Estaba barriendo. La planta baja. La planta baja había estado en obras, habían hecho unas rampas para minusválidos. Barría con la escoba vieja, la de cerdas duras. El polvo de la obra se había incrustado en el suelo, y la otra escoba solo se arruinaría. Barría la nueva rampa. Estaba hecha con losas antideslizantes. El polvo de la obra se había adherido a ellas y tenía que rascar para poder sacarlo. Rascaba y rascaba, ganaba poco a poco terreno a aquella rampa. Hasta que detecté un punto rojo en la esquina que estaba a punto de rascar. Me detuve por poco, el punto parecía moverse. Me incliné, y ahí estaba. Una mariquita. De niño, podía arrancarles las antenas a unas hormigas para que sembraran el caos en el hormiguero. Podía tapar el hormiguero con tierra, o inundarlo. Pero nunca me atreví a hacer daño a una mariquita. Por eso detuve la escoba. Si fuera una araña, ya la habría empalado con las duras cerdas. Si fuera una cucaracha, la habría aplastado con urgencia. Me agaché, y con gran cuidado, traté de que subiera a mi guante. Volcó varias veces, pataleaba despacio. Estaba muy débil. ¿Cuánto tiempo llevaría en esa esquina? Al final trepó a mi dedo, y con cuidado me incorporé. Había una ventana a la altura de mi cabeza, estaba en un bajo. Desde ahí, a través de la celosía, podía ver el camino de piedra a ras de suelo, y el césped de la piscina al otro lado. Solo tenía que soplar lo suficiente para que la mariquita llegase al césped. Cogí aire, soplé fuerte, pero la mariquita cayó a medio camino, panza arriba, en el camino de piedra. ‘Cojones’ mascullé. Ahora tenía que subir, salir, rodear el bloque y llegar al pasillo, encontrarla, y depositarla en el jodido césped. Pero la mariquita logró incorporarse. Me sorprendí absorbido y anhelante mirando como aquel diminuto y cansado insecto caminaba hacia la hierba. 

Un chillido, una deportiva Skechers diminuta, de vivos colores, pasó como un vendaval y de la mariquita no quedó ni rastro. Luego la voz monótona de una madre cansada pero orgullosa. ‘Hugoooo, no corras tantoooo’. Las zapatillas Skechers brillantes saltaban y se movían descontroladas de un lado a otro, celebrando su reciente y avasalladora vitalidad, hasta que desaparecieron. Yo seguía mirando, a ras de suelo, detrás de la celosía de cemento. Consistía en unos rombos achatados y grises, que se repetían una y otra vez.

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