La verdad es que no siempre estoy triste y tampoco soy feliz cada segundo del día; pero cuando la tristeza me concede el honor de visitarme, me siento totalmente bendecido. Cuando me visita y las sábanas de mi cama se empapan del agua salada y guarecen con valentía mis lamentos, me siento libre. Me siento más humano que nunca.
Cuando la tristeza se vislumbra en una de las ventanitas de mi corazón, yo le abro la puerta para dejarla entrar y así su densa fluidez me colme las venas. Su expresión en mi cuerpo le otorga alas a mis pesares para que abandonen las tierras del König presente, y de esta manera, el König futuro ya no se degradaría con el pasar de un tic tac.
Soy Micah König. Siempre le he encontrado una sutil pero poderosa belleza a la tristeza. No le tengo miedo, yo le abrazo y le agradezco que exista en mí.
Soy Micah König, y a veces, mi tristeza va acompañada de una melancolía incrustada en mi pecho desde hace años. Al principio pensaba que en algún momento se esfumaría con el transcurso del tiempo (porque el tiempo todo lo cura), o con la aceptación de los hechos. Sin embargo, ya es la huésped más frecuente que despierta por las noches.
Y esta tristeza melancólica nace de mi necesidad por un refugio afectuoso. Más allá de un refugio; es un cariño, es un cálido abrazo, es una presencia, un beso en la mejilla, un roce gentil entre cuerpos, una voz medicinal, es un aroma en particular, una mirada y una sonrisa, un te amo inesperado, un te extraño. Es una íntima conexión que alguna vez llegué a tener. Ahora solo somos esa tristeza melancólica y yo esperando todas las noches a que aparezca (en su nueva versión). Mientras tanto, albergo dentro de mí heridas que he aprendido a soportar, heridas que se retuercen como ramas espinosas para clavarse desde el interior de mi piel.
¿Estaré siendo egoísta, un tonto? ¿Tan malo es aferrarme a algo incierto? Pero es la droga de la esperanza la que me mantiene aquí.
¿No es la tristeza un poco más bonita cuando la conviertes en poesía?
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