Prenderse fuego 

                                                                                                       Nicolás Gutiérrez.
La noche promediaba cuando el fuego se extinguió por completo. Y, junto al fuego, el clásico sonido de incineración y aquellos gritos de muerte que salieron de esa casilla. La quietud del campo regresaba como era habitual. El aire volvía a ser reconfortante. El extenso humo se disipaba a cielo abierto, como el alma de un muerto que inicia su retirada a otro plano.

El final del mortal incendio, un trágico incendio que pudo evitarse, trajo hasta el extenso campo ese silencio de muerte que solo interrumpe el sonido de los grillos, el canto de los búhos y el del viento golpeando las ramas de árboles.
La precaria casilla que se había prendido fuego, ubicada en un terreno cuadrangular de tierra —ya de por si arrasado y prisionero de la alta vegetación— había dejado de existir.

Fuera de la casilla quemada —librada del fuego—, un grupo de campesinos rodeaban el lugar del siniestro. Habían apagado el incendio, y ahora no hacían más que mirar la escena entre lamentos y rezar en voz baja. Otros dos hombres, practicantes de medicina, habían sacado los tres cuerpos sin vida, y llevados hasta la zona de pastizal. Los dejaron allí recostados en el piso y los taparon con lonas. Hablaban entre ellos, en una mezcla de desazón e interés, y, cada tanto, levantaban las lonas para comparar y examinar cómo habían terminado los cadáveres.
En el terreno de campo, que hasta hacía una hora había sido silenciado por gritos agonizantes y el calor del fuego, ahora se escuchaban solo los lamentos de un niño, además de los chirriantes sonidos de los grillos en la oscura noche poca iluminada.
La tragedia trajo incertidumbre y desesperanza, ahora tenía que hallarse una respuesta.

En el mismo perímetro de campo, pero más distanciados de los socorristas, Felipe —de nueve años— la regañaba entre llantos a su madre, quien lo miraba en silencio, desencajada.
—…siempre me dijiste que debíamos sonreírle a la vida— le gritaba sollozando, acusándola—. Que eso era lo más importante para nuestro bienestar. Que mientras le sonriésemos nada malo podría pasarnos.

La tragedia de la cual Felipe fue partícipe lo había horrorizado y obligado a replantearse posturas sobre la vida. Él y sus amigos se habían instalado en esa casilla una hora antes del incendio. Extasiados por la aventura —y con el deseo de seguir sonriéndole a la vida—, habían salido a acampar, y al encontrarse con la deshabitada edificación, creyeron que pasar la noche allí en vez de armar las carpas, sería buena idea.
—Siempre nos dijeron que le sonriamos a la vida— Felipe hablaba, mientras miraba de reojo la casilla carbonizada, y a esas tres lonas que tapaban los cadáveres de sus amigos—. Y que mientras lo hiciéramos, mientras le sonriamos, todo estaría bien… Pero hace una hora ocurrió esa explosión. Llamaradas de fuego saltaron sobre mis amigos, se pegaron a ellos, sus cuerpos se incendiaron, y yo no pude hacer nada. ¿Y sabes qué? segundos antes de que explotara la lámpara que habíamos traído, ellos sonreían, solo se veían sonrisas en sus caras. Luego la explosión y el fuego expandiéndose, y ya no sonreían. Claro que no. Gritaban, lloraban, suplicaban. ¿Cómo pudo haber sucedido? si estábamos sonriéndole a la vida, como siempre nos decían que hiciéramos.
Al oír sus palabras, los rescatistas y los practicantes se compadecieron de él, pero más se compadecían de la madre, quien miraba a su hijo en silencio, entre llantos, y sin saber qué responderle. Ninguno de ellos hubiese sabido que responderle a un niño de nueve años en esos momentos.
Las madres de los niños fallecidos habían estado allí, luego de enterarse de lo sucedido, y se habían ido hacía un rato. A dos se las llevaron inconscientes producto del shock, y a la restante en un ataque de histeria.
Felipe, al darse cuenta de que su madre no respondía, siguió con sus reproches.
—Todo ha sido para que nosotros no pudiéramos darnos cuenta de la desgraciada y pobre vida que llevamos. Creyeron que sonriéndole (a la vida) todo sería diferente. Para qué sonreírle si luego nos recompensa así.
De repente un sonido, similar al de un material impactando contra la superficie, se oyó pasando el paraje derruido, muy cerca de la escena. Y una voz grave y entusiasta —procedente de la misma dirección— le sucedió.

—Puedo aportarte una simple respuesta a eso que reclamas, niño — La voz salió desde la enorme maleza, muy cerca de los dos practicantes de medicina del pueblo. Ambos al oírlo comenzaron a retroceder. Los sujetos que aun custodiaban la casilla miraron los pastizales intentando dar con la persona que habló.
—¿Quién acaba de hablar? — preguntó alguien al resto.
—No alcanzo a ver más que pastizales—respondió otro— Pero que su voz me hizo estremecer es un hecho.

De repente alguien salió de entre la maleza e ingresó al claro. Se trataba de un sujeto de aspecto deplorable, que, en medio de la noche campesina, parecía una presencia fantasmal. Tenía un aspecto de mendigo: sus ropas sucias y resquebrajadas, barba desaliñada que le llegaba casi hasta la cintura, y el pelo largo, sucio y grisáceo. Su postura firme era lo único que le daba una característica respetable. Sin embargo, su cuerpo raquítico indicaba la falta de comida en su organismo, y le brindaba una apariencia de náufrago o la de un viajante extraviado durante semanas en algún desolado paraje.
A un costado, muy cerca de él, los cadáveres extendidos sobre el pastizal.
El mendigo los contempló con expresión seria, pero no de tristeza, y luego paseó su mirada por todos los presentes. Finalmente, se fijó en Felipe y comenzó a avanzar hacia él. Andaba algo encorvado, sus movimientos eran toscos y a cada rato dejaba de levantar sus pies para arrastrarlos, como si el cansancio no le permitiese caminar de manera correcta. Y mientras lo hacía, mientras arrastraba sus maltrechos zapatos, sus quejidos —quejidos como de dolor—, se hacían escuchar.

—¿Quién es usted? ¿De dónde viene? — preguntó la madre de Felipe al momento en que el mendigo los alcanzó.

El sujeto se frenó en diagonal a ella y la escudriñó de soslayo.

—La persona que no supo brindar respuestas cuando se las pedían, no merece hacer preguntas— le dijo.

La madre empalideció.

—¿Quién es usted? — preguntó esta vez Felipe. El niño tenía que levantar mucho la vista para verle la cara. A ojos del niño parecía un gigante—. ¿A mí también me negará respuesta?

El mendigo lanzó una carcajada, luego un quejido, y se palpó una de sus costillas. El dolor había interrumpido su risa.

—Sí, niño. A ti sí he de responder— Se apresuró a comentar entre bramidos. Luego comentó—. No debo reírme. Los dolores me tienen a mal traer desde hace tiempo.

—No veo motivos para andar riéndose ahora— respondió Felipe. Luego le señaló las lonas que tapaban los cuerpos de sus amigos— mis amigos acaban de morir de una manera horrible. Esos que están allí, usted los vio recién.

