Era la hora de comer. El olor del pollo al curry invadía todo el depto. Hoy no me tocaba cocinar, así que tampoco podía ir robando nada de la olla. La mesa ya estaba puesta y yo esperaba en el sillón. Miraba la tele mientras ojeaba Instagram. Aunque con cierta dificultad, porque unas horas antes, cuando paseaba a las perras, una de ellas pegó un tirón seco y el teléfono voló. Intenté amortiguar la caída con el pie, pero llegó un segundo después de que la pantalla ya hubiera golpeado el piso.
Fueron ocho rezos en los tres segundos que demoré en agacharme a levantarlo.
El vidrio templado estaba roto. Todavía no me animo a sacarlo.
Mientras deslizaba el pulgar intentando esquivar las astillas, encontré varias publicaciones sobre una nave de la NASA que iba a orbitar la Luna. Esta vez no aterrizarían, pero en el próximo viaje, dentro de dos años, sí.
No recuerdo cuándo perdí el sueño de ser astronauta. Imagino que muy joven, antes de empezar a soñar con ser un músico reconocido y mucho antes de soñar con quince días en la playa sin pensar en el trabajo.
De pronto el teléfono empezó a fallar. Vibraba y disparaba colores aleatorios con un texto que parpadeaba ilegible. Lo apagué, resignado y lo dejé en la mesa.
Sin nada a mano para distraerme, el hambre empezó a ganar terreno.
Noté que G estaba tardando demasiado con la comida. Fui a la cocina.
La vi parada de espaldas a la mesada, pegada al teléfono, con la pantalla a unos cinco centímetros de la cara. Una humareda espesa salía de la olla y se acomodaba en el techo.
Corrí a apagar el fuego y abrir las ventanas. G no me vio.
Me acerqué y bloqueé su teléfono.
Cuando al fin me miró, le vi los ojos vidriosos y desorbitados. El rostro pálido. Pequeñas gotas de sudor le brotaban en la parte alta de la frente.
Antes de que pudiera decirle nada, una explosión sacudió la calle e hizo vibrar las ventanas. Las perras saltaron de la cucha y corrieron bajo la mesa, agazapadas.
Con paso lento y los hombros a la altura de las orejas me acerqué al balcón. Vi que un auto había chocado contra una camioneta estacionada. La trompa entera había quedado incrustada debajo.
El silencio que siguió me cortó la respiración. Me mantuve quieto, agarrado a la baranda.
Cuando giré, G me miraba desde la puerta de la cocina, asomaba la mitad del cuerpo, sosteniéndose al marco con una mano.
— ¿Qué paso?
—Chocaron feo —le dije—. Ya vuelvo, esperame acá.
Vino conmigo.
El ascensor no funcionaba, parecía haber quedado la puerta abierta en algún otro piso. Bajamos por las escaleras.
G no me soltó la mano en todo el camino. La apretaba fuerte.
Ningún otro vecino salió. Solo se escuchaba al caniche del segundo ladrando ininterrumpidamente.
El hombre al volante estaba inconsciente. Tenía una herida en la cabeza a la altura de la ceja que sangraba. El airbag había explotado y desprendía olor a pólvora, se mezclaba con la nafta que goteando en el piso.
En el asiento de atrás, en una sillita de bebé, había una nena de unos tres años, sostenía el teléfono con las dos manos.
La silla estaba corrida hacia un costado. El pie derecho le quedaba atrapado contra la puerta, doblado hacia adentro.
Desabroché su cinturón. Cuando intenté sacarla, se mantuvo rígida. Costó más de lo que pensaba.
G la sostuvo afuera. Al recibirla, se le vencieron un poco las rodillas. Volví a entrar para abrigarla con una campera que vi en el asiento del acompañante.
Le pedí el teléfono, ella seguía en la misma posición, no me miraba.
Intenté sacárselo con cuidado, pero lo sostenía con fuerza. Cuando al fin pude, ella explotó en un llanto que alternaba entre gritos y espasmos ahogados.
Bajé la mirada hacia la pantalla.
Los sonidos se apagaron. Sentí un temblor sordo, como si el cerebro se me encogiera. En la boca, un gusto agrio, a metal.
No llegaba a distinguir ninguna imagen que pudiera nombrar. Eran siluetas que estaban a punto de convertirse en algo, pero nunca llegaban a hacerlo.
La realidad intentaba tomar forma y se volvía a quebrar.
Después un ruido blanco.
La información corría como el agua de un río crecido y sucio, arrasando todo a su paso. Los pensamientos se fueron acortando, chamuscándose, hasta que dejaron de ser pensamientos. Quedó solo el querer. Querer más, siempre un poco más, con una contracción que no era hambre pero se le parecía. No había dolor. Eso era lo peor.
No sé cuánto tiempo pasó.
Cuando volví, G estaba frente a mí, sosteniéndome el rostro.
De un manotazo firme había sacado el teléfono de mis manos, cayó fuerte contra el piso quedando boca abajo.
—¿Qué viste? —dijo, con la voz temblorosa.
La miré sin poder responder, mientras recuperaba la audición como volviendo de un sueño profundo. Sentía el pecho apretado, como si una pesadilla se deslizara justo debajo de mi piel.
La nena de 3 años se abrazaba con los ojos cerrados a la pierna de G.
Las explosiones empezaban a repetirse, pero sin el aullido previo de las gomas deslizándose en el cemento.
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