El chiquilin.
No estoy completamente seguro de que esto haya pasado así.
Lo he pensado más de lo que debería, como si al repetirlo pudiera encontrar una versión más fiel, más limpia, menos intervenida por el tiempo. Pero cada vez que vuelvo a este recuerdo, lo siento distinto… no en los hechos —porque esos ya están borrosos— sino en la forma en que se acomoda dentro de mí. A veces parece propio, otras veces se siente como si lo hubiera tomado prestado de alguien más, como si mi mente lo hubiera adoptado porque explicaba demasiado bien ciertas cosas que no supe nombrar en su momento. Freud diría que hay memorias que no recordamos, sino que reconstruimos… y supongo que esta podría ser una de ellas.
Y sin embargo, hay algo que no cambia.
No es la imagen. No es la secuencia. Es una sensación persistente, como un eco que no termina de apagarse, que insiste en quedarse aunque ya no tenga forma clara. Algo que, aun si no ocurrió exactamente así, sigue sintiéndose verdadero de una manera que no necesita comprobarse.
Tal vez por eso sigo regresando a ese lugar.
El patio.
No recuerdo tanto las clases de esos años.
Podría intentar hacerlo, pero lo que aparece son fragmentos sueltos, nombres de materias, quizá alguna libreta, alguna voz… nada que realmente se sostenga. En cambio, el patio se mantiene. No como una escena nítida, sino como un espacio cargado de algo que en ese momento no entendía, pero que ahora —o al menos eso creo— reconozco como importante.
Había sol, eso sí lo recuerdo. O al menos quiero creer que lo había. Un calor constante que hacía que todo pareciera más lento y más intenso al mismo tiempo. El ruido de los demás niños se mezclaba en una especie de fondo continuo que no se distinguía por voces, sino por presencia. Y en medio de todo eso… estaba uno.
No completamente dentro.
No completamente fuera.
Solo… ahí.
Con el tiempo uno aprende a ponerle palabras a esas experiencias. Socialización, dinámica de grupo, construcción de identidad… términos que suenan correctos cuando se dicen en voz alta, como si finalmente ordenaran algo que antes era caótico. Pero en ese momento no había nada de eso. No había teoría que mediara la experiencia.
Había interacción.
Había miradas, decisiones, silencios.
Y sobre todo, había juego.
Dicen que el juego es una forma de aprendizaje.
Que ahí se ensayan roles, que se desarrollan habilidades, que se construyen vínculos. Supongo que es cierto. Pero nadie te dice que, dentro del juego, también se aprende otra cosa… algo menos amable, menos evidente, pero igual de determinante.
Se aprende que no todos ocupan el mismo lugar.
Se aprende que hay quienes eligen… y quienes esperan.
Se aprende que pertenecer no siempre depende de querer hacerlo.
No recuerdo exactamente cuándo empecé a notar eso.
Tal vez siempre estuvo ahí y solo tardé en reconocerlo. O tal vez fue uno de esos aprendizajes que no llegan de golpe, sino que se filtran poco a poco, hasta que un día ya forman parte de la manera en que ves el mundo sin que puedas señalar el momento exacto en que empezaron.
Lo que sí recuerdo —o al menos eso creo— es que el recreo no era simplemente un descanso.
Había días en los que se sentía distinto.
Como si algo se organizara sin necesidad de instrucciones.
Como si todos supiéramos que iba a pasar algo… aunque nadie lo dijera.
Creo que, en parte, todo eso venía de otro lado.
De lo que veíamos.
De lo que absorbíamos sin cuestionar.
En esos años, la televisión no era solo entretenimiento. Era referencia, era aspiración, era una especie de guía no escrita sobre cómo moverse en el mundo. Veíamos historias donde había protagonistas claros, figuras centrales alrededor de las cuales giraba todo lo demás, personajes que corrían más rápido, que decidían, que resolvían, que ocupaban un lugar que no estaba en duda.
Y uno, sin saberlo del todo, empezaba a medirse con eso.
A imaginarse dentro de ese esquema.
A creer, aunque fuera por momentos, que también podía ocupar ese lugar.
No sé si lo pensaba así.
Lo más probable es que no.
A esa edad no se elaboran esas ideas con tanta claridad. Se sienten. Se incorporan. Se viven como si fueran naturales, como si el mundo ya viniera con cierta estructura y uno solo tuviera que encontrar dónde encajaba.
Pero incluso sin entenderlo, algo ya estaba ocurriendo.
Algo que no se decía, pero que se repetía.
Algo que empezaba a tomar forma cada vez que salíamos al patio.
Y es que había días —y este es uno de ellos, o al menos así lo reconstruyo— en los que el recreo dejaba de ser solo un espacio de descanso y se convertía en otra cosa… en una especie de escenario donde se jugaba más que un partido, más que una tarde, más que un simple intento de pasar el tiempo.
Había algo en juego.
Algo que, en ese momento, no sabía nombrar.
Pero que, de alguna forma,
ya estaba empezando a entender.
Había un orden.
No uno visible, no algo que alguien hubiera escrito en una libreta o explicado frente al grupo, sino un orden que se repetía con la naturalidad de las cosas que nadie cuestiona. Estaba ahí desde antes de que empezáramos a jugar, desde antes incluso de que el balón apareciera, como si el juego no fuera el origen de ese orden, sino su consecuencia.
Los niños se iban acomodando en la cancha sin que nadie lo indicara. Algunos avanzaban con seguridad, otros se quedaban un poco atrás, y entre esos pequeños movimientos se dibujaba algo que en ese momento no alcanzaba a entender, pero que ahora —o al menos eso intento— podría llamar estructura.
No era caos.
Nunca lo fue.
Primero aparecían los capitanes.
No recuerdo si siempre eran los mismos, o si mi memoria decidió simplificarlo todo para hacerlo más fácil de sostener, pero hay una figura que insiste en quedarse, como si no quisiera soltarse de este recuerdo, como si fuera necesaria para que todo lo demás tenga sentido.
Le decían el Chiquilín.
Y cada vez que lo pienso, el nombre me resulta extraño.
Porque no tenía nada de chico.
Era más grande.
No solo en tamaño, sino en tiempo.
Había reprobado uno o dos años —eso se decía, al menos— y eso lo colocaba en un lugar distinto, un poco fuera del grupo, pero no lo suficiente como para no pertenecer. Estaba en medio… en ese punto donde la diferencia se convierte en ventaja.
Su cuerpo ya no era el de los demás.
Más grueso. Más pesado. Más… definido de alguna manera que en ese momento no sabía nombrar, pero que se sentía. Había algo en su forma de pararse, en cómo ocupaba el espacio, que hacía que uno lo notara incluso antes de entender por qué.
El apodo sonaba a burla.
Pero no funcionaba del todo así.
O tal vez sí, pero con límites.
