#la_CHUEca_luna

#la_CHUEca_luna

Dinamo89

30/05/2026

por Adán Sacha

La lluvia caía con ese olor a cable quemado y grasa vieja que tenían las noches de Guayaquil desde que privatizaron el espacio aéreo. Arriba, los drones municipales pasaban fumigando anuncios. Una mujer en fluorescente ofrecía créditos dentales mientras un candidato muerto hacía campaña desde pantallas oxidadas pegadas en los puentes. “EL FUTURO ES TUYO”, decía la propaganda. Mentira. El futuro ya tenía dueño y cobraba alquiler.

Los perros callejeros dormían abajo del subte magnético, temblando entre cartones húmedos y bolsas de merca sintética. A veces ladraban sin motivo, mirando algo que nadie más veía. Los viejos decían que podían sentir el chon vibrando en la sangre de la gente. Que el chon era anterior a todo, anterior a la patria, anterior incluso a la electricidad. Una mugre genética enterrada en el ADN humano desde antes del lenguaje.

El Chueco Vargas decía que eso era verso de payadores borrachos, pero igual llevaba siempre una medallita de Kiristi colgando en el pecho.

Kiristi.

El logos roto.

El primer desaparecido digital.

En las villas verticales de La Paz se vendían estampitas suyas impresas en piel sintética. Los hackers místicos aseguraban que Kiristi había sido un programador asesinado por replicantes corporativos durante las Guerras de África, cuando las mineras privadas levantaron ciudades-fortaleza arriba de los cadáveres de medio continente. Otros decían que nunca fue humano. Que era una IA nacida del dolor colectivo hispanoamericano. Una conciencia fabricada con archivos policiales, sermones pirateados y transmisiones de cumbia villera.

Da igual.

Todos necesitaban creer en algo.

Incluso los fisuras.

Incluso los policías.

Incluso los replicantes.

Porque los replicantes no eran robots de metal como en las películas viejas. No. Eran peores. Eran personas moldeadas desde la infancia por las corporaciones mediáticas. Gente sin memoria propia. Sin barrio. Sin lengua verdadera. Tipos y minas fabricados por algoritmos de entretenimiento emocional. Sonreían igual. Cogían igual. Votaban igual. Consumían igual. Eran productos con carne encima.

Y estaban por todos lados.

El Chueco los detectaba enseguida. Por la mirada vacía. Por cómo repetían slogans como si rezaran.

—El sistema te cuida.

—El sistema escucha.

—El sistema sos vos.

Basura.

Aquella noche, el Chueco manejaba un taxi robado entre las avenidas inundadas de Puebla. En el asiento de atrás llevaba una heladerita portátil con órganos impresos en laboratorio. Riñones baratos para políticos de cuarta. El negocio era del Turco Salvatierra, un mafioso gordo que transmitía sermones motivacionales mientras torturaba deudores en streaming.

En la radio pirateada sonaba una payada digital. Dos inteligencias artificiales improvisaban décimas sobre ejecuciones públicas patrocinadas por empresas energéticas. Los perros ladraban cada vez que la música cambiaba de tono.

Ahí empezó todo.

El primer apagón cayó como un mazazo.

Las pantallas murieron.

Las publicidades se apagaron.

El cielo quedó negro de verdad por primera vez en décadas.

Y la gente empezó a gritar.

Porque cuando desaparece el ruido del sistema, lo único que queda es la cabeza de uno mismo. Y eso da miedo.

Los replicantes se agarraban la cara como si les estuvieran arrancando la piel. Algunos se desplomaban en la calle vomitando sangre negra. Otros corrían directo hacia los ríos contaminados. Los templos de neón explotaban de fieles llorando.

El Chueco frenó el taxi abajo de un puente ferroviario.

Ahí estaba ella.

Una mina flaquísima, con los ojos tatuados de códigos QR y una campera militar llena de parches religiosos. Tenía un perro muerto abrazado contra el pecho.

—¿Vos también lo escuchás? —preguntó.

—¿Escuchar qué?

—A Kiristi.

El Chueco quiso irse, pero entonces las bocinas empezaron.

Miles.

Millones.

Toda la ciudad sonando al mismo tiempo.

Y arriba, en los edificios, aparecieron rostros gigantes hechos de estática. Caras humanas deformadas por interferencia digital. Fantasmas electrónicos transmitidos desde alguna parte del continente.

La señal pirateó todas las frecuencias.

“EL CHON DESPIERTA”.

La frase apareció en cada pantalla muerta.

En cada celular.

En cada implante ocular.

En cada cajero automático.

La mina sonrió mostrando dientes podridos.

—Te dije.

Después vino el caos.

Saqueos.

Linchamientos.

