El olor. Setenta y cinco libras de mirra y áloe pesan más que un hombre. Lo aprendí antes de reconocer mis manos, antes de admitir que el ardor en las muñecas y en los pies no era una metáfora sino clamor de la carne. Cada pliegue de tela, cada herida abierta, cada centímetro de piel rendido a la indiferencia del mundo.

Uno despierta y no sabe dónde. No sabe cuándo. No sabe en quién.

Oscuridad absoluta. Piedra en todas direcciones. El tacto precede a la vista: vendas adheridas, lino húmedo contra carne viva. Un cuerpo adulto, herido y yerto, sobre la piedra de la tumba.

Bajo las vendas, la sangre seca se aferra a la piel. Las heridas no son suyas pero el dolor lo emplaza. La primera verdad es simple y despiadada: el dolor persiste. Junto al hombro izquierdo, una gota de condensación cae desde la roca sobre el lino a intervalos regulares, el sonido y el tiempo se presentan.

La mirada busca altura pero encuentra roca. El techo bajo de la tumba clausura la bóveda de un origen inesperado.

Algo se mueve. Fricción de roca contra roca.

El mineral cede. Un hilo de luz se ensancha hasta volverse insoportable. Dorada, oblicua: la primera luz para quien no la esperaba.

El cuerpo precede al alma. Se alza y las manos soportan su peso. Un gesto mínimo: el lienzo que cubría el rostro, es apartado y doblado con exactitud.

En el aire frío de la madrugada, hay alguien, una presencia que espera. El cuerpo se adelanta hacia la luz tenue; en la grieta de la piedra del umbral, un brote diminuto trepida, pisado por pies descalzos que no lo advierten.

Afuera. Un jardín. Alguien llora.

Una mujer, arrodillada junto a la entrada, primero lo confunde con el hortelano. Hoy me pregunto si advirtió algo. Tiene los ojos hinchados. Se seca las lágrimas con el dorso de la mano. La mujer se incorpora. Reconoce la voz cuando escucha: «¿Por qué lloras?». Viene un abrazo, y ella dice una palabra —un nombre, supongo— con una alegría sincera; no era alegría de madre y, sin embargo, en ese abrazo algo en el cuerpo se reconoció amado.

Tiembla. Cree. Tiene fe. Dice algo entre el llanto que no alcanzo a retener. Si el amor más feroz, el que ha velado un cuerpo muerto, el que ha regado con perfume una tumba, no advierte la diferencia, entonces la diferencia no existe, o no importa, que es lo mismo. No hubo prueba más exigente que esa mujer. Y fue la primera. No fue la presencia; fue la fuerza de una promesa que la precedía.

Existe una ley que precede a toda religión y acaso también a la materia. Cuando un hombre muere, su alma busca un cuerpo aún no nacido. El proceso es ciego, impersonal, ajeno a toda noción de mérito o de castigo: no distingue al justo del infame, no premia ni condena. No es una ceremonia; es, quizá, un mecanismo.

Este ciclo se repite desde que existe la muerte; es decir, desde que existe la vida. No hay propósito en él. Las religiones que quisieron descubrir una justicia en su vaivén le atribuyeron una intención de la que carece. Pero hay en él un punto ciego, una falla que durante milenios pasó inadvertida, porque aún no se había dado el hecho capaz de revelarla.

Hay, sin embargo, un caso excepcional. Un hombre fue condenado y ejecutado durante una festividad, en un suplicio público y lento, dispuesto para instrucción de la multitud. Su muerte fue la de un criminal; su vida, la de un intérprete de parábolas sobre semillas y redes, alguien cuyas manos tenían un poder encantador. Murió un viernes, antes del ocaso. Su cuerpo fue ceñido con lienzos y depositado en una tumba nueva, abierta en la roca, en un jardín próximo al lugar del suplicio. Al cabo de tres días —que una antigua tradición concede al alma para velar su antigua materia—, su alma se desprendió. Un vientre la reclamaba. El cuerpo abandonado no quedó vacío.

El caso de aquel condenado demuestra, con la indiferencia de un teorema, la lenta abolición de la memoria. Vivió en la penumbra común de los hombres; murió; renació. Nunca supo quién había sido. Nació como nacen todos o casi todos: desposeído de recuerdos, ajeno a toda reclamación, sin sospechar siquiera que su alma cargaba una historia que el mundo habría de recordar por él. Después de cien vidas, se borran los nombres. Después de mil, las enseñanzas se dispersan en el rumor ilegible de los siglos. Después de diez mil, se extingue hasta la noción de haber sido, alguna vez, otro.