Porque nadie se reía fuerte cuando él estaba cerca. No era una regla, no era algo que alguien hubiera dicho, pero estaba ahí, presente en la forma en que se modulaban las voces, en las risas que se quedaban a medias, en esa especie de acuerdo tácito que uno aprende sin que nadie se lo enseñe.
No lo recuerdo como alguien malo.
Y esto me parece importante, porque sería fácil reducirlo a eso, a una figura de abuso o de dominio evidente, pero no encaja del todo con lo que siento cuando vuelvo a este recuerdo.
No era cruel.
Era… suficiente.
Suficientemente grande.
Suficientemente fuerte.
Suficientemente presente.
Como para que el orden girara un poco a su alrededor sin necesidad de imponerse.
El Chiquilín elegía primero.
Decía nombres.
Y cada nombre parecía tener un peso distinto, aunque en ese momento no lo pensáramos así. Era una selección, sí, pero también era una forma de reconocimiento, una manera de ubicar a cada quien dentro de algo que iba más allá del juego mismo.
Había niños que sabían que iban a ser elegidos rápido.
Se notaba en la forma en que esperaban, en la tranquilidad con la que escuchaban los nombres de los demás, como si no estuvieran realmente en riesgo de quedar fuera. Para ellos, el turno no era incertidumbre… era confirmación.
Sabían que pertenecían.
Y eso, en ese espacio, lo era todo.
Después veníamos los demás.
Los que no teníamos esa certeza.
Los que escuchábamos cada nombre con una atención que no se veía por fuera, pero que por dentro se sentía como una especie de conteo que avanzaba sin que uno pudiera detenerlo. No era angustia exactamente, ni tampoco tristeza en un sentido claro. Era algo más difuso… una incomodidad que no tenía nombre en ese momento, pero que se instalaba igual.
Uno aprendía a disimular.
A mirar hacia otro lado.
A fingir que daba lo mismo.
A actuar como si no hubiera nada en juego.
Pero lo había.
Siempre lo había.
Y aun así, no había crueldad abierta.
Nadie decía “tú no”.
Nadie empujaba a nadie fuera de la cancha.
Nadie hacía de eso un espectáculo.
El orden se cumplía solo.
Como si ya estuviera decidido desde antes.
Como si cada quien, sin saberlo del todo,
ya supiera dónde iba a terminar.
Y es ahí —creo— donde algo empieza a moverse.
No de forma evidente.
No como una revelación clara.
Sino como una intuición que se instala poco a poco…
de que el juego no es solamente juego,
y que entenderlo
no siempre implica participar de la misma manera.
Con el tiempo —aunque decir “tiempo” quizá es darle demasiado orden a algo que en realidad se repite hasta volverse normal— uno empieza a notar ciertas cosas que antes simplemente estaban ahí, sin nombre.
No son reglas.
No son lecciones.
Son… formas.
Límites que no se anuncian, pero que se sienten en el cuerpo, en la distancia entre lo que uno intenta y lo que realmente ocurre. Hay juegos en los que, sin que nadie lo diga, uno entiende que no va a ganar. No porque esté prohibido intentarlo, sino porque hay algo en el entorno —en los otros, en uno mismo— que ya marcó una diferencia.
Y esa diferencia… pesa.
El Chiquilín era parte de eso.
No como una figura que impusiera miedo de forma constante, no lo recuerdo así, sino como una presencia que hacía innecesaria cualquier demostración. Su cuerpo hablaba antes que él. Su forma de estar ahí, de ocupar espacio, de moverse con una seguridad que no parecía ensayada, generaba una especie de acuerdo silencioso.
No querías enojarlo.
No porque siempre pasara algo.
Sino porque podía pasar.
Y a esa edad, esa posibilidad es suficiente para ordenar muchas cosas.
Había algo en él que no pertenecía del todo a nuestro tiempo.
Era un niño, sí… pero también era otra cosa.
Un adelanto.
Como si hubiera llegado antes a un punto al que los demás todavía no alcanzábamos. Su tamaño, su forma de caminar, incluso ese detalle que ahora me parece extraño recordar —un olor distinto, más cercano a algo que ya no era infancia— lo colocaban en otro lugar, uno que no se discutía.
Y desde ahí… elegía.
Creo que fue en ese punto donde empecé a entender algo que no sabía formular.
Que no todos los terrenos son para todos.
Que insistir en competir donde no tienes ventaja no es necesariamente valentía… a veces es simplemente no haber entendido el juego.
Y eso no se aprende con palabras.
Se aprende fallando, quedándote corto, llegando tarde, viendo cómo el balón pasa y tú no alcanzas, cómo el esfuerzo no siempre se traduce en resultado.
Se aprende en el cuerpo.
No fue una decisión consciente.
No recuerdo haber pensado: “voy a cambiar de estrategia”.
Pero algo se movió.
Tal vez una forma de protegerse, o tal vez una manera de adaptarse. Empecé a observar más. A medir antes de actuar. A entender el ritmo de los otros, no para seguirlo exactamente, sino para encontrar un espacio distinto dentro de él.
Si no podía ganar ahí… tenía que haber otro lugar.
Otro tipo de juego.
No sé si eso era inteligencia.
Tal vez suena demasiado ordenado decirlo así.
Pero sí había una diferencia.
Una forma de estar que no dependía del cuerpo, sino de otra cosa… más difícil de ver, más difícil de señalar. Una manera de anticipar, de entender sin necesidad de probar, de evitar ciertos choques que sabías, incluso antes de que ocurrieran, que no te favorecían.
Porque competir a patadas con alguien como el Chiquilín…
no era buena idea.
No hacía falta intentarlo para saberlo.
Y entonces uno empieza a elegir también.
No de la misma forma.
No con la misma autoridad.
Pero sí con cierta intención.
Elegir dónde meterse… y dónde no.
Elegir qué tipo de juego vale la pena jugar.
Elegir, incluso, perder de cierta manera para no perderlo todo.
Con el tiempo, el apodo deja de sonar como burla.
O tal vez siempre lo fue… pero ya no importa.
“El Chiquilín” se queda.
Se vuelve nombre suficiente.
Tanto… que lo demás desaparece.
No recuerdo su nombre real.
No podría decirlo ahora, aunque quisiera.
Y eso me parece extraño.
Como si su identidad hubiera quedado reducida —o elevada— a esa palabra.
Como si eso fuera todo lo que necesitaba ser.
Y tal vez ahí había otra lección.
Una más sutil.
Que en ciertos espacios,
no importa tanto quién eres…
sino lo que representas.
Y que, con el tiempo,
eso puede volverse lo mismo.
Hay algo que no termino de ubicar con claridad.
No es un momento exacto, ni una escena puntual, sino más bien una sensación que atraviesa todo ese tiempo, como si hubiera estado ahí desde el principio, aunque yo no supiera nombrarla. Una especie de doble vida silenciosa, donde lo que ocurría afuera no siempre coincidía con lo que pasaba adentro.
Porque si algo recuerdo —o creo recordar— es que, en mi mente, la historia era distinta.
