Enano, tengo una idea

Enano, tengo una idea

Ojo de Gato

30/07/2026

Corría el año 1983. O quizás 1984. No estoy completamente seguro. En esos años uno no llevaba la cuenta del tiempo. Sabíamos que era lunes porque había colegio, sábado porque había partido y domingo porque nuestras madres nos obligaban a preparar todo para el colegio del día siguiente.

Yo tenía una pequeña pecera en mi casa.

Cuando digo pequeña, me refiero a que, si los peces hubieran tenido sindicato, seguramente habrían denunciado hacinamiento. Medía unos cuarenta centímetros de largo por veinticinco de alto. Era prácticamente una lonchera con agua.

Allí vivían varios guppys, unos neón tetra y un solo escalar, que nadaba siempre de costado porque probablemente no tenía espacio para darse la vuelta.

La pecera había ingresado a mi casa en contra de la voluntad de mi vieja, Alicia.

Mi mamá estaba convencida de que los peces traían mala suerte.

Nunca supe de dónde había sacado esa teoría. Quizás algún pez la había estafado de joven. Tal vez una trucha le había quedado debiendo plata. Lo cierto es que Alicia miraba a mis peces con profunda desconfianza.

Pasaba junto a la pecera, los observaba y decía:

—Esos peces traen mala suerte.

Los peces, por su parte, seguían nadando con cara de inocentes, como si no estuvieran preparando nada.

Uno de mis mejores amigos del barrio era el Cabezón Yuri.

Le decíamos Cabezón por una razón bastante evidente. Yuri tenía una cabeza generosa, adelantada a su tiempo y al resto de su cuerpo. Cuando doblaba una esquina, primero aparecía su cabeza y unos segundos después llegaba él.

El Cabezón adoraba mi pecera.

Cada vez que iba a mi casa se sentaba frente a ella y se quedaba observando a los peces en silencio.

Podía pasar varios minutos así.

Yo no sabía si le gustaban mucho los peces, si estaba meditando o si simplemente prefería contemplar un guppy antes que escucharme hablar.

Un día, mientras observaba al escalar intentando estacionarse entre dos piedras, tuvo una idea.

—Enano —me dijo—, ¿qué tal si compramos una pecera más grande?

—¿Para qué?

—Juntamos tus peces con otros, se reproducen y vendemos las crías.

La propuesta era brillante.

Al menos así nos pareció durante los primeros treinta segundos.

En menos de cinco minutos habíamos fundado una empresa internacional de producción, distribución y venta de peces ornamentales.

No teníamos pecera grande.

No sabíamos distinguir un pez macho de una hembra.

No teníamos clientes.

No sabíamos cuánto demoraban los peces en reproducirse.

Tampoco sabíamos si los peces querían colaborar con nuestro proyecto empresarial.

Pero ya estábamos calculando ganancias.

—Imagínate, Enano —decía el Cabezón—. Cada pez tiene hijos, esos hijos tienen más hijos y los vendemos todos.

Era prácticamente una estafa piramidal, pero con agua.

Nuestro imperio acuático tenía, sin embargo, un enorme problema.

Alicia.

Mi vieja medía apenas un metro cincuenta y cinco, pero cuando se oponía a algo podía crecer hasta los tres metros, echar humo y lanzar fuego por la boca.

Era una mujer pequeña, pero tenía la capacidad de ganar cualquier discusión. Incluso mi viejo, el Gato Mayor, hombre de carácter y dueño oficial de la casa, sabía cuándo debía retirarse del campo de batalla.

A veces intentaba apoyarme:

—Alicia, deja que el muchacho…

Entonces ella lo miraba.

Mi papá aclaraba la garganta y corregía:

—Deja que el muchacho saque inmediatamente esos peces de aquí.

Teníamos que encontrar una forma de llevar una pecera más grande a mi casa sin que mi madre llamara al Ejército.

Después de una larga reunión de directorio, celebrada en la vereda del barrio mientras comíamos un pan con algo que parecía jamón, encontramos la solución.

La pecera estaría un mes en la casa del Cabezón y al mes siguiente en la mía.

Custodia compartida.

Treinta días cada uno.

