(En memoria de Aldo Villaseca)

Uno de los funcionarios se giró hacia una bella joven en un escritorio cercano y dijo:

—Es para ti, Patricia.

Ella lo miró y preguntó: ¿Usted es el relegado político?

—Sí —respondió Claudio.

— Este es Alto del Carmen. Espéreme afuera.

Minutos antes de las tres de la tarde de ese 20 de diciembre de 1982, Claudio había dejado atrás la plaza de un pequeño pueblo cuya existencia y nombre había desconocido hasta ese momento. para dirigirse a la puerta de una pequeña iglesia de madera, con paredes de un desteñido color amarillento que quedaba en la acera contraria. Planeaba pedir refugio a su alero, tal como le habían aconsejado quienes tenían más experiencia en situaciones como la suya. Acuerdo conversado con el grupo de jóvenes que junto a él habían atravesado el desierto en un veloz viaje de cinco horas, iniciado en la noche anterior en Santiago.

Noche de ninguna manera tranquila, ya que, avanzado el trayecto, Aldo le hizo notar que el conductor del pequeño vehículo al igual que sus acompañantes —todos detectives encargados de vigilarlos—, estaba claramente ebrio. Pensar en terminar al fondo de un barranco no era, por tanto, una exageración. Hasta entonces, los cantos desafinados de sus guardianes solo le habían impedido dormir, pero nunca imaginó que aquello podría ser el menor de sus problemas. Como el flaco era el único que sabía conducir —algo que habían comprobado con la renoleta siempre sobrecargada con la que recorrían los cerros de Valparaíso—, tomó la advertencia de su amigo muy en serio y se aferró, como pudo, al respaldo del asiento delantero.

Muchos kilómetros atrás, quedaba el cuartel de la Policía de Investigaciones de calle General Mackenna, en la capital. Allí se había encontrado con esos otros viajeros también en su mayoría estudiantes como él, varios aún conmocionados por los golpes —incluidos los eléctricos— recibidos en el cuartel de la policía política del régimen, donde habían permanecido tras ser detenidos durante la versión santiaguina de la misma protesta en la que Claudio y Aldo habían sido capturados en Valparaíso. A ellos dos no les había ido mejor con las fuerzas antidisturbios locales. Por eso, el relato de cinco días en una celda porteña, sometidos a repetidos interrogatorios nocturnos no hizo más que aumentar la ansiedad colectiva sobre el futuro inmediato del grupo. Tampoco ayudó la cena que les ofrecieron —según dijeron proveniente de la cocina de la Cárcel Pública, ubicada entonces al otro lado de la calle —una masa espesa de arroz con trozos de salchicha cubierta por varios centímetros de un líquido grasiento, alimento que cortésmente todos rechazaron.

Finalmente amaneció y lograron sobrevivir al viaje nocturno. Y aun en plena marcha por el desierto, de pueblo a pueblo fueron descendiendo uno a uno, y como si fueran viejos amigos llegó el momento de las despedidas,   con abrazos apurados,  acompañado siempre de un emocionado y tardío “cuídate”. Al Aldo lo bajaron en Incahuasi, donde, a un costado de la carretera lo esperaba una patrulla policial.

El abrazo con él fue el más duro, A pesar de militar en organizaciones distintas —Claudio en una más radical, Aldo en otra más moderada—, los había unido la voluntad común de oponerse a la dictadura, junto con cierta inclinación juvenil por la intensa vida nocturna porteña. No recordaba cuándo ni cómo se había forjado esa cercanía.

Aunque le dolió dejarlo en el camino, no pudo evitar sentir algo de alivio. A simple vista, aquel poblado de nombre indígena, intraducible para sus escasos conocimientos de lenguas autóctonas, no era más que una mancha gris en medio del desierto, difícil de imaginar como un lugar habitable. Tiempo después supo que su amigo debía caminar tres kilómetros de ida y vuelta, tres veces al día, bajo el sol calcinante de la pampa, solo para firmar en el libro de control del cuartel de Carabineros. Él, en cambio, continuó el viaje como el último que quedaba del grupo original, temiendo un destino aún peor.

Ya por la tarde llegaba a su destino. Para entonces, su cuerpo y su ánimo —agotados por días sin dormir y por el miedo— se habían aquietado levemente al contemplar, kilómetros antes, el cambio en los colores del paisaje, donde el verde del valle se imponía definitivamente al gris del desierto. El lugar era un cruce de caminos donde destacaba una sola construcción; un retén caminero de Carabineros. El improvisado director de los cantos nocturnos se lo señaló utilizando el cañón de una metralleta, la misma que por efecto del alcohol y la velocidad, había permanecido descuidada junto a los pies de Claudio durante toda la noche. Luego subió de un salto al vehículo, que se alejó a la misma velocidad que lo había aterrorizado horas antes.

No necesitó más para entender que, desde ese momento, ese cuartel pintado a brocha en un verde oscuro —en completo desacuerdo con el entorno— sería su destino obligado dos veces al día durante meses.

Así, pocos días antes de Navidad, Claudio se encontró solo en la acera de una plaza ordenada y desconocida, sosteniendo el pequeño bolso deportivo que su familia había logrado hacerle llegar a través de los policías de Valparaíso. Buscaba el templo religioso que todo pueblo debía tener, aun rumiando la molestia por el último interrogatorio al que el sargento de guardia de ese reten pueblerino lo había sometido, intentando, una vez más, inútilmente averiguar su militancia política.

No fue difícil encontrar la iglesia, estaba allí, cruzando la calle, erguida contra un fondo de cerros sin vegetación.

Golpeó varias veces un portón metálico cerrado, pero nadie respondió. Permaneció inmóvil hasta que una mujer apareció en la ventana de la casa contigua. Ante su consulta, ella le explicó que el sacerdote del pueblo estaba de visita en otros lugares y no regresaría en algunos días. Religioso que más tarde conocería, un párroco canadiense que recordaría siempre por una advertencia insólita que le hizo días después, si se le ocurría dejar embarazada a alguna muchacha del lugar, se encargaría de perjudicarlo en todo el país. Claudio correspondió la advertencia asistiendo la noche buena, por única vez en su vida a una misa del gallo donde el sacerdote ya más amistoso lo presentó a todo el pueblo.

Sin embargo, en ese momento de pie frente a una puerta cerrada, no sintió urgencia. Tras unos minutos de reflexión cruzó la calle y se acercó a unas mujeres que lo observaban desde la vereda opuesta. Les preguntó por un lugar donde pasar la noche, le respondieron que no había ninguno y le sugirieron acudir a la municipalidad, ubicada en una de las esquinas.

El edificio municipal, de un solo piso y pintado también de un amarillo, aunque más reciente, no tenía controles ni obstáculos de acceso. Así que Claudio se acercó a un mesón y con una determinación poco habitual en él, explicó en voz alta sin dirigirse en particular a nadie que acababa de llegar y necesitaba alojamiento.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS