Llueve, y en el obstinado recital del agua que desciende, hallo el eco fiel de mi soledad, vacía, tan quedo menos colmada de pensamientos que, como nubes densas, rehúsan disiparse. Aquí dentro de mi incorpórea sombra soy espectador de una vida que no acaba de recompensar mis desvelos, y que tahúr, juega con el tiempo, avaro o distraído, como si hubiera extraviado en su curso las monedas que a mi esfuerzo prometía. En medio de este gris concierto, arde, no obstante, una llama que no es mía, encendida en lámpara de aceite ajeno, cuyo fulgor me alcanza, mas cuyo calor me es negado; lejos está, y sin embargo me alumbra, pues, la receptora de mi amor es un astro que no desciende de la plutónica obscura tela del cielo de la noche para gobernar la marea de mi sangre.

Y es que amo, ¡maldita sea, cuánto! con desmesura que no me fatiga ni me arrepiente, poco importa me condene a no colmar ese amor como anhelo; mi frente reta al fantasma de la Luna en el velo neblinoso porque no halla en mi corazón de arena insuficiencia en mi querer, pero si haya rasgados lamentos en las paredes cardiosas, por la imposibilidad de ejercerlo en la forma plena que mi espíritu reclama: cuidar, velar, adorar en la cotidiana liturgia de los días. Escribo con grilletes de prisionero sobre una devoción que no se consume ni me sacia, persevero, firme y rendido a la vez, bajo esta lluvia que no cesa, y como hombre acepto mi destino con resignación, y trato de ocultar tal desnudez con un ápice de dignidad silenciosa de voluntad sabe que amar, en la distancia y la imposibilidad, en esta forma alta y suficiente de existir. En esta forma de amar que es la nuestra.

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