No radicalmente distinta, no al grado de negarlo todo, pero sí lo suficiente como para sostener otra versión de mí mismo. Una versión donde el orden no me dejaba al final, donde el cuerpo no era un límite tan claro, donde el juego no me colocaba en ese lugar intermedio que no era ni centro ni ausencia.
En mi mente, yo sí corría como los que elegían primero.
No sé en qué momento eso empezó.
Tal vez venía de lo mismo que ya estaba ahí, filtrándose desde la televisión, desde esas historias donde siempre había alguien en quien todo recaía, alguien que resolvía, que aparecía en el momento justo, que no dudaba de su lugar.
No hacía falta decir nombres.
Todos sabíamos quiénes eran.
Y sin darme cuenta —o tal vez dándome cuenta a medias— empecé a habitar ese espacio.
No en la cancha.
Ahí no.
Pero sí en algún otro lugar… uno que no dependía del cuerpo.
Era extraño.
Porque mientras afuera esperaba, adentro ya estaba jugando.
Mientras escuchaba nombres que no eran el mío, en otro plano ya me habían elegido. Mientras corría sin alcanzar, en otra versión de mí mismo ya había llegado primero. No como una fantasía exagerada, no como un escape completo, sino como una corrección discreta de lo que no terminaba de encajar.
Como si la mente ajustara la realidad lo suficiente
para poder sostenerla.
No sé si eso era imaginación.
O defensa.
O simplemente otra forma de aprender.
Pero funcionaba.
Al menos en ese momento.
Porque el juego no solo ocurría en la cancha.
Ocurría también en cómo uno se contaba a sí mismo lo que estaba pasando.
Y ahí… las reglas eran otras.
No había capitanes.
No había turnos.
No había cuerpos que te dejaran atrás.
Había posibilidades.
Recuerdo —aunque aquí dudo más que en otras partes— que incluso la forma de moverme cambiaba un poco cuando entraba al juego. No lo suficiente como para transformar el resultado, pero sí lo suficiente como para sentir, por momentos, que algo se alineaba.
Que tal vez…
solo tal vez…
esa otra versión de mí no estaba tan lejos.
Pero el juego siempre regresaba a su lugar.
El balón seguía un ritmo que no dependía de lo que yo imaginaba. Las decisiones se tomaban en otro lado. Los nombres seguían cayendo en un orden que no cambiaba por más que uno quisiera alterar la historia desde adentro.
Y entonces, poco a poco, sin que fuera necesario decirlo en voz alta…
ambas versiones empezaban a convivir.
La que era.
Y la que creía ser.
No chocaban.
No se anulaban.
Más bien se superponían.
Como dos capas de una misma experiencia que no terminaban de coincidir, pero que tampoco se separaban del todo.
Y en medio de esa superposición…
uno aprendía a sostenerse.
Tal vez ahí estaba la verdadera adaptación.
No en cambiar lo que pasaba afuera.
Sino en encontrar una forma de existir
también adentro.
Hay un momento —o varios que mi memoria decidió juntar en uno solo— en el que el cuerpo deja de ser una idea y se vuelve evidencia.
No es algo dramático.
No hay una caída espectacular, ni un golpe que marque un antes y un después. Es más bien una acumulación de pequeñas cosas: el aire que se acaba antes de tiempo, las piernas que no responden igual, la distancia que, por más que uno la recorra, siempre parece quedarse un poco más lejos de lo que debería.
Correr.
Eso era todo.
Y sin embargo, no era lo mismo para todos.
Yo corría.
Eso lo tengo claro.
Corría con la intención de alcanzar, con esa mezcla de esfuerzo y esperanza que no distingue bien entre lo posible y lo deseado. Corría como si el simple hecho de intentarlo fuera suficiente para equilibrar la diferencia… como si el cuerpo pudiera aprender en el momento lo que no había traído desde antes.
Pero no alcanzaba.
No siempre.
Tal vez no casi nunca.
No era humillante.
Y eso es lo curioso.
Nadie se detenía a señalarlo, nadie hacía del error un espectáculo, nadie decía en voz alta lo que ya se empezaba a entender. Todo ocurría dentro de una normalidad tan bien sostenida que casi parecía justa.
Casi.
El balón pasaba.
A veces cerca.
A veces lo suficiente como para creer que ahora sí.
Y en ese instante —breve, casi imperceptible— había una posibilidad. Un momento donde todo parecía alinearse, donde el esfuerzo podía tener sentido, donde la historia, al menos por un segundo, podía cambiar de dirección.
Pero no lo hacía.
O lo hacía apenas.
Lo suficiente como para mantener la ilusión.
No lo suficiente como para sostenerla.
Y ahí es donde el cuerpo empieza a decir cosas que la mente todavía no quiere escuchar.
Que no basta con querer.
Que no todo depende de intentar.
Que hay diferencias que no se negocian en el momento, por más que uno las enfrente con ganas.
No como una sentencia.
No como algo trágico.
Sino como una especie de ajuste silencioso.
Yo no era rápido.
No era fuerte.
No era el que definía.
Y decirlo ahora suena más claro de lo que se sentía en ese entonces, porque en ese momento no había categorías tan ordenadas. No me decía “no soy esto” o “no soy aquello”. Simplemente… lo vivía.
Lo descubría en cada intento.
Y sin embargo, seguía ahí.
Eso también es importante.
No me iba.
No me retiraba del todo.
Había algo que me mantenía dentro, aunque fuera en ese lugar intermedio que no terminaba de definirse. Tal vez era terquedad. Tal vez era costumbre. Tal vez era simplemente que, a esa edad, uno no sabe aún cómo salirse de algo sin sentir que pierde más de lo que deja.
Pero algo ya había cambiado.
Porque aunque seguía corriendo, ya no corría igual.
Había una conciencia nueva, una especie de cálculo que antes no estaba. No era miedo exactamente, ni tampoco resignación. Era… ajuste.
Elegir cuándo correr.
Elegir hacia dónde.
Elegir incluso cuándo no hacerlo.
Tal vez ahí empezó otra forma de jugar.
No mejor.
No más visible.
Pero sí más propia.
Una donde el objetivo ya no era alcanzar a los demás,
sino no perderse del todo en el intento.
No recuerdo en qué momento dejó de importar.
O si realmente dejó de importar.
A veces pienso que esas cosas no desaparecen, solo cambian de lugar. Se acomodan en otra parte de uno, se vuelven más silenciosas, menos urgentes… pero siguen ahí, como una especie de fondo que ya no cuestionas porque aprendiste a vivir con él.
Tal vez por eso este recuerdo —o lo que sea que sea— regresa de vez en cuando.
No como algo que necesite resolverse, sino como algo que insiste en ser visto otra vez.
Si trato de pensarlo ahora, con las palabras que aprendí después, podría decir que en ese patio entendí ciertas dinámicas. Que ahí se formaron mis primeras nociones de jerarquía, de pertenencia, de adaptación. Que el juego funcionaba como un sistema donde cada quien encontraba su lugar, no necesariamente el que quería, sino el que podía sostener.
