
Todavía recuerdo con la nostalgia de los buenos tiempos aquellas tardes de ensayos en el colegio para prepararnos e interpretar entretenidas obras de teatro que deslumbraban a los espectadores. Desde mi primer rol en una historia de romance juvenil hasta aquel papel de una torpe empleada doméstica, para mí, el teatro siempre fue un espacio donde la imaginación y la creatividad no tenían límites.

Me disfracé de elfo en un musical navideño e interpreté a una joven ingenua que se enfrentaba a un maniático en plena cita fallida. Cada personaje me enseñó algo distinto y comprendí que actuar es mucho más que memorizar un libreto o lucir un disfraz: Es abrir la puerta a mundos desconocidos, sentir que se viven otras vidas y darles voz a emociones ocultas en la vida cotidiana.
El legendario dramaturgo William Shakespeare una vez dijo: «El mundo entero es un teatro». No hay mejor escenario que el que nos da la oportunidad de descubrir quiénes somos mientras jugamos a ser otros.
Algo que hace del teatro una experiencia inolvidable es su poder de llevarnos de la mano por ese complejo universo de nuestra propia humanidad. No se puede transmitir al público una emoción que no se haya explorado primero en nuestro interior, es ahí donde radica el poder del teatro de transformar realidades.
Subirse a un escenario para darle vida a un personaje requiere valentía, conocerse a sí mismo y confiar en el talento que cada uno posee -habilidades esenciales para el éxito en la vida real-. Después de todo, ¿Quién no quisiera tener el valor de salir de su zona de confort e intentar algo nuevo con la seguridad de alguien que desde hace mucho tiempo atrás perdió el miedo al «qué dirán»?
El teatro se transforma en una herramienta para comunicar lo que pensamos o sentimos con una mirada segura y una voz firme.
El teatro se convierte en el escenario perfecto para transmitir a través de historias y personajes, los valores y principios que nos representan como seres humanos.
No solo se trata de lo que el público ve: Detrás del telón se genera un arduo trabajo en equipo -desde el actor que tiene el rol protagónico hasta el encargado del vestuario y la iluminación- cada rol es importante para que el guion cobre vida y se logre ofrecer a los espectadores un memorable espectáculo.
El teatro nos enseña a escuchar a los otros, a ponernos en sus zapatos y a comprender distintas miradas del mundo en el que vivimos. Por lo tanto, nos convertimos en personas más empáticas, tolerantes y capaces de valorar la creatividad y las diferencia que enriquecen a cualquier grupo humano.
El teatro es capaz de forjar valiosas habilidades blandas, no se trata solo de actuar, se trata de enfrentarse a desafíos que ponen a prueba nuestro liderazgo y nuestra capacidad de resolver problemas en cuestión de minutos o incluso segundos. En cada ensayo y función, aunque sea de forma indirecta, el teatro nos prepara para la vida.
Lo que comienza como el reto de darle vida a un guion termina convirtiéndose en la habilidad de redactar cualquier tipo de texto. Las diferencias creativas con el elenco se vuelven un entrenamiento para resolver conflictos y crisis en cualquier entorno. La visión de un director que logra que todo sea perfecto en el escenario se transforma en el talento de un líder para inspirar lo mejor de su equipo.
En ese sentido, el teatro es mucho más que arte: Es una escuela de vida. La vida universitaria, con su montaña de trabajos y parciales, a menudo deja poco espacio para un respiro. El estrés se acumula y el tiempo libre parece un lujo inalcanzable. Por eso el teatro puede llegar a ser un refugio donde, por un momento, dejamos de lado la presión académica y nos sumergimos en un mundo lleno de creatividad, encontrando el placer y la satisfacción de hacer algo por puro gusto…
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