Queda, sin embargo, un residuo: un sedimento indestructible. La absurda inclinación al perdón, aun cuando el perdón ya no sirva para nada. Una tristeza sin objeto, anterior a toda biografía, ajena a todo origen. La costumbre de alzar los ojos interpelando al cielo, como si alguien debiera devolver la mirada. El sueño persistente de un dolor agudo en las muñecas, en los pies, en el costado.

El filo impasible de un metal me abrió el vientre, y caí desangrado. Después me desperté en el centro de la historia.

Los cuarenta días que siguieron al despertar fueron pruebas que nadie había dispuesto y que, sin embargo, una memoria ajena supo resolver. Uno de ellos no creía. Quiso tocar. Extendió el dedo y lo hundió en la llaga del costado, donde la lanza había dejado su señal. El dedo entró hasta el nudillo, el dolor es absoluto. La carne cedió con una docilidad blanda que habría debido perturbarlos a ambos; pero aquel hombre no buscaba comprensión, sino certeza. Sus rodillas golpearon la piedra con un sonido seco. Fue el único que buscó la verdad en el lugar correcto, aunque la verdad que encontró no era la que habitaba ese cuerpo.

Dos caminantes recorrieron con él durante once kilómetros sin reconocerlo. Hablaron por horas, con la perplejidad de quienes han sobrevivido a un prodigio sin entenderlo. Al anochecer, ya sentados a la mesa, las manos partieron el pan y se lo fueron dando. Reconocieron y agradecieron aquel gesto. La mesa quedó servida.

Aquel que lo había negado tres veces no podía ya concederse la duda: dudar habría sido admitir que las tres negaciones fueron correctas. Su culpa selló su fe. Había algo feroz en esa manera de creer, algo que no era devoción sino miedo transformado en certeza. Juró no volver a dudar. En su boca, cada juramento era una forma de plegaria.

Las manos se extendieron, y la fiebre cedió. Hay actos cuya única explicación es la fe.

Hubo otros gestos, y también palabras que la carne recordaba y el alma no comprendía. Una bendición susurrada al caer la tarde hizo llorar a un anciano. Era un sabio, era poderoso.

Los atardeceres junto al lago, un silencio compartido con hombres cuyo amor era muy intenso y fiel. Con el tiempo fui adueñándome de ese cuerpo, pero ser más yo era ser menos él. Asomaban pausas demasiado largas, gestos que no correspondían. El momento se superaba; la fe cubría los huecos.

Pensé entonces, por primera vez con claridad, en Él.

¿Conoce el cautivo de la eternidad lo que ocurre en el último instante? ¿Acaso entiende el demonio de Laplace el sudor frío del olvido o la ignorancia?

Él carga con la fatiga de serlo todo y, sin embargo, no puede conocer el único misterio que otorga sentido a nuestra condición frágil: la muerte. No la muerte meditada —accesible a cualquier inteligencia—, sino la muerte padecida: peso y tránsito a la vez.

Se asume un nacimiento allí donde hay un cuerpo entrando a la vida. La zona ciega de la omnipotencia permite que dos entidades se crucen en el vértice de un sepulcro.

Quizás él no diseñó todo. Acaso propuso defectos que ya no recuerda. Acaso su dominio es menor que la confianza que sus fieles depositan en su imagen.

La última noche de los cuarenta días no hubo sueño. El cuerpo que durante cuarenta días había reiterado gestos, cada vez con menos acierto, esa noche tembló con un miedo que no podía atribuirle a nadie más. Fue la primera noche en que el miedo fue mío. No de la memoria de ese otro hombre. Mío.

Se sintió algo. Algo anterior a todo, inmenso, y sentirlo fue comprender la magnitud de lo que había omitido reconocer. Al día siguiente no habría más tierra bajo los pies.

El cuerpo se elevó desde la cresta del monte, cerca de Betania. No hubo decisión en ello: aquellas manos que habían partido el pan se alzaban ahora, bendiciendo al grupo mientras era llevado hacia arriba. Abajo quedaron los hombres, la ciudad, el polvo de los caminos. Una nube me envolvió. Levanté la mirada. Sobre mí, ya no había piedra ni vacío: había belleza.

