Me acuerdo de esos domingos… ¡Eran un gran acontecimiento! Al menos para mí. A veces todo comenzaba antes de salir de casa: el volumen de Luis Miguel saliendo desde la ventana de mi tía, que limpiaba con la música a todo lo que daba. «La tía está limpiando», decía mi papá, sin mirar siquiera… Solo sentado en el sillón, al lado de la ventana que daba a la calle mientras miraba algo en la tele.

Al rato, el llamado de Elsa, mi abuela, que estaba por tirar los ravioles en el agua y nos apuráramos a ir que sino se pasaban. Y ahí nos íbamos.

Llegar a su casa tenía su propio ritual: el griterío de los saludos, aunque fuéramos seis; las indicaciones para cada uno —menos para mí y para los hombres, que quedábamos libres de toda tarea.— Cada persona tenía su lugar en la mesa. Alguno variaba de vez en cuando, pero el de mi abuelo en la cabecera era inamovible, como si la mesa entera girara alrededor de él. Mi abuela, en cambio, casi no aparecía. Se escondía en la cocina, detrás de la puerta vaivén de madera oscura. Ese era su reino: donde hacía magia, donde ella, mi mamá y mi tía iban y venían, hablaban, peleaban, se tentaban de risa sin que nadie del otro lado supiera bien por qué. Yo rara vez entraba. Pero a veces me asomaba para ver el tablón de ravioles que había preparado, a veces lo armaba con dos caballetes y otras, con los respaldos de dos sillas del revés una de la otra. Ese ingenio me hacía admirarla, aunque no fuera algo del otro mundo, quizás. Algunos ya terminados, otros a medio cortar —y entonces ella me dejaba usar la ruedita, me enseñaba a presionar lo justo, a seguir la línea. Agarraba mi mano con la suya mientras me mostraba cuán fuerte había que pasarla por cada unión. Todavía conservo esa ruedita. Es el utensilio maestro, la herencia que siempre le reclamé en vida. Quizás algún día haga los ravioles que hacía mi nona, aunque sé muy bien que nunca saldrían igual. Lo que ella hacía era magia: miles de ingredientes, procedimientos y condimentos que lograban algo que no tiene nombre preciso. O quizás sí… Amor. Hacía ravioles de más, a propósito, para mí. Los separaba en bolsitas para el freezer y yo caía ante tanta ricura. Las bolsitas no duraban mucho —si era por mí, vivía a ravioles de Doña Elsa—. Pero en algún momento se terminaban, y había que aprender a administrar. Esa era la premisa.

· · ·

Una vez todos en la mesa, el domingo se convertía en algo que no quería que terminara nunca. El almuerzo era sagrado, incluso con las peleas que a veces aparecían. Siempre deseé que ese momento se inmortalizara, que el tiempo se frenara justo ahí. Lo escribo y estoy ahí: viéndonos, escuchándonos, sintiendo el calor del hogar. Oliendo el agua hirviendo, viendo cómo mi papá era el catador del primer raviol para saber cuándo sacarlos. Oliendo el tuco que, si tocaba la ropa, no salía con nada. Los tucos mágicos de las abuelas. Todo como si fuese hoy, ahora, como si estuviese ahí.

De mi abuelo Alberto no recuerdo muchos comentarios. Él se fue cuando yo tenía siete años —fue uno de los primeros dolores grandes que tuve en la vida, quizás el primero—. Él simplemente disfrutaba: de la familia, de comer, de las siestas con la radio en la almohada mientras escuchaba tangos. También le gustaba cocinar, pero solo asados. Su fuerte eran los pollos bien condimentados, con mucho limón. Los preparaba a la noche y los dejaba reposar hasta el día siguiente para que tomaran gustito. Eso también extraño. El olor del fuego antes de poner el asado me lleva a muchos lugares, uno de ellos al patio de su casa, a verlo bajo el sol frente a la parrilla de ladrillo a la vista, quizás, hablando con mi papá de alguna carrera del TC.

· · ·

Después del almuerzo, el cafecito. A veces con masas finas, otras con nada. Era el momento en que las mujeres nos quedábamos charlando con la tele de fondo, mientras papá y el nono desaparecían uno a uno a dormir la siesta. Mi papá, con el último sorbo todavía en la boca, ya se levantaba para cruzar a casa y aprovechar el silencio. Mi abuelo, en cambio, podía dormir con su radio prendida sin problemas. Ahí empezaba la segunda parte. El domingo bajonero, el domingo real. Hoy lo llamo el domingo melancólico. El sol caía y la luz que entraba hacía la casa más cálida, más íntima —la luz artificial ya se había apagado porque era solo «para ver lo que comíamos», algo raro que nunca pregunté del todo. Afuera, el ruido de los autos y las voces de los vecinos que se preparaban para ir a lo de sus familias ya no se escuchaban. Solo quedaba algún auto que pasaba de vez en cuando, y los pájaros de la tarde. Era esperar que el domingo pasara. 

Hacer la digestión.

A veces, antes de irme, pasaba por el pasillo oscuro de piedra que comunicaba la cocina con la habitación de mis abuelos, para ver si mi nono estaba despierto y así poder saludarlo. Pero siempre lo encontraba en su sueño más profundo: la camiseta de morley blanca, las chinelas a rayas azules y blancas de Adidas a los pies de la cama, la radio apoyada en la mesita de luz de madera oscura —donde, debajo del vidrio, atesoraba alguna foto conmigo, algún dibujito y una estampita de San Cayetano. Él dormía en la penumbra de esa habitación donde apenas algunos rayos de sol atravesaban las persianas de hierro.

Y yo me quedaba un momento ahí, mirándolo, antes de volver a casa.

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