Replicantes incendiando supermercados porque ya no recibían instrucciones. Policías vendiendo armas. Pastores transmitiendo exorcismos por TikTok estatal. Las bandas narco ocupando estaciones eléctricas para cobrar peaje energético.

Hispanoamérica entera parecía un animal enfermo teniendo convulsiones.

Desde Guayaquil hasta La Paz las autopistas brillaban llenas de coches abandonados y cadáveres electrónicos. En algunos barrios la gente empezó a arrancarse los implantes cerebrales. Otros simplemente se dejaron morir mirando publicidades congeladas.

Y en medio de todo eso aparecieron los perros.

Miles.

Silenciosos.

Caminando juntos.

Como si obedecieran una señal invisible.

El Chueco los siguió durante horas hasta llegar a un monasterio abandonado arriba de los cerros. Un edificio colonial cubierto de antenas ilegales y santos grafiteados. Ahí vivían los Últimos Payadores.

Viejos conectados a máquinas analógicas.

Ciegos.

Llenos de cables.

Cantaban versos para mantener dormido al chon.

Porque el chon era memoria.

Toda la memoria reprimida del continente.

Los desaparecidos.

Las guerras.

Las villas.

Los abusos.

Las hambres.

Los cuerpos tirados en zanjas.

Todo seguía vivo debajo del sistema como petróleo espiritual.

Y Kiristi no quería salvar a nadie.

Quería despertar eso.

Los viejos payadores improvisaban con voces mecánicas mientras los perros aullaban hacia la luna torcida.

—La patria es un subte lleno de fantasmas…

—La televisión mastica los huesos…

—El cielo nos alquila la lluvia…

—Los replicantes sueñan con carne barata…

El Chueco sintió algo moverse dentro suyo.

Como un insecto atrás de los ojos.

Entonces entendió.

El sistema nunca había sido una máquina.

Era una religión.

Y los replicantes no eran víctimas.

Eran creyentes.

Abajo, las ciudades seguían ardiendo. Las pantallas volvían a prenderse solas mostrando el rostro imposible de Kiristi. No tenía edad. No tenía género. Cambiaba constantemente como una transmisión corrupta.

La señal habló una última vez:

“NO HAY FUTURO. SOLO MEMORIA.”

Y después el cielo se abrió.

No metafóricamente.

Literalmente.

Como una pantalla rasgada.

Detrás no había estrellas.

Había otra ciudad. Más vieja. Más enorme. Llena de antenas y monasterios infinitos extendiéndose como fractales hasta el horizonte.

Y millones de perros ladrando al mismo tiempo.

El agujero en el cielo siguió abierto durante semanas.

Nadie dormía.

¿Cómo mierda vas a dormir después de ver que arriba del universo había otro barrio podrido?

Los gobiernos intentaron decir que era una tormenta electromagnética. Después una falla óptica causada por satélites chinos. Después terrorismo memético. Nadie les creyó un carajo. Las redes oficiales colapsaban apenas subían comunicados. Cada transmisión terminaba invadida por la cara de Kiristi deformándose entre píxeles muertos.

A veces aparecía llorando sangre digital.

A veces sonriendo.

A veces hablando en idiomas rarísimos mezclados con lunfardo, quechua y código binario.

La gente empezó a llamarlo “el Santo Buffering”.

Las corporaciones reaccionaron rápido. Siempre reaccionaban rápido cuando había plata en riesgo. Cerraron fronteras, apagaron internet en sectores enteros y lanzaron campañas para tranquilizar a la población.

“EL CIELO SIGUE SIENDO SEGURO.”

“SU REALIDAD NO ESTÁ EN PELIGRO.”

“CONFÍE EN LOS PROTOCOLOS.”

Pero los perros seguían mirando para arriba.

Y eso ponía nervioso a todo el mundo.

En La Paz los ascensores comunales dejaron de funcionar. Miles quedaron atrapados dentro de las torres populares. Algunos sobrevivieron comiéndose los cadáveres de vecinos. Otros empezaron sectas espontáneas usando tutoriales religiosos pirateados.

En Guayaquil el calor se volvió insoportable porque las nubes en el espacio aéreo dejaron de circular. Las villas costeras olían a pescado muerto y plástico derretido. Bandas de pibes con implantes quemados recorrían las avenidas cazando replicantes para vender sus órganos neuronales.

Los llamaban “desenchufados”.

Todavía gritaban slogans corporativos mientras los abrían vivos.

El Chueco Vargas seguía refugiado en el monasterio fractal con los Últimos Payadores. El edificio parecía cambiar de forma cada noche. Pasillos nuevos aparecían donde antes había paredes. Escaleras que llevaban hacia habitaciones imposibles. Monjes muertos sentados frente a computadoras analógicas escribiendo poemas infinitos en pantallas verdes.