El mendigo no volvió la mirada a los muertos. Había dejado de quejarse por el dolor, y lo contemplaba a Felipe con fijeza. Sus ojos eran oscuros, casi negros.
—No es necesario que me expliques nada, niño, pude escucharte bien. Interesado por lo que decías, he cruzado la alta vegetación con el fin de darte un preciado consejo.

Los rescatistas y los practicantes, intrigados por sus palabras, se acercaron en silencio.

—¿Qué consejo? — preguntó Felipe mientras se refregaba los ojos. Aún le salían lágrimas, seguía apesadumbrado por el siniestro evento.

—Este consejo…— El mendigo lanzó un suspiro y luego se sentó en el suelo, entrelazando sus dos piernas—; este consejo lo hubieses necesitado en un futuro, pero supongo que deberás aprenderlo esta noche. Verás, la vida siempre necesita entrelazarse con la muerte, de la misma manera con la que acabo de entrelazar mis piernas para sentarme. Yo he vivido lo suficiente como para no darme cuenta de que vi más muerte que vida, y que a medida que crecemos más propensos somos a tener que verla cada tanto. Muchas veces, incluso, estamos cerca de verla personalmente, y que a razón de un motivo en especial, nos salvamos de que esta nos frene. Es como cuando sin darnos cuenta anduvimos cerca de una persona que despreciamos, y gracias a un simple incidente pasamos desapercibidos. Es muy similar, salvando las distancias.
A la vida muchas veces la odiamos tanto como a la muerte, y ese odio hacia la vida nunca nos va a hacer que anhelemos la muerte. Hasta el más suicida siente temor al pararse frente a la soga que acaba de armar, o ante el arma que se lleva a las sienes. Pero volviendo al consejo que quería darte, debemos sonreírle a la vida, en eso estoy de acuerdo con tu madre, o con quien sea que te lo aconsejó, debemos sonreírle a la vida, pero también debemos sonreírle a la muerte, familiarizarnos con ella, mirarla de soslayo cada vez que la presentimos, y sonreírle.

—Lo que usted está diciendo es un disparate— dijo la madre— ¿Cómo le va aconsejar a mi hijo que le sonría a algo que debemos aborrecer, a algo que debemos odiar por todo lo que nos quita?
El hombre la escudriñó. No hizo falta que levantara mucho la vista, sentado medía casi como la madre de Felipe.
—Me van a entender cuando les cuente una de mis experiencias de vida. He visto la muerte de cerca en multiplicidad de veces, y créame que es un buen consejo. No tengo mucho tiempo para hablarles tanto del asunto, pero trataré de ser lo más conciso posible, supongo que ustedes tampoco tienen mucho tiempo que digamos.
Felipe, interesado por lo que el mendigo anunciaba, imitó a este y se acomodó sobre los pastizales. La madre y los demás sujetos hicieron lo propio. Todos se sentaron entorno al mendigo. Este se aclaró la garganta, emitiendo un desgastado gruñido, y a continuación comenzó con su testimonio.

—He estado en lugares horribles que, si los comparamos con esta vida de campo, esta vendría a ser como el paraíso —zonas de combate, naciones en conflictos, zonas marginales del mundo, por poner algunos ejemplos—. En cada uno de estos lugares he visto el infierno en la tierra, y sobre todo mucho fuego. En el último de mis viajes he estado en una zona urbana de oriente. Una zona no muy superpoblada, pero de enorme número de habitantes. Había viajado con la intención de quedarme una semana, y luego seguir viaje —como bien nómade que soy— pero algo me intrigó tanto que me obligaría a quedarme.
Mientras me dirigía hacía el hotel vislumbré algunos de los altos y llamativos edificios de la jurisdicción, muchos hogares refinados y otros modestos, y la presencia de un paraje cautivador que en algún momento debió de ser turístico, y que ahora dejó de serlo debido al conflicto armado que azotaba a esa nación. Esto último me explicaría después el motivo de que algunas de las edificaciones —más que nada en zonas limítrofes— las hallara derruidas.
Los días que pasé allí, a pesar de haber viajado en verano, estuvieron frecuentados por nubes grises y negras, el sol saldría muy cada tanto. A veces confundiría nubes oscuras con nubes de tierra, nubes de tierra que se elevaban desde la superficie hacia los cielos, luego de alguna discreta explosión en la lejanía.
Los estragos del conflicto no me asombraron tanto como la postura que habían adoptado sus habitantes. Desde el primer día había estado interesado en el tema y fui un hábil conversador. En el aeropuerto, al llegar al hotel y tener que registrarme, al salir luego a caminar y entrar a comprar en negocios, o al hablar con los habitantes en la calle. Gracias a estas conversaciones no tardé en sacar una conclusión. Incluso siendo solo un poco observador mientras caminaba por las calles, podía haber concluido en lo mismo. Las personas vivían todo el tiempo —o casi todo el tiempo—, despreocupadas. Como si nada horrible sucediese allí.
En mi primera caminata encontré a algunos habitantes aglomerados en eventos, plazas, y centros comerciales. Y a chicos yendo y viniendo de la escuela, hablando y algunos hasta riendo entre ellos. Así como también me crucé a parejas jóvenes paseando con sus pequeños hijos, y a otros tantos paseando a sus mascotas.
Un ambiente tranquilo, en un lugar que lejos se hallaba de serlo.
Cada tanto algo fuera de lo normal sucedía. El ruido de explosiones y el sonido simultáneo de las ametralladoras, según supe, eran a diario. Y en los momentos en que esto ocurría, y solo en esos momentos, la incertidumbre y el temor se reflejaban en la mayoría de las personas que veía. Sin embargo, al rato, cuando todo parecía tranquilizarse una vez más, esas caras atemorizadas pasaban de nuevo a verse imperturbables. Estaba desconcertado.
En ese primer día, solo escuché tres o cuatro veces el sonido de las ametralladoras —en áreas no visibles, por suerte—. La tercera vez, fue la que más cerca tuve. Oí el sonido de las armas con nitidez, una serie de gritos estremecedores y lamentos, y graves golpes semejantes a algo pesado chocando con la superficie. Asustado por lo cercano del siniestro volví corriendo al hotel.
Al regresar me encontré a varios huéspedes que salían del edificio, y por primera vez me llamó la atención saber que no era el único que se hospedaba allí. Horas antes al arribar había visto mucha gente desayunando cerca de la recepción, pero nada de esto me pareció raro hasta no escuchar el constante bullicio de las ametralladoras en las calles. Me dije entonces que ningún turista sería capaz de arriesgarse a viajar allí, excepto locos como yo. Esto mismo hizo que me preguntara qué clase de individuos residían en las habitaciones.
Esa pregunta se la hice al conserje, y este me respondió que todos los huéspedes —a excepción de mí— eran refugiados locales que perdieron sus casas después de una serie de atentados con bombas. Tal respuesta no me sorprendió para nada. Ya me había sucedido eso de viajar instintivamente a determinados lugares y encontrarme entonces con hechos catastróficos.

