—Estoy aburrida, Whylie.
Mi hermana menor me llamó desde su cama, cerca de la ventana. Por el cristal, las estrellas brillaban mucho. Casi no se habían visto las estrellas por días, pero esa noche Wendy me había pedido que abriera las cortinas y nos las quedamos viendo por mucho tiempo, sentados en su cama, hasta que mamá había entrado a la habitación para decirnos que era hora de dormir. Tuvimos que hacerle caso y apagar las luces de navidad que estaban alrededor de nuestras camas en la pared, pero eso no fue suficiente para que Wendy se durmiera.
—¿No te puedes dormir? —le pregunté mientras bostezaba en mi propia cama, al lado de la suya.
—No, y tampoco quiero dormir.
Siempre me decía lo mismo, y siempre terminaba dormida media hora después. Solo tenía que distraerla hasta que empezaba a bostezar.
—Si te duermes ya no vas a estar aburrida.
—Pero no puedo dormir porque estoy aburrida, Whylie. Y estoy aburrida porque no puedo dormir.
Suspiré.
«¿Todas las niñas de diez años eran así?»
Yo solo era quince minutos mayor que ella, pero los adultos siempre me decían que yo parecía un ancianito porque siempre estaba serio y tomando té. Mi hermana melliza era la única que podía hacer que olvidara que vivíamos en un mundo que se estaba haciendo cenizas poco a poco. Pero era mi mejor amiga, y uno no abandona a los mejores amigos. Eso era lo que papá y mamá me habían enseñado. Ellos eran los mejores amigos del mundo.
—Vale, entonces cuéntame algo.
—Pero estás muy lejos, así, cuando las escuchas, las palabras ya no están cálidas. Debes estar cerquita.
Suspiré de nuevo, esta vez sonriendo de lado. Wendy decía cosas como esas tan convencida, que a veces ya no sabía si de verdad las creía o si solo eran formas bonitas de conseguir lo que quería. De cualquier modo, no podía negarme. Salí de mi cama y fui a meterme a la de Wendy. Cuando la miré bajo la luz de luna que seguía entrando por la ventana, estaba sonriendo de oreja a oreja. No tenía remedio.
—¿Cómo crees que sea Nunca Jamás? —pregunté.
Wendy se quedó pensando.
—No creo que sea igual para todos.
—¿Cómo que no?
—Pues sí. Peter Pan dijo que cada niño tiene uno distinto. Como las huellas digitales. O los copos de nieve. O los sabores favoritos de helado.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que sí. Imagínate si a todos nos gustaran las mismas cosas. La vida sería aburridísima.
Claro, porque para Wendy todo tenía que ser divertido o no tenía sentido. Le iba a hacer otra pregunta para distraerla otro rato más, pero en ese momento se incorporó sobre sus codos y me miró con ojos tan abiertos que creí que se le saldrían de la cara.
—¿Lo oyes? —me preguntó antes de que yo pudiera siquiera dar un segundo respiro.
—¿Qué cosa?
—El tren.
—Wendy, no hay ningún tren.
Silencio.
—Escucha bien.
Y entonces…
A lo lejos. Muy lejos. Un silbato.
Mi corazón empezó a ir muy rápido, tan rápido como se iba escuchando el silbato más y más cerca. Al principio no quise creerlo, pero ahí estaba. Un silbato de tren tan obvio como la cama en la que estábamos. Wendy y yo nos quedamos quietos, esperando. Lo primero que cambió fue el aire de la habitación. Frente a nuestras camas, al fondo, la Máquina de Niebla empezó a producir más y más niebla, hasta casi no veíamos nada. Los cristales de la ventana empezaron a temblar, la cama vibraba como un teléfono antiguo. Y justo cuando creí que el ruido se haría insoportable… silencio. De pronto todo se había detenido, y lo único que podía escuchar era nuestras respiraciones agitadas.
A través de la ventana, una luz cálida se lograba ver entre toda la niebla, que parecía haberse salido por la ventana y llenar el exterior de ella. Un segundo después, el ruido de unos nudillos dando golpecitos al cristal casi nos hace saltar fuera de la cama.
