Parte I
El periodista en turno.
1
Nacho finalmente había encontrado la nota del día. Estaba por terminar su almuerzo, con la mano derecha en el plato y la izquierda deslizando publicaciones en su móvil.
Sin perder tiempo, acomodó su celular al lado de su bebida para iniciar una transmisión en vivo y dar su punto de vista sobre la nota.
El tema era el artista que se presentaría en el próximo evento deportivo más mediático de la nación. El país del norte había vuelto a intervenir, esta vez en un país del sur, y el anuncio del cantante ya comenzaba a generar controversia.
Mientras Nacho transmitía, una figura se sentó frente a su mesa y pidió un desayuno americano. Algo en su presencia lo incomodó, aunque no interrumpió su transmisión. Al terminar, la figura lo miró fijamente y le preguntó:
—¿Que no hablabas solo de política?
Sin saber bien quién le hablaba ni por qué lo hacía con esa familiaridad, Nacho decidió limitarse a contestar:
—El cantante es alguien con una fuerte carga hispana y se presenta en el mayor espectáculo de un país que, al mismo tiempo, criminaliza a esa misma población.
La figura tomó el menú y, sin mirarlo, dijo:
—Tu nombre es Nacho. No podrías dar noticias serias después de todo, al menos no para quienes tienen la voz.
Nacho sonrió; entendía el comentario. Lo que no entendía era por qué se lo decía. En el fondo, había dejado de importarle. Hacía tiempo había pensado en cambiar su nombre para sonar más formal. Sin embargo, se sentía cómodo con sus seguidores y, aunque su discurso era agudo y suspicaz, aún le faltaba una imagen corporativa.
Finalmente le preguntó quién era él, a lo que la figura contestó:
—Soy quien fui y seré quien deba ser. Tenme por tu socio, por ahora es suficiente.
Nacho se carcajeó, pensó que era cosa de la cruda:
—No esperarás que me quite las sandalias. Ni mucho menos que vayamos del brazo en busca de mi Margarita. No soy tu Fausto ni tampoco doctor.
El título de la transmisión era: “Sorpresa del partido… todos en contra. Se acabó”. Su comentario se centraba en cómo ahora se intentaba dar voz a quienes antes eran oprimidos, sobre todo en un lugar donde la xenofobia permanecía oculta bajo el tapete de la puerta principal.
Nacho había cerrado su transmisión diciendo a su público:
Es gracioso que muchas personas se quejen de que no cante alguien que represente a este país, e incluso lo llamen extranjero cuando nació allí. Pero lo más sorprendente es que, cuando otros artistas que sí eran extranjeros se presentaron, nadie dijo nada. Lo que realmente les molesta es que no cante en su idioma. Su presidente chovinista no está hablando de rechazo a lo extranjero, sino de racismo y desprecio hacia la comunidad hispana.
La figura había observado, sin disimulo, la destreza con que Nacho elaboraba su contenido. Tomó un sorbo de café y le preguntó:
—¿Por qué te molesta tanto que ese pueblo desprecie a tu gente? ¿Por qué te alegra que uno de los tuyos vaya a cantarles música que no pertenece a sus raíces y que, incluso, a ti tampoco te gusta?
—Para empezar, ese pueblo no tiene raíces, al menos no como las nuestras.
—Todos tienen sus raíces, y si creen no tenerlas, deben inventarlas. Y hasta en vos sale a relucir ese sentido de orgullo por los suyos y desprecio por los otros. ¡Pícara ironía!.
El mesero dejó sobre la mesa un pequeño postre y el espresso doble de Nacho. La figura tomó un panecillo y continuó:
Y es que hay que saberse guiar. El artista no siempre buscará generar arte; hay quienes le encuentran sabor a las fallas del sistema y se aprovechan de ello. Los placeres son fatuos y un tanto necesarios, pero el dolor aún sigue siendo de lo que más resalta y gusta; para quienes eligen ese camino y quieren estar de moda, basta con tocar donde al pueblo le duele.
Nacho bebió de su pequeña taza y sentenció:
—En eso estamos de acuerdo. Este cantante es todo menos irreverente: se balancea entre la homosexualidad, la inclusión, la discriminación racial y ahora la cultural. Si la prudencia fuera satanizada, ¡sería el menor de los imprudentes! No tiene convicciones, tiene radar. Se mueve hacia donde está la bandera más ruidosa, no por ideología, sino porque precisamente, como bien dices, va hacia las llagas de la gente.
Nacho pensó en pedirle que lo llamara por su nombre, Ignacio García. Destapó su agua mineral, bajó la mirada y, con una tos breve, continuó:
¿Pero me preguntas por qué me alegra? Ahora me mueve el respeto. Al soberbio no siempre se le entiende, muchos lo creen venerable, hasta llegan a tolerar su desprecio y terminan viendo solo lo que quieren ver. Repudio a estos pseudo virtuosos, ‘dadores de libertad’, que se revuelcan en su propia mentira.
Hundió el tenedor en el postre, deshaciendo la decoración, y dijo:
Los asuntos de la ciudad son del pueblo; a nosotros nos queda el arte de llegar a la noche lo más limpios posible. El hecho de que un poder mediático lleve a estos artistas a restregárselo en la cara a esa masa engreída y a su líder, eso sí me produce placer. En cuanto a ti, entiendo que vas y vienes tratando de influir en nuestro espíritu. Algunos hemos aprendido ese rol, y ahora lo hacemos mejor.
De pronto, el cielo tuvo la visita de oscuras nubes. La multitud hacía valer su lugar en el centro de la ciudad y el ruido del transporte rugía entre las voces del pueblo. La figura se levantó y, dando unos pasos, salió a la esquina donde se encontraba la fonda frecuentada por el periodista, encendió un cigarrillo y Nacho se le quedó viendo. El despreocupado y ya saciado cronista guardó sus cosas y se le acercó.
—Tengo la rara sensación de que me estás esperando.
El calmado aparecido, sin voltear a verlo, le respondió:
—Necesito un respiro para recobrar bríos, y tú me lo darás. Esta ciudad me resulta ajena y tú la conoces. Ya me has visto antes, y esta oportunidad pocas veces se presenta.
—Bien, ¿y cómo te llamo? Mi nombre es Ignacio García. No te puedo seguir llamando la figura siniestra.
—Me llaman en los momentos oscuros del alma, en el silencio de la duda. Me llaman entre dientes y me llaman entre labios. Me llaman y los llamo, algunas veces con sosiego y otras tantas con rudeza. Siembrame y me recoges cuando te acuerdes de ti mismo.
—¿Te puedo llamar Juan?
—Llamame Carlo.
2
Cruzaron la calle hacia una plaza perdida entre un viejo barrio y avenidas abarrotadas de locales y modernidad. Justo enfrente de la oficina de correos sobresalía una carpa roja, y una voz en un megáfono resonaba entre los árboles poblados de ardillas y pajarillos. La agudeza del tono los detuvo. Se dejaba escuchar:
«¡Compañeros! Algo está en juego, y no está en juego en el corto plazo, está en juego en el mediano plazo. Si vemos a corto plazo, perdemos la perspectiva. El reto es: ¿podemos ser capaces de crear una fuerza unitaria de izquierda enorme en los próximos dos o tres años, o no? Y frenar el proyecto desestabilizador.»
Nacho, con la mano derecha sobre su propio hombro, pasó mirando de lado hacia el contingente. Antes de preguntarle a su nuevo compañero de qué iba su visita, habló primero:
…
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