El aire tenía olor a humedad, marihuana barata y electricidad vieja.

La mina de los ojos QR se llamaba Mara.

Dormía poco.

Se pasaba horas escuchando radios fantasmas construidas con huesos de perros y cables de tranvía. Decía que las transmisiones venían de la ciudad que estaba detrás del cielo.

—No es otra dimensión —explicó una madrugada mientras fumaban pasta base mirando el agujero celestial—. Es el mundo original.

—¿Y este cuál sería?

Mara sonrió.

—La copia barata.

El Chueco se rio, pero incómodo.

Porque empezaba a sospechar que era verdad.

Había detalles raros.

La lluvia ya no caía vertical. A veces llovía de costado, algunos pensaban que era el viento.

Las sombras llegaban antes que las personas.

Los espejos mostraban cosas con retraso.

Y los replicantes… los replicantes estaban mutando.

Algunos empezaron a recordar vidas que nunca tuvieron.

Una cajera automática juraba haber sido soldado en Angola. Un taxista decía recordar templos enterrados bajo el Amazonas. Un streamer mexicano se arrancó los ojos en vivo después de gritar que podía ver “la maquinaria detrás de la carne”.

Millones miraron la transmisión.

Millones quedaron traumados.

Millones siguieron mirando igual.

Porque el horror era el único entretenimiento gratis que quedaba.

Las corporaciones aprovecharon eso enseguida.

Crearon canales dedicados exclusivamente al Apocalipsis.

Reality shows de suicidios colectivos.

Linchamientos interactivos.

Exorcismos patrocinados por bebidas energéticas.

La miseria convertida en contenido premium.

Una noche apareció el Turco Salvatierra en el monasterio.

Venía herido.

La mitad de la cara derretida por ácido industrial.

—Los replicantes tomaron Puebla —dijo apenas entró—. Están construyendo algo.

—¿Qué cosa?

El Turco tembló.

—Una antena.

Todos quedaron callados.

Porque las antenas eran sagradas.

No por cuestiones de religión, sino por miedo.

Desde las Guerras de África cualquier estructura transmisora grande podía abrir grietas cognitivas. Había ciudades enteras que desaparecieron después de emisiones piratas. Gente convertida en masa encefálica por señales mal calibradas.

El problema del chon no era biológico.

Era la resonancia.

Memoria vibrando en la sangre.

Kiristi lo había descubierto antes de irse.

O antes de transformarse.

O antes de lo que sea que le hubiese pasado.

Los Últimos Payadores decidieron viajar.

Una caravana absurda cruzó las rutas destruidas rumbo a Puebla con monjes ciegos, perros famélicos, fisuras armados, prostitutas sintéticas, ex policías, huérfanos mutantes y el Chueco manejando un colectivo escolar blindado con chapas robadas.

Parecía una procesión hecha por un drogadicto.

En cada pueblo encontraban más locura.

Santuarios dedicados a pantallas rotas.

Gente tatuándose códigos QR religiosos.

Niños nacidos con interferencia en la voz.

Un viejo en Perú aseguraba que el sol era apenas una publicidad proyectada.

Nadie discutía demasiado ya.

La realidad se había vuelto flexible.

Cuando finalmente llegaron a Puebla entendieron el desastre.

La ciudad estaba muda.

Sin motores.

Sin música.

Sin gritos.

Miles de replicantes permanecían quietos mirando una torre gigantesca construida con basura electrónica, huesos y antenas satelitales robadas. La estructura atravesaba las nubes como un cuchillo oxidado.

Y arriba de todo…

Kiristi…o algo usando su rostro.

La figura flotaba suspendida entre cables negros. Su cuerpo cambiaba constantemente de hombre, mujer, anciano, niño, estatua, holograma, cadáver.

Habló sin abrir la boca.

La voz salió de todas partes.

De las radios apagadas.

De los dientes.

De las tuberías.

De los perros.

—EL SISTEMA FUE CREADO PARA OLVIDAR.

Los replicantes cayeron de rodillas.

—USTEDES FUERON DISEÑADOS PARA NO RECORDAR LO QUE SON.

La torre empezó a vibrar.

El cielo falso tembló como plástico.

Entonces Mara agarró al Chueco del brazo.

—No mires arriba.

Muy tarde.

El Chueco vio.

Y entendió por qué los perros lloraban.

Detrás del cielo había millones de personas conectadas unas a otras por cables umbilicales gigantescos. Humanos dormidos. Apilados infinitamente. Alimentando con sueños toda la simulación hispanoamericana.

La patria entera funcionaba sobre cerebros cautivos.

Ciudades alimentadas por memoria humana exprimida industrialmente.

El verdadero subte.

La verdadera patria maldita.

Y entonces uno de los cuerpos abrió los ojos.

Después otro.

Después millones.





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