En el segundo día durante la mañana sucedió la primera explosión desde mi llegada: la llegué a fotografiar desde la ventana de mi habitación de hotel. Asombrado escuché y contemplé cómo una bola de fuego gigantesca nacía y se expandía allá a lo lejos, para quemarlo todo, y luego perecer. Comprendí horrorizado que había sucedido en plena zona residencial, y que los muertos que habría allí se contarían por decenas y decenas. Los sonidos de las ambulancias y de los equipos de rescate resonaban en esos instantes de extremo a extremo.
Luego del incidente, la jornada estuvo libre de cualquier otra explosión de semejantes magnitudes, pero, supongo, que hubo más tiroteos y muertes.
Por miedo decidí no salir en todo el día, y traté de estar en la planta baja del hotel casi todo el tiempo. Estando allí, me sorprendió el contemplar a muchas personas recorriendo la cuadra. Aun sabiendo de las explosiones que podía haber esa jornada, caminaban como si ninguna amenaza hubiera. Incluso muchos de los refugiados del hotel salían de allí con aspectos tranquilos a efectuar la misma rutina que cuando vivían en sus hogares. En cuanto a los empleados del hotel, también los vería imperturbables. Excepto en los instantes posteriores a la terrible explosión, instantes en los cuales empalidecieron, o negaron con la cabeza en señal de desesperanza.

