Que jueguen los niños – Capítulo 2

Que jueguen los niños – Capítulo 2

Neecrom

19/03/2026

Capítulo 2

Si tuviera una casa

Por dónde empezar. El cuadro mostraba una habitación repleta de extraños conceptos, como si una persona hubiera arrancado fotos inconexas entre sí y luego las pegó en el lente de una cámara. Desde una persona plateada semejante a un robot, una cebra a medio pintar, dos personas subidas en vehículos individuales futuristas, hojas esparcidas en el suelo, hojas que colgaban en la esquina, un ojo maquillado, una mujer de pícnic bajo la luz del techo, ¿era eso un ombligo?

A pesar de su rareza, logró sacarle una risa al pequeño.

 

Estaban creando un monstruo de pan y repostería cuando Sergio llegó. Hombros de muffin, brazos de baguette y dedos de croissant; a la extremidad derecha le faltaban un par de estos, el culpable tenía los labios con azúcar.

—¿Mfo M mfé? (¿Cómo te fue?) —dijo Martín.

—Lo amé —respondió alegre.

—Martín, ¿quieres no hablar con la boca llena? —Emilia le pidió con calma, aunque más bien parecía súplica por su cara de asco.

Tragó rápido, extendió sus manos pegajosas hacia Sergio para darle uno. Sus huellas se encontraban marcadas en el azúcar. Cuando lo recibió, lo sintió algo húmedo y tibio. Se lo comió de mala gana. Sabía rico.

—Hay más por allá, junto al mostrador.

Era una panadería al fin y al cabo. Quizá fue el horario en que todos desaparecieron lo que hizo que estuviera repleta de comida. Pasó con cuidado de no pisar al monstruo o a Lucas, que era el más concentrado en la construcción. Detrás del mostrador, en el suelo, había muchísimo polvo rojo. Hizo un esfuerzo mayor del que creyó necesario para ignorarlo y se comió dos croissant que quedaban.

—Sergio, ¿puedes pasarme más croissant? —dijo Lucas.

—Me los acabé —contestó avergonzado.

—Le faltan dedos, ¿puedes ver si hay allá?

Sergio atravesó la puerta trasera y dio con la cocina, se encontró con múltiples sacos de harina, utensilios y cajas de ingredientes como la de: «A, zu… ¿Car?». Era pésimo leyendo. No vio rastros de otros croissants. Un corto pasillo llamó su atención, daba a una escalera que llevaba al segundo piso. Se devolvió donde los niños.

—No había más.

—Que mal —dijo Lucas para sí.

—¿Han subido al segundo piso?

Los rostros de todos se giraron.

—¿Hay segundo piso?

Martín encabezó la encrucijada, habían entrado al búnker, al museo y a la panadería; sin embargo, esto se sentía extrañamente invasivo. En la cima una puerta les obstruía el paso, el chico la empujaba con cuidado.

—No tires de mi ropa —susurró Martín a Lucas.

—No lo hago —respondió, también murmurando.

—¡Que no tires de mi ropa, Lucas!

—¡Que no lo hago!… ¿Por qué no avanzas?

—La puerta no abre, no quiero golpetearla… ¡Ah!, que tenía la ropa pillada. Sorry.

Frunció el ceño, aunque no tuvo tiempo de enojarse.

—Chicos, tengo la llave —murmuró Emilia por detrás. Entregó la llave a Sergio, que se la entregó a Lucas, que se la entregó a Martín.

—¡Genial!

—¿Dónde estaba? —preguntó Sergio.

—Debajo del polvo, vi un brillito y pensé que podría serlo.

—Vale, ¿están listos?

Click.

La puerta se abrió con suavidad. Era un hogar pequeño y normal. Todo lo contrario a lo que ellos percibieron, les parecía un lugar muy bien acomodado y lleno de lujos. Plantas, un sillón, un televisor, un reloj en la pared y en el suelo un bol vacío. Wow, exclamaron, ¿habrán sido millonarios?

—Quiero vivir aquí —dijo ensimismada Emilia—. No estamos lejos del centro, tenemos comida abajo y… todo esto.

Sergio estaba de acuerdo.

—¿Necesitamos una casa? —cuestionó Martín—. Podemos viajar cada día y dormir en cualquier lugar.

—Quiero un hogar —manifestó Emilia, su voz tendió a la pena.

—Emi tiene razón, me gustaría tener un lugar donde volver —argumentó Lucas, ganándose una sonrisa de Emilia—. Pero aquí no, debe haber mejores casas —Y la perdió.

—El museo está cerca —Intentó añadir Sergio.

Martín los vio decididos, por lo que aceptó la rendición.

—Okay, entonces, ¿nos quedamos aquí? No parece que haya camas suficientes.

—No —respondió brusco Lucas.

—Veamos lo que ofrece y decidimos, ¿te parece?

Investigaron juntos, sin embargo, no hubo mucho que ver. Tenía un baño que evidenciaba limpieza constante, aun así, eso no evitaba que tuviera manchas de antigua suciedad. Una habitación con una litera, las sábanas y almohadas estaban ordenadas; los armarios eran espaciosos y no guardaban ninguna prenda. La cocina estaba completamente vacía, con excepción de una bolsa de comida para perro.

El último cuarto era un dormitorio, en medio había una cama de dos plazas que tenía solo el lado izquierdo desordenado. Esparcido por el viento procedente de la ventana abierta, polvo rojo descansaba sobre el cubrecamas, no era tanta cantidad como otras veces.

—¿Qué tal? —Había orgullo en la voz de la chica.

—Faltan camas —criticó Lucas.

—Está llena de polvo —se quejó Sergio.

—Me siento encerrado —protestó Martín.

—¡Dejen de molestar!

Se subió a la cama y saltó sobre esta. El polvo comenzó a caer por todos lados.

—¡Emi!,¡Emi!, ¡el polvo! —reprochó Martín.

—Qué más da. No mancha, no huele, ni se pega.

—Pero es… gente —señaló Sergio con tristeza.

—¡No lo es!… Bueno… —Paró de saltar—. Ya no lo es.

—No quiero quedarme aquí —Sergio estaba incómodo, el volar del polvo lo hacía tiritar.

Cuando Emilia notó esto, bajó de inmediato.

—Lo siento.

—Está bien —la reconfortó Martín—. Encontraremos un lugar mucho mejor, más grande, con más cosas.

—Sí, este lugar apesta —exclamó Lucas.

Emilia le sacó la lengua y bajó corriendo las escaleras. Los demás la siguieron hacia la calle. Antes de salir, Lucas notó que habían pisado al monstruo de pan. Se puso rojo de furia. Pateó al monstruo antes de reunirse con ellos.

Se encontraban en el centro de la ciudad, y aunque ya lo conocían por años de escabullidas, ahora les parecía más enorme e intimidante que nunca. Para empeorar las cosas, los ánimos estaban bajos, entre el suelo y los subterráneos. Todavía quedaba sol, no obstante, los minutos pasaban sin consideración.

—¡¡Vale!! —gritó Martín con los brazos en la cintura y el pecho lleno de aire. Como un globo se fue desinflando—. ¿Alguna idea? —dijo en voz baja.

Lucas comenzó a caminar y todos le siguieron. Fueron contemplando las tiendas, la gran mayoría tenía casas adjuntas en el segundo piso, muy pequeñas, iguales a la panadería. Peluquerías, verdulerías, almacenes, librerías; ninguna interesante.

—¿Te gusta alguna? —preguntó Martín a Lucas, disimulando su aburrimiento y cayendo en un tono casi sarcástico.

—Tiene que ser grande.

—¿Qué tan grande?

—Como ninguna de aquí, salgamos del centro, pasando el orfanato hay mejores —propuso Lucas.

—¡Nos tomará horas llegar! —objetó Martín.

—¡No quiero caminar hasta allá! —rechinó Emilia.

—¡En ese caso, quizá deba ir solo! —le gritó Lucas.

Sergio se movía asustado de lado a lado en claro pánico.

—Paren, paren —suspiró Martín.