Me acerqué despacio a la ventana. Casi no lo vi por toda la niebla, pero cuando puse suficiente atención, lo vi. Detrás del hombre había tocado la ventana, se encontraba un enorme tren. Parecía hecho de medianoche y estrellas: enorme, elegante y silencioso, con vagones azul oscuro iluminados por ventanas doradas que brillaban cálidamente entre la niebla. El hombre llevaba un uniforme azul oscuro con botones de hojalata que reflejaban la luz dorada de la niebla. Parecía sacado de una fotografía demasiado vieja para existir todavía. Tenía una gorra elegante bajo el brazo y unos guantes blancos impecables, aunque afuera todo estaba húmedo, como si el mundo entero acabara de salir del fondo de un lago.
Cuando vio que lo observaba, inclinó apenas la cabeza.
—Pasajeros para Nunca Jamás —dijo con voz tranquila—. Última llamada.
Wendy me apretó la muñeca tan fuerte que pensé que me dejaría marcas.
—¿Y si es malo? —susurró.
El hombre del otro lado del cristal seguía esperando pacientemente bajo la niebla luminosa. Sonreía, pero no demasiado. Habría desconfiado si hubiese estado sonriendo más.
—No lo sé —admití.
Wendy volvió a mirar hacia la ventana. Sus ojos brillaban igual que las luces de navidad apagadas alrededor del cuarto. Entonces lo vi. Ella quería subir al tren desesperadamente, le fascinaba la idea de viajar en un transporte tan bellísimo y elegante. Pero también estaba aterrada. Wendy tenía miedo de que el hombre de uniforme estuviera mintiendo. Yo también. Pero entonces pensé que, si aquello era una trampa, prefería caer con ella antes que dejarla entrar sola.
Wendy era valiente de la manera silenciosa: la clase de persona que tiembla, llora y aun así decide avanzar. Creo que fue entonces cuando entendí que el miedo no siempre es una pared. A veces también puede ser una puerta.
Así que respiré hondo, aparté las mantas y caminé hacia la ventana. Cuando la abrí, el hombre de traje azul se apartó unos pasos y me miró, como si supiera exactamente por qué había decidido hacerlo.
—Si vais a venir, será mejor que os abriguéis un poco —dijo él. Esta vez su voz sonaba más clara, ya no rara por el cristal.
—Sí, señor.
Sin decir nada fui por las batas de dormir que estaban colgadas detrás de la puerta, le di a mi hermana la suya y me puse la mía. Después nos calzamos los zapatos. Echamos un último vistazo a la habitación. La Máquina de Niebla seguía funcionando, fabricando tanta niebla como le era posible. Nos miramos el uno al otro, y eso bastó para que nos decidiéramos a continuar. Ayudé a Wendy a trepar la ventana y después la seguí, con un poco de ayuda del hombre.
El interior del tren parecía el vestíbulo de un sueño. Las lámparas doradas del techo flotaban suavemente, como pequeñas lunas atrapadas en cristal, y los asientos de terciopelo azul oscuro eran tan grandes que Wendy casi desapareció al sentarse. No había otros pasajeros. Solo nosotros. Apenas tomamos asiento, el traqueteo elegante de las ruedas comenzó a escucharse y la ventana de nuestra habitación se fue alejando, hasta que se perdió entre la niebla. Lo mismo sucedió con la ciudad. Cuando menos lo pensamos, estábamos haciendo carreteras aéreas sobre la ciudad, elevándonos más y más hasta que solo vimos un puntito diminuto de luz debajo de nosotros. Estábamos tan anonados con el espectáculo, que no hablamos ni una sola vez hasta que estuvimos en el espacio.
Como si la conversación antes de que el tren llegara a la ventana nunca hubiera acabado, Wendy se giró hacia mí de prisa y me dijo:
—En mi Nunca Jamás hay una playa donde los cangrejos usan tutús rosados.
—Eso suena aterrador.
—No, porque bailan tango.
—Eso lo hace peor.
Wendy soltó una carcajada.
—También hay flamencos que hablan francés.
—¿Tú hablas francés?
—No, pero ellos tampoco hablan inglés, así que estamos iguales.
No tenía ni argumentos ni ganas reales de llevarle la contraria, así que solo negué con la cabeza y seguí mirando por la ventana. Todo se veía oscuro, excepto por las estrellas a la lejanía, que brillaban como siempre, solo que ahora se veían más claras por estar más cerca. A mi lado, Wendy se removía en su asiento. No la veía, pero podía sentirla inquieta. No sabía qué la tenía así si segundos antes parecía tan feliz, de modo que dejé de ver por la ventana para poner mis ojos sobre los suyos. Eso fue suficiente para que soltara de inmediato lo que cruzaba por su mente:
—¿Crees que en Nunca Jamás también existen las Máquinas de Niebla?
