En 1917, cuando la guerra parecía haber reducido el mundo a arena, humo y hélices rotas, algo descendió sobre el improvisado aeródromo del Sinaí. No hubo explosión, tampoco fuego. Más bien, una extraña nave que tocó tierra con la precisión de quien regresa a casa después de una larga ausencia. De su interior bajaron figuras doradas, silenciosas, cubiertas de símbolos que la memoria humana había relegado a templos y ruinas egipcios. Los soldados apuntaron, pero nadie disparó. Aquellos seres no venían a luchar; venían a observar. El capitán Edward Havillan sintió, por primera vez en años, que el progreso al que había entregado su vida era una ilusión frágil. A su lado, la doctora Leila Hassan reconoció en los visitantes algo peor que una invasión: un juicio. Los dioses de Egipto no habían sido mitos, sino pacientes testigos.
Mientras los motores de los aviones fallaban y las brújulas giraban sin sentido, una de estas figuras, Aru-Set habló, sembrando comprensión en los sueños de los hombres. La humanidad, dijeron, había llegado a su prueba final. Cuando los aviones enemigos atacaron, Havillan logró despegar. Defendió a los dioses con un torpe biplano, sabiendo que sí salvaría el futuro.
Al amanecer, la nave partió. La guerra siguió.
Y el mundo nunca supo cuán cerca estuvo de acabar todo.
OPINIONES Y COMENTARIOS