Pero decirlo así lo vuelve demasiado limpio.
Demasiado ordenado.
Y no lo era.
Lo que había era otra cosa.
Más cercana a una sensación que a una idea.
Una mezcla de querer ser algo… y entender, poco a poco, que tal vez no lo eras.
No de forma trágica.
No como una derrota.
Sino como un descubrimiento que no sabías si aceptar o seguir intentando corregir.
Porque si algo queda de todo eso, no es tanto la imagen del juego, ni siquiera las caras, que ya se han ido borrando con el tiempo.
Es más bien esa tensión.
Ese punto intermedio entre lo que uno imagina de sí mismo y lo que el mundo le devuelve.
Esa pequeña distancia que no siempre se puede cerrar,
pero que tampoco desaparece.
Y sin embargo…
uno aprende.
No de la forma en que enseñan los libros, ni con conclusiones claras, ni con moralejas que se puedan repetir después como si fueran certezas. Aprende de otra manera. Más dispersa, más corporal, más difícil de explicar.
Aprende a moverse.
A leer.
A anticipar.
A elegir, incluso, sin tener del todo el poder de hacerlo.
Tal vez por eso, con el tiempo, ciertas cosas dejan de doler como antes.
No porque se hayan resuelto.
Sino porque uno ya no espera lo mismo de ellas.
Porque aprende —y aquí sí, quizá sin saberlo en ese entonces— a jugar con las cartas que le tocaron.
No como resignación.
Más bien como una forma de seguir dentro del juego…
sin perderse completamente en él.
Y si vuelvo a ese patio ahora, aunque sea solo desde este lugar donde la memoria se mezcla con lo que creo que pasó, hay algo que se mantiene.
No es el resultado.
No es el orden.
Ni siquiera es el lugar que ocupaba.
Es la sensación de haber estado ahí,
de haber intentado entender algo que en ese momento no tenía forma,
y de haber encontrado, entre todo eso, una manera de permanecer.
Tal vez eso era todo.
O tal vez no.
Pero de alguna forma…
sigue siendo suficiente.
El benevolente consejo de las feminas de primaria
Hay recuerdos que no se van.
No desaparecen, no se diluyen con el tiempo como uno esperaría. Se quedan… pero cambian de forma. A veces duelen menos, es cierto, como si el cuerpo encontrara la manera de seguir funcionando a pesar de ellos, pero eso no significa que se hayan ido. Más bien se vuelven otra cosa. Una cicatriz que ya no sangra, pero que sigue ahí, recordándote que en algún momento sí lo hizo.
Y hay otros… que ni siquiera cicatrizan del todo.
Solo aprenden a no hacerse notar.
No sé si este recuerdo es completamente fiel.
Podría decir que sí, que lo viví exactamente así, que cada detalle es correcto, que cada palabra escuchada fue dicha en ese orden… pero no sería honesto. La memoria no funciona de esa manera. Se acomoda, se protege, rellena espacios que no recuerda con lo que necesita para sostenerse.
Y aun así…
hay algo en esto que no puedo mover.
La pared estaba ahí.
No sé cómo describirla exactamente, porque no era especial en sí misma. Formaba parte del edificio, de esas estructuras que uno deja de ver después de un tiempo porque simplemente están. Pero tenía algo distinto… una especie de abertura, un diseño que permitía ver hacia abajo, hacia otro nivel, y más importante aún, permitía escuchar.
Las voces subían.
No claras, no completamente nítidas, pero lo suficiente como para distinguir lo importante.
Con el tiempo —aunque no sé si fue en ese momento o si mi memoria lo acomoda así— ese lugar empezó a volverse mío.
No de una forma oficial, claro.
Nadie decía “este es tu espacio”.
Pero yo regresaba.
A veces sin motivo claro, otras con esa sensación vaga de querer estar un poco aparte, sin estar completamente fuera. Me asomaba, me quedaba más de lo necesario, dejaba que el ruido de abajo se filtrara como un fondo constante mientras yo pensaba… o fingía pensar.
Era un buen lugar para eso.
Para no hacer nada que pareciera importante.
Para buscar cosas en el piso, como esos tazos que a veces aparecían olvidados, como pequeñas recompensas que nadie reclamaba. Para mirar sin ser visto del todo. Para existir en ese punto medio donde no tenías que participar, pero tampoco estabas completamente ausente.
Tal vez por eso me gustaba.
Porque, de alguna forma extraña, me hacía sentir parte de algo.
No porque opinara.
No porque alguien me incluyera.
Sino porque podía estar ahí…
lo suficientemente cerca como para escuchar,
lo suficientemente lejos como para no ser interrumpido.
No recuerdo exactamente cómo llegué ese día.
Tal vez fue casualidad. Tal vez ya sabía que ese lugar ofrecía algo que no encontraba en otros espacios y volví sin pensarlo demasiado. O tal vez —y esto me resulta incómodo de aceptar— había en mí una curiosidad más precisa… una necesidad de entender algo que no se decía directamente.
No lo sé.
Lo que sí recuerdo es la sensación.
Esa de estar en medio.
No completamente escondido.
No completamente presente.
Como si mi existencia en ese punto no interfiriera con lo que estaba ocurriendo abajo.
Y eso… lo hacía posible.
Las voces eran de niñas.
Eso también lo recuerdo.
No por algo en particular, sino por la forma en que hablaban, por el ritmo de la conversación, por esa mezcla de risa y comentario que no parecía tener peso… pero que lo tenía.
Hablaban de cosas que, en ese momento, no sabía nombrar del todo.
Pero que entendía.
No era una conversación importante.
No en el sentido en que los adultos usarían esa palabra.
No estaban resolviendo nada.
No estaban decidiendo el mundo.
Solo hablaban.
De otros.
De quién sí.
De quién no.
Y yo estaba ahí.
Escuchando.
Sin saber todavía que ese lugar,
ese momento,
y esas voces…
iban a quedarse conmigo
mucho más tiempo del que cualquiera hubiera imaginado.
Al principio no parecía algo distinto.
Las voces subían como siempre, fragmentadas, mezcladas entre sí, acompañadas de risas que no se detenían demasiado en nada. Era el tipo de conversación que uno no registra del todo cuando la escucha de lejos, porque no parece importante… porque suena cotidiana.
Y tal vez lo era.
Tal vez no había nada especial en lo que decían.
Hablaban de niños.
Eso se entendía sin mucho esfuerzo.
Nombres que yo conocía, otros que reconocía a medias, algunos que simplemente pasaban sin dejar marca. Comentaban cosas pequeñas, detalles que en ese momento no parecían tener mayor peso: cómo corría uno, cómo hablaba otro, quién era divertido, quién no, quién les gustaba.
Y quién no.
No había crueldad en el tono.
Eso es lo que más me desconcierta cuando vuelvo a esto.