No esperaba esa pregunta.
—No lo sé —tuve que admitir.
—Yo creo que no.
—¿Por qué?
Wendy señaló hacia las estrellas que pasaban por afuera del tren.
—Porque allá el aire debe sentirse limpio. Como cuando abres una ventana después de que llueve.
No sabía del todo si eso tenía sentido, pero era Wendy. Con ella no tenía que tener sentido, solo era cuestión de creerle, de seguirle el juego, y con eso bastaba para que ella fuera inmensamente feliz.
Una vez tuvimos una niñera a la que Wendy, en su faceta más imaginativa, le dijo que había un mundo en el que, cuando entrabas, eras ciento veinte años más viejo que en nuestro mundo, y que sin embargo no envejecías de la piel, ni del cabello, ni de los ojos. La niñera le dijo a secas que aquello no era cierto, a lo que Wendy rebatió con todavía más fuerza. Estuvieron alegando por mucho tiempo, hasta que Wendy finalmente se convenció de que la niñera era un caso perdido. Esa noche se fue a dormir enfurruñada, y lo último que la escuché decir entre balbuceos antes de caer dormida fue «yo sé que no existe, solo quería que me creyera».
Wendy se quedó dormida en mi hombro, aunque no duró demasiado. Poco después vi cómo nos acercábamos a un grupo específico de estrellas, estrellas que pasaban a toda velocidad y que iban dejando estelas de muchísimo polvo plateado. Supe enseguida que Wendy no podía perderse aquello. La moví suavemente hasta que se despertó sobresaltada, pero toda duda se fue de su rostro cuando vio lo que ocurría fuera de la ventana. No le importó que yo estuviera ahí, se precipitó por encima de mí y abrió la ventana sin pensarlo dos veces. Un segundo después toneladas de polvo plateado entraban por la ventana como si no hubiera un mañana. La risa de Wendy al presenciar el espectáculo era contagiosa, hasta que la escuché toser. Me puse de pie sobre el asiento de inmediato y cerré la ventana de golpe. Cuando volví a sentarme, mi hermana estaba guardando polvo de estrella a puñados en los bolsillos de su bata.
—¿Para qué rayos quieres ese polvo? —le pregunté—. Te hace toser.
Pero Wendy no me hizo el menor caso. Se encogió de hombros y se metió más polvo en los bolsillos.
—Es por si acaso. Tal vez nos sirva para chantajear al ogro del puente si no nos deja pasar por las buenas.
Antes de que pudiera preguntarle de cuál bendito ogro estaba hablando, los altavoces del tren anunciaron que estábamos por llegar y que debíamos tomar asiento. La anticipación de estar a punto de llegar logró que mi hermana dejara de guardar más y más polvo y se concentrara en mirar por las ventanas, expectante. Segundos después, apareció el hombre de traje azul por la puerta del vagón, con un par de lentes especiales que nos dijo que debíamos ponernos.
—La luz de la Segunda Estrella a la Derecha es demasiado intensa para verla tan de cerca —nos explicó—. Será mejor que os pongáis los lentes si no queréis quedaros ciegos.
Lo último que quería era quedarme ciego, y absurdo o no, el hombre del traje azul dijo que me quedaría ciego si no me ponía los lentes, así que le obedecí. No se veía absolutamente nada. Se ajustaban a mi cabeza como un par de lentes para nadar, y las micas eran tan negras que por un instante pensé que estaba cerrando los ojos. Me pregunté de qué estarían hechos aquellos lentes. No pude llegar muy lejos en mis teorías porque en ese mismo instante se escuchó un estruendo, como de cientos de pequeños cristales cayendo sobre una cama de aluminio.
—Ahora podéis quitároslos —escuché entonces la voz del hombre del traje azul.
Lo hice lentamente.
Y casi dejé de respirar.
El cielo entero parecía pintado con acuarelas demasiado vivas para pertenecer al mundo real. El mar brillaba en tonos turquesa y plata, las olas sonaban como risas lejanas y el aire olía a sal, lluvia y algo dulce que no supe identificar. Comprendí enseguida por qué Wendy nunca había encajado del todo en nuestro mundo. Nunca Jamás se parecía demasiado a ella. Nos pusimos de pie y fuimos directo a las puertas de cristal del vagón.
