Calles Pellegrini y Paraguay, diariamente paso por el mismo puesto de flores. Cada mañana me intervienen los aromas de las flores más frescas, alucinan mi dopamina al punto de alegrarme el resto de día que aún queda por correr. No importa el horario… siempre logran robarme una sonrisa cómplice. 

Su presencia me lleva a recuerdos felices en donde me hubiera gustado sean partes. Pienso en dónde quedarían bonitas para iluminar mis días, obtengo ocurrencias de a quién podría otorgarle un ramo para hacer su día aunque sea un poquito mejor.

Caminar con el ramo en la mano con un destino incierto, simplemente lo tengo en la mano porque me interpeló en tal punto que me vi en la obligatoriedad de llevármelo. Subir al colectivo y oír a una señora que le dice a su amiga mientras me observa de reojo: «Aún quedan caballeros». En mi mente río y le respondería: «Un caballero que escasea de compañía». 

Un espacio donde las flores ya poseen un lugar en su propia habitación. Lugar en el que serán observadas, admiradas y fallecerán… en presencia de él mismo.

La caballerosidad de un jinete que compra sus propias flores, lucha sus batallas y cree en la posibilidad de que un día alguien pase por un puesto, se detenga, piense en él, compre un ramo y se lo otorgue

Recibir flores y no tenerles un lugar asignado, por la simpleza de haber sido una grata sorpresa. Ese es el fin de todo; lograr ser un caballero sorprendido por la caballerosidad de otro, que le quiten la posibilidad de predecir el lugar de las flores, su aroma y color. 

Un día en donde el ramo recién sacado del puesto, aún goteando las úlitmas gotas del balde donde pertenecía y con su ároma más fuerte, tienen tu nombre en la mente de la persona que los acaba de comprar. El ramo es el mismo, van a la misma habitación de siempre pero el portador es otro, las señoras hablararán de él y las astillas lastimarán a otro. 

Atte Facundo Verardo D’Agostino

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