No lo decían con intención de herir.
No había rabia, ni burla abierta, ni esa violencia evidente que uno podría señalar con facilidad. Era más bien una conversación ligera, casi automática, como si estuvieran enumerando cosas que simplemente eran así… sin necesidad de justificarlas.
Como si lo que decían fuera obvio.
A esa edad, uno no piensa en eso como un sistema.
No lo entiende como una construcción social ni como un filtro colectivo donde se decide quién entra y quién no. Pero algo de eso ya está ocurriendo, aunque no se nombre.
Se empieza a trazar una línea.
Invisible.
Pero firme.
Ellas hablaban desde dentro de algo.
Eso también lo entendí después.
Desde un lugar donde podían observar, elegir, comentar, sin cuestionar demasiado por qué lo hacían. No era maldad. Era… posición.
Una que yo no tenía.
Algunos nombres provocaban risa.
Otros provocaban interés.
Había una diferencia en la forma en que se decían.
Eso era sutil, pero claro.
Un cambio en el tono, en la velocidad, en la manera en que se repetían, como si ciertas personas tuvieran más presencia incluso cuando no estaban ahí.
Y yo escuchaba.
Sin moverme demasiado.
Sin hacer ruido.
Como si cualquier gesto pudiera romper ese acceso que, de alguna forma, sentía que no me correspondía.
No estaba buscando nada en particular.
O al menos eso me digo ahora.
Pero hay algo en la forma en que recuerdo ese momento que me hace pensar que sí… que había una intención, aunque no fuera completamente consciente.
Una curiosidad que no tenía nombre.
Porque en algún punto, entre nombre y nombre, entre risa y comentario…
empecé a prestar más atención.
No a todo.
Solo a lo suficiente.
A ese cambio en el aire que ocurre cuando algo, sin avisar,
empieza a involucrarte.
No dijeron mi nombre.
O tal vez sí… y mi memoria decidió protegerme de esa parte.
No lo sé.
Lo que sí recuerdo —y esto es lo que no cambia, por más que intente moverlo— es la sensación de reconocimiento. No una confirmación directa, no una frase clara que pudiera repetir palabra por palabra, sino algo más sutil… una coincidencia incómoda entre lo que estaban diciendo y lo que yo sabía, de alguna forma, que era yo.
No fue inmediato.
No hubo un momento exacto donde todo se detuviera y dijera “ahora”.
Fue más bien una acumulación.
Detalles que se alineaban demasiado bien.
Comentarios que encajaban donde no quería que encajaran.
Una forma de hablar de alguien… que empezaba a sentirse familiar.
Demasiado.
No era una descripción cruel.
Y eso, de alguna manera, lo hacía más difícil.
No decían “es horrible” ni nada que pudiera ser rechazado de inmediato como exageración o maldad. Era algo más simple… más cotidiano.
“No me gusta.”
“No está lindo.”
“X sí… pero él no.”
Y en ese momento, sin que nadie lo señalara, sin que nadie volteara hacia donde yo estaba…
lo entendí.
No hubo reacción.
Eso también es importante.
No sentí que tuviera que hacer algo, ni que pudiera hacerlo. No había a quién reclamarle, no había forma de intervenir sin romper algo que ni siquiera sabía cómo estaba construido. Solo estaba ahí, escuchando, sosteniendo esa nueva información que no había pedido, pero que ya no podía ignorar.
El cuerpo no hizo nada.
No corrí.
No me moví.
No dejé de respirar.
Todo siguió igual.
Y sin embargo…
algo ya no era igual.
Porque hasta ese momento, había una parte de mí que no estaba definida por eso.
No de forma consciente.
No me había preguntado si gustaba o no, si era visto de cierta manera o no. Existía sin esa categoría, sin ese filtro. Y de pronto, sin preparación, sin advertencia…
apareció.
No como una etiqueta clara.
No como una sentencia.
Sino como una pregunta.
¿Qué era ser “gustado”?
¿Qué hacía que alguien sí… y otro no?
¿Dónde estaba esa diferencia?
¿Era algo que se podía cambiar?
¿O simplemente… estaba ahí desde antes?
No tenía respuestas.
Y lo más inquietante… es que nadie parecía necesitarlas.
Ellas hablaban como si todo eso fuera evidente.
Como si no hubiera nada que discutir.
Y tal vez ahí fue donde empezó algo.
No una herida que pudiera señalar en ese momento.
No algo que doliera de forma inmediata.
Sino algo más lento.
Más profundo.
Una forma nueva de mirarme.
No desde mí.
Sino desde afuera.
Y esa mirada…
no se fue.
No pasó nada después.
Y tal vez eso es lo que más permanece.
No hubo un cambio visible, no hubo una escena que marcara el cierre de ese momento. Las voces siguieron hablando, la conversación tomó otro rumbo, las risas regresaron a su ritmo habitual… y yo, en ese mismo lugar, dejé de escuchar de la misma manera.
No me fui corriendo.
No hice ruido.
No hubo un gesto que pudiera señalar como el final de algo.
Simplemente… me quedé un poco más.
No sé cuánto tiempo pasó.
La memoria no guarda esas medidas con precisión.
Pero sí recuerdo la sensación de quedarme ahí, sin hacer nada distinto, como si el cuerpo necesitara tiempo para acomodar lo que acababa de entrar. No había urgencia, no había desesperación, no había una emoción clara que pudiera nombrar.
Solo una especie de silencio.
No un silencio externo.
Las voces seguían, el patio seguía, el mundo seguía moviéndose con la misma normalidad de siempre.
Era otro tipo de silencio.
Uno que ocurría por dentro.
Tal vez fue ahí donde algo cambió.
No de forma abrupta, no como una ruptura evidente, sino como un ajuste… una pequeña desviación en la forma en que uno empieza a verse a sí mismo sin darse cuenta. No es que dejara de ser quien era, pero sí apareció una nueva capa, una especie de filtro que antes no estaba.
Una pregunta constante.
No volví a ese lugar de la misma manera.
O tal vez sí… pero ya no era lo mismo.
Seguía siendo un espacio donde podía estar solo, donde podía pensar, donde podía observar sin ser interrumpido. Pero algo en esa tranquilidad había cambiado. Ya no era solo un refugio… también era un punto desde el cual sabía demasiado.
Porque a partir de ahí, la idea de “ser visto” ya no era abstracta.
No era algo que simplemente ocurría.
Era algo que se podía medir.
Comparar.
Dudar.
No recuerdo haber hecho algo distinto al día siguiente.
Ni haber tomado decisiones conscientes al respecto.
Pero sí recuerdo —y esto es lo que se queda— que empecé a pensar más.
No en grandes ideas.
No en conceptos complejos.
Sino en mí.
En cómo me veían.
En qué de mí entraba… y qué no.
En si había algo que se podía cambiar.
O si simplemente había cosas que ya estaban definidas.
No es que dejara de jugar.
No es que dejara de ser niño.
Pero algo en ese juego cambió de lugar.