Wendy salió disparada antes incluso de que el tren se detuviera por completo. Corría entre la arena como si hubiera vivido allí toda su vida. Y quizá era cierto. Corrí detrás de ella antes de que se alejara demasiado y no pudiera alcanzarla.
Respiré hondo sin pensar.
Wendy tenía razón.
El aire allí se sentía limpio. Me llevaba de la mano de un lado a otro enseñándome cosas imposibles: conchas gigantes que susurraban secretos, peces que dormían flotando boca arriba y palmeras tan altas que parecían rascarle la nariz a las estrellas. Luego volvimos a la orilla de la playa.
No entendía cómo era posible, pero ahí estaban. Cangrejos con tutú rosa bailando tango. Y allá, a lo lejos, flamencos en un estanque cerca del busque frondoso de palmeras. No dudé ni por un instante que hablaban. Y que hablaban francés, además. Y entonces lo entendí. No solo estábamos en Nunca Jamás, estábamos en el Nunca Jamás de mi Wendy.
Nos dirigíamos entre risas hacia los flamencos franceses cuando la voz del hombre de traje azul se escuchó a unos metros. Estaba tan absorto conociendo el Nunca Jamás de mi hermana que no lo había visto venir.
—Joven Whylie, es hora de partir.
Aquellas palabras hicieron que Wendy se detuviera como una estatua y la sonrisa se le borrara del rostro en un santiamén.
—¿Tan pronto? —preguntó, con una congoja tan pesada que casi quise mentirle—. Pero si acabamos de llegar.
—No se preocupe, señorita, usted no tiene que marcharse. —Sonrió el hombre con traje azul y botones de hojalata.
—¿Ah, no?
—Claro que no. Puede disfrutar de Nunca Jamás para siempre.
—¿Para siempre? ¿Pero cómo volveré a casa? ¿Usted me llevará?
—Me temo que no, pequeña. A usted ya no la puedo llevar de regreso.
—Pero ¿cómo? ¿Qué pasará con papá y mamá? ¿Qué pasará con Whylie?
Wendy dejó de mirar al hombre de traje azul.
Me miró a mí.
Y eso fue peor.
Porque por primera vez desde que el tren llegó, ya no parecía una niña imaginando cosas.
Parecía una niña intentando ser valiente.
Pude haber intentado explicarle un sinfín de cosas, pero no fue necesario. Una vez más, Wendy entendió primero que nadie por qué debían suceder así las cosas. Me miró con los ojos llorosos, todavía sin derramar una lágrima. Y tal vez fue el hecho de que estaba sonriendo lo que por un instante me hizo desear con todas mis fuerzas quedarme. Su mirada se desvió por unos instantes hacia la enorme vista del mar, y cuando me volvió a mirar había algo diferente en sus ojos. Brillaban más que nunca, como si escondieran un secreto bellísimo que solo ella entendía.
—Ya sé por qué debes irte —dijo entonces.
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—No puedo decírtelo, le quitaría el encanto. Cuando llegues a casa lo sabrás.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque si yo soy Wendy, entonces tú eres Peter Pan. Pero el Peter Pan de la Tierra.
Nos quedamos unos segundos en silencio, hasta que el silbato del tren avisó que era hora de partir.
—Volverás, ¿cierto, Whylie? —me preguntó mi hermana con un tono de añoranza.
—Claro que sí, bobita —le aseguré, dando un paso al frente—. Algún día, cuando esté listo para quedarme. Prometo que volveré y que nunca jamás me iré de nuevo.
El silbato volvió a sonar a mis espaldas. Esta vez no sonaba alegre. Sonaba lejano. Como si el tren ya estuviera marchándose sin mí.
Wendy se precipitó y me abrazó con fuerza. Le devolví el abrazo con tanta desesperación que por un momento temí lastimarla. Después todo empezó a ponerse blanco. Primero el mar. Luego las palmeras. Luego los flamencos franceses. Luego los cangrejos bailarines. Y al final Wendy.
Lo último que desapareció antes de que cerrara los ojos, fue su sonrisa.
Cuando abrí los ojos, estaba de vuelta en casa, metido bajo las mantas de la cama de Wendy. Ella estaba a mi lado, acurrucada contra mí. Sus ojos estaban cerrados, tenía una expresión celestialmente pacífica en el rostro. Mis ojos habían visto esa escena tantas veces, sin embargo, aquella ocasión algo había cambiado. La Máquina de Niebla se había apagado. Pero primero lo habían hecho los pulmones de Wendy.
