Había estado en su habitación innumerables veces. Entre apuntes de física, risas a medias y películas proyectadas en la pared, ese espacio siempre había sido un refugio. Pero aquella noche era distinta. Jamás me había sentido tan empujada a marcharme, sobre todo porque la sombra de alguien más flotaba en el aire. Mi corazón se saltó un latido cuando su mano se cerró alrededor de mi antebrazo con una firmeza desesperada, mientras que con la otra se apoyaba contra el marco de la puerta, bloqueando mi única salida.
—¿Por qué decidiste quedarte? —preguntó.
Sus ojos grises me miraban con una intensidad tan inmensa que me sentí intimidada, tardando más de lo habitual en articular una respuesta. Sabía que si le decía la verdad desnuda, terminaría usándola en mi contra para derribar mis muros.
—Porque te veías mal —intenté sonar directa, decidida a no salirme del personaje de la amiga pragmática. Pero mi voz tembló un poco—. Quería asegurarme de que no fueras a cometer ninguna estupidez.
Él no se lo tragó.
—¿Andas buscando cuidar de mí, Angie? —me atrajo hacia él con un tirón suave pero inquebrantable. Pude sentir el calor de su aliento y el ritmo entrecortado de su respiración contra mi rostro. Estaba nervioso; yo también lo estaba.
No respondí. Me quedé en silencio, buscándome en el abismo de su mirada gris. Él insistió, reformulando la pregunta con un hilo de voz que perdió toda su imponente seguridad:
—¿De verdad te importo tanto?
—Sí —respondí sin pensar, y el arrepentimiento me golpeó al instante. Intenté enmendarlo rápidamente—: Me refiero a que me importa tu bienestar, Ed. Que no cometas errores de los que te arrepientas.
—¿Porque somos amigos, no? —continuó, reduciendo la distancia entre nuestros cuerpos hasta que el aire pareció desaparecer.
No podía más. Estaba acorralada entre lo que dictaba la moral de mi realidad y el deseo salvaje que me quemaba por dentro. En ese preciso instante, solo deseaba acallar sus preguntas con un beso, enredar mis dedos en su cabello y empujarlo contra el colchón. Pero me contuve, aferrándome a la mentira que me protegía.
—Porque somos muy buenos amigos —susurré.
Vi cómo la mandíbula se le tensaba. Le dolió mi respuesta. Ambos nos estábamos muriendo por dar el paso, pero mientras él estaba listo para saltar al vacío, yo seguía siendo una cobarde aferrada al borde. Y vaya que lo era.
En sus ojos volvió a dibujarse esa tristeza gélida que tanto temía. Quise gritarle que lo amaba, que me importaba más que mi propia vida, pero el miedo me envenenaba el pecho. Me convencí a mí misma de que él solo buscaba el calor de una noche, los beneficios de mi cuerpo sin los sacrificios y compromisos que nuestra diferencia de mundos conllevaba. Dejé que el enojo me sirviera de escudo.
—Aunque no sé si mi amistad signifique algo para ti —murmuró, soltándome el brazo. Se dio la vuelta, dándome la espalda.
Lo observé: su espalda tonificada, la postura cansada, apenas cubierto por su ropa interior. Se sentó en el borde de la cama y exhaló un suspiro que pareció pesarle una vida entera.
—Significa todo para mí —dijo sin mirarme, y su voz rompió el último hilo de mi resistencia—. Significa demasiado, Angie.
Me apoyé contra el marco de la puerta, dejando caer la cabeza hacia atrás. Miré al suelo, tratando de encontrar las palabras correctas para no desatar una tormenta de la que no pudiera escapar.
—¿Necesitas algo antes de que me vaya? —preguntó mi boca, aunque todo mi cuerpo me suplicaba que corriera hacia él, que escapara del peligro que sus manos representaban.
—Cariño… —no me llamó así, pero fue exactamente lo que escuché en el espacio que dejó su voz—. Tal vez ya estoy cansado de ser el chico rico al que todos quieren usar de cajero automático cuando su familia no está. Quizá solo quiero dejar de actuar por una noche. Dejar de ser de plástico y descansar. Quizá solo te quiero a ti.
Lo estaba admitiendo. A su manera, pero lo estaba haciendo. Era el paso más grande que jamás había dado hacia mí.