Se fijaron en él, por lo que empezó a deliberar. Con fuerza colocó su dedo índice en la frente y bajó la mirada. Utilizó muchísima fuerza, pero que mucha. Todo para verse como que pensaba. ¿Lo hacía? Claro que no, pero se veía muy convincente. Se sentía igual al Pensador, Einstein, Batman, quizá Gandhi, ¿era Gandhi un científico?, que importaba, para él lo era. Levantó la mirada, aún le esperaban.

—Oh… —soltó Martín.

—¿Y? —preguntó Lucas irritado y muy confundido.

—¿Vamos al mall? —dijo dudando.

—¿Al mall? —respondieron al unísono.

—… ¿Sí?

—¿Para eso tardaste tanto? —Se cruzó de brazos Lucas—. ¿Por qué iríamos al mall?

—Supuse que no lo entenderías, Lucas —Martín se puso derecho. De algún modo aquello hizo que los demás reaccionaran enderezándose—. ¿Cuáles son nuestras opciones?: caminar kilómetros a donde los ricachones, revisar las casas cercanas o dormir en la calle. Te propongo algo mejor.

Hubo un corto silencio. Incómodo para Martín, dramático para los demás.

—Vamos a las grandes tiendas, busquemos las mejores ropas, miremos las más interesantes películas, ¡encontremos los videojuegos más divertidos que tienen para ofrecer!

—¿Qué hay de la casa? —preguntó Lucas.

—No irán a ningún lugar. ¡Tenemos toda una vida para buscar lo que queramos! ¿No están de acuerdo?

—¡Sí!, ¡vamos! —dijo Emilia con el corazón a mil.

Los demás asintieron con la misma emoción.

«No me lo creo, funcionó», pensó Martín.

Entonces, las puertas se abrieron para ellos. Aunque era el sensor de la entrada, se sentía como una invitación que decía: «Vamos, esto es para ustedes, coman y beban de mí». Pues la aceptaron.

Emilia corrió de inmediato a las tiendas de ropa, había tantísimas para escoger; algunas marcas solo las conocía por la manera en que los guardias y los profesores vestían. Estaba harta de su buzo de siempre. Se probó un par y recogió algo para los demás. Ahora vestía un precioso vestido amparado por una sudadera. Los chicos vestirían buzos nuevamente, ¡pero más limpios y nuevos!

Aunque la experiencia fue liberadora, se aburrió más rápido de lo que esperaba. No obstante, saliendo al pasillo, se encontró un robot manejando una cuatrimoto. ¿Un robot? Tardó en descubrir a Martín entre la plateada pintura que lo cubría por completo. Tenía un gorro de aluminio y un rostro de horrible incomodidad denotada en ojos semiabiertos y la respiración bucal.

—¿Qué diantres, Martín? ¡Apestas a pintura!

—No es nada, cof, cof… —Se aclaró la garganta, aun así, seguía con la voz ronca y dificultosa—. Súbete Emilia, vamos al futuro.

Emilia se subió intentando no mancharse. No hubo caso, la cuatrimoto estaba empapada. Se volteó a mirar a Martín, el cual seguía con la misma cara. Ojos luchando por mantenerse abiertos, respirando por la boca y el gesto de idiota. La chica no aguantó reírse.

—¿Pero qué te pasó?

—El auto… cof, cof… lo choqué… pintura por todos lados.

Estalló en risa, lo sacó del volante empujándolo con el hombro.

—¡Quita, quita! —dijo a carcajadas—. ¿Cómo se conduce…?

El vehículo salió disparado hacia delante con rapidez, asustando a ambos en su camino directo a la pared.

Frenó en seco, hizo un giro con el volante y siguió a una velocidad controlada. Emilia había evitado el choque, y además, parecía una experta. La chica se sorprendió a sí misma sonriendo como nunca lo había hecho. Aceleró por el pasillo y gritó:

—¡Vamos!

Martín hacía un esfuerzo por ser humano y no un robot estropeado, la pintura ya se secaba.

—¿Por qué el gorro? —dijo Emilia.

—Hacía juego.

—¡Eres un idiota! —Aceleró un poco más—. ¡Vamos a buscar a Lucas y Sergio!

Para sorpresa de todos los presentes frente a la tienda de arte, es decir, para sorpresa de Sergio y Lucas, habían encontrado un punto medio para sus conflictivas personalidades. Armados con un palo y jarrones con pintura se dieron a la misión de un bateador.

Sergio deseaba ver cómo se creaba algo, mientras tanto, Lucas era un torbellino lleno de energía que quería romper todo lo que tocaba. Tan irónico fue que Sergio vio belleza en eso que se plasmaba en el suelo, trazos de colores sin dirección con nada más que la emoción.

—¡Sigue, sigue! —gritó Sergio, lanzando otro contenedor de pintura.

¡Crash!… ¡Splash! Lucas le había dado con el palo mientras volaba en su dirección, lanzando vidrió y pintura negra. Aquello hizo un manchón inicial, seguido de dos líneas lejanas donde cayó el tapón. Antes de poder salir del sitio, Lucas advirtió que otro proyectil venía hacia él, logró esquivarlo doblando el cuello.

—¡Lo siento! —dijo Sergio horrorizado.

—¡Para nada, tonto! —respondió preparando los brazos como un bateador, hasta dio dos toques con la punta del pie—. Solo avísame para la próxima.

A Sergio se le formó la sonrisa más grande que le era posible hacer. También a Lucas, para ser honestos, romper cosas estaba bien, pero ya le había aburrido. Sin embargo, le encantaba como Sergio estaba reaccionando.

—¡Dos a la vez! —ordenó Lucas.

El pequeño tomó dos frascos amarillos con ambas manos y los lanzó hacia arriba con fuerza.

¡Crash!… ¡Splash! ¡Splash!

—Sigue el ruido, Emilia —dijo Martín con una voz de anciano que le salió de manera accidental.

El ruido del motor hizo a Lucas voltearse, distrayéndolo del bote de pintura que le iba al rostro. Le dolió, el pequeño tenía fuerza.

—¡Te dije que avisaras! —Dejó caer el palo para arremeter contra Sergio, que se encontraba a metros de él.

Antes de llegar, la cuatrimoto pasó por el pasillo, levantando pintura para todos lados. Eran Martín el robot, Lucas el leopardo, y Sergio la langosta. Emilia podría ser la hiena por la manera en que reía.

—¡Súbanse como puedan! —exclamó Emilia.

Lucas estaba furioso con todos, tanto que su ánimo dio un giro de 360 grados hasta caer en el inicio. Ahora no paraba de reír.

(…)

Oscurecía ya, por la ventana se veía la falta de luz diurna, siendo reemplazada por la de la silenciosa vida nocturna: faros automáticos que hace tan solo días marcaban las noches de fiesta en la ciudad. Los chicos comían pizza en el patio de comida, también aprovecharon los baños para lavarse y cambiarse de ropa, a Emilia y Sergio se les caía el rostro de sueño.

—¿Listos para buscar una casa? —bromeó Martín.

La pequeña negó lento con la cabeza.

—¿Lucas? ¿Qué tal tú?

Le dio una mirada molesta mientras mascaba. Martín levantó los brazos victorioso.

—Fue divertido —murmuró Lucas.

—Por supuesto que lo fue —dijo Martín, antes de ser interrumpido por Lucas.

—Mañana buscaremos una casa.

Le sorprendió, aun así, asintió y se terminó la pizza.

Se fueron a la zona de dormitorios, donde hileras de sets de camas estaban dispuestas para su compra. En ese momento, estas resguardaban el sueño de Emilia, que se había acostado en la primera cama que vio, cayendo dormida al instante.

Sergio tuvo la energía suficiente para elegir una que particularmente le gustara, estaba cerca de la de Martín, y a tres camas de la de Emilia. Martín miraba el techo somnoliento.

—Es tan raro —susurró Sergio, a pesar de lo silencioso que era, se notaba el ánimo en su inflexión.

—¿Qué cosa? —respondió Martín, asimilando el volumen de su voz.

