En mi casa había un gato…

Ya tenía varios años. Tenía el pelaje todo raído y lleno de mugre. Como buen gato feral, podías ver en él todos los años que llevaba encima, toda la historia que cargaba detrás. En su mirada cansada se podía ver todo el sufrimiento y el dolor que solo la calle podía darle.

Siempre que intentaba darle de comer, huía. Escapaba sin mediar palabra, pues relacionaba a los seres humanos con el más absoluto peligro, una sentencia de muerte.

En su pelaje podías ver toda la crueldad de nosotros en sus cicatrices, en su enojo y en su desconfianza, cada vez que lo miraba a lo ojos podía ver una mezcla del mas absoluto terror y desprecio.

A veces venía acompañado de otros gatos y gatas más jóvenes. Quizá era por el olor de la comida. Quizá porque les gustaba pasar el rato en la azotea de mi vecino, con total tranquilidad, mientras el sol les pegaba de una manera tan amena y apacible donde nosotros no pudieramos alcanzarlos.

Mientras les daba de comer a los otros gatos, podía observar cómo el buen huraño se acercaba para alejarlos. Quizá ya había perdido demasiados amigos por culpa del veneno escondido en la comida.

Quizá solo podía encontrar saciedad en su apetito con los animales del campo o la basura, cualquier cosa lejos de nosotros podria sonar segura.

Tenía una inmensa herida en uno de sus ojos. Mis padres solían decirle «El Sin Ojo».

Un gato tan testarudo y tan obligado a vivir en la desconfianza solo podía acercarse a su mayor miedo conocido por una sencilla razón:

mi gata.

Siempre, por las mañanas, él la esperaba para verla detrás de los barrotes que separaban mi casa de la del vecino. Quizá lograba verla apenas entre los inmensos barrotes que separaban mi casa de la del vecino, aunque, a veces, ella le correspondía y otras veces no.

Con el paso del tiempo, el gato comenzó a meterse en nuestra casa cuando no había moros en la costa. Podías encontrarlo en la cama de visitas o sobre la ropa doblada, junto a su amante.

Una vez los vi debajo de la cama, tan juntos y acurrucados que, cuando me descubrieron, solo él estalló en alerta. Mi gata, tan compasiva y siempre con ganas de entenderme, frotaba su cabeza contra el corto cuello de aquel gato.

Quizá intentaba hacerle entender que no habría ningún problema.

Que los dos podían descansar esa vez.

Quizá podían seguir disfrutando del sol juntos, en mi cama o en cualquier otro lugar.

Quizá ella tenía fe en que nosotros podríamos darles comida a los dos y que ellos podrían permanecer en esa tranquila eternidad animal de un gato doméstico que desconoce el inevitable destino de todos los que somos seres vivos…

Que, en algún momento, dejaremos de estarlo.

A mi gata la atropellaron una noche.

Y yo lo entendí a él.

Cada día, los dos nos observábamos: yo desde mi ventana y él desde el techo del vecino, esperando que su amada saliera una última vez.

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