Esa noche me fui a dormir temiendo por mi vida, a pesar de no estar aterrorizado. Tomaba mis precauciones, pero trataba como podía de no pensar en la muerte. Trataba de imitar a toda esa pobre gente que vivía allí.
La mañana siguiente, la tercera mañana, fue muy agradable por dos cosas, la más evidente, porque había salido el sol por completo y no hubo ni una nube, y la no tan perceptible, porque no habría ninguna explosión en la primera etapa del día.
Desgraciadamente sí las hubo a primera hora de la tarde. Y yo estaría en el lugar del trágico hecho.
Esa tarde, luego de almorzar en el restorán del hotel, reanudé lo pospuesto el día anterior, y salí a caminar. Recuerdo haber recorrido nuevas calles y avenidas, y visitado monumentos que no conocía. Y sobre todo recuerdo haber visto a donde fuera que vaya, más y más personas que imperturbables, continuaban con sus vidas como si nada malo pasara. Al poco rato de andar caminando me encontré frente a un agradable parque repleto de juegos, de senderos decorados con flores, y árboles de toda clase. Muchas familias había allí disfrutando de la tarde, y sobre todo muchos niños. Algunos niños jugaban sobre el césped, y otros tantos, en los clásicos juegos de plaza.
Me introduje entonces en el parque y empecé a andar por uno de sus senderos. al rato de mi recorrida distinguí al otro extremo del perímetro la presencia de un carrusel. De un color, más bien, dorado, daba vueltas sobre su eje, mientras acompasaba su andar moviendo sus caballos de madera hacia adelante, y hacia arriba y hacia abajo en diagonal. En estos caballos montaban un sin número de niños, los cuales parecían divertirse mucho. El ambiente distendido que había en el parque me dio un poco de aire esperanzador entre tanta incertidumbre.
Incluso así, no tenía intención de quedarme allí —sentado bajo la sombra de un árbol o en uno de los bancos—. Seguiría mi camino por la calle siguiente, y para eso debía pasar muy cerca del dorado carrusel.
Mientras me dirigí en esa dirección, contemplé de reojo el reluciente juego. El dorado resaltaba casi como el oro cada vez que la luz del sol lo alcanzaba. Los niños que daban vueltas y vueltas allí, sonreían aferrados a los caballos, y sus padres o tutores permanecían sentados en los bancos próximos. Soslayé en un momento a un niño de apariencia tímida, de unos ocho años, que se acercaba con cautela al carrusel, mientras este seguía dando vueltas al compás de una melodía que apenas pude apreciar. Las personas en el área de bancos disfrutaban del día soleado y hablaban entre ellas, felizmente. No hallé en sus semblantes nada que indicase el estado de ebullición con el que debían de estar familiarizados.
Esa escena sería lo último agradable que vería en esa tarde, puesto que al regresar mi vista hacia enfrente algo horrible ocurrió.
Lo primero que sentí fue esa explosión ensordecedora. Luego tuve la sensación de que me lanzaban con fuerza hacia adelante, como si me hubieran tirado desde el interior de un cañón. Me fui de bruces contra el piso, sobresaltado y asustado, pero presintiendo de ante mano lo que había sucedido.
El dolor por el golpe fue instantáneo. También fue instantáneo el sofocante calor que de repente invadió el parque.
Aun tendido en el piso, erguí mis hombros para poder ver las cercanías. Me encontré entonces con una escena estremecedora.
Tardé un buen rato en convencerme de que el enorme parque —que había estado envuelto en un clima y ambiente distendido y agradable— se había modificado de un momento a otro, para convertirse en algo irreconocible. Altas murallas de fuego se levantaban aquí y allá. El perímetro se incendiaba por completo.
Aterrado, traté de hallar algunas áreas del parque, y las encontré. Algunas se hacían visibles en pequeñas porciones. No obstante, la presencia del fuego propagándose y el asfixiante humo emanando, era lo que más resaltaba ahora.
El centro y cada uno de los extremos del parque ardían tapados por la extensa humareda. Comprendí que no había sido solo una explosión, sino varias y al mismo tiempo.
Me levanté como pude.
La enorme plaza era un hervidero. Sonidos de llantos y gritos desgarradores llegaban desde diferentes áreas. La escena me paralizó. No supe entonces cómo reaccionar, ni qué hacer.
De repente, entre mi confusión y asombro, sentí una fracción de fuego rozar mi brazo izquierdo. Esto me sacó de mi estupor. Avancé por inercia entre fuego, calor y gritos hacía ninguna aparente dirección. Al rato de andar, una bola de fuego me salió al cruce. Otra de las tantas bombas— tardía en este caso— había reventado a unos cinco metros delante de mí.
La frontal explosión hizo que me fuera de espaldas contra el piso, pero me levanté rápido esta vez… cuando la vida de uno está en juego siempre se debe actuar de manera instantánea. En mi flagelada audición llegaban más llantos y gritos, no sabía de donde venían, ni siquiera entendía dónde estaba yo. Volví a mirar en rededor intentando buscar algún hueco que me llevara a otra área del parque y al rato lo encontré.
El fuego dejaba angostos y altos senderos libres en un sector de la plaza ( a esa altura no sabía de cuál se trataba) —el nuevo estado del parque definitivamente me había desorientado por completo—.
La humareda que se precipitaba por las alturas cubría por encima los libres y angostos senderos como si se tratara del techo de estos.
Sin siquiera pensarlo corrí por esa bifurcación, esquivando mortales paredes de fuego. Mientras cruzaba el abominable calor amenazaba con quemarme; por suerte el fuego no llegaría a alcanzarme esta vez.
Al llegar al final del angosto pasadizo se descubrió un área que, por las largas hileras de fuego que la cubrían, no había conseguido divisar —Las hileras y los altos murales rojizos, semejaban haber dividido el parque en fracciones—. Me encontré con una escena completamente dantesca que me heló la sangre. Tuve frente a mí, a unos pocos metros, el carrusel, el llamativo carrusel color dorado.
El fuego lo había arrasado casi por completo, y los terribles estragos de su paso saltaban a la vista. El dorado había pasado ahora a un color negro carbón. Sus rieles, la fachada externa, los caballos de madera pintados de dorado, todo había sido quemado por el fuego. lo más impactante fue que muchos de los niños que habían estado montando felices el carrusel aún permanecían en los caballos. Pero ahora no se trataba de niños. Ahora se asemejaban más a muñecos de cera que a seres humanos, o a momias, cuyas telas habían sido incendiadas. El fuego cubría sus cuerpos, a pesar de que mucho más para quemar no tenía, y las facciones apenas se distinguían. Dos adultos habían llegado a subir a la plataforma, al parecer posterior al ataque, en pos de sus hijos, pero ahora yacía uno en el suelo del carrusel envuelto en llamaradas y el otro compartía fuego con un niño en su caballo.
El hombre habría tratado, sin éxito, de apagar el fuego que quemaba al niño.
Los otros cuerpos a la vista se hallaban en el área de bancos próximos al carrusel, desparramados mientras eran atacados por las llamas, como si se tratara de una enfurecida manada de avispas.
Me sobresalté de repente al advertir cerca de mí a un niño ileso.
De pie, al igual que yo, miraba hipnotizado la cruenta escena del carrusel. Un carrusel que había dejado de funcionar. Se trataba del mismo niño de apariencia tímida que, antes de la explosión, se había acercado al juego. Petrificado el niño miraba con ojos bien abiertos la dantesca escena. El fuego procedente de otra área de la plaza se acercaba hacía él de manera irremediable, y si yo no hacía algo, el niño moriría al instante. La fachada del carrusel parecía venirse abajo —no faltaba mucho para que lo hiciera—, y eso podía aplastar de lleno al niño, ganándole la pulseada al fuego. El aire era irrespirable, me picaban los ojos, y el solo hecho de estar allí me revolvía las entrañas. Por inercia corrí hasta el niño y lo cargué en mi hombro con la intención de salvarle la vida. Miré en todas direcciones tratando de hallar algún lugar libre de amenazas, y al rato lo encontré. A un costado del carrusel, para mi suerte, vislumbré una especie de cerca, cuyos murales de basalto se utilizaban para cubrir una parcela de flores del sol.
El fuego allí apenas si había alcanzado la superficie y quemado la vegetación, pero bastaba con darles unas cuantas pisadas para apagarlo.
Las brasas del fuego se levantaban a un costado del basalto; aún no se propagaban más de allí, esto hacía del hueco un paraje ideal para detenerse a pensar cómo salir con vida.
Me dirigí como pude hasta allí, y al llegar, aun con el niño en brazos, comencé a pisotear entre resoplidos la baja sección de fuego como quien apaga una simple fogata, y al borrarlo, me apresuré a bajar al niño y a depositarlo en la cerca, entre los murales de basalto. Luego me introduje yo también, y reclinado sobre uno de los murales, tomé un poco de aire (allí había un poco de oxígeno que aprovechar) y traté luego de tranquilizarme.
—Los he visto sonreír felices— Las palabras del niño entre sonidos de incineración me sobresaltaron. Su voz sonaba resquebrajada, estridente—; esos niños sonreían, pero un poco después… luego de las explosiones y de que me levantara asustado del suelo, ya no sonreían, sus cuerpos se quemaban y gritaban…
—No hables, niño— le dije—, haz silencio y déjame pensar cómo carajos saldremos.
—Será difícil salir con vida de acá.
—Dije que hicieras silencio— gruñí. Cerré mis ojos para tratar de pensar, pero al rato los volví a abrir y contemplé extrañado al niño. Sus palabras me habían alarmado—. ¿Sabes si alguien vendrá rápido a sacarnos de este infierno? Supongo que helicópteros de la policía y las malditas dotaciones de bomberos estarán llegando. Deberían haber llegado.
—No— respondió tajante el niño—. cuando suceden estos ataques, de explosiones simultáneas, suelen provocarlas en diferentes áreas de todo el distrito al mismo tiempo. Tanto la policía como los militares y bomberos deben ahora estar igual de desconcertados que nosotros dos, sin saber qué hacer, ni para dónde ir.
—¡Mierda! — vociferé—, me cago en toda tu maldita nación, niño.
Hubiera seguido hablando, si no fuese porque el niño en esos instantes se echó a llorar. Me apiadé y traté de tranquilizarlo. Un estruendo hizo que dejara de preocuparme por el niño y levantara mi vista hacia la zona de carrusel. La explosión, según mi parecer, había venido desde un área apartada de la plaza. No obstante, ese no fue el grave problema con el que me encontré al mirar allí. Observando desde ese ángulo, más allá del carrusel, a unos pocos metros pasándolo, la cortina amurallada de fuego se había acrecentado por completo y no dejaba a la vista nada de la otra fracción de parque. Cercaba en el frente y de derecha a izquierda al carrusel derruido como si se hallara en un perímetro cerrado, angosto y sofocante. El aire se hacía irrespirable en extremo, y si no conseguíamos salir cuanto antes la combustión nos aniquilaría. El sector opuesto al carrusel, dirección probable a la que me dirigía antes de que se incendiara todo, se veía mucho peor. Las cortinas de extenso fuego comenzaban a cerrarse sobre nosotros por alguna razón que no comprendía. Algo debía de estar atrayéndolo. Y los murales de basalto, en caso de ser emboscados, no podrían salvarnos esta vez, puesto que el fuego ingresaría letalmente por los huecos.
El niño seguía en shock, petrificado, observando con mirada atónita la pared de basalto que tenía enfrente.
—Esos niños trataban de disfrutar el día de sol— balbuceó el chiquillo—. A pesar de esta mierda de época en la que vivimos, sonreían y disfrutaban de la vida. Me ha impactado verlos solo unos instantes después en situaciones contrarias, muriendo y agonizando de esa manera.
Estuve por interrumpirle para que no siguiera atormentándose, pero divisé en su cara una mueca de esperanza, a pesar de sus duras palabras. Asombrado dejé que siguiera hablando.
—Mis padres y hermanos me han dicho muchas veces, que la muerte es solo un dolor momentáneo, y que no debemos temerle cuando se acerca, pero que tampoco debemos mofarnos de ella cuando nos creemos lejos de sus garras. Dicen que debemos respetar y sonreírle a la vida pero que también…
—Debemos de sonreírle a la muerte—le interrumpí, sorprendido. Desde hacía tiempo venía reflexionando sobre la muerte y había sacado esa misma conclusión, me había afirmado a mí mismo lo que al parecer los familiares del niño le habían afirmado a él.
—¿Cómo lo supiste? — preguntó intrigado mirándome de soslayo.
—Porque por simple coincidencia comparto la misma idea que tu familia. Sonreírle a la muerte es también sonreírle a la vida que dejaremos a un costado, es sonreírle a un nuevo comienzo. La vida suele ser muy difícil, y la muerte, sabiendo esto, quizás se apiade de nosotros más de lo que suponemos…
No pude seguir hablando, exhalaba mucho humo y ya no podía tampoco respirar. El ruido de extrema incineración se hacía más plausible, y el calor comenzaba a quemarnos antes que el fuego. Di cuenta de que el estado del chico comenzaba a flaquear, se había sentado en el suelo y se tapaba la cara con sus rodillas y sus brazos. No podíamos hacer más que esperar el milagro de un rescate, del cual no llegaba. Intentar salir de la plaza era infructífero. El ambiente lo impediría.