Mi pequeña pecera funcionaría como maternidad, hospital, guardería y, en caso de ser necesario, comisaría acuática.

Acepté el plan con una sola condición:

—El primer mes tiene que estar en tu casa.

Necesitaba treinta días para convencer a mi mamá.

Durante ese tiempo pensaba hablarle de la responsabilidad, del amor por los animales, de la ciencia, de la naturaleza y de todos los beneficios psicológicos de observar peces.

Y si nada de eso funcionaba, pensaba introducir la pecera una madrugada y esperar que no se diera cuenta.

Comenzamos a juntar nuestras propinas.

Fueron ocho semanas de sacrificios.

Dejamos de comprar gaseosas, chocolates, panes con salchicha, salteñas y algunas cosas fundamentales para nuestra alimentación en la pubertad.

Finalmente reunimos el dinero.

Un miércoles, al salir del colegio, fuimos a Casa Mis Amigos, una conocida tienda del centro de Arequipa.

Allí elegimos la pecera.

Era enorme.

Bueno, no era enorme, pero comparada con mi lonchera acuática parecía el océano Pacífico.

Compramos un filtro, un termostato, grava, piedritas, plantas, una red, azul de metileno, verde malaquita y varios frascos que compramos únicamente porque el vendedor hablaba de ellos con mucha seguridad.

También adquirimos nuevos peces.

Goldfish, escalares, tetras, mollys negros y un pez basurero.

El pez basurero nos pareció fundamental. Era el único empleado contratado para trabajar. El resto solamente debía nadar, comer y reproducirse.

Nosotros ya éramos los gerentes generales.

Salimos de Casa Mis Amigos cargando la pecera, los accesorios y varias bolsas transparentes llenas de peces.

Tomamos un taxi rumbo a La Aurora N-1, la casa del Cabezón.

Durante el camino mirábamos nuestras bolsas con orgullo.

La gente podía ver dos adolescentes cargando peces.

Nosotros veíamos a dos jóvenes empresarios transportando el primer lote de una futura multinacional.

Llegamos a la casa y entramos al escritorio.

Juntamos dos bancos y colocamos la pecera encima.

Pusimos la grava, las piedras previamente hervidas, las plantas y unos adornos que pretendían imitar el fondo del mar.

Instalamos el filtro.

Colocamos el termostato.

Llenamos la pecera.

El agua comenzó a circular y aquello parecía profesional.

El Cabezón y yo nos mirábamos con una mezcla de emoción y absoluta ignorancia.

Mientras el agua alcanzaba la temperatura adecuada, cruzamos hasta mi casa para recoger mi pequeña pecera.

Alicia nos encontró transportándola.

—¿A dónde se llevan esos peces?

—A una casa más grande —respondí.

Mi vieja miró al Cabezón.

Luego me miró a mí.

Después miró la pecera.

—Esos peces traen mala suerte.

—Sí, mamá.

No quise discutir. Los grandes empresarios tienen que saber manejar a los inversionistas difíciles.

Regresamos a la casa del Cabezón y pasamos todos los peces a la nueva pecera.

Fue un momento emocionante.

Los neones nadaban entre las plantas.

Los goldfish recorrían el lugar como si fueran turistas.

Los escalares se movían con elegancia.

Los mollys negros parecían guardaespaldas.

Y el pez basurero se pegó al vidrio y comenzó a trabajar sin preguntar por su sueldo.

La empresa estaba oficialmente inaugurada.

Nos sentamos a contemplarla.

—Nos vamos a llenar de plata —dijo el Cabezón.

—Claro —respondí.

No sabíamos cuánto costaba criar un pez ni cuánto pagaba alguien por comprarlo, pero ya pensábamos en jubilarnos jóvenes.

Entonces ocurrió.

El Cabezón miró la pecera y dijo:

—Enano, ¿no te parece que está muy abajo?

Observé los dos bancos.

—Sí. Mejor la ponemos encima del escritorio.

En ese momento aparecieron la abuela Daría y Felita, la chica que ayudaba en la casa.

Ambas analizaron la situación durante aproximadamente medio segundo.

—No carguen esa pecera llena —dijeron—. Se va a romper.

Era una advertencia razonable.

