Introducción
Esta historia está inspirada en una de las leyendas del folclore iraní; el mito de Amu Nouruz y Nané Sarmá. El Nouruz es la festividad más grande de Irán, una celebración milenaria que marca el comienzo del Año Nuevo iraní (en Irán, el año nuevo comienza con la primavera), y el renacimiento de la naturaleza. Esta historia fue escrita con el propósito de dar a conocer esta leyenda y varias de las tradiciones más importantes que rodean al Nouruz.
El encuentro
En lo más alto de la montaña, en un lugar donde las nubes ocultaban el sol, vivía ella. Su palacio era de piedra oscura y hielo. Su piel era tan blanca como la primera nevada del año y sus manos eran de un cristal frío.
Su único propósito en el mundo era mantener vivo el invierno. Estaba sola. Nadie subía a su montaña. Nadie hablaba con ella. Pero su corazón ardía por un hombre al que nunca había visto. Faltaban pocas horas para su llegada; entonces, comenzó su antiguo ritual. Una ceremonia para expulsar la tristeza, el dolor y el polvo del año viejo a través de limpiar la casa. Con una escoba hecha de ramas secas, barrió cada rincón. Abrió las ventanas pesadas para que el aire antiguo saliera volando. Lavó cada piedra del suelo con agua helada hasta que brillaron.
En el centro de la gran habitación, preparó una mesa de madera. Sobre ella, colocó objetos. Primero, puso un puñado de brotes verdes que había cultivado en la oscuridad, regándolos cada noche con sus propias lágrimas heladas. Después, colocó una manzana roja y redonda. Al lado, un cuenco con vinagre y por último, un espejo antiguo. Se miró en él. Vio sus ojos cansados y su cabello de plata. El amor entre ellos era hermoso, pero también era una condena cruel. Ellos eran las dos mitades del año, los guardianes del tiempo que no podían coexistir en el mismo suelo. Él era el viajero de la primavera, encargado de despertar los campos con sus pasos. Ella era la reina del hielo, la encargada de adormecer la tierra bajo su manto. El destino había escrito que para que el ciclo de la vida continuara, el invierno debía retirarse por completo antes de que la primavera diera su primer aliento. Si se encontraban, el equilibrio del universo se rompería: o ella moriría derretida al instante bajo su fuego, o el frío de ella apagaría las flores que él traía. Su amor exigía una distancia imposible. Para que el mundo viviera, para que las flores nacieran, ella tenía que dormir. Pero este año, ella quería desafiar al destino.
De repente, el viento sopló con más fuerza por la ventana. Olía a jazmín y a un fuego lejano y alegre. Él estaba subiendo la montaña. Ella preparó un té caliente y pintó sus ojos de negro con carbón para estar hermosa. Se puso su mejor vestido, uno que brillaba como las estrellas en la nieve. Se sentó en su silla de madera, frente a la pesada puerta. «Solo quiero ver sus ojos una vez», pensó, apretando las manos. «Solo un segundo, solo cruzar nuestras miradas, y luego aceptaré mi final». Pero el calor de él, que ya subía por los escalones de piedra, era como un veneno dulce y letal. El aire de la habitación cambió. Sus dedos comenzaron a derretirse lentamente, cayendo al suelo en gotas transparentes. Sentía un dolor extraño. Un sueño pesado y profundo cayó sobre sus párpados. Era una magia antigua que ella no podía controlar. Todos los años pasaba eso. Luchó con todas sus fuerzas. Se mordió los labios. Miró la puerta, intentando respirar, intentando gritar su emoción, pero la ley del universo era más fuerte que su amor. Su cabeza cayó sobre su pecho. Cerró los ojos y se hundió en un silencio absoluto.
La pesada puerta de madera se abrió con un crujido. Él entró. Llevaba una capa tejida con hojas verdes y en su cabello brillaba la luz del sol. Debajo de sus botas, la nieve del suelo se convertía en hierba fresca. Al verla dormida en la silla, detuvo sus pasos. Su corazón se rompió en mil pedazos. Era tan hermosa, tan pálida y tan frágil. Avanzó despacio. Se detuvo a un centímetro de su piel. Quiso besar su frente y quiso abrazarla, pero sabía que su calor sería un fuego mortal para ella. Se conformó con mirarla en silencio, con los ojos llenos de lágrimas. Tomó la taza de la mesa y bebió el té que ella le había preparado. Sabía que no podía quedarse. El mundo entero esperaba su llegada. Todos esperaban la primavera, y su simple presencia, la estaba destruyendo.
Antes de irse, sacó una pequeña flor de su bolsillo, la primera flor del año, y la dejó sobre la mesa, justo junto a la manzana roja. Luego, tomó un trozo de papel viejo. La miró por última vez en ese año, respiró hondo, tomó una pluma y escribió algo rápido, con la mano temblando. Dejó la nota sobre la mesa, dio media vuelta, cerró la puerta despacio y desapareció. Muchas horas después, ella despertó. Se levantó rápido y miró la mesa. La taza de té estaba vacía. Vio la pequeña flor, y junto a ella, el papel pequeño.
Lo tomó con sus manos temblorosas. Su corazón latía con fuerza. Bajó la vista y leyó el mensaje: «No me esperes». Ella sonrió con una tristeza y el papel cayó lentamente de sus manos hacia el suelo mojado. Ella miró por la ventana, sabiendo que, el próximo año, volvería a limpiar la casa, volvería a poner la mesa, y en secreto, volvería a esperarlo…
Kasra Shayesteh
Verano de 2026
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