—Debe ser la primera vez que estoy ansioso de que sea mañana.

Martín no respondió enseguida. Tomó amplio aire primero. Unos segundos lo aguantó, y lo botó:

—Te entiendo. La vida era un caos… también lo es ahora, aunque uno bueno.

—Sí.

—¿Quieres algo en específico mañana?

—No lo sé. Estoy bien.

—¿Algo de comer? ¿Algún lugar al que ir?

—Estoy bien —Apenas era posible escuchar a Sergio.

—Si necesitas algo, dímelo.

Se giró a verlo. Dormido, bien abrazado a la almohada que todavía tenía el precio adherido. Él, sin embargo, mantenía la vista hacia arriba, sentía el pecho acelerado. No estaba cansado, tampoco era toda la pintura que había inhalado, suponía, esperaba. ¿Dónde estaba Lucas?, se levantó a buscarlo, procurando no despertar a Sergio.

Lucas se hallaba sentado en la vereda, justo frente a la entrada, al lado de una de las farolas. No parecía tener sueño, al igual que él. Es más, parecía determinado en observar las inhóspitas calles de la ciudad.

—¿Y tú? —preguntó Lucas.

Martín se sentó a unos metros, apoyó sus brazos en el frío cemento para ver el cielo.

—Debería preguntarte lo mismo.

—Supongo que es verdad.

Se evitaron la palabra y la mirada. El cielo estaba despejado, tenía un tono rojizo burdeo, aunque las luces de la calle lo difuminaban anaranjado. Eran increíbles las vistas, y si no, extrañas, como un escenario previo a la puesta en escena, como un cine a punto de empezar; los ojos te guiaban a este lugar construido pero no utilizado. Quizá, sin las luces las estrellas se apreciarían mejor. Solo quizás.

—¿Por qué estás aquí? ¿No podías dormir? —Martín se volteó para hablarle.

—Tengo mal sueño —respondió—. Desde hace años que lo tengo.

—¿Unos tres años? —preguntó Martín con la seguridad de saber la respuesta.

—Sí, más o menos.

—Ya no tenemos que desvelarnos.

—Lo sé, bueno, sé que debería saberlo. Es difícil, no dejo de imaginar que algo les hará daño cuando duermen. La costumbre —suspiró Lucas—. Tú no puedes decir nada, por algo estás aquí.

—Tuve un mal sueño.

—¿Un mal sueño?, ¿qué eres?, ¿un bebé?

—Un mal sueño despierto.

—¿Hmn? Quieres decir un mal pensamiento.

—Sí, eso.

—Esos apestan. Te ves ahí atrapado sintiéndote horrible, pero no puedes despertar.

—Exacto.

—¿En qué estabas pensando?

—Idioteces.

No le gustó la respuesta, y aunque frunció el ceño para mostrárselo, Martín ya no le miraba. Tomó piedras del suelo, esas pequeñas que empujaban los autos a la vereda, y se las lanzó, una a una, golpeándole la frente.

—Suena hueco —bromeó Lucas.

Con su mejor cara de idiota Martín respondió: «¿Huh?», haciendo reír a Lucas. Se quedaron ahí viendo el extraño cielo unos minutos más.

—¿Estás decidido en conseguir una casa? —rompió el silencio Martín.

—Si, lo estoy —contestó serio.

—¿Qué tan distinto es a todo esto? Correr durante los días y caer rendidos donde el sol caiga. Es divertido.

—Nunca tuvimos una casa, Martín. No importa cuantas veces los adultos nos arrastraran a ese edificio de concreto diciendo: «De vuelta a casa», nunca lo fue. Lo odiaba. ¿Es tanto pedir tener una ahora? Y si la tenemos, quiero que sea perfecta.

—¿Cuál es tu casa perfecta?

—Un lugar donde tengamos todo lo que deseábamos, una habitación para cada uno, mucho espacio y montañas de comida. Una piscina, a Emilia le volvería loca una piscina. Todas las estupideces que Sergio ama, le colgaremos cuadros, pinturas, tú sabes, Sergio cosas. Tú tendrás una habitación con todos los juegos que existen, también música, te conseguiré una guitarra.

—¿Por qué una guitarra?

—¿No te gustaría? —preguntó Lucas confundido.

—Sí, pero me da repelús que lo sepas. ¿Qué tendrás tú?

—Me gustaría… —Pensó durante un rato—. Un cuarto donde no molesten, eso sí sería un buen lugar —bromeó.

Por la broma, Martín tomó una piedrecilla y se la lanzó. Le llegó en el cuello y se le deslizó por el chaleco. Intentó atraparla, pero como falló, se sintió como un idiota. Lucas se levantó.

—Bueno, me voy a dormir —dijo Lucas parándose—. Buenas noches.

Martín se despidió también. El viento le relajaba con su tacto suave. Notó la falta del ruido de los grillos y de la molestia de los mosquitos; se alegraba enormemente de este último. Cerró los ojos para sumergirse en el nuevo mundo que le esperaba mañana.

Martín.

En la oscuridad pensó que nadaba. Libre de preocupaciones y temores, el agua le envolvía la piel como fría seda, siendo la misma una soga en su cuello. Se ahogaba, no era capaz de respirar, incluso con la fuerte brisa que golpeaba su rostro. Se rindió ante el mundo, mucho más rápido de lo que él creía, y es que, su cuerpo lo hizo por él.

—¡Martín! —gritó Emilia.

Se levantó y tomó aire profundo. La chica lo tenía sujeto del hombro.

—¿Qué? ¿Dónde?

—Como que te ahogabas a ratos —explicó la chica—, tienes el sueño profundo, te tuve que sacudir.

Martín se miró la ropa, estaba llena del polvillo rojo. Le dio un poco de asco, aunque de una sacudida se fue por completo. Se frotó los ojos y abrió la boca para un gran bostezo. Estaba todavía en el quinto sueño.

—¿Por qué te dormiste en la calle? —preguntó Emilia.

Dio un vistazo a la calle por reflejo, los montículos de polvo se habían vuelto más pequeños, obra del viento, supuso. Era de mañana, el sol se posaba con calma sobre las casas encontradas al este, sus rayos se sentían maravillosos. Se relamió los labios, haciendo un chasquido.

—¿Por qué me dormí en la calle? —dijo Martín.

—Eso pregunté.

—¿Dónde están los demás?

—Sergio se fue al museo hace un momento, a Lucas intentamos despertarlo, pero se molestó y nos regañó… Quizá fue por eso que Sergio corrió antes de que te sacudiera.

—¿Será por eso? —dijo Martín con sarcasmo.

—Pensé que quería echarles un vistazo de nuevo, no paraba de hablar de eso en la mañana.

Martín vio en dirección al museo. Notó de inmediato una cabeza que se asomaba en la entrada, y que cuando le atrapó, se escondió.

—¡No estoy enojado! —voceó Martín.

Sintieron los pasos rápidos que venían, cómo pequeños golpecitos rítmicos al suelo, semejante a un poni feliz.

—¿Despertamos a Lucas? —propuso Martín.

Sergio se detuvo en seco e intentó devolverse. Por desgracia para él, fue agarrado de la mano por Emilia.

—¡Vamos! No tendrás que ser tú quien lo despierte ¡Lo prometo!

A pesar de ser tan mona con sus sonrientes promesas, cuando se hallaron frente a la bestia durmiente, fue Sergio a quien le encargaron la misión.

¿Por qué yo? —susurraba.

Shhhh. La chica se escondía detrás de la cabecera.

Por algún motivo, Lucas había elegido la cama más ostentosa de la tienda, con las patas como pilares de madera tallados por ricachones contratados por ricachones, alto pie de cama y cabecera de tremendo diseño. Estaba a dos filas de donde durmieron ellos, ni tan lejos ni tan cerca. Por lo menos se veía cómoda.

—Vamos, hazlo —murmuró Martín con malicia, se encontraba casi sobre su hombro dándole malas decisiones.

Se asomó sobre Lucas, sin embargo, no logró hacer nada, ya que él lo miraba con el desprecio de a quien despertaron.