Tenía lógica.

Era fácil de comprender.

Venía de dos personas adultas que claramente sabían más que nosotros.

Por supuesto, decidimos ignorarla.

—No pasa nada —dijo el Cabezón.

Cuando un adolescente pronuncia la frase “no pasa nada”, normalmente está a punto de pasar todo.

Cada uno agarró un extremo de la pecera.

La levantamos.

Pesaba como si adentro hubiera un hipopótamo.

—Levanta tu lado, enano.

—Estoy levantando.

—Se está inclinando.

—Porque tú estás bajando.

—Yo no estoy bajando.

—Tu cabeza pesa más que toda la pecera.

—Cállate y empuja.

La abuela Daría gritaba desde atrás:

—¡Déjenla donde estaba!

Felita repetía:

—¡Se va a romper!

Nosotros seguíamos avanzando hacia el escritorio con los brazos temblando y la inteligencia completamente desconectada.

Cuando estábamos a punto de colocarla sobre el mueble, escuchamos un ruido.

Crac.

Nos quedamos paralizados.

Durante un par de segundos no pasó nada.

Luego el fondo de la pecera se abrió como las compuertas de una represa.

El agua cayó sobre el escritorio.

Los papeles comenzaron a navegar.

Los lapiceros flotaban.

Un cuaderno pasó frente a nosotros como una balsa.

Las plantas salieron disparadas.

Las piedritas rebotaron por todas partes.

Los peces quedaron regados sobre el piso de parquet, saltando desesperados.

Un goldfish cayó dentro de un zapato.

Un molly negro terminó debajo de una silla.

Los neones parecían luces de discoteca con problemas respiratorios.

El escalar quedó pegado contra la pata del escritorio, mirándonos con una expresión que decía:

“Yo vivía tranquilo en la pecera chiquita, par de cojudos”.

El pez basurero apareció adherido a una carpeta. Era el único que seguía trabajando en plena catástrofe.

Y el Cabezón y yo sufrimos un ataque de risa.

Nos reíamos mientras intentábamos recoger a los peces.

No era maldad.

Era nerviosismo.

O estupidez.

Probablemente ambas.

—¡Les dijimos! —gritaba la abuela Daría.

—¡Les dijimos que no la levantaran! —repetía Felita.

Yo perseguía un tetra que saltaba entre mis manos.

El Cabezón intentaba sacar al goldfish del zapato.

La abuela levantaba los papeles mojados.

Felita traía trapos.

Y el pez basurero continuaba pegado a la carpeta como si aquello no estuviera incluido en su contrato.

Recogimos todos los peces y los metimos en mi pequeña pecera.

Quedaron apiñados.

Eso ya no era una pecera.

Era un microbús a las seis de la tarde.

Los peces viajaban cuerpo a cuerpo.

Los goldfish no podían moverse.

Los escalares estaban obligados a nadar parados.

Los neones habían desaparecido entre la multitud.

El pez basurero probablemente iba colgado de la puerta.

Secamos el escritorio.

Recogimos los vidrios.

Intentamos ordenar el lugar.

No quedó bien, pero después de una inundación con animales voladores, uno reduce sus expectativas.

Decidimos volver a Casa Mis Amigos para que repararan la pecera.

Antes de salir observé nuestro acuario provisional.

—Cabezón, ¿no estará muy fría el agua?

Yuri miró la pecera.

Luego miró el termostato de la pecera grande.

—Mételo ahí y vamos.

Metí el termostato grande dentro de la pequeña pecera y nos fuimos.

En Casa Mis Amigos nos dijeron que podían reemplazar el fondo.

Dejamos la pecera y, como habíamos gastado hasta la última moneda, tuvimos que regresar caminando desde el centro.

Fue casi una hora de camino.

Y lo más increíble es que durante esa hora seguimos hablando del negocio.

—Cuando reparen la pecera compramos más peces —dijo el Cabezón.

—Sí.

—Podemos cobrar más por los escalares.

—Claro.

—Después compramos otra pecera.

—Y abrimos una tienda.

Nuestra empresa había durado menos de treinta minutos, había inundado una casa y casi había matado a todos sus empleados.

Pero nosotros ya planeábamos abrir una sucursal.

