zorait Juse”; su nombre parece un anagrama; era alguien a quien había dejado ir años atrás. No recordó su rostro, solo el silencio que quedó después. Cuando la ciudad empezó a vibrar, creyó que era un fallo más. Pero no: eran pausas. Vacíos que deja el amor cuando se va. La música que surgió separaba. Parejas discutieron sin saber por qué. Otros se sentaron a llorar frente a ventanas luminosas. El desamor recorrió Heliópoli como una marea lenta, obligando a cada habitante a escuchar lo que había evitado durante años.

Luego ocurrió algo inesperado. En medio del ruido emocional, aparecieron pequeñas melodías humanas: alguien tarareando para no sentirse solo, dos desconocidos compartiendo el mismo compás al caminar. La ciudad, herida, empezó a latir de nuevo. Irene comprendió entonces que amar no era mantenerse en armonía, sino atreverse a desafinar juntos. El archivo no había fallado: había recordado que el amor no se programa y que el desamor era el silencio necesario antes de volver a escuchar.

Cuando apagaron las torres, la música siguió viva. Y por primera vez, Heliópoli no sonó perfecta, sino sincera.

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