El callejón olía a cerveza derramada, a grasa quemada y a algo más dulce y podrido que subía de los botes de basura apilados junto a la pared de ladrillo. La humedad de la noche se pegaba a los adoquines resbaladizos, a las cañerías oxidadas que bajaban como venas por la fachada trasera del edificio. Nadie ponía letreros en la parte de atrás de un bar como aquel; el nombre, The Alley, solo se oía —alguien lo mencionaba adentro entre risas, un mesero lo gritaba al pasar un pedido, un borracho lo arrastraba al despedirse— y de tanto oírlo repetido entre el humo y las copas, terminaba por sentirse más real que cualquier rótulo pintado.

Ella estaba sentada sobre el estuche de su saxofón, la espalda contra el ladrillo frío, las piernas cruzadas y el cuello del abrigo levantado contra un frío que se colaba como un cuchillo fino. Tenía las manos metidas en los bolsillos, y cuando las sacó para encender otro cigarrillo —el penúltimo del paquete—, la luz del fósforo le mostró unos dedos ásperos, marcados por quemaduras pequeñas y por un trabajo que no perdonaba descansos.

Adentro, la banda tocaba un tema lento que se estiraba como el humo bajo una lámpara amarilla. Se distinguía apenas el pulso caminante del contrabajo de Thomason, y encima, la voz de metal del saxo de Flobber sosteniendo una nota larga hasta apagarla como una brasa. La puerta trasera, de lámina abollada, dejaba escapar ese hilo de música cada vez que alguien la entreabría, junto con un vaho de tabaco, whisky barato y carne asada. Flobber era el único, adentro, que sabía que ella esperaba ahí fuera; había sido él quien la invitó, con una promesa a medias, a tomar el saxo cuando la banda hiciera su pausa.

Bebió de una jarra de cristal empañada que se había robado horas antes, cuando entró un momento a calentarse las manos y encontró a un cliente demasiado ocupado coqueteando como para notar que su bebida cambiaba de dueña. Sus dedos parecían saber hacerlo sin que ella lo pensara demasiado, con la misma soltura distraída con que otros se guardan una servilleta en el bolsillo.

La puerta chirrió. Salió un hombre delgado, con delantal manchado de grasa y una bandeja de desperdicios: cáscaras, huesos, restos de pescado frito. Era mesero y cocinero a la vez, de esos hombres que en lugares como aquel hacían de todo. Detrás de él se coló un fragmento de conversaciones cruzadas, una carcajada de mujer, el choque de vasos, y la voz rota de algún borracho que canturreaba, desafinado, una tonada de iglesia que no tenía nada que ver con lo que tocaba la banda. Ella levantó una ceja y señaló con la barbilla hacia la puerta, preguntando sin palabras si ya era su turno. El hombre se encogió de hombros, negó con la cabeza y volvió a desaparecer tras el metal abollado.

El hambre le apretaba el estómago. El frío le calaba los huesos. Había que esperar.

Poco después salió otro hombre, tambaleante, la corbata floja, el aliento cargado de bourbon, mientras adentro el piano de Bubbles tejía un enlace de acordes que se resolvía una y otra vez sin llegar a ninguna parte, como si dudara. El borracho se acercó demasiado, murmuró algo sobre lo bonita que se veía ahí, sola, en la oscuridad. Ella se puso de pie de un salto, tomó el estuche del saxofón como quien agarra un escudo, y retrocedió hacia la sombra más profunda mientras, a lo lejos, alguien reía un chiste que no le tocaba oír. El mesero volvió a salir a tiempo, arrastró al borracho hacia dentro sin mucho esfuerzo, y luego, ya solos, le tendió un cigarrillo en silencio. «Perdón por eso» dijo, con la voz baja de quien pide disculpas ajenas. «Gracias», contestó ella, y la palabra le salió quebrada, raspada, como si llevara toda la noche fumando y no solo media hora.

El hombre asintió y entró de nuevo. La puerta, al cerrarse, dejó escapar un compás más fuerte: el redoble corto de Wilson, un platillo que chisporroteaba. Cada vez que se abría, la música crecía un poco más, y cada vez traía consigo un instrumento distinto, como si el callejón fuera aprendiendo la canción por partes: primero solo el bajo de Thomason, después un acorde suelto de Bubbles, después el brillo metálico de la trompeta de Blanthon abriéndose paso con sordina.

Y entonces la reconoció.

La batalla de Greenville. Un tema endiablado que solo los valientes se atrevían a tocar en vivo: cambios de acorde que se sucedían como relámpagos, un tempo que corría más rápido de lo que cualquier voz podía cantar, resoluciones de ii-V-I encadenadas sin respiro, saltos de octava que exigían un fuelle de acero. Abrió el estuche —abollado, de cuero pelado en las esquinas— y sacó el instrumento: uno de segunda mano, comprado en una casa de empeños del centro, con los ahorros de meses lavando autos; un saxofón con el barniz comido por el tiempo y las llaves reparadas por ella misma, con alambre y paciencia.