—¿Qué estás haciendo?

—Eh… e-esto… ¿Comprobando que respiras?

—Lo hago, muévete.

Sergio se dirigió a la espalda de Martín, que sentía entre risa y lástima por él. Lucas se levantó con poca dificultad, daba la sensación de que no durmió nada, ya que se encontraba de pie con la exactitud del día de ayer; como si hubiera fingido dormir y el enojo con Sergio fuera para mantener la fachada.

—¿Qué hay de desayuno? —preguntó Lucas.

Lo que había era pizza, la misma que habían comido el día anterior. Estaba fría y algo seca, aunque por ello el sabor era más intenso. Fue un claro disfrute que les permitía llenarse la panza en la mañana. Había suficiente para todos y siete Lucas más.

Mhm, Me pregunto si estará aún más buena mañana —dijo Martín, parecía igual de importante disfrutar de la pizza como demostrar que disfrutaba de esta.

—Estaba pensando que deberíamos ir a la zona residencial —dijo Lucas.

Mmmmhmm —añadió Martín.

—Tendremos más opciones… también nos haremos idea de las casas que están en la ciudad.

Mmmhmmhm —continuó.

—Martín ¿Quieres escuchar?

Mmhm, Lucas —gimió Martín—, no enfrente de la pizza.

Iba a quejarse, pero notó la mirada de Sergio y Emilia a su comida. No estaba comiendo, y tenía hambre.

—Una cosa a la vez… ¡Oh!, dulce pizza —dijo Martín.

Lucas dio un suspiro y se rindió ante la comida. Sí, estaba muy buena.

—Entonces, ¿iremos a la zona residencial? —dijo con más calma Lucas, comiendo.

—Está bastante lejos… —respondió Martín.

—Pero —interrumpió Emilia, haciendo tintinear su bolsillo—. Tenemos transporte.

(…)

—¡¡Emi!! ¡Más lento! —gritó Martín, el osado.

—¡¡Para, para!! —gritó Lucas, el valiente.

Sergio, el cobarde, se encontraba callado, bien sujeto a Martín. La calzada y la acera estaban, en su mayor parte, desocupadas para que alguien como Emilia condujera como le gustaba, semejante a un lunático sin sentido de la autoconservación. Hacían rizos compuestos de viento y polvo rojo con la velocidad. El «¡Nos tomará horas llegar!» se había vuelto un viaje de aproximadamente treinta minutos. La primera casa, una blanca con un precioso antejardín repleto de verde, marcaba la línea de llegada.

—¡Llegamos! —resopló Emilia.

Se bajaron bastante enojados, mas la alegría de haber sobrevivido era mayor a este. Por lo que se sentaron en el bordillo a respirar. Sergio, todavía calmado, comenzó a caminar a la casa.

—Sergio, ¿dónde…?

Sergio, con toda la dignidad que le fue posible, que era mucha, hay que decirlo, se esforzó el pobre, se puso a vomitar debajo de un arbusto. Tan artista era que casi logra describir de forma bastante precisa la pizza. Emilia corrió a ayudarlo, frotándole la espalda y sosteniendo su hombro.

—Entonces… ¿Se descarta la primera casa? —dijo Martín, se veía orgulloso de la broma.

No le hizo ninguna gracia a Emilia, que todavía contenía al pequeño, ni a Lucas, que, en efecto, había descartado la casa; se paró y, pasando por el lado de Sergio, fue a la casa vecina.

—¿No veremos esta? —preguntó Martín, todavía sentado.

Emilia solo le negó con la cabeza.

La casa de al lado era incluso más hermosa que la anterior, también blanca, denotaba las expansiones que le habían realizado. Mientras que la vomitada destacaba por la manera en que con cierta simpleza y gracia el dueño la había decorado, la vecina tenía menos detalles minuciosos, por el contrario, tenía un garaje, un balcón y un cobertizo que se asomaba por detrás. La pintura de la edificación inicial era de un tono más claro que todo lo demás, evidenciando una expansión en el muro izquierdo.

Lucas quedó paralizado al verla.

—¡Es enorme! —exclamó Martín, que le siguió.

Sergio y Emilia se apuraron a verla. Sergio iba agarrado del brazo y un poco débil. Se les escaparon las palabras de la sorpresa.

—Wow

Sin suerte de apertura con la entrada principal, decidieron rodearla. Intentaron abrir todas las ventanas y puertas, o encontrar algo que les permitiera entrar. Por el lado izquierdo había planchas de madera apoyadas en la pared, una decena de clavos, de los cuales Lucas tomó uno, y tornillos; ningún rastro del martillo. La parte trasera estaba el antes mencionado cobertizo, no estaba terminado, faltaba un ventanal y parte del techo, aun así, se veía bastante usado, con manchas en el suelo de comida y bebidas, y un par de asientos desordenados hallados junto a una mesa. Dos grandes bultos de polvo rojo combinados, pero suficientemente separados para distinguirlos, ensuciaban el piso de madera. El muro izquierdo estaba vacío, salvo por una ventana fuera de su alcance. Comenzaron a deliberar junto a esta acerca de cómo entrar, los minutos pasaban en frustración.

—No se me ocurre nada… ¿Dónde está Emi? —preguntó Lucas.

—Le vi buscando en el polvo —dijo Martín—. ¿Y si forzamos la cerradura?

—¿Sabes cómo? —dijo Lucas.

—No, pero lo vi un par de veces en la tele. ¿Qué tan difícil puede ser?

—Es más difícil de lo que parece, una vez lo intenté en el orfanato y rompí la cerradura.

Sergio se mostró molesto, el culpable de esa cerradura rota nunca apareció y el castigo fue para todos.

—¿Lo intentamos? —sugirió Martín.

—Me gusta bastante el aspecto de la casa, si nos gusta nos podríamos quedar aquí. No quiero un cerrojo inservible en ese caso.

—¿Y si la apuñalo con un sacacorchos? —Bromeó, aunque en su inflexión se denotaba una extraña esperanza. Lucas le ignoró.

Emilia llegó con las manos vacías, excepto por el polvo, que también ensuciaba sus prendas. Sus mangas espolvoreaban el suelo. En el instante en que se giraron a verla, ella negó con la cabeza. Martín se puso a sacudirle las manos y la ropa, momento en que Sergio tuvo una idea.

—Creo que podemos abrir la ventana.

—¿Cómo? —cuestionó Lucas— ¿Rompiéndola?

—No, quiero decir… se ve el cerrojo desde aquí, quizá podemos deslizar algo para moverlo.

Se observaba el cerrojo tal como dijo, no obstante, la hendidura por la que Sergio pensaba desbloquear la ventana no tenía casi espacio para manipular.

—No parece posible… —dijo Lucas inspeccionando la ventana desde cerca.

—Tal vez con una hoja, un papel.

Empujó un poco la ventana.

—Mhm… No, no pasaría, se doblaría.

—Entonces, ¿qué tal un cuchillo?

—No queremos romper la ventana, ¿lo olvidas?

—Debería abrirse lo suficiente para desbloquearla.

La idea no sonaba mal, y al usar la punta del clavo un poco funcionaba. Tal como dijo Sergio, un cuchillo delgado lo haría mejor.

—¿¡Emilia!? —llamó Lucas.

Martín estaba muy concentrado limpiando, ahora tocaba las mangas, por lo que estaba encorvado restregando como podía lo sucio. Emilia solo le miraba contenta.

—¿Sí? —respondió.

—¿Por casualidad no encontraste algo delgado y filoso?, cómo un cuchillo.

—¡Oh! —Bajó la mirada— Martín, ¿todavía tienes la herramienta multiuso?

—¿Ah?, ¿qué?, ¿la necesitan? —dijo girándose a los chicos.

—Usémosla para entrar por la ventana —dijo Lucas señalando la ventana en cuestión.

—¡Genial!

Se paró de golpe sacando del bolsillo la herramienta, la metió en su puño. Antes de que pudieran reaccionar la había lanzado a la ventana, expulsando vidrio por todos lados.

