Un adiós anunciado

Qué difícil ha de ser vivir, toda una vida, con la manifestación constante y el deseo imperante de querer morir. Eso fue lo primero que pensó ella cuando terminó de leer en una publicación de internet, la historia de Juan Pablo, un hombre de 30 años que había intentado acabar con su vida tres veces y, a la cuarta, ejecutó la maniobra con total precisión que acabó por fin con su sufrimiento y se llevó consigo las ataduras que lo anclaban a este mundo.

El día fatal ocurrió el 13 de agosto del año 2020, cuando los estragos de la pandemia y el encierro a causa de la cuarentena, terminó por ser la gota que rebosó el vaso. No había trabajo, la estabilidad económica no era un concepto existente en su vida y el abatimiento lo consumió; junto con la sensación de insuficiencia que lo acompañó hasta sus treinta años, terminó por convertirse en la columna vertebral de su depresión; una depresión funcional y a veces silenciosa, de la que sólo se dieron cuenta unos pocos.

La historia relatada por el novio contaba cómo Juan Pablo le hizo partícipe de su último intento por quitarse la vida, donde le daba instrucciones claras de dónde hallar el cuerpo, a quiénes debería llamar primero y lo que tenía que buscar en algunos cajones para legarle a sus familiares más queridos. Se negó todo el tiempo, ¡claro que se negó! Pidió ayuda a ambas familias y a los amigos en común, leyó, buscó ayuda profesional, pero ningún intento por resarcir la decisión dio resultado. La decisión estaba tomada y con su ayuda o sin su ayuda, lo haría.

Ese día se levantaron como de costumbre, Juan Pablo hizo el café, se lo llevó a Mateo, su novio, hasta la cama. Mientras bebían su café y terminaban de despertar, Mateo notó cómo Juan Pablo lo miraba con ternura y compasión. En un momento dado, este último le agarró la mano y con la voz entrecortada pero con un hálito de felicidad incomprensible para el receptor, le dijo:

– Mi amor, hoy es el día. Lo intenté todo el tiempo, estar contigo fue un respiro al alma que me ayudó profundamente, porque me hizo querer encontrarle un sentido a la existencia; me propuse mejorar para poder compartir el resto de mi vida juntos, pero ha sido imposible encontrar sosiego, tranquilidad, paz. Necesito irme. Hoy es el día.

Mateo sintió un escalofrío que le recorrió desde la cabeza a la punta de los pies y luego se devolvió. Se le cayó la taza de café por el temblor incesante que le aprisionó sus manos, se regó en la cama y en los pies, pero no sintió la quemadura que le hizo la bebida caliente en las piernas. No podía pensar, se le nubló la vista, empezó a sudar frío y finalmente, lloró, lloró desconsoladamente mientras Juan Pablo lo abrazaba, lo consolaba y le decía cuánto lo amaba. No hubo vuelta atrás. Ese día, el jueves 13 de agosto de 2020 a las 8 de la noche, Mateo estaba llevando a cabo, al pie de la letra, las instrucciones que le dejó Juan Pablo antes de morir, para encontrar su cuerpo.

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