El mendigo dejó de hablar, lanzó un suspiro y guardó silencio. El olor a quemado seguía en el ambiente, los tres cuerpos sin vida seguían allí a un costado de las altas malezas, a la espera de que las familias afectadas se organizaran para hacer a la siguiente mañana, las cremaciones. Hasta hace unos años eran más comunes los entierros naturales, pero por alguna razón, probablemente espiritual —propuesta por algún sabio campesino que vivió por allí—, se había estado popularizando la cremación. En estas ceremonias crematorias, previo a hacer cenizas, se le dedicaban plegarias al muerto.
A pesar de que el mendigo había estado hablando mucho de fuego, no se hallaban en una fogata, las lámparas de los socorristas, que estos dejaron apoyadas en el suelo, eran suficientes para iluminar los rostros de los reunidos, así como también los enormes rincones de malezas.
Todos, incluso el niño Felipe, creyeron que seguiría con la historia, que esta no había terminado allí. Pero para el asombro generalizado el mendigo se levantó del piso entre bramidos de dolor, y al incorporarse por completo estiró su cuerpo lo más que pudo.
—Debo irme. Saquen sus propias conclusiones de lo que he narrado y de los consejos— dijo con un gruñido.
Felipe se levantó enojado de un salto.
—Pero ¿de qué hablas? — le gritó— ¿no vas a contarnos el final? de cómo has hecho para sobrevivir al agigantado fuego que destruía esa plaza.
—Es que ese es el final. Lo que pasó después es casi lo que ven ahora.
—No entiendo— llorisqueó el niño—¿por qué ese vendría a ser el final?
—Porque no logré salir nunca de allí, quede atrapado con el niño, y allí moriría, asfixiado y desintegrado por completo por el descomunal fuego que nos alcanzó.
Los hombres rescatistas se apearon del suelo con la misma rapidez que lo hizo Felipe, entre exclamaciones de terror y desconcierto. Lo que ninguno de ellos había podido explicarse hasta ese momento era que, en tanto, oían al mendigo, a medida que les relataba esa experiencia en Oriente, habían tenido las mismas raras ideas y sensaciones, las cuales sugerían que la sola presencia del desconocido ameritaba algo por completo sobrenatural.
—Sí. He muerto en el incendio, en ese horrible incendio. Luego, unas horas más tarde, los bomberos y rescatistas lograrían emancipar todo el fuego que sometió el parque, dejando a la vista a un cementerio de vegetación, y sobre todo de cuerpos carbonizados. La mayoría de estos, cuerpos de niños que habían estado despreocupadamente, jugando allí. Tanto el chico al cual le había confiado mi consejo como mi cadáver serían los más irreconocibles de todo el mortal conjunto descubierto. Había sido un completo error el mío de querer resguardarnos en una zona del parque en la que, sin saberlo, volvería a explotar por última vez — el mendigo escudriñó las caras de sus oyentes—. Sus caras me preguntaban ahora cómo carajos logré ver el resultado si ya había muerto. Supongo que ustedes han de ser conocedores del tema, y que tranquilamente se pueden responder ustedes mismos al respecto. En ese estado posterior a mi muerte pude ver eso y muchas cosas más.
Descubrí cosas de mi pasado y de mi futuro que me estremecieron y me entregaron una racional lucidez, una lucidez para poder comprenderlas, para comprender algunos hechos relevantes de mi recién extinguida vida mundana. Pude ser testigo, esta vez de manera extra corporal, del accidente que tuve en la fábrica en la que había estado durante diez años. Contemplé esa jornada fatídica en la que por culpa de una repentina explosión de uno de los tantos aparatos de calefacción que tenía allí la empresa, me quemaría gran parte de mi brazo izquierdo. Por efecto de esta comprobada negligencia ajena, estuve más de un mes tratando mi maltrecho brazo en una clínica de rehabilitación, y sufriendo todos los días un fuerte dolor que a duras penas podía soportar. Mientras eso pasaba no dudé en denunciar a la empresa por negligencia. Lo que derivó al poco tiempo en un juicio, un juicio del que saldría ganador. Beneficiado con una abismal suma de dinero a razón de que la empresa tenía mucho prestigio que mantener, y confianza que irradiar con respecto a los confiables aparatos con los que se manejaban a diario allí, no le di tanta importancia al comienzo. A la semana de cobrar toda esa plata, mi brazo ya se había recuperado casi por completo, algunas cicatrices por las quemaduras seguirían allí, pero ya conseguía mover el brazo sin que me doliera tanto, y cuando lo tenía en reposo directamente no me dolía. Una semana más, y me dieron el alta. En esos días previos ya venía planificando qué es lo que haría a partir de allí. Si seguir trabajando o hacer algo muy diferente con toda esa plata que había juntado. Me decidí al final por lo segundo, y así surgiría mi idea de hacer viaje tras viaje, de hacer una vida nómade y conocer el mundo lo más que podía, hasta que el último billete se escurriera de mis manos. A partir de allí y durante más de dos años, estuve viajando por el mundo por el solo hecho de viajar.
Estos viajes como ya he mencionado, me llevaron por coincidencia del destino, hacia lugares a los cuales muy pocos se atreven a ir. Todo sin saber que al final, en alguno de estos viajes, moriría de tal manera indeseable. Una de las cosas más reveladoras que supe luego de fallecer, fue que en caso de haber optado por quedarme en el lugar en el que vivía —en vez de vivir viajando—, hubiera muerto años después de lo sucedido en aquella plaza, en circunstancias muy similares, carbonizado por el fuego. De hecho, pude ver múltiples variaciones de mí pospuesto futuro, siempre dependiendo de las decisiones que iba tomando, y en cada una de ellas siempre tendría el mismo final: el deceso por incineración. Entendí que mi destino siempre fue el de morir carbonizado. Tarde o temprano, hiciera lo que hiciera, no iba a poder rehuir a una muerte similar.
El mendigo que había estado hablando de pie, giró sobre sus pasos y comenzó a avanzar hacia la alta vegetación.
—¿Por qué tienes aspecto de mendigo?
El espectro se rio, y luego se volvió para responder.
—Porque en la última de las variaciones de mi muerte, yo moriría siendo un mendigo. Sí en la práctica hubiese optado por determinadas decisiones, me hubiera salvado muchas veces de morir. Pero eso no impediría que llegase a la adultez avanzada, quebrado económicamente y teniendo que vivir y dormir en la calle, por culpa de errores propios. En caso de llegar a esa etapa de mi vida, hubiera vivido como un pordiosero. Y a razón de que dormiría muchas veces debajo de fachadas de casas y edificios, tendría muchas veces discusiones con los que vivían allí. Algunos me echarían en buenos términos. Y otros no tanto. Algunos, incluso, llegaron a odiarme por mis sucias conductas típicas de indigente. Uno de esos locos me prendió fuego el colchón, una noche, estando yo durmiendo ahí en la senda. Y como es de esperar moriría carbonizado. Este aspecto adopté luego de fallecer en esa enorme plaza en territorio oriental. Desde entonces cada vez que el fuego se produce a gran escala o se lleva la vida de inocentes, una fuerza externa me saca del plano en el que estoy, y por un corto tiempo me deja estar en el plano terrenal.
Comentado esto, el mendigo regresó la vista hacia la maleza que lo esperaba y avanzó.
Se detuvo frente a la primera hilera, soltó un gruñido y volvió la vista hacia las tres lonas que tapaban los cadáveres. Lo vieron fijarse en estos por un buen rato, sumido en una expresión afligida, para luego verlo meterse en la alta vegetación circundante y desaparecer. Por un largo rato, habría un largo silencio allí en esa inusual zona de campo. Ninguno de los allí reunidos se dignó a soltar palabra alguna, ni siquiera Felipe. Todos se hallaban impresionados y sorprendidos. Si algo faltaba para que la tragedia fuera más difícil de digerir, era la presencia de un espectro visible en la escena. Un ser que no solo se había acercado a dar un consejo, sino que además les había hablado durante rato. Mientras el asimilador silencio continuó, una luz amarillenta surgió de repente entre la maleza, en una sección mucho más allá del claro, y con ella el característico sonido de incineración. Algo se quemaba, provenía de la misma dirección que tomó el mendigo. Los presentes creyeron que la maleza comenzaba a prenderse fuego. Pero nada de eso ocurriría. Al poco rato el supuesto incendio sucumbió repentinamente.
El fuego espectral se había extinguido, había desaparecido, y con él, ese alguien, o algo, que hasta hace un momento estuvo allí.