Llegamos finalmente a La Aurora.

Entramos al escritorio.

La pequeña pecera estaba allí.

En silencio.

El agua parecía una sopa.

Todos los peces flotaban.

Los goldfish.

Los neones.

Los mollys.

Los escalares.

Los guppys.

El pobre pez basurero, que había trabajado hasta el último minuto de su vida.

El termostato diseñado para una pecera grande había calentado aquel pequeño recipiente como si estuviéramos preparando un caldo de pescado.

Nos quedamos quietos.

Esta vez no nos dio risa.

La empresa cerró oficialmente ese día.

No hubo junta de accionistas.

No hubo liquidación.

No hubo comunicado de prensa.

No vendimos un solo pez.

Nuestro balance comercial fue sencillo: cero ingresos, una pecera rota, un escritorio inundado, varios papeles destruidos y todos los empleados fallecidos.

Cuando regresé a mi casa, le conté a Alicia lo que había ocurrido.

Mi mamá me miró.

Guardó silencio unos segundos.

Pudo haber dicho:

—Te lo advertí.

Pudo haberme recordado que los peces traían mala suerte.

Tenía todas las pruebas a su favor.

Pero no dijo nada.

Quizás vio mi cara.

Quizás comprendió que ya habíamos aprendido la lección.

O quizás estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no reírse.

Han pasado más de cuarenta años desde aquella tarde.

Ya no recuerdo cuántos peces compramos, cuánto dinero puso cada uno ni cuánto costaba la pecera. Pero todavía puedo verme caminando con el Cabezón desde el centro de Arequipa, sin una moneda en los bolsillos, cansados y hablando de nuestro futuro negocio como si la pecera no se acabara de partir en dos.

Éramos unos idiotas.

Pero éramos unos idiotas felices.

Eso tenía la amistad en aquellos años: bastaba que uno dijera:

—Tengo una idea.

Y el otro respondiera:

—Ya, vamos.

No preguntábamos cuánto costaba, qué podía salir mal o quién iba a pagar los daños. Primero nos metíamos en el problema y después veíamos cómo salir. Casi nunca salíamos bien, pero salíamos juntos.

Con los años uno conoce a mucha gente. Compañeros, vecinos, clientes, personas que pasan por nuestra vida y luego se van borrando, como nombres escritos con el dedo sobre un vidrio mojado.

Pero los amigos de la infancia no se borran.

Ellos conocieron nuestra versión más verdadera: cuando no teníamos dinero, ni experiencia, ni nada importante que ofrecer. Nos quisieron simplemente porque éramos nosotros.

Cuando recuerdo aquella pecera, no pienso primero en los peces muertos. Pienso en el Cabezón riéndose conmigo mientras el agua inundaba el escritorio. Pienso en la abuela Daría gritándonos, en Felita corriendo con los trapos y en dos muchachos convencidos de que iban a hacerse millonarios.

Y también pienso en todo lo que había alrededor y que entonces parecía eterno: mi vieja Alicia esperándome en casa, el Gato Mayor por ahí, el barrio completo y los amigos viviendo a unas cuantas puertas de distancia.

Uno no lo sabía, pero ya era rico.

Hoy daría cualquier cosa por volver cinco minutos a esa tarde.

No para salvar la pecera.

Ni siquiera para salvar a los peces.

Volvería solo para caminar otra vez junto al Cabezón, sin una moneda en el bolsillo, escuchándolo hablar de nuestro futuro negocio.

Y cuando me dijera:

—Enano, tengo una idea.

Yo volvería a responderle:

—Ya, Cabezón. Hagámoslo.

Aunque supiera que todo iba a terminar mal.

Porque a veces lo importante no es que las cosas salgan bien.

Lo importante es tener a alguien con quien equivocarse, reírse y luego caminar de regreso a casa.

Los peces duraron unas horas.

La pecera, mucho menos.

Pero aquella tarde se quedó conmigo para siempre.

Y ahora entiendo que la verdadera fortuna no era el negocio que soñábamos construir.

Era tener quince años.

Era tenerlos a todos todavía.

Y era caminar al lado de un amigo, creyendo que la vida recién comenzaba.

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