La tormenta se arremolinaba sobre el cielo artificial del mundo de Zhōngguó 7 como un presagio del cambio que se avecinaba. Rayos azules desgarraban el firmamento mientras la nave camuflada de la Fuerza Centinela descendía silenciosamente hacia la periferia del núcleo urbano. No había señales de radio, nada de luces que no fueran emitidas por drones de vigilancia en patrones de patrullaje perfectos. La nación había estado aislada del mundo por más de un siglo, pero lo que el equipo estaba por descubrir desafiaba incluso las suposiciones más extremas. La capitana Helen Vosstag, conocida como “Águila de Acero”, se mantuvo de pie mientras la nave tocaba suelo. Posteriormente, sus ojos escanean el entorno a través del espectro infrarrojo. Ningún latido irregular. Ningún movimiento fuera de lo previsto. Todo demasiado preciso.
—“Comenzamos” —dijo Helen, desplegando sus alas metálicas que se activaban con una corriente de energía magnética. A su lado, Dorian Kai, “el Espectro Azul”, se desvanecía en la niebla, su silueta desintegrándose en fragmentos de luz. Mira Taiga, “Tempestad”, levantó una mano y el cielo sobre ellos pareció congelarse. El silencio se volvió absoluto.
La infiltración comenzó en las zonas industriales exteriores. Allí, Helen notó lo primero que la inquietó profundamente: los trabajadores no solo ejecutaban tareas mecánicas con eficiencia inhumana, sino que sus rostros estaban vacíos. No de emoción, sino de identidad, porque la única emoción que mostraban era disconformidad y frustración, como estar viviendo en una situación sin salida. Pero, aun así, todos lucían iguales. Movimientos exactos. Sonrisas dibujadas milimétricamente idénticas al recibir órdenes transmitidas por altavoces que repetían una única frase: «El Supremo Dinástico cuida de ti». En el quinto sector, fueron detectados. Una patrulla de guardias apareció con una sincronía que no permitía duda alguna: estaban conectados. No por auriculares o visores. Era algo más profundo. ¿Genética?. El combate fue rápido, pero no fácil. Los guardias luchaban sin demostrar dolor, sin temor, sin voluntad propia. Helen lanzó descargas sónicas, Dorian desactivó explosivos y Tempestad congeló el suelo a su paso con ráfagas de nitrógeno. Pero la pregunta persistía: ¿qué los hacía tan… decididos?
Tras desactivar una entrada sellada con seguridad biocodificada, accedieron a un complejo subterráneo. Allí encontraron la respuesta. Filas interminables de cápsulas de crecimiento. En cada una, un infante conectado a una matriz de aprendizaje. Sus genes habían sido modificados desde el embrión. No para hacerlos más fuertes, más rápidos o más inteligentes… sino más obedientes.
Una voz resonó desde lo alto, no mecánica, más bien omnipresente:
—“Bienvenidos al Reino de Hierro. Vuestra resistencia es inútil”.
El Supremo Dinástico los había detectado.
Cuando intentaron evacuar, un muro de neblina bloqueó su escape. Helen ordenó la retirada hacia la Torre Celestial: el corazón del régimen. Si había una forma de detener el control mental, estaría allí. El trayecto fue un descenso a lo surrealista. Calles silenciosas con ciudadanos que cantaban al unísono himnos que parecían salidos de una sola conciencia. Niños que saludaban con movimientos idénticos. Escuelas donde cada pizarrón mostraba la misma palabra: «Unidad». Tempestad alteró el campo electromagnético para desactivar las torres de vigilancia. Dorian infiltró las redes con un arte tan elegante como invisible, descubriendo en el proceso que cada ser humano estaba enlazado a un núcleo neurosensorial implantado antes de su nacimiento. La libertad, en Zhōngguó 7, había sido reemplazada por programación. La cima de la Torre Celestial parecía un templo futurista, con columnas de vidrio que mostraban escenas de la historia del pueblo, reescritas, editadas, manipuladas. El Supremo Dinástico esperaba allí, una figura que parecía humana, pero cuya piel palpitaba con circuitos vivos. Sus ojos eran pozos de silicio.
—“¿Por qué venir aquí, portadores de caos?” —preguntó, sin mover los labios. Su voz estaba en la mente de cada uno.
—“Porque lo que haces es una aberración” —respondió Helen, con el puño agitado y envuelto con una energía concentrada—. “La voluntad no puede ser programada”.
—“¿No puede?” —contestó el Supremo, alzando una mano. La ciudad entera se arrodilló al instante—. “Ellos no sufren. No dudan. No mueren por guerras de ego. ¿No es esto lo que vuestra Alianza Global deseaba?”.
—“No a este precio” —murmuró Tempestad.
En un momento, estalló la batalla con una violencia sin precedentes. Helen se lanzó al cielo, rompiendo el campo gravitacional que mantenía flotando al líder, con un golpe que hizo vibrar la estructura. Dorian desapareció, sembrando disonancia en los canales mentales del Supremo, desorientándolo. Tempestad creó un vórtice de rayos que reventó los blindajes de la torre. Pero el Supremo no era un enemigo convencional. Cada vez que su cuerpo era dañado, se regeneraba. No con carne, sino con memorias archivadas en la red cerebral del pueblo. Era su dios, su matriz, su símbolo.
Solo quedaba una opción.
—“¡Dorian!” —gritó Helen—. “Ve a su procesador central. Rompe el vínculo”.
El Espectro Azul llegó hasta la cámara central. El procesador era una esfera suspendida en el vacío, vibrando con las frecuencias de millones de mentes. No podía destruirlo: lo sabían. Haría colapsar la psique de toda la población. Solo podía apagarlo con un código manual. Afuera, Helen y Tempestad mantenían al Supremo a raya. Él los desafiaba no solo con fuerza, sino con palabras que rozaban la tentación:
—“Vuestra Alianza también manipula. Vuestros líderes controlan narrativas. ¿Cuál es la diferencia entre vuestra libertad y mi orden absoluto?”.
—“La libertad duele” —dijo Helen—. “Pero al menos nos pertenece”.
De pronto, el procesador cayó. Dorian había logrado lo imposible.
El silencio fue total. Los ciudadanos comenzaron a gritar. A llorar. A correr en todas direcciones. El control se había roto. No sabían quiénes eran. Las identidades creadas para servir se disolvían como arena entre los dedos.
El Supremo cayó de rodillas. Su rostro —el único rostro verdadero— era viejo. Cansado. Humano.
—“¿Me liberaron… o me condenaron?” —susurró, antes de apagarse por completo.
Helen miró a los cielos. Zhōngguó 7 había despertado. Pero también había perdido su alma artificial. El caos sería inevitable. Dorian emergió con el rostro desencajado. Tempestad bajó su mano. Las nubes se disolvieron.
—“¿Y ahora qué?” —preguntó, mirando la ciudad derrumbarse sin una mente que la guiara.
—“Ahora” —dijo Helen—, “enseñamos a caminar a los que solo supieron arrastrarse. Y rezamos para que no nos odien por haberles dado la libertad”.
El Reino de Hierro había caído. Pero su verdadera libertad… apenas comenzaba.
FRANCISCO ARAYA PIZARRO
Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Diseñador Gráfico Web y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas. Además de Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
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