—¡Martín! ¿Qué mierda? —gritó Lucas.

—Espera ¿Cuál era el plan?

—¡Claramente no ese! —gruñó Lucas

Sergio tiritaba a un lado asustado del sorpresivo reventar de la ventana.

—Pensé que se habían aburrido de intentar.

—¿¡Te costaba tanto preguntarnos!?

—¡Da igual! —respondió Emilia—, la casa es fea y no está terminada.

Tomó mucho de Lucas para no seguir gritando, pero Emilia tenía razón, la casa no le gustaba del todo.

—Imbécil —dijo Lucas a Martín.

Echaron un vistazo dentro. El suelo, ciertamente no muy prístino, había sido arruinado por los fragmentos. Eso le daba algo de pena a Sergio, que miraba como la linda alfombra ocultaba peligro.

—¿Entramos? —preguntó Emilia.

—No lo sé… —dijo Martín, que solo quería salir de ahí.

Lucas entró apresurado procurando no cortarse con los remanentes de la ventana. De igual manera, rajó el antebrazo de su buzo. No hubo lesión, pero se dio cuenta del riesgo que se hallaba en ese reborde del que uno se dejaba caer.

—¡Esperen! ¡No entren…!

Los gritos de Lucas fueron caso perdido, pues en su apuro había impulsado a todos a seguirle. Sergio saltó, cayendo justo al lado suyo. Hizo un pequeño chillido al aterrizar.

—Ay.

—¿¡Qué estás haciendo!? ¡Dije que no entraran! —exclamó Lucas.

Emilia y Martín le siguieron, aunque con mayor precaución.

—¿Pasó algo? —preguntó Martín.

De los dedos de Sergio goteaba líquido, y el pequeño no paraba acariciar su brazo, como si tocara una guitarra desgastada con cuerdas sujetas desde la muñeca al codo.

—¿¡Estás bien!? —gritó Emilia acercándose a Sergio.

La manga de Sergio reveló por sí misma la herida, formando dos telones rojos hacia el actor protagónico: un corte largo que ocupaba la parte posterior de su antebrazo. Martín fue a verlo, pero Lucas le pasó casi por encima.

—¡Eres un idiota! —rugió Lucas lanzando a Emilia a un lado y tomando a Sergio de la muñeca sana.

—¡Lucas! ¡Espera! —le gritó Emilia.

Arrastrando al chiquillo, Lucas fue abriendo puerta por puerta de la casa hasta encontrar el baño. Puso el antebrazo de Sergio de manera forzosa en el lavamanos y dejó fluir el agua sobre él.

—¡Lucas! —Volvió a gritar Emilia.

—¿¡Qué!?

—¡Para!

Martín, calmado, no así feliz, llegó donde ellos. Lucas, todavía colérico, le miró esperando a ver qué decía.

—Lucas, para ya —dijo Martín.

Se hallaban tensos en medio del ruido del agua. Lucas resopló y soltó bruscamente a Sergio. Abandonó la habitación y luego la casa dando pisotones que resonaban cada vez más lejos.

Sergio estaba a punto de sacar el brazo del lavamanos, pero Martín lo detuvo.

—No, no, no —cerró la llave—, quédate ahí un momento.

Buscó en el estante de la habitación. Sin éxito. Después en una caja blanca que vio de camino al baño. Trajo consigo una botella de alcohol etílico, tiritas y gasas. La herida se le había hecho grande para las tiritas.

—¿Cómo se hace esto? —susurró Martín para sí— Toma aire, Chechín.

Hizo caso, no obstante, soltó todo cuando le vertieron el alcohol en la herida.

—¡Ay, ay! ¡Duele! —sollozó, lanzó todas las lágrimas que no habían salido con el altercado anterior.

—No queremos que pilles una infección, Chechín.

Tardaba un poco, la herida era bastante extensa. Emilia miraba decaída a un lado con tristeza y apresuro, como si ella fuera la siguiente en aquella desgracia. Cuando terminó, observó confundido las tiritas y las gasas. Mientras las sacaba del paquete y jugaba con los ángulos y vueltas que podría utilizar para colocarlas, Lucas llegó y se apoyó rápidamente contra la puerta del baño.

—¿Sabes cómo se ponen? —preguntó Martín.

—No —dijo Lucas, haciendo una pausa para continuar—. Lo siento.

—No te preocupes, tampoco sé.

Para ser primerizo lo hizo bastante bien, ya que, a pesar de que gastó gasa demás y que algunas esquinas se escapaban, cubría bien la herida. Puso un par de tiritas para decorar, cosa que Emilia notó y le hizo gracia.

Salieron juntos de la casa. Había un rastro de sangre de la ventana rota al baño, que con silente acuerdo ignoraron. Afuera, el ánimo daba vueltas en el suelo.

—¿Siguiente casa? —propuso Martín.

Asintieron Emilia y Sergio.

—La tercera es la vencida —dijo Martín sonriendo.

La cuarta casa, teniendo como comparativa la tercera que era horrible, no estaba tan mal. De hecho, era muy bella, con tres pisos para presumir y un color, que Dios sabe cómo pintaron y tan bien, café pálido que destacaba en el vecindario. Una balconada en el tercer piso que abarcaba varias habitaciones. Arbustos deslumbrantes en el césped, muy cuidados. El patio no se veía, pero era fácil imaginarse cómo era: con igual esmero, con igual lujo de detalle, con dinero puesto sobre la mesa y el suelo.

A pesar de ser mejor que las que ya habían visto, no explotaron en energía. Martín lideró el camino.

Por suerte, la ventana estaba abierta, por lo que uno a uno fueron entrando hasta que todos se hallaron parados en el comedor-cocina. Martín sacó fruta y verduras del refrigerador, para luego presentarla como banquete a los chicos. Comieron en silencio sentados a la mesa. Martín continuó explorando. Puso unas ollas y sartenes sobre el quemador del horno mientras los demás le seguían con la mirada.

—¿Qué haces? —preguntó Lucas.

—Cocinaré algo.

—¿Sabes cocinar? —añadió.

—Sí… no lo he hecho nunca.

—¿Puedes no hacerlo? —dijo Lucas con algo de irritación en su tono de voz.

—¿Puedes no ser un aguafiestas? —exclamó Emilia enfadada.

—Vas a hacer un desastre, o quemaras la cocina, o quemaras la casa —dijo Lucas.

—¿Cuándo he hecho un desastre en mí actuar, joven Lucas? —dijo Martín, sartén en mano, podría fácilmente haber sido la herramienta multiusos con la manera en que todos la recordaron.

—Todos ustedes lo hacen —gruñó Lucas—, si solo se pararan a pensar un momento…

—¡Perdón, señorito perfecto! —gritó Emilia.

—¡Paren ya! —exclamó Martín, desescalando la situación.

Martín suspiró y se dejó caer en el asiento. Tomó una de las frutas, cualquiera, y se la llevó a la boca. ¿Fruta?, era una papa. Escupió los trozos hacia el lado. Los demás se querían reír, pero sintieron que no era el momento.

—Que asco —dijo Martín.

—¿Qué pensabas que era? —preguntó Lucas.

—Toma —Emilia extendió una manzana—, para reemplazar el sabor.

Funcionó de maravilla. Los cuatro se detuvieron a comer.

—¿Te duele? —preguntó Lucas a Sergio apuntando a su brazo.

—Sí, me arde —dijo mostrando el vendaje mal hecho, una de las puntas ya se estaba desprendiendo.

—Miremos la casa y busquemos con que arreglar un poco esto, ¿sí? —dijo Lucas.

—Vamos —Se levantó Martín.

Avanzaron juntos por la casa. En un principio comentando lo obvio: «Que grande el televisor», «por las ventanas entra mucha luz», «el patio se ve grande, hay que ir».

Luego un par de bromas casuales: «Con tantas habitaciones nos perderemos», «me gusta este cuarto, dan ganas de lanzarme al colchón», «¿crees que tenían algo con el orden?».