En el mismo perímetro de campo, pero más distanciados de los socorristas, Felipe —de nueve años— la regañaba entre llantos a su madre, quien lo miraba en silencio, desencajada.

—…siempre me dijiste que debíamos sonreírle a la vida— le gritaba sollozando, acusándola—. Que eso era lo más importante para nuestro bienestar. Que mientras le sonriésemos nada malo podría pasarnos.

La tragedia de la cual Felipe fue partícipe lo había horrorizado y obligado a replantearse posturas sobre la vida. Él y sus amigos se habían instalado en esa casilla una hora antes del incendio. Extasiados por la aventura —y con el deseo de seguir sonriéndole a la vida—, habían salido a acampar, y al encontrarse con la deshabitada edificación, creyeron que pasar la noche allí en vez de armar las carpas, sería buena idea.

—Siempre nos dijeron que le sonriamos a la vida— Felipe hablaba, mientras miraba de reojo la casilla carbonizada, y a esas tres lonas que tapaban los cadáveres de sus amigos—. Y que mientras lo hiciéramos, mientras le sonriamos, todo estaría bien… Pero hace una hora ocurrió esa explosión. Llamaradas de fuego saltaron sobre mis amigos, se pegaron a ellos, sus cuerpos se incendiaron, y yo no pude hacer nada. ¿Y sabes qué? segundos antes de que explotara la lámpara que habíamos traído, ellos sonreían, solo se veían sonrisas en sus caras. Luego la explosión y el fuego expandiéndose, y ya no sonreían. Claro que no. Gritaban, lloraban, suplicaban. ¿Cómo pudo haber sucedido? si estábamos sonriéndole a la vida, como siempre nos decían que hiciéramos.

Al oír sus palabras, los rescatistas y los practicantes se compadecieron de él, pero más se compadecían de la madre, quien miraba a su hijo en silencio, entre llantos, y sin saber qué responderle. Ninguno de ellos hubiese sabido que responderle a un niño de nueve años en esos momentos.

Las madres de los niños fallecidos habían estado allí, luego de enterarse de lo sucedido, y se habían ido hacía un rato. A dos se las llevaron inconscientes producto del shock, y a la restante en un ataque de histeria.

Felipe, al darse cuenta de que su madre no respondía, siguió con sus reproches.

—Todo ha sido para que nosotros no pudiéramos darnos cuenta de la desgraciada y pobre vida que llevamos. Creyeron que sonriéndole (a la vida) todo sería diferente. Para qué sonreírle si luego nos recompensa así.

De repente un sonido, similar al de un material impactando contra la superficie, se oyó pasando el paraje derruido, muy cerca de la escena. Y una voz grave y entusiasta —procedente de la misma dirección— le sucedió.

—Puedo aportarte una simple respuesta a eso que reclamas, niño — La voz salió desde la enorme maleza, muy cerca de los dos practicantes de medicina del pueblo. Ambos al oírlo comenzaron a retroceder. Los sujetos que aun custodiaban la casilla miraron los pastizales intentando dar con la persona que habló.

—¿Quién acaba de hablar? — preguntó alguien al resto.

—No alcanzo a ver más que pastizales—respondió otro— Pero que su voz me hizo estremecer es un hecho.

De repente alguien salió de entre la maleza e ingresó al claro. Se trataba de un sujeto de aspecto deplorable, que, en medio de la noche campesina, parecía una presencia fantasmal. Tenía un aspecto de mendigo: sus ropas sucias y resquebrajadas, barba desaliñada que le llegaba casi hasta la cintura, y el pelo largo, sucio y grisáceo. Su postura firme era lo único que le daba una característica respetable. Sin embargo, su cuerpo raquítico indicaba la falta de comida en su organismo, y le brindaba una apariencia de náufrago o la de un viajante extraviado durante semanas en algún desolado paraje.

A un costado, muy cerca de él, los cadáveres extendidos sobre el pastizal.

El mendigo los contempló con expresión seria, pero no de tristeza, y luego paseó su mirada por todos los presentes. Finalmente, se fijó en Felipe y comenzó a avanzar hacia él. Andaba algo encorvado, sus movimientos eran toscos y a cada rato dejaba de levantar sus pies para arrastrarlos, como si el cansancio no le permitiese caminar de manera correcta. Y mientras lo hacía, mientras arrastraba sus maltrechos zapatos, sus quejidos —quejidos como de dolor—, se hacían escuchar.

—¿Quién es usted? ¿De dónde viene? — preguntó la madre de Felipe al momento en que el mendigo los alcanzó.

El sujeto se frenó en diagonal a ella y la escudriñó de soslayo.

—La persona que no supo brindar respuestas cuando se las pedían, no merece hacer preguntas— le dijo.

La madre empalideció.

—¿Quién es usted? — preguntó esta vez Felipe. El niño tenía que levantar mucho la vista para verle la cara. A ojos del niño parecía un gigante—. ¿A mí también me negará respuesta?

El mendigo lanzó una carcajada, luego un quejido, y se palpó una de sus costillas. El dolor había interrumpido su risa.

—Sí, niño. A ti sí he de responder— Se apresuró a comentar entre bramidos. Luego comentó—. No debo reírme. Los dolores me tienen a mal traer desde hace tiempo.

—No veo motivos para andar riéndose ahora— respondió Felipe. Luego le señaló las lonas que tapaban los cuerpos de sus amigos— mis amigos acaban de morir de una manera horrible. Esos que están allí, usted los vio recién.

El mendigo no volvió la mirada a los muertos. Había dejado de quejarse por el dolor, y lo contemplaba a Felipe con fijeza. Sus ojos eran oscuros, casi negros.

—No es necesario que me expliques nada, niño, pude escucharte bien. Interesado por lo que decías, he cruzado la alta vegetación con el fin de darte un preciado consejo.

Los rescatistas y los practicantes, intrigados por sus palabras, se acercaron en silencio.

—¿Qué consejo? — preguntó Felipe mientras se refregaba los ojos. Aún le salían lágrimas, seguía apesadumbrado por el siniestro evento.