Como si ya no fuera solo participar…
sino entender.
Y con el tiempo —aunque esto ya no pertenece del todo a ese momento, sino a lo que vino después— esa forma de mirar no se fue.
Se quedó.
Se volvió parte de cómo pensaba, de cómo me movía, de cómo interpretaba lo que los demás decían, incluso cuando no hablaban de mí.
No era una herida abierta.
No en ese entonces.
Era más bien una marca.
Algo que no dolía de inmediato, pero que con el tiempo se volvía reconocible, como esas cicatrices que uno no recuerda cuándo se hizo, pero que sabe que están ahí por algo.
Y a veces pienso —aunque no estoy seguro— que ciertas cosas no se superan del todo.
Solo se integran.
Se acomodan en algún lugar donde ya no interrumpen tanto, pero siguen formando parte de lo que uno es.
Como si para dejar eso atrás…
no bastara con entenderlo.
Sino que hiciera falta algo más.
Algo que no sé si es posible.
Algo como volver a empezar.
Como nacer otra vez…
pero sin esa mirada.
Les enfants
No fue una decisión.
O al menos no una que recuerde haber tomado de forma consciente, como si en algún momento me hubiera detenido a pensar que ser visto ya no era conveniente. No ocurrió así. Fue más bien un ajuste… una especie de desplazamiento lento, casi imperceptible, donde poco a poco dejé de ocupar el mismo espacio que antes, no porque me expulsaran, sino porque entendí —sin saber exactamente cómo— que era mejor no estar del todo ahí.
Después de cierto punto, uno aprende.
No de forma clara, no como una lección que se pueda repetir, sino como una sensación que se queda. Algo en el cuerpo, en la forma en que uno entra a un lugar, en cómo mira, en cómo habla —o deja de hacerlo— cambia. Y ese cambio no se cuestiona demasiado, porque parece funcionar.
Ser visto… ya no se sentía como una ventaja.
No es que desapareciera por completo.
Seguía yendo a la escuela, seguía sentándome en el mismo lugar, seguía cumpliendo con lo que se esperaba de mí. Pero había una diferencia sutil, una forma distinta de estar presente, como si mi participación se hubiera reducido a lo necesario, a lo mínimo indispensable para no llamar la atención más de lo debido.
Hablar menos.
Moverme menos.
No intervenir si no era necesario.
No lo vivía como algo triste.
Y eso es lo que ahora me resulta extraño.
No recuerdo haberme sentido mal por eso, ni haber pensado que estaba perdiendo algo. Al contrario, había cierta comodidad en ese lugar intermedio, en ese punto donde no eras el centro de nada, pero tampoco estabas completamente fuera.
Como si la invisibilidad ofreciera una especie de protección.
Tal vez por eso empecé a pasar más tiempo en los bordes.
No en el centro del patio, no en donde se juntaban todos, sino en esos espacios que no tenían una función clara. Lugares donde uno podía estar sin que se esperara algo en particular. Donde no hacía falta demostrar nada, ni competir, ni encajar de una forma específica.
Ahí… era más fácil.
No sé si lo entendía así en ese momento.
Lo más probable es que no.
A esa edad, uno no se dice a sí mismo “estoy evitando ser visto porque no encajo”. Simplemente lo hace. Se acomoda. Encuentra una forma de moverse dentro de lo que hay, sin necesidad de explicarlo.
Y si esa forma funciona…
se queda.
Creo que fue ahí donde empecé a convertirme en otra cosa.
No alguien distinto en esencia, pero sí alguien que ocupaba menos espacio del que podría. Como si hubiera aprendido a reducirme lo suficiente para no incomodar, para no ser evaluado, para no entrar en ese juego donde ya sabía, aunque no lo dijera, que no tenía ventaja.
No era una derrota.
No lo sentía así.
Era más bien una forma de seguir estando ahí…
sin exponerse demasiado.
Y en ese proceso, sin darme cuenta del todo, empecé a volverme algo más silencioso.
Más observador.
Más… interno.
Como si el mundo de afuera hubiera dejado de ser el lugar principal donde ocurrían las cosas importantes.
Y en su lugar…
empezara a formarse otro.
Uno donde podía existir sin que nadie me eligiera.
No recuerdo exactamente cuándo apareció.
Ni el día, ni el momento, ni siquiera si fue algo repentino o si simplemente empezó a estar ahí, como esas presencias que uno deja de cuestionar porque no interrumpen nada. A veces pienso que siempre estuvo, solo que en algún punto empecé a notarla… o tal vez fue al revés, tal vez ella fue quien me notó primero y eso hizo que existiera de otra forma.
No lo sé.
Podría llamarla Alejandra.
No porque esté seguro de que ese era su nombre, sino porque es el que mejor encaja con lo que recuerdo de ella. Los nombres, a esa edad, no siempre importan tanto. No en su forma completa, al menos. No sabía su apellido, nunca lo necesité. Era suficiente con saber quién era dentro de ese pequeño mundo.
Y para mí… era ella.
No éramos amigos en el sentido en que se entiende después.
No había promesas, no había declaraciones, no había esa conciencia de vínculo que los adultos ponen sobre las relaciones. No hablábamos de “amistad”, no definíamos nada. Simplemente… coincidíamos.
En el mismo lugar.
En el mismo ritmo.
Creo que había algo similar en los dos.
No sabría decir exactamente qué.
Tal vez era esa forma de no estar completamente dentro de los grupos grandes, de no ocupar el centro de las conversaciones, de moverse en los bordes sin que eso se sintiera como una exclusión evidente. No éramos invisibles del todo… pero tampoco éramos el tipo de presencia que organizaba a los demás.
Y en ese punto intermedio…
nos encontramos.
No hacíamos cosas extraordinarias.
Eso es lo curioso.
No hay una escena que pueda señalar como especial, no hay un momento que justifique la importancia que ahora tiene este recuerdo. Era más bien una suma de pequeñas interacciones, de conversaciones simples, de estar uno al lado del otro sin que eso necesitara explicarse.
A veces hablábamos.
A veces no.
Y ambas cosas eran suficientes.
No recuerdo haber pensado que me gustaba.
Esa categoría, al menos en ese momento, no estaba del todo formada. No era romance, no era deseo en el sentido en que después se entiende. Era otra cosa… más simple, más directa.
Era compañía.
Y eso, en ese contexto, ya era mucho.
Porque en un espacio donde uno aprende a no ser visto, encontrar a alguien con quien puedes existir sin desaparecer del todo… cambia la forma en que se siente estar ahí.
No hacíamos ruido.
No llamábamos la atención.
No éramos una dupla evidente para los demás.
Pero había algo constante.
Algo que no necesitaba validación externa.
Tal vez por eso no lo cuestioné.
No pensé en cuánto duraría, ni en qué significaba realmente. A esa edad, el tiempo no se mide de la misma forma. Todo parece extenderse sin límite, como si lo que es ahora fuera a seguir siendo después, sin cambios, sin interrupciones.