Finalmente, compartían carcajadas: «Mira, caballetes y pintura, Sergio vete a jugar», «tienen tantas cosas que hasta Martín se cansaría», «¿sí?, pues veamos quien es el mejor cuando encendamos los videojuegos».

Lo tenía todo. La enormidad de la casa daba precedente de lo que podría haber dentro, pero los dueños no eran ostentosos por el afán de esconder un frío interior, lo eran porque adentro no había más espacio para tanto calor. Los chicos estaban siendo envueltos en toda su calidez.

Llegaron al patio, esperaban un jardín lleno de flores y hasta árboles rebosantes de fruta, por el contrario, era un espacio donde uno fácilmente podría organizar una fiesta para una multitud de personas, con mesas y sillas dispuestas sobre el concreto y un área suficiente para que todos pudieran bailar. Pues, eran cuatro, aunque acogedor, era más de lo que necesitarían u ocuparían. De todos modos, estaban encantados.

—¡Quedémonos aquí! —exclamó Emilia girándose hacia Lucas.

El chico se quedó contemplando, dudando, deliberando algo que se notaba no le gustaba:

—Busquemos otra.

—¿¡Qué!? —gritó Emilia— ¿¡Me estás tomando el pelo!? ¿Por qué no?

Todos miraban a Lucas, que se veía avergonzado, pero firme.

—Podría ser mejor.

—¿¡Cómo!?

—Le falta una piscina —añadió.

Se sorprendió de esa frase, haciéndola dar un paso atrás. Martín por su parte, dio uno hacia adelante:

—No estoy seguro de que encontremos un lugar mejor, o uno con todo lo que queremos.

—Esta es solo la cuarta casa que vemos, Martín —dijo Lucas—, ¿tan malo es desear más?

Emilia acarició su propio brazo incómoda, sin embargo, no pronunció ninguna palabra. Aunque Sergio estuvo callado, y su presencia era en esencia invisible, denotaba querer decir algo, pero nunca lo soltó.

—Podríamos estar haciendo tantas cosas en vez de esto —dijo Martín.

—Estábamos todos de acuerdo en buscar una casa.

—Pero… —Martín no tuvo respuesta, suspiró—. Está bien. Continuemos.

En total, observaron veinte casas más, luego de esto, se sentaron con el sol apuntándoles con sus rayos en la frente. Ninguna pasó la etapa de inspección, con el juez Lucas siendo el más crítico, siguiendo Emilia y luego Martín por eliminación, ya que Sergio parecía gustarle cada casa menos que la anterior; de hecho, aquello le estaba sacando de quicio a Lucas, que con intención deseaba entender al pequeño, pero no daba de su parte. Le lanzó un par de gritos silenciosos a sus espaldas.

Al final, el descarte, aunque lento, era innecesario, pues hubiera sido más eficiente buscar ciertas características de la casa y salir lo más rápido posible. La búsqueda se resumió así:

«Le faltan muebles, las anteriores tenían más, nos vamos».

«¿Tiene piscina?… ¿No?, nos vamos».

«No terminaron de construir una cosa, se ve feo, nos vamos».

«En el suelo hay polvo, bastante, ¿vas a limpiar tú?…, nos vamos».

Tampoco se pudo considerar la búsqueda un desperdicio, probaron de cada refrigerador lo que encontraban: frutas, verduras, sobras, pasteles y dulces; a Martín no se le permitió cocinar, ni siquiera cuando ya no se quedarían ahí, después de todo, los retrasaría.

Entre salir con las manos vacías, la monotonía de la tarea, el largo tiempo que le dedicaban a las casas para terminar en lo mismo, la creciente animosidad entre ellos y, ahora, el pronóstico del término del día; un aura negativa surcaba sobre ellos. Se miraban de reojo sin energía para quejarse.

Martín, quien seguramente tenía las razones más pertinentes para estar enojado —pues fue el principal discrepante de las actividades acontecidas—, se fue caminando dejándolos atrás. Como se dijo con anterioridad, no tenían energía, ni ánimos, para quejarse.

Sergio sintió una mano tocarle el brazo.

—¿Cómo está? —preguntó Lucas.

—Duele menos, creo.

Le dio una vuelta con los ojos, revisando indicios de sangrado abundante o de que el vendaje fuera a caer. Lo haría, por tanto movimiento no se veía muy asegurado. Emilia, evitaba verlo.

—¿Qué es ese ruido? —dijo Emilia. Algo se acercaba zigzagueando por la calle.

Era la cuatrimoto y un horrible conductor. Se detuvo a diez metros de ellos y poco les pareció.

—¿Martín? —exclamó Emilia—, ¿qué estás haciendo?

—Volvamos al mall.

—¿Al mall? —dijo Lucas descontento—. ¿Por qué volveríamos al mall?

—Hemos estado todo el día buscando la casa. Estoy cansado, los momentos más divertidos los pasamos allá. ¿No nos merecemos un descanso?

Quizá en otras circunstancias Lucas habría objetado, por el contrario, y con las miradas de todos clavándose en él, se levantó y se subió al vehículo.

—Tú no conduces —dijo Lucas.

—¿Quién lo hace? ¿Tú?

—No.

—¿Sergio? —propuso Martín.

Sergio se puso pálido.

—Emi, adelante —dijo Lucas.

Los ojos se le iluminaron a la chica, quien esperó con radiante emoción que Martín le diera el asiento. De un salto se subió y todos listos se agarraron de donde podían.

—Emilia, por favor, con cuidado —imploró Martín— y lento.

—¡Si! —Asintió la pequeña.

(…)

Martín a pesar del mareo se adelantó a entrar, seguido de Lucas, dejando a Emilia cuidando de Sergio que vomitaba en la acera. Ya ambos dentro se separaron, con Emilia yendo a la tienda de ropa.

Su principal idea fue la de encontrar algo que los alegrara. Un pantalón bonito, una camisa estilosa o algo así. Sin embargo, su desánimo le dificultó hallar algo que le gustara incluso a ella. En la tienda no había ropa muy linda, pensaba ella. Los colores eran un poco aburridos o muy intensos. De algún modo, terminó tirada sobre un montón de ropa que le hacían de cama. Dormitó imaginando lo discutido hoy: su casa perfecta.

Pues, Lucas tenía razón, quería mucho para su casa. Quería una piscina, como él había dicho, quería mucha ropa de mucha variedad, para ella y los chicos, quería videojuegos, quería decorar, quería tantas cosas que, por consiguiente, su casa debía ser enorme. Le dio pena pensarlo, no tenía muy claro por qué.

Aburrida, se levantó a dar vueltas por los pasillos. Vio a alguien rebuscando en la librería, tenía un despelote de libros en el suelo que le molestaba. «Seguramente es Sergio», pensó. También se escuchaba algo golpeando las paredes con fuerza, acompañado del ruido de un motor acelerando sin mucho control. Luego otro estruendo, y otro. «Seguramente es Lucas», pensó. Se encontró a un chiquillo sentado solo, su carita apenada mirando hacía enfrente. «Seguramente es… ¿Martín?», pensó, de manera equívoca, era Sergio. Se acercó a acompañarlo.

—¿Qué te pasa? ¿Te duele el brazo?

Tardó en su respuesta:

—¿Arruiné las cosas?

—¿Por qué lo dices?

—Las cosas se pusieron raras después de lastimarme —lamentó Sergio.

—Las cosas estaban tensas desde que Martín rompió la ventana.

—¿Martín arruinó las cosas?

—No —dijo Emilia—, no lo creo.

—No fue un buen día.

—No lo fue —Miró los ojos de Sergio, y se alivió de la falta de lágrimas—. Deberíamos buscar la casa sin Lucas —añadió.

El pequeño se volteó rápido.

—¿En serio piensas eso?

—¿Sí? ¿Tú no?

—No.

—Oh, lo siento.

—¿Te agrada Lucas?

Emilia no esperaba el interrogatorio de Sergio.

—Sí, es solo que a veces es bruto y un pesado.

—Me cae bien, quiero que estemos todos.

—Supongo que es verdad —dijo Emilia.