—Este consejo…— El mendigo lanzó un suspiro y luego se sentó en el suelo, entrelazando sus dos piernas—; este consejo lo hubieses necesitado en un futuro, pero supongo que deberás aprenderlo esta noche. Verás, la vida siempre necesita entrelazarse con la muerte, de la misma manera con la que acabo de entrelazar mis piernas para sentarme. Yo he vivido lo suficiente como para no darme cuenta de que vi más muerte que vida, y que a medida que crecemos más propensos somos a tener que verla cada tanto. Muchas veces, incluso, estamos cerca de verla personalmente, y que a razón de un motivo en especial, nos salvamos de que esta nos frene. Es como cuando sin darnos cuenta anduvimos cerca de una persona que despreciamos, y gracias a un simple incidente pasamos desapercibidos. Es muy similar, salvando las distancias.

A la vida muchas veces la odiamos tanto como a la muerte, y ese odio hacia la vida nunca nos va a hacer que anhelemos la muerte. Hasta el más suicida siente temor al pararse frente a la soga que acaba de armar, o ante el arma que se lleva a las sienes. Pero volviendo al consejo que quería darte, debemos sonreírle a la vida, en eso estoy de acuerdo con tu madre, o con quien sea que te lo aconsejó, debemos sonreírle a la vida, pero también debemos sonreírle a la muerte, familiarizarnos con ella, mirarla de soslayo cada vez que la presentimos, y sonreírle.

—Lo que usted está diciendo es un disparate— dijo la madre— ¿Cómo le va aconsejar a mi hijo que le sonría a algo que debemos aborrecer, a algo que debemos odiar por todo lo que nos quita?

El hombre la escudriñó. No hizo falta que levantara mucho la vista, sentado medía casi como la madre de Felipe.

—Me van a entender cuando les cuente una de mis experiencias de vida. He visto la muerte de cerca en multiplicidad de veces, y créame que es un buen consejo. No tengo mucho tiempo para hablarles tanto del asunto, pero trataré de ser lo más conciso posible, supongo que ustedes tampoco tienen mucho tiempo que digamos.

Felipe, interesado por lo que el mendigo anunciaba, imitó a este y se acomodó sobre los pastizales. La madre y los demás sujetos hicieron lo propio. Todos se sentaron entorno al mendigo. Este se aclaró la garganta, emitiendo un desgastado gruñido, y a continuación comenzó con su testimonio.

—He estado en lugares horribles que, si los comparamos con esta vida de campo, esta vendría a ser como el paraíso —zonas de combate, naciones en conflictos, zonas marginales del mundo, por poner algunos ejemplos—. En cada uno de estos lugares he visto el infierno en la tierra, y sobre todo mucho fuego. En el último de mis viajes he estado en una zona urbana de oriente. Una zona no muy superpoblada, pero de enorme número de habitantes. Había viajado con la intención de quedarme una semana, y luego seguir viaje —como bien nómade que soy— pero algo me intrigó tanto que me obligaría a quedarme.

Mientras me dirigía hacía el hotel vislumbré algunos de los altos y llamativos edificios de la jurisdicción, muchos hogares refinados y otros modestos, y la presencia de un paraje cautivador que en algún momento debió de ser turístico, y que ahora dejó de serlo debido al conflicto armado que azotaba a esa nación. Esto último me explicaría después el motivo de que algunas de las edificaciones —más que nada en zonas limítrofes— las hallara derruidas.

Los días que pasé allí, a pesar de haber viajado en verano, estuvieron frecuentados por nubes grises y negras, el sol saldría muy cada tanto. A veces confundiría nubes oscuras con nubes de tierra, nubes de tierra que se elevaban desde la superficie hacia los cielos, luego de alguna discreta explosión en la lejanía.

Los estragos del conflicto no me asombraron tanto como la postura que habían adoptado sus habitantes. Desde el primer día había estado interesado en el tema y fui un hábil conversador. En el aeropuerto, al llegar al hotel y tener que registrarme, al salir luego a caminar y entrar a comprar en negocios, o al hablar con los habitantes en la calle. Gracias a estas conversaciones no tardé en sacar una conclusión. Incluso siendo solo un poco observador mientras caminaba por las calles, podía haber concluido en lo mismo. Las personas vivían todo el tiempo —o casi todo el tiempo—, despreocupadas. Como si nada horrible sucediese allí.

En mi primera caminata encontré a algunos habitantes aglomerados en eventos, plazas, y centros comerciales. Y a chicos yendo y viniendo de la escuela, hablando y algunos hasta riendo entre ellos. Así como también me crucé a parejas jóvenes paseando con sus pequeños hijos, y a otros tantos paseando a sus mascotas.

Un ambiente tranquilo, en un lugar que lejos se hallaba de serlo.

Cada tanto algo fuera de lo normal sucedía. El ruido de explosiones y el sonido simultáneo de las ametralladoras, según supe, eran a diario. Y en los momentos en que esto ocurría, y solo en esos momentos, la incertidumbre y el temor se reflejaban en la mayoría de las personas que veía. Sin embargo, al rato, cuando todo parecía tranquilizarse una vez más, esas caras atemorizadas pasaban de nuevo a verse imperturbables. Estaba desconcertado.

En ese primer día, solo escuché tres o cuatro veces el sonido de las ametralladoras —en áreas no visibles, por suerte—. La tercera vez, fue la que más cerca tuve. Oí el sonido de las armas con nitidez, una serie de gritos estremecedores y lamentos, y graves golpes semejantes a algo pesado chocando con la superficie. Asustado por lo cercano del siniestro volví corriendo al hotel.

Al regresar me encontré a varios huéspedes que salían del edificio, y por primera vez me llamó la atención saber que no era el único que se hospedaba allí. Horas antes al arribar había visto mucha gente desayunando cerca de la recepción, pero nada de esto me pareció raro hasta no escuchar el constante bullicio de las ametralladoras en las calles. Me dije entonces que ningún turista sería capaz de arriesgarse a viajar allí, excepto locos como yo. Esto mismo hizo que me preguntara qué clase de individuos residían en las habitaciones.

Esa pregunta se la hice al conserje, y este me respondió que todos los huéspedes —a excepción de mí— eran refugiados locales que perdieron sus casas después de una serie de atentados con bombas. Tal respuesta no me sorprendió para nada. Ya me había sucedido eso de viajar instintivamente a determinados lugares y encontrarme entonces con hechos catastróficos.

En el segundo día durante la mañana sucedió la primera explosión desde mi llegada: la llegué a fotografiar desde la ventana de mi habitación de hotel. Asombrado escuché y contemplé cómo una bola de fuego gigantesca nacía y se expandía allá a lo lejos, para quemarlo todo, y luego perecer. Comprendí horrorizado que había sucedido en plena zona residencial, y que los muertos que habría allí se contarían por decenas y decenas. Los sonidos de las ambulancias y de los equipos de rescate resonaban en esos instantes de extremo a extremo.

Luego del incidente, la jornada estuvo libre de cualquier otra explosión de semejantes magnitudes, pero, supongo, que hubo más tiroteos y muertes.

Por miedo decidí no salir en todo el día, y traté de estar en la planta baja del hotel casi todo el tiempo. Estando allí, me sorprendió el contemplar a muchas personas recorriendo la cuadra. Aun sabiendo de las explosiones que podía haber esa jornada, caminaban como si ninguna amenaza hubiera. Incluso muchos de los refugiados del hotel salían de allí con aspectos tranquilos a efectuar la misma rutina que cuando vivían en sus hogares. En cuanto a los empleados del hotel, también los vería imperturbables. Excepto en los instantes posteriores a la terrible explosión, instantes en los cuales empalidecieron, o negaron con la cabeza en señal de desesperanza.

