A veces pasan tantas cosas internamente que el cuerpo se paraliza. Como si el caos fuese tan grande que el organismo no es capaz de procesar nada más que nuestra propia respiración. E incluso hasta respirar duele un poco. Así está ella, mirando un punto fijo sin ver nada realmente. Hasta el más pequeño movimiento hace que se desborde y le caigan lágrimas por las mejillas. Si cruza las piernas para estar más cómoda, si levanta la taza para darle un sorbo al té mientras siga caliente, si respira hondo… todo aviva el dolor, lo aumenta, le hace recordar y llora.
El día está lindo, frío, pero hay sol y entra un poco de luz que le da justo en el regazo. Por eso antes quiso sentarse como chinito, y volvió a llorar, pero al menos ahora tiene los pies calientes. Y las manos también, porque si no puede tomarse el té, por lo menos sujetar la taza le entibia los dedos. Y ve el vapor que sube, y la luz que le da justo, y se le llenan los ojos de lágrimas, porque se ve bonito y ella está muy triste. Si no fuese por todo lo demás, este sería uno de esos días en los que una romantiza su vida, y se siente agradecida y en paz porque hace frío, pero te da el sol en la cara y te sentís cálida por fuera y por dentro… Capaz mejor que haya pasado hoy entonces, que por lo menos está soleado.
Una cinta roja sale de ella y sigue infinitamente hacia adelante, y todo a su alrededor es blanco y no hay nada excepto por la cinta, y cuando se gira espera ver que siga infinitamente hacia atrás, pero no es el caso. Está a unos metros, pero lo puede ver tan claro como si lo tuviese en frente suyo; la cinta está enredada, tiene un nudo. Ve que de la maraña salen otras cintas además de la suya, pero no hay nadie más con ella. Tiembla y le zumban los oídos porque sabe, sabe que esto no está bien, que es un error. Empieza a acercarse hacia el nudo, pero este se aleja con cada paso que da. Lo ve alejarse, y es el mismo nudo que siente en la garganta; el mismo nudo que le oprime el pecho, que le estruja el corazón. Esto no tenía que pasar. El caos, la tragedia, la maraña a la que no le encuentra la punta. Le angustia pensar en quiénes están del otro lado de las otras cintas. Sufre por ellas. Por todas sus versiones, porque sabe, entiende que hubo un error, y esto, que se suponía que fuera perfecto, se convirtió en tragedia, en caos. Y se ve a ella, pero no es ella, y es de noche, tiene una bufanda, pero igual siente la nariz fría, y ve a otra persona que se aleja rápido, como queriendo huir de la situación. Y se ve sentada en su sillón con el té en las manos y el solcito que le da justo en los pies, y no se mueve, pero igual llora porque entiende que no tenía que pasar así, que fue un error, un enredo.
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