Un horrible ruido de interferencia, como el de un silbato, interrumpió la conversación. Se detuvo, y la voz de Martín resonó en las paredes del centro comercial.

—¡Chicos de todas las edade… —volvió a sonar la interferencia— ¡Mierda!

Emilia frunció el ceño. Martín retomó:

—¡Chicos de todas las edades! ¡Acercaos al gran evento de la velada! ¡Aquí, justo en la entrada del establecimient… —Interferencia otra vez— ¡Cállate, cállate! —murmuró Martín al otro lado de la transmisión.

En el camino vieron a quien tenía un desorden en la librería. Era Lucas, se encontraba leyendo muy concentrado un libro azul y denso en el suelo. Emilia, dudando solo un instante, le llamó levantando la mano, como si hubiera más personas en el pasillo:

—¡Lucas! ¿¡Vienes!?

Lucas apoyó la rodilla e iba a pararse, pero se detuvo, contemplando si iba a ir o no. Dio un vistazo al libro, luego a Emilia. Se guardó el libro en el brazo y corrió hacia ellos.

—¿Qué se trae Martín entre manos? —preguntó Lucas.

—No sé, pensé que estarías con él ¿Qué leías?

—No importa, tampoco lo entendí mucho —Escondió un poco más el libro.

De todos modos, Emilia pudo leer lo impreso por encima.

«Manual de Merck».

Descubrieron el camino hacia la entrada hecho un desorden, o más bien, ordenado, habían movido las cosas para hacer una ruta limpia de objetos, dejando un caos en los rincones. Martín, en la entrada, tenía frente a él tres objetos grandes cubiertos por mantas y un parlante conectado a un micrófono. Se llevó este último a la boca:

—¿¡Están lis… —se acercó casualmente con el micrófono al parlante, un pitido retumbó por el pasillo—… tos!? ¡Gah! ¡Cómo odio esto!

—Martín, ¿qué es esto? —preguntó Emilia.

—¡Oh!, ¿pero qué veo aquí?, ¿participará usted, señorita?

—¡Martín, para ya! —dijo Emilia.

El chico comenzó a chasquear la boca, y a balancear el índice negando.

—¡No hay ningún Martín aquí, joven señorita! ¡Mi nombre es… Brian Jones! —dijo Brian.

Emilia le miró decepcionada, Lucas perplejo y Sergio confundido.

—¿Quién? —preguntó Sergio.

—¡Vamos! —gritó Brian, revelando lo que se encontraba debajo de las mantas—. ¡Elegid!

Eran tres cuatrimotos, estaban llenas de abolladuras en la parte delantera, pero no se apreciaba mayor daño que ese. Estaban listas para marchar.

—¿Por qué tres? —inquirió Emilia—, ¿quién no participará?

—¡Yo! —exclamó Brian.

—¿Qué? ¿Por qué?

—¡Porque apesto conduciendo! —dijo Brian sin bajar la emoción—. ¡Vamos, vamos!

Lucas se cruzó de brazos.

—Lo haré si paras con lo de Brian.

—Oh, okay —respondió Martín.

—¿Es esto seguro? —preguntó Lucas.

—Yo… no quiero —dijo Sergio.

—¡Yo sí! —dijo Emilia—. ¡Por fa, por fa!

—Sergio no participará con esa herida —reclamó Lucas.

—En ese caso, pueden participar solo tú y Emi…

—No —interrumpió Lucas tomándolo del hombro—, tú participarás.

Tardaron una hora en prepararlo todo oficialmente. Aunque Martín había hecho el trabajo pesado, su plan estaba lleno de inconvenientes.

Las cuatrimotos, que eran cuatro, pues Martín había escondido la otra luego de ver que chocaba con todo, no tenían un tamaño adecuado para avanzar por el pasillo, mucho menos en una carrera. Por lo que la pista fue cambiada a la calle. Darían una única vuelta a la manzana en un lugar a cinco cuadras del centro comercial, en un sitio que albergaba poco tráfico; en ese trayecto, aprovecharon de familiarizarse con sus vehículos, o así era la idea, Martín estaba a un par de choques de romper su máquina.

Lucas aprovechó de pasar por una farmacia y sacar un montón de cosas. Gasas, vendas, agua oxigenada, suero. De todo un poco. Con ello, intentó arreglar un poco lo que tenía Sergio en el brazo. Fue un trabajo mejor que el de Martín, pero faltaba practicar.

El sol estaba cerca de la noche, el crepúsculo iluminaba las calles con un anaranjado precioso.

Los tres corredores en sus marcas, usando casco por petición de Lucas, apretaban con suavidad el acelerador preparados para competir. Martín tiritaba de miedo, y con razón.

Cuando Sergio gritó «¡Ya!», las cuatrimotos echaron a andar. Martín perdió el control el primer minuto y chocó contra un poste de luz, mientras los otros avanzaron levantando una sutil capa de polvo rojo por las calles que reposaba en la calle.

—¿Estás bien? —Sergio corrió a verle.

Se encontraba recostado hacia atrás en el asiento, tanto como lo permitía su cuatrimoto, el cuerpo rendido ante la gravedad.

—Recuérdame nunca conducir.

—Lo haré —dijo Sergio sin saber muy bien qué hacer.

Martín resopló.

—¿Quieres apostar quien gana?

Emilia iba a la delantera. Demostró en sencillos movimientos e intrépida rapidez que su conducción mañanera no era casualidad. En tanto, Lucas hacía lo posible para no acabar como el tercer lugar o en la tumba, y no comprendía como Emilia, la pequeña Emilia temerosa y cuidadosa que conocía, lo hacía para apretar tanto el acelerador. Sin embargo, no iba a dejársela fácil.

El primer tramo, una línea recta con un par de autos de obstáculo, tuvo como clara vencedora a Emilia. Seguía una estrecha curva. Lucas vio la oportunidad, pues con la velocidad de la chica, esta debía recurrir a un frenazo brusco, mientras que él tuvo una vuelta más que precisa. ¡La rebasó!, ¡pero Emilia continuó su estrategia de acelerar primero y preocuparse después!

Segundo tramo, Emilia por detrás, Lucas luchando contra su instinto de frenar un poco. La calle estaba vacía de autos, entregándoles la sensación de un solo enemigo en la pista.

El chico se colocaba frente a Emilia en un intento de que no le pasara. Estuvieron un corto rato en este zigzag competitivo, hasta que Emilia hizo un movimiento que Lucas respondió con rapidez. Pero la niña fue al lado contrario. Una trampa. Un farol. Pasó por su lado casi chocando con él. Aprendió de su error, en la esquina, a unos metros, disminuyó su velocidad para girar, logrando avanzar manteniendo su ventaja.

¡Tercer tramo! La ventaja de Emilia era cada vez mayor y faltando solo esta calle y la siguiente para dar término a la carrera. Lucas comenzaba a perder la esperanza. No obstante, un calor interior le impedía rendirse, semejante a la exasperación que sentía mientras exploraban las casas, un fuego en su pecho y en su cráneo que le hizo apretar el entrecejo y abandonar su juicio. Apretó el acelerador con fuerza y no lo soltó, alcanzando una velocidad que le aterraba. Se acercaba a la vuelta, y Emilia iba a una velocidad más prudente para girar.

Lo había visto en las películas, quizá funcionaria. Giró frenando un poco, puso la cuatrimoto en diagonal. Un ruido como el chillar de las ruedas hizo eco en la calle. La ventaja de Emilia había disminuido considerablemente. Pudo ver, con intensa adrenalina, como el chico lo daba todo. Ella también lo haría.

Recta final, podían ver la meta improvisada construida por Martín. Una táctica conveniente para Emilia habría sido evitar que Lucas le adelantara, pero, ¡Dios!, que bien se sentía no hacerlo. La determinación, y kamikaze, actitud de Lucas daba frutos, se asomaba por el costado de la chica. 50 metros, ya casi lo hacía. 40, Emilia no se lo permitía. 30 metros. 20 metros. ¡10 metros!