No había urgencia.
No había miedo de perderlo.
Simplemente estaba.
Y en ese momento…
eso parecía suficiente.
Había un orden.
No uno impuesto con claridad, no algo que alguien señalara directamente, pero sí una forma en la que las cosas se acomodaban dentro de la escuela. Cada quien encontraba su lugar, no necesariamente el que quería, sino el que podía sostener… y con el tiempo, ese lugar se volvía identidad.
El mío, de alguna forma, empezó a inclinarse hacia otro lado.
No era visible en el patio.
Pero sí en el salón.
Desde muy joven —o al menos así lo recuerdo ahora— había algo en mí que respondía bien a las clases. No era esfuerzo en el sentido tradicional, no me sentaba a estudiar durante horas ni seguía un método claro. Era más bien una facilidad… una forma de entender las cosas desde su lógica, de encontrar patrones donde otros veían instrucciones, de anticipar respuestas antes de que terminaran de formular la pregunta.
Y eso… era suficiente.
Los profesores lo notaban.
Y cuando un profesor te nota, algo cambia.
No en cómo eres, sino en cómo te colocan.
Te piden cosas.
Te eligen.
Te usan.
No lo vivía como una carga.
Al contrario.
Había algo cómodo en ese lugar.
Mientras en el patio uno aprendía a desaparecer, en el salón podía aparecer sin problema. No porque fuera más valioso, sino porque ahí el criterio era otro. No importaba el cuerpo, ni la rapidez, ni la forma en que te veían los demás… importaba que resolvieras, que entendieras, que respondieras.
Y eso sí lo podía hacer.
Me tocaba hacer las cosas que otros no querían.
Honores a la bandera.
Efemérides.
Concursos.
Leer en voz alta.
Pararme frente al grupo.
No lo veía como un castigo.
Ni siquiera como una obligación.
Era simplemente… lo que tocaba.
Y tal vez —aunque no lo habría admitido en ese momento— había una especie de reconocimiento ahí. No del mismo tipo que en el patio, no uno que generara pertenencia entre iguales, pero sí uno que te daba un lugar.
Uno distinto.
A veces abusaba un poco de eso.
No de forma grave, no como algo consciente, pero sí había momentos donde entendía que tenía cierto margen, cierta ventaja dentro de ese sistema. Podía responder más rápido, podía corregir, podía incluso adelantarse a lo que el profesor esperaba.
Pero eso… es otra historia.
Lo importante aquí es que ese lugar coexistía con el otro.
El del niño que no destacaba en el juego.
El del que se movía en los bordes.
El que no era elegido primero.
Y en medio de esos dos espacios…
estaba ella.
No formaba parte de ese reconocimiento académico.
No era el tipo de presencia que los profesores señalaban.
Pero tampoco parecía necesitarlo.
Con ella no importaba nada de eso.
Ni si respondía bien.
Ni si me elegían para hablar.
Ni si en el patio era otro más.
Ahí no había jerarquía.
No había función.
No había expectativa.
Y tal vez por eso…
sin darme cuenta…
ese espacio empezó a volverse el más estable de todos.
No el más importante.
No el más visible.
Pero sí el más… constante.
Y en ese entonces…
eso bastaba para no cuestionarlo.
No hay un momento específico que pueda señalar como “importante”.
No hubo una conversación que marcara algo, ni una escena que justificara lo que ahora, con el tiempo, parece tener peso. Si trato de recordarlo con precisión, lo que aparece no son eventos… son repeticiones. Días que se parecen entre sí, pequeñas rutinas que no llamaban la atención, pero que, sin darse cuenta, iban construyendo algo.
Estar ahí.
Con ella.
A veces hablábamos.
Cosas simples.
Nada que en ese momento pareciera relevante: lo que había pasado en clase, algún comentario sobre otro compañero, preguntas que no necesariamente llevaban a nada. Conversaciones que no buscaban profundidad, que no pretendían decir algo importante… pero que llenaban el tiempo de una forma que no incomodaba.
Y eso, en ese contexto, ya era mucho.
Otras veces no hablábamos.
Y tampoco hacía falta.
Podíamos estar sentados, uno al lado del otro, mirando hacia el patio, hacia el salón, hacia cualquier parte… sin necesidad de llenar el espacio con palabras. No había urgencia de explicarse, ni de sostener la interacción. Simplemente… ocurría.
No recuerdo haber pensado en eso como algo especial.
No en ese momento.
No había una conciencia de estar viviendo algo que después iba a importar. Era parte del día, como tantas otras cosas que uno da por hecho cuando es niño, porque no sabe todavía que el tiempo no se queda quieto.
A los diez años, todo parece durar más de lo que dura.
Tal vez por eso no le presté tanta atención.
No en el sentido de valorarlo.
No porque no importara, sino porque no parecía necesario hacerlo. Estaba ahí, y eso bastaba. No había una sensación de pérdida posible, no había una urgencia de aferrarse, porque no existía la idea de que algo así pudiera terminar de un momento a otro.
Y sin embargo…
ahora que vuelvo a esos fragmentos, lo que aparece no es lo que decíamos, ni siquiera lo que hacíamos.
Es la presencia.
Esa forma de compartir el espacio sin invadirlo.
De coincidir sin tener que explicarlo.
De estar sin necesidad de ser algo más.
No era amor.
No en el sentido que se entiende después.
No había deseo, no había intención, no había esa búsqueda de algo que trascendiera. Era más simple… y por eso mismo, más difícil de nombrar.
Era una forma de no estar solo.
Y en ese momento…
eso era suficiente.
No recuerdo el día en que dejó de ir.
Y eso me parece extraño.
Uno pensaría que algo así tendría una marca clara, un antes y un después reconocible, una escena que pudiera señalarse con precisión. Pero no. Si trato de encontrar ese momento, lo único que aparece es una especie de continuidad… y dentro de ella, un espacio vacío que no estaba antes.
Simplemente… dejó de estar.
Al principio no lo noté de inmediato.
O tal vez sí, pero no le di importancia.
A esa edad, la ausencia no siempre se interpreta como pérdida. Puede ser un retraso, una falta temporal, algo que se corrige solo con el paso de los días. Uno asume que las cosas regresan a su lugar, que lo que hoy no está… mañana estará.
No había urgencia.
No había alarma.
Pasó un día.
Luego otro.
Y después… más.
Creo que en algún punto empecé a preguntarme.
No de forma insistente, no como una preocupación que interrumpiera todo lo demás, sino como una duda ligera que aparecía y desaparecía sin quedarse demasiado tiempo. ¿Por qué no había venido? ¿Estaría enferma? ¿Habría cambiado de escuela?
No lo sé.
Las preguntas estaban ahí… pero no exigían respuesta.
La rutina seguía.
Las clases, los ejercicios, las mismas voces, los mismos espacios. Yo seguía ocupando mi lugar, ese que ya había aprendido a sostener sin hacer demasiado ruido. Seguía respondiendo, participando cuando se esperaba, desapareciendo cuando era conveniente.