Pude haber salido de la cama para llamar a papá y mamá, pero no quise hacerlo. Todos sabíamos que no había nada más que hacer, así que solo la abracé. La sostuve para mí unos minutos más, solo unos pocos, antes de que el resto del mundo quisiera abrazarla también por última vez.
—No te preocupes, Wendy —sollocé en su oído, aunque no pudiera escucharme—. Algún día cumpliré mi promesa. Lo prometo.
[…]
Ocho años después, Wendy seguía en Nunca Jamás, esperando con el resto de los Niños Perdidos la llegada de su hermano…
De haber estado ella allí, no habría sido yo el único llenando solicitudes de universidades. Ella habría contrabandeado bocadillos desde la cocina, se habría sentado sobre su cama con las piernas cruzadas y habría fingido poner atención a los textos mientras cangrejos con tutú rosa bailaban tango en su mente. Así era Wendy, demasiado fantasiosa como para que alguien la tomara en serio. Al menos nadie que no fuera yo.
Papá y mamá la dejaban soñar, creían que vivir en su mente le ayudaba a olvidarse de una realidad donde la Máquina de Niebla tenía otro nombre. Pero yo estaba convencido de que la Wendy del mundo real no era la auténtica Wendy, sino que solo teníamos el privilegio de tener una copia de la Wendy verdadera, la que nunca necesitó una máquina de niebla y que se hacía amiga de flamencos parlantes.
Así me gusta recordarla, como la niña de trenzas rubias que vino desde el mundo de las hadas para deleitarnos con su magia deslumbrante hasta que el tren pasara de nuevo y se la llevara de regreso al lugar donde pertenece. A veces, me pregunto si unos cuantos humanos somos bendecidos de vez en cuando con la presencia de un hada disfrazada de humano para recordarnos que lo que vemos y tocamos en esta vida no es lo único que existe, que ahí afuera, en algún lugar de la galaxia, hay otra dimensión esperando por nosotros.
Y cuando esas hadas se marchan de regreso, los que nos quedamos tenemos la tarea de contar el secreto que el tren a Nunca Jamás sí existe. Por eso no podía quedarme con Wendy jugando a las escondidas con las sirenas, porque yo debía volver a la Tierra y tocar las ventanas de otros niños para contarles de la tierra secreta donde nunca creces y vuelas por los aires sin parar.
Al principio mis padres no entendían mi urgencia de estudiar algo que no me llevaría demasiado lejos en la vida real, pero creo que han llegado a comprender que nunca se trató de mí y mi futuro, sino del rincón donde debo esperar junto a quienes todavía le temen al silbato del tren.
No quería ser médico. Quería ser enfermero. Los médicos arreglan el mundo mientras que los enfermeros lo sostienen. La heroína era Wendy, no yo. Yo solo soy quien lleva el mensaje de Esperanza, quien acompaña al viajero antes de tomar el tren hacia Nunca Jamás. Y eso está bien porque, a veces, se necesita más valor para permanecer al lado de alguien que da pasos pequeños porque sus piernecitas no alcanzan para más. Así que, mientras el silbato del tren no suene para mí, seré quien les dé el abrazo de despedida a los demás. Y, cuando llegue el momento, cumpliré la promesa que le hice a mi hermana el día que fuimos a Nunca Jamás.
Tres años después…
Hay pacientes que, justo antes de marcharse, miran hacia la ventana como si alguien estuviera esperándolos afuera. Antes eso me asustaba. Ahora no. Ahora solo espero que, al otro lado, Wendy siga recibiendo a cada Niño Perdido con sus historias absurdas y sus cangrejos con tutú rosa.
Esa noche, después de terminar mi turno, volví a casa y encendí las viejas luces de navidad que mamá nunca quiso quitar. Luego abrí las cortinas.
Los cientos de estrellas seguían ahí, pero yo solo podía mirar la segunda estrella a la derecha, y la seguí mirando hasta el amanecer.
El cielo comenzaba a aclararse cuando apagué las luces de navidad. Y por un instante, mientras observaba la segunda estrella a la derecha, casi pude escuchar la voz de Wendy otra vez.
«Estoy aburrida, Whylie.»
Y sonreí.
THE END
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