¡La carrera había terminado! Y por fortuna, Martín había predicho como la carrera se daría, pues les dio una tremenda calle para disminuir la velocidad con tiempo. Aun así, Lucas, logró impactar contra un auto mal estacionado. Como él ahora.

Emilia se bajó de su cuatrimoto y se apresuró a buscarle:

—¿¡Estás bien!? —gritó.

Lucas estaba apoyado en el manubrio. Bien, pero sin aliento.

—Perdí.

—¡Gané! —respondió Emilia, respirando fuerte.

—Estoy bien, estoy bien, logré frenar a tiempo. ¡Estuvo cerca!

—¡Sí! —dijo Emilia, refiriéndose a la carrera, no así a la posible lesión de su amigo—. ¡Hay que hacerlo de nuevo!

—¡De ninguna manera!

Esperaban hallar en la meta a Sergio y a Martín, sin embargo, no los veían por ningún lado. Tampoco en el pasillo del centro comercial, ni en el patio de comida, ni en los dormitorios. ¿Dónde estaban?, un rastro de pisadas húmedas les revelaron su posición. Era una tienda más del montón, vendían productos de acampada y para patios, entre estos, una construcción cuadrada de color azul que filtraba agua.

A Emilia le estallaron los ojos en emoción:

—¿¡Es eso una piscina!?

Se acercaron, eso era una piscina mal hecha. Uno de los soportes fue colocado tan, pero tan mal, que atravesó el plástico generando una enorme grieta. Tampoco tenía agua para llegar a la pantorrilla, a pesar del esfuerzo que realizaba una manguera conectada a un baño lejano. Cuando Lucas miró a Emilia esperó decepción. La pequeña se sacó la sudadera y se lanzó al charco. Reía.

—¡Está tan fría! —Se encontró con la mirada a Lucas—. ¡Vamos! ¿Qué esperas?

Pensó en quitarse el buzo empapado en sudor, pero también pensó «al carajo», y entró.

Acostados en el suelo de la piscina, la corriente les llegaba hasta las orejas. El agua fría tenía gusto a masaje ligero en una piel escocida por un atareado día y la adrenalina, y el ruido de la manguera a las melodías compuestas por los ríos. Ambos suspiraron relajados.

—Esto es el cielo —dijo Emilia.

En unos minutos respondió:

—Lo siento Emi, por lo de la mañana.

—También yo.

Poco rato después, unos pasos apresurados irrumpieron.

—¿Qué pasó con la piscina? —Martín había llegado junto a Sergio, al ver a los dos nadadores les preguntó—: ¿Quién ganó?

—Emilia.

La chica levantó los brazos y el mentón en señal de superioridad. Sergio miró con petulancia a Martín.

—Sí, sí —dijo a Sergio. Dirigió su atención a Lucas y Emilia—. ¿Se quedarán ahí?

—¿Tienes alguna idea en mente? —preguntó Emilia.

Era el turno de Martín de mostrarse engreído con la mirada.

La gran pantalla, las luces, las palomitas —quemadas por Martín—, y una cartelera que mostraba el último estreno.

Lucas, Martín y Sergio esperaban en los asientos centrales el show. Martín, que desde la cabina de proyección apagó las luces e inició la película, corrió para no perderse ni un minuto de la emisión.

Se sentó junto a Lucas, expectante de que uno de sus planes saliera exactamente como lo deseaba. Aunque, tardó bastante en estar listo, a pesar de usar el tiempo en que pensó que la piscina se llenaría.

—¡Estoy tan emocionado! —exclamó—. ¿Qué tal ustedes, chicos?

Cuando Martín se volteó, se encontró con Emilia dormida sobre sus nudillos, y a Lucas entrecerrando los párpados. Martín los despertó con un grito:

—¡Oh, por favor, abran los ojos!

—Lo siento, pondremos atención —dijo la chica.

—Sí —susurró Lucas.

Martín negó con la cabeza.

—No… no, lo entiendo —Estiró brazos y piernas—, vámonos, estoy cansado… O podemos ir a un lugar mejor.

A pesar del cansancio, decidieron acompañarlo.

Algo recóndito, el viaje hacia el techo parecía oculto por la variedad de caminos que se podía tomar. Una vuelta equivoca, y terminas comprando perfumes de precio inflado. No obstante, Martín siempre estaba perdido, así que por innata suerte había encontrado la puerta al techo mientras buscaba las piscinas. Cuando descubrió este lugar solo, lo consideró precioso, pero con todos, era radiante. Las nubes rojas tenían una luminiscencia dada por los faroles nocturnos que, con el asomar de las estrellas, presentaba nebulosas iguales a las de sus libros de ciencia. Como única diferencia, la enormidad. Era un ser inerte que arrebata al cielo su escenario.

El asombro de los chicos les hizo olvidar el cansancio y los llevó correr, como si en medio de aquel llano tejado pudieran absorber vitalidad del firmamento. Martín, lleno de orgullo, caminó atesorando el momento.

Los dos más pequeños se quedaron sentados contemplando un largo rato. Los mayores conversaron a metros de ellos.

—Fue raro verte participando —dijo Martín.

—Y a ti verte tan callado —respondió mezquino—. No debería haberlo hecho, casi muero… pensé que lo haría muchas veces.

—Entonces, ¿por qué?

—Fue una tontería, una irresponsabilidad y… fui un tonto, ¿sabes?, sentí que necesitaba compensarlo de alguna manera.

—Tienes esta tendencia a ser un gruñón.

Lucas le miró irritado. Esperaba otra respuesta. Martín continuó:

—No creo que tus motivos para enojarte sean equivocados, pero cuando te alteras así, es difícil ponerse de tu lado.

—Lo sé, lo siento.

—Tampoco creo que sea suficiente disculparse. Puede que llegue un día en que te pases de lo que podamos perdonar.

Se vio perturbado de pensarlo.

—Seré mejor.

—También nosotros para entenderte —rio Martín.

—Solo quería un hogar para todos.

—Siento que este lugar es un hogar, aunque, de igual manera, ¿realmente importa?, nunca nos gustó la vida en el orfanato, tampoco en las calles, lo único que lo hacía soportable era estar juntos. El lugar al que vayamos será nuestro hogar y haremos que se sienta perfecto.

—De todos modos —añadió Lucas, más calmo luego de un suspiro—, quiero que tengan todo.

—¿¡Y qué mejor lugar que un maldito mall!? —dijo en carcajadas.

Emilia se acercó junto a Sergio. La pobre tiritaba de frío.

—Vamos adentro —dijo.

Enseguida avanzaron, no así Lucas, que siguió sentado.

—Vayan ustedes, quiero quedarme un rato más.

—¿Estás seguro?, tú también estás empapado —dijo Emilia.

—Está bien, adelántense.

Se miraron entre ellos con preocupación. No protestaron, por lo que Lucas les perdió la vista en la puerta.

Seguía con cierta culpa del día, y, tal como dijo Emilia, el frío se acentuaba por su ropa mojada. Sin embargo, todo mal se opacaba por el nocturno. Le hacía desear estar en un lugar mejor, donde no le persiguiera la hipotermia o la fatiga y pudiera quedarse toda la vida ahí.

O así lo pensó unos diez minutos, momento en que el sueño le estaba ganando. Se devolvió caminando lento por los pasillos, rumiando acerca de lo que dijo Martín. Debía ser mejor, se repetía. Y también en que, ahora, este lugar era su casa. No, su hogar. Se sintió algo meloso por corregirse a sí mismo.

En la zona de dormitorios, notó que la primera cama tenía tres distintivos bultos. Dos chicos durmiendo encima de las sábanas y una chica por debajo de estas. El cansancio debió de hacerlos caer en el primer lugar cómodo que encontraron. Iba a irse a su cama, pero un calor en su pecho le llamó a unirse, a acurrucarse a espaldas de Martín.

Cerró sus ojos y tuvo unas ganas tremendas de golpearse a sí mismo en vergüenza, pues su cabeza murmuró antes de dormir:

«Sí, este es mi hogar».

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