
He llegado a casa, ya de noche, porque la sesión fotográfica para la nueva edición de la revista se había alargado. Pero me vengo quejando y haciendo muecas al caminar. Estas zapatillas me traen de joda, lastimándome por arriba del talón, ahí donde roza cada vez que doy un paso. Que caminar ha sido una tortura.
Listo, me los quito tan pronto como tengo el suelo de loseta blanca frente a mí, arrugo el entrecejo por la frialdad del material aunque al mismo tiempo me pongo una mueca de alivio.
Al fin, adiós, nunca más. Hasta mañana.
Se me ha dado ir de brinquitos hasta el sofá. Aplasto mi cansado cuerpo sobre la comodidad de la tela, subiendo las piernas por el posabrazos y coloco un cojín desgastado para sostenerme la espalda. Porque requiero que algo me sostenga el agotamiento; qué más da si es el cojín o la soledad.
El cambio de luces provenientes de la televisión me baila encima del rostro y mis ojos se hallan atentos a la trama de la serie. No me despego, que ahí me quiero quedar hasta el amanecer, hasta que revise el reloj colgado en la pared y ahora sí, el sueño me gane.
La verdad, sí lo ando dejando, al sueño…que me gane. Para silenciar mis pensamientos; tranquilos quiero que se queden. Tal vez mañana a primera hora deba de situarme unos curitas para cubrir las heridas en mis tobillos. Aunque debería de ponerme curitas en otros lados también.
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