Todo seguía igual.
Excepto por eso.
El espacio que antes ocupaba ella no se llenó.
Y eso es lo que ahora me resulta más claro.
No llegó alguien más.
No hubo reemplazo.
Simplemente… quedó vacío.
Pero en ese momento no lo entendí así.
No pensé en ausencia.
Pensé en pausa.
A esa edad, el tiempo no pesa de la misma forma.
Una semana puede sentirse larga… pero no definitiva.
Un mes puede pasar… y aún así no significa que algo haya terminado.
Uno no dimensiona la posibilidad de que algo se cierre sin aviso, sin explicación, sin oportunidad de retomarlo después.
Yo pensaba que volvería.
No como una esperanza consciente, no como un deseo formulado… sino como una suposición.
Como si las cosas, por su propia naturaleza,
tendieran a regresar a como eran.
Y mientras tanto…
seguí.
No recuerdo cuándo me enteré.
O mejor dicho… no recuerdo haberme enterado.
Y esa diferencia, ahora que lo pienso, es importante.
Hay una escena.
Esa sí se queda más clara.
Un lunes, creo.
O al menos así lo he acomodado con el tiempo, porque tiene sentido que haya sido lunes. Los lunes eran para eso. Para los honores a la bandera, para las efemérides, para ese tipo de cosas donde uno se paraba frente a los demás y decía palabras que no siempre entendía del todo, pero que había aprendido a repetir sin equivocarse.
Yo estaba ahí.
Como otras veces.
Cumpliendo con lo que se esperaba.
Me tocaba hablar.
No recuerdo exactamente qué dije, ni en qué orden, ni siquiera si lo hice bien o mal. Ese tipo de detalles se pierde. Lo que queda es otra cosa… la estructura del momento, la sensación de estar frente a todos, la voz saliendo con cierta seguridad que no venía de mí, sino de la costumbre.
Y en medio de eso…
una indicación.
Un minuto de silencio.
No era algo inusual.
De vez en cuando se hacía.
Por alguien.
Por algo.
No siempre quedaba claro.
Dije las palabras.
O algo parecido.
Pedí el silencio.
Y el silencio ocurrió.
No pensé demasiado en eso.
No en ese momento.
Para mí, era parte del acto, una pieza más dentro de una secuencia que ya conocía. No había una conexión inmediata, no había una emoción particular que lo diferenciara de otros días en los que se había hecho lo mismo.
Todo siguió.
El tiempo pasó.
No sé cuánto.
Lo suficiente.
Y en algún punto —no sé si fue ese mismo día, o después, o mucho después— algo se acomodó.
No como una revelación repentina.
No como una noticia que alguien te dice.
Más bien como una comprensión que llega tarde.
Ese minuto de silencio…
no era abstracto.
Era por alguien.
Y ese alguien…
no estaba.
No recuerdo quién me lo dijo.
Ni cómo.
Ni en qué contexto.
Solo sé que en algún momento entendí que no había dejado de ir por enfermedad, ni por cambio, ni por una pausa que pudiera corregirse con el tiempo.
No iba a volver.
Había muerto.
No en la escuela.
No en ese espacio que yo conocía.
Sino en otro lugar que, en ese entonces, no significaba mucho para mí. Una carretera. Una curva. Un accidente. Palabras que no terminaban de construir una imagen completa, pero que juntas formaban algo que no tenía retorno.
Con su familia.
Y entonces algo se reacomoda.
No en el momento.
Sino después.
Porque en ese instante…
no lloré.
No reaccioné.
No sentí lo que uno supone que debería sentirse.
Solo entendí una cosa.
No iba a volver a verla.
Y eso…
en ese momento…
parecía suficiente.
No pasó en ese momento.
Y creo que eso es lo que más me cuesta aceptar cuando vuelvo a esto.
Porque uno esperaría que la emoción estuviera ahí, que la reacción fuera inmediata, que el cuerpo supiera qué hacer frente a algo así. Pero no fue así. No hubo un quiebre visible, no hubo lágrimas, no hubo una escena que pudiera señalar como el instante en que entendí lo que había ocurrido.
Eso vino después.
Mucho después.
No sabría decir cuándo.
Tal vez en otro año.
Tal vez en otro momento de la vida donde las cosas empezaban a tener más sentido, donde ciertas palabras ya no eran solo sonidos, sino ideas que pesaban. Donde “muerte” dejaba de ser algo lejano, abstracto, para convertirse en algo concreto, definitivo.
Irreversible.
Y entonces, lo que no había dolido…
dolió.
No como un golpe.
No como una explosión.
Sino como algo que se abre lentamente, como si una parte de la memoria hubiera estado cerrada y de pronto se permitiera ser vista por lo que realmente era. No era solo que no volvería a verla… era que nunca más existiría la posibilidad de que eso cambiara.
Y eso… es distinto.
Recuerdo —aunque aquí también dudo— que en algún punto, ya más grande, pensé en ella de una forma que no había hecho antes. No como parte del día, no como una presencia que simplemente estaba, sino como algo que ya no estaba y no podía volver.
Y ahí…
algo se rompió.
O tal vez no se rompió.
Tal vez se formó.
Una lágrima.
Una sola.
No recuerdo más.
Y no fue por todo lo que había sido.
Fue por todo lo que ya no podía ser.
Porque en ese momento entendí algo que no había entendido de niño.
Que no solo había perdido a alguien.
Había perdido una posibilidad.
Una versión de lo que pudo haber sido mi vida con ella ahí, en ese espacio cotidiano que en su momento no parecía importante, pero que ahora se mostraba como algo que ya no podía repetirse.
Y tal vez por eso…
pensé algo que ahora me resulta extraño, pero que en ese momento tenía sentido.
Que no podía darme el lujo de tener corazón.
No como una declaración dramática.
No como una postura consciente.
Más bien como una especie de conclusión silenciosa, una forma de proteger algo que no sabía cómo volver a sostener si se rompía otra vez.
No dejé de sentir.
Eso también sería falso.
Pero algo cambió.
La forma.
La distancia.
La manera en que ciertas cosas se permitían entrar.
Y con el tiempo, esa idea se fue quedando.
No siempre presente.
No siempre consciente.
Pero sí… disponible.
Como una respuesta rápida ante la posibilidad de volver a perder.
A veces pienso —y aquí vuelvo a dudar— que uno no decide endurecerse.
Simplemente… aprende.
Aprende que hay cosas que no regresan.
Que hay momentos que no se repiten.
Que hay personas que dejan de estar sin que uno tenga la oportunidad de entenderlo a tiempo.
Y entonces…
se ajusta.
No para dejar de vivir.
Sino para no volver a romperse de la misma manera.
No sé si eso es crecer.
O solo otra forma de seguir.
Pero de alguna manera…
se queda.
OPINIONES Y COMENTARIOS