Se llevó la boquilla a los labios y entró en la pieza junto a la banda invisible, arpegio tras arpegio, corchea tras corchea, en frases cromáticas que subían y bajaban como una escalera incendiada. El sudor empezó a brotarle en la frente y en el cuello, no por el frío sino por el esfuerzo, por la pasión que le exigía cada compás vertiginoso, y con el sudor llegó también el olor de la cocina, la grasa caliente, y ese olor la devolvió, sin aviso, a otra cocina, años atrás, a un hombre de delantal manchado que llevaba bandejas toda la noche y que, entre plato y plato, tarareaba escalas con una voz baja que solo ella podía oír.

Su padre nunca había tenido escenario propio. Soñaba con uno, lo dibujaba en el aire con los dedos mientras fregaba vasos, pero la pobreza no perdona sueños: apenas alcanzaba para el alquiler, para el pan, y el sueño se fue quedando en la cocina, entre el vapor y las órdenes gritadas. Después llegó el hospital, las sábanas demasiado blancas, la voz de un médico que hablaba de algo que crecía por dentro sin permiso, y luego, al final, solo quedó un estuche con un saxofón dorado que él le puso en las manos como quien entrega lo único verdadero que tuvo. Mientras tocaba ahora, en las frases rápidas y quebradas del bebop, sentía esa mano vieja guiando la suya, un fraseo heredado, un fantasma metido en cada corchea.

Ese saxofón dorado ya no estaba con ella. Se había perdido dos años atrás, en un bar parecido a este, una noche que la música misma parecía empeñada en desenterrar. Había bebido de más, había fumado algo que no debía, y el vértigo la había llevado al baño de aquel lugar junto a una mesera de cabello teñido de rubio y de senos firmes que se llamaba María, con la misma facilidad distraída con que antes había buscado, sin culpa ni prisa, el calor de otras mujeres, y a veces el de algún hombre. Cuando salió del baño, tibia todavía, el estuche dorado ya no estaba donde lo había dejado. Creía saber quién se lo había llevado. Fantaseaba, mientras tocaba este instrumento prestado por el destino y la necesidad, con el día en que pudiera recuperarlo, aunque fuera solo para tenerlo cerca una vez más.

Le habían dicho —no una vez, sino varias, entre susurros de gente que no tenía por qué mentirle— que tocaba mejor que su padre, y hasta mejor que Flobber. Ella no terminaba de creerlo; le sonaba a cortesía de borrachos generosos. Pero lo había oído, y esa frase, sin que se lo propusiera, se le metía entre las notas cada vez que soplaba con más fuerza de la necesaria.

No era la primera vez que tocaba en un bar. Había subido a un par de tarimas prestadas, había llenado huecos de última hora cuando algún músico no llegaba. Pero conseguir esas oportunidades era como pescar en río revuelto: raras, breves, y siempre a merced de la buena voluntad de alguien más. Su consagración, si es que existía, seguía siendo una luz distante, casi una ilusión que se permitía imaginar solo en noches como esta.

Hombres salían de tanto en tanto a fumar, a orinar contra la pared, a reírse de algún chiste que traían de adentro, y se detenían un instante al oírla, sorprendidos, antes de volver a entrar sin decir palabra, dejando que la puerta escupiera otra vez la música más fuerte: el redoble de Wilson persiguiéndola por detrás, los acordes de Bubbles tratando de no quedarse atrás, el olor de la cocina más denso, más caliente.

Las lágrimas empezaron a caerle sin que ella hiciera nada por detenerlas, mezclándose con el sudor, resbalando sobre las llaves plateadas mientras sus dedos volaban en tresillos imposibles, en un fraseo tan limpio que parecía mentira que saliera de un instrumento tan maltrecho.

La pieza llegó a su resolución final, un acorde sostenido que se deshizo en el aire frío justo cuando, adentro, la banda también terminaba entre gritos, silbidos y aplausos que retumbaban contra las paredes de ladrillo.

Guardó el saxofón en el estuche con las manos aún temblorosas. La puerta se abrió de golpe y el dueño del bar asomó la cabeza, corpulento, el chaleco desabrochado, una sonrisa torcida y gritó: «¡Hey! Ya es hora de que entres.»

Ella se limpió las mejillas con el dorso de la mano y cruzó el umbral hacia la luz amarilla y el humo espeso, con la certeza extraña y ardiente de que aquella noche, por fin, sería gloriosa.

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