Me miró como se mira a un hijo que por fin vuelve a casa. No me descubrió.

No hay modo de describir lo que sigue sin traicionar la realidad. Los profetas lo intentaron, pero su imaginación estaba limitada al contexto. El cielo es un “no lugar”, es una condición, un estado. He sentido el peso de la mirra y los lienzos, el del cuerpo dañado; pero esto es otra cosa: es el peso de lo absoluto posado sobre un hombre que no fue hecho para sostenerlo. Soy el hombre sentado a la derecha.

El terror duró lo que dura el pánico ante lo inevitable: poco. Después, siglos de asombro. Luego, profundos momentos de confusión. Hubo períodos, centurias enteras quizás, en que intenté hablar y no pude. No encontraba las palabras para algo que no tiene forma en ninguna lengua que haya existido o que exista. Y al fin, con la lentitud del viento que erosiona las piedras, llegó algo que es más humano que la fe; la costumbre. La convivencia engendra un registro doméstico de lo etéreo. Él tiene costumbres sencillas y rutinarias. Su ternura es más insistente de lo que se cree. Es más silencioso de lo que sus profetas imaginan.

Un día —la palabra carece de sentido donde el tiempo se olvida, pero no tengo otra— mencionó un seguidor. Un alma que reza distinto, reflexionó. Que tiene una insistencia, una familiaridad que no termina de comprender. Recuerdo que me dijo: reza con un dolor que no logro revelar.

Supe quién era. El espíritu errante. El del suplicio, el de las parábolas, el que debería estar sentado donde yo estoy, interpretando lo que yo escucho. Elegí el silencio; nadie debía saberlo. Me permití, sí, aconsejarlo. Dije algo pequeño, casi trivial: que no todas las voces expresan la fe de la misma forma, y que quizá en eso reside parte de su riqueza.

El alma de aquel buen hombre sigue ahí. Habita otro cuerpo hoy, en algún lugar de la tierra. Esa persona carga una tristeza sin origen y mira el cielo. Lo imagino sentado al borde de una cama, sin saber por qué tiene ganas de llorar. A veces sueña con un jardín y con una voz que lo llama por un nombre que no es el suyo. Ninguno de los dos eligió su posición.

He sospechado, con una severidad casi cruel, que la humanidad pudo haber venerado durante siglos una omisión y, sin embargo, recibir de ella todo el consuelo que exigía su desamparo. La eficacia de una fe no demuestra la verdad de su objeto; demuestra apenas la hondura de una necesidad. Y acaso, por eso mismo, la religión es menos una verdad que una forma embriagadora del deseo, el opio de los servidores.

Existen arcanos que la mente tolera y apacigua en la penumbra del silencio, pero que, al ser pronunciados, adquieren la insoportable gravedad de lo irrevocable. Hay cosas que se saben y no se dicen. Hay cosas que se saben y no se pueden dejar de decir. La diferencia entre ambas define la distancia entre un ser preparado para la eternidad y un ser, como yo, que no lo está. Entre alguien capaz de callar para siempre y alguien para quien el silencio es el suplicio empírico, más largo y más hondo que los clavos, más largo que los milenios que llevo sentado aquí, observando, callando, fingiendo dignidad.

He contado esta historia porque el peso de no contarla me aplasta. Porque callar requiere una fortaleza que no poseo. Porque soy demasiado frágil, demasiado común, para sostener en silencio lo que comprendí. El que debería estar aquí, sentado donde me siento, sabría actuar con reserva. No elegí el silencio y creo que tampoco elijo contarlo. Contar es lo que me delata, lo que me separa del otro, lo que me hace humano.

Quizá he sido, durante milenios, menos un impostor que un descuido persistente. Nadie me interrogó con la pregunta adecuada. El consuelo vale más que la exactitud.

Siento que aún no lo sabe. Pero soy terrenal.

Quizás aquel primer día, su mirada penetró las heridas, discerniendo al intruso que las ocupaba y optó por el silencio.

Su ternura no es la de un padre, es la del que elige amar el dilema que ha creado.

Esta confesión es más para ustedes que para él.

Me permití esa ilusión miserable: el hombre apuñalado en una riña banal, custodio de la grieta esotérica de la historia; sentado a la diestra de una figura ajena; sabedor de un enigma vedado a los hombres y al firmamento. Pensamiento sórdido, sin duda; pero también, en su vana astucia, lo que soy.

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