Rory despertó empapado en sudor frío y con el corazón desbocado a punto de atravesar su pecho. Jadeaba engorrosamente mientras se limpiaba el rostro con las manitos; todo había sido una horrible pesadilla, una bastante real. Le tomó varios minutos reponerse y darse cuenta de que se hallaba en su habitación, sano y salvo del mundo de los sueños.
Algo que le regresó una efímera sensación de paz fue el pensamiento de que ese día era Navidad. Y que si bajaba por las escaleras hasta llegar al árbol, seguramente vería una descomunal cantidad de regalos. Entonces, salió a trompicones de su cama y corrió rápidamente por las escaleras.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Despierten, ya es Navidad!
Gritó a todo pulmón y con todo el entusiasmo que la fecha le ocasionaba.
—¡Rápido, vengan!
Pero no obtuvo respuesta alguna. Cegado por lo que sus ojos podían observar, se abalanzó a la pila de regalos cuidadosamente envueltos en papel navideño. Los rasgó, abrió y colmó su espíritu consentido mientras risas alegres brotaban de sus labios aún inocentes.
El tiempo había transcurrido, sin embargo, sus padres aún no salían de la habitación ni habían abierto la puerta para desearle buenos días. Preocupado, dejó los obsequios de lado por un momento, pero antes de disponerse a subir por las escaleras, un par de calcetines negros y grandes llamaron su atención. Estaban colgados justo en la chimenea, aunque parecían estar mojados con algo, ya que goteaban desde su interior.
Pensó que se trataba de otro regalo, así que no dudó en acercarse a ellos. Conforme cerraba la distancia, Rory comenzó a notar algo extraño en esos calcetines. Sobre todo, un olor nauseabundo que le revolvió el estómago al punto de querer vomitar. Aun así continuó, luego tomó uno de los calcetines y lo colocó sobre el suelo.
Lentamente, abrió el calcetín, y lo que encontró ahí dentro fue tan desgarradoramente perturbador que sus ojos se llenaron de lágrimas imparables y terminó por expulsar los restos de la comida anterior.
Dentro del calcetín estaban los dedos, los ojos, dientes y un sinfín de partes desmembradas pertenecientes al cuerpo de sus padres. El rostro de Atreyu se deformó en una mueca de horror y tormento, su pequeña cabeza era incapaz de procesar todo lo que estaba sucediendo.
El color y la viscosidad de la sangre coagulada que ensuciaba sus manitos fue a dar por todo su rostro y cabellos en tanto el desconsuelo extinguía la última luz de la Navidad.
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