Dejando atrás mis defensas, me acerqué y lo envolví en un abrazo por la espalda. Edgar giró el rostro, apoyando la frente contra mi abdomen, dejando que su barba de tres días se rozara contra la tela de mi blusa. Subió sus manos por mis piernas, apretando mis muslos desde atrás con una firmeza que me hizo temblar.
—Aquí estoy, tranquilo —susurré, acariciando su cabello para calmar la agitación de su pecho.
Él cambió de posición, deslizando la punta de su nariz contra mí. Sentí el calor húmedo de su respiración filtrándose a través de la tela, el toque abrasador de sus dedos en mis muslos y la innegable corriente de deseo que flotaba en el aire. Mis shorts cortos me estaban jugando una mala pasada; pensé que serían cómodos para el calor de la noche, pero no preví que terminaría con sus manos tibias sobre mi piel desnuda, inhalando la mezcla de mi suavizante, mi perfume y la ligera transpiración que él mismo me provocaba. El aire acondicionado de la habitación parecía inútil contra el fuego que nos envolvía.
Su espalda aún estaba húmeda por la ducha reciente. Por impulso, deslicé mis manos por su piel cálida, barriendo las gotas de agua, sintiendo cómo se tensaba bajo mi tacto mientras sus manos me sujetaban con más fuerza.
—Ven aquí —me ordenó con una gentileza que me derritió por dentro.
Obedecí de inmediato, inclinándome sobre él hasta que mi rostro quedó a centímetros del suyo.
—¿Lo lamentarás por la mañana? —preguntó, escaneando mis ojos.
—Toda la vida —respondí con una honestidad brutal. Vi cómo juntaba las cejas, herido, pero añadí antes de que pudiera de verdad apartarse—: Pero es un dolor con el que estoy dispuesta a vivir.
—¿Qué esperas, entonces? Adelante —sus palabras fueron un empujón directo al abismo. Sabía que yo era demasiado cobarde para dar el primer paso si él no me sostenía. Suspiré, cerrando los ojos—. Puedo ayudarte a hacerlo más fácil.
—Sí, por favor —respondí de inmediato, aliviada. Jamás había deseado tanto que alguien tomara una decisión por mí.
Edgar se puso de pie, tomándome las mejillas con ambas manos y elevando mi rostro hasta obligarme a quedar de puntillas. La diferencia de estatura siempre me había hecho sentir pequeña, pero ahora, con su mano deslizándose hacia mi cuello para sostenerme con firmeza, el corazón me dio un vuelco violento.
Me besó.
Sus labios fueron como agua fresca en mitad del desierto de mis últimos años. Ante la intensidad de su boca, sentí que las piernas me flaqueaban de inmediato. Su lengua entró a mi boca con una urgencia apasionada, reclamando cada espacio, y yo le correspondí entregando todo lo que había guardado en silencio. Me estrechó contra su cintura, recordándome con la presión de su cuerpo que aquella noche no había espacio para nadie más. Cedí por completo.
—Muéstrame —susurró contra mis labios, mientras deslizaba su mano por debajo de mi blusa, acariciando mi costado encendido.
Me aparté solo lo suficiente para quitarme la blusa. Edgar no desvió la mirada; me devoraba con esos ojos grises como si estuviera contemplando el lienzo más hermoso de su vida. Lancé la prenda a algún rincón oscuro y continué con mis shorts, dejándolos caer al suelo con un movimiento rápido.
Sus ojos grises siguieron fijos en mí, y de repente, una punzada de timidez me encogió los hombros. Me había desnudado frente a él con una prisa casi desesperada, y ahora sobrepensaba todo lo que podía salir mal: el hecho de que llevaba una semana sin rasurarme, el miedo a que me viera demasiado de cerca y decidiera huir.
Hice un ademán de caminar hacia el baño para asearme, pero no llegué a dar dos pasos. Las manos tibias de Edgar se cerraron alrededor de mi cintura desde atrás, deteniéndome. Pegó su pecho a mi espalda desnuda y me besó el cuello, erizándome la piel por completo. Subí una mano para enredar mis dedos en su cabello húmedo, mientras con la otra sostenía la suya contra mi vientre, dejándome llevar por la marea de su contacto.
—¿Crees que pueda asearme un poco primero? —susurré, sintiendo la vibración de su sonrisa sobre mi hombro.
—No —respondió con una voz ronca que me encendió la sangre—. Te deseo exactamente así, tal y como estás.
Una de tantas veces que nos tuvimos.
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