Esa noche me fui a dormir temiendo por mi vida, a pesar de no estar aterrorizado. Tomaba mis precauciones, pero trataba como podía de no pensar en la muerte. Trataba de imitar a toda esa pobre gente que vivía allí.

La mañana siguiente, la tercera mañana, fue muy agradable por dos cosas, la más evidente, porque había salido el sol por completo y no hubo ni una nube, y la no tan perceptible, porque no habría ninguna explosión en la primera etapa del día.

Desgraciadamente sí las hubo a primera hora de la tarde. Y yo estaría en el lugar del trágico hecho.

Esa tarde, luego de almorzar en el restorán del hotel, reanudé lo pospuesto el día anterior, y salí a caminar. Recuerdo haber recorrido nuevas calles y avenidas, y visitado monumentos que no conocía. Y sobre todo recuerdo haber visto a donde fuera que vaya, más y más personas que imperturbables, continuaban con sus vidas como si nada malo pasara. Al poco rato de andar caminando me encontré frente a un agradable parque repleto de juegos, de senderos decorados con flores, y árboles de toda clase. Muchas familias había allí disfrutando de la tarde, y sobre todo muchos niños. Algunos niños jugaban sobre el césped, y otros tantos, en los clásicos juegos de plaza.

Me introduje entonces en el parque y empecé a andar por uno de sus senderos. al rato de mi recorrida distinguí al otro extremo del perímetro la presencia de un carrusel. De un color, más bien, dorado, daba vueltas sobre su eje, mientras acompasaba su andar moviendo sus caballos de madera hacia adelante, y hacia arriba y hacia abajo en diagonal. En estos caballos montaban un sin número de niños, los cuales parecían divertirse mucho. El ambiente distendido que había en el parque me dio un poco de aire esperanzador entre tanta incertidumbre.

Incluso así, no tenía intención de quedarme allí —sentado bajo la sombra de un árbol o en uno de los bancos—. Seguiría mi camino por la calle siguiente, y para eso debía pasar muy cerca del dorado carrusel.

Mientras me dirigí en esa dirección, contemplé de reojo el reluciente juego. El dorado resaltaba casi como el oro cada vez que la luz del sol lo alcanzaba. Los niños que daban vueltas y vueltas allí, sonreían aferrados a los caballos, y sus padres o tutores permanecían sentados en los bancos próximos. Soslayé en un momento a un niño de apariencia tímida, de unos ocho años, que se acercaba con cautela al carrusel, mientras este seguía dando vueltas al compás de una melodía que apenas pude apreciar. Las personas en el área de bancos disfrutaban del día soleado y hablaban entre ellas, felizmente. No hallé en sus semblantes nada que indicase el estado de ebullición con el que debían de estar familiarizados.

Esa escena sería lo último agradable que vería en esa tarde, puesto que al regresar mi vista hacia enfrente algo horrible ocurrió.

Lo primero que sentí fue esa explosión ensordecedora. Luego tuve la sensación de que me lanzaban con fuerza hacia adelante, como si me hubieran tirado desde el interior de un cañón. Me fui de bruces contra el piso, sobresaltado y asustado, pero presintiendo de ante mano lo que había sucedido.

El dolor por el golpe fue instantáneo. También fue instantáneo el sofocante calor que de repente invadió el parque.

Aun tendido en el piso, erguí mis hombros para poder ver las cercanías. Me encontré entonces con una escena estremecedora.

Tardé un buen rato en convencerme de que el enorme parque —que había estado envuelto en un clima y ambiente distendido y agradable— se había modificado de un momento a otro, para convertirse en algo irreconocible. Altas murallas de fuego se levantaban aquí y allá. El perímetro se incendiaba por completo.

Aterrado, traté de hallar algunas áreas del parque, y las encontré. Algunas se hacían visibles en pequeñas porciones. No obstante, la presencia del fuego propagándose y el asfixiante humo emanando, era lo que más resaltaba ahora.

El centro y cada uno de los extremos del parque ardían tapados por la extensa humareda. Comprendí que no había sido solo una explosión, sino varias y al mismo tiempo.

Me levanté como pude.

La enorme plaza era un hervidero. Sonidos de llantos y gritos desgarradores llegaban desde diferentes áreas. La escena me paralizó. No supe entonces cómo reaccionar, ni qué hacer.

De repente, entre mi confusión y asombro, sentí una fracción de fuego rozar mi brazo izquierdo. Esto me sacó de mi estupor. Avancé por inercia entre fuego, calor y gritos hacía ninguna aparente dirección. Al rato de andar, una bola de fuego me salió al cruce. Otra de las tantas bombas— tardía en este caso— había reventado a unos cinco metros delante de mí.

La frontal explosión hizo que me fuera de espaldas contra el piso, pero me levanté rápido esta vez… cuando la vida de uno está en juego siempre se debe actuar de manera instantánea. En mi flagelada audición llegaban más llantos y gritos, no sabía de donde venían, ni siquiera entendía dónde estaba yo. Volví a mirar en rededor intentando buscar algún hueco que me llevara a otra área del parque y al rato lo encontré.

El fuego dejaba angostos y altos senderos libres en un sector de la plaza ( a esa altura no sabía de cuál se trataba) —el nuevo estado del parque definitivamente me había desorientado por completo—.

La humareda que se precipitaba por las alturas cubría por encima los libres y angostos senderos como si se tratara del techo de estos.

Sin siquiera pensarlo corrí por esa bifurcación, esquivando mortales paredes de fuego. Mientras cruzaba el abominable calor amenazaba con quemarme; por suerte el fuego no llegaría a alcanzarme esta vez.

Al llegar al final del angosto pasadizo se descubrió un área que, por las largas hileras de fuego que la cubrían, no había conseguido divisar —Las hileras y los altos murales rojizos, semejaban haber dividido el parque en fracciones—. Me encontré con una escena completamente dantesca que me heló la sangre. Tuve frente a mí, a unos pocos metros, el carrusel, el llamativo carrusel color dorado.

El fuego lo había arrasado casi por completo, y los terribles estragos de su paso saltaban a la vista. El dorado había pasado ahora a un color negro carbón. Sus rieles, la fachada externa, los caballos de madera pintados de dorado, todo había sido quemado por el fuego. lo más impactante fue que muchos de los niños que habían estado montando felices el carrusel aún permanecían en los caballos. Pero ahora no se trataba de niños. Ahora se asemejaban más a muñecos de cera que a seres humanos, o a momias, cuyas telas habían sido incendiadas. El fuego cubría sus cuerpos, a pesar de que mucho más para quemar no tenía, y las facciones apenas se distinguían. Dos adultos habían llegado a subir a la plataforma, al parecer posterior al ataque, en pos de sus hijos, pero ahora yacía uno en el suelo del carrusel envuelto en llamaradas y el otro compartía fuego con un niño en su caballo.

El hombre habría tratado, sin éxito, de apagar el fuego que quemaba al niño.

Los otros cuerpos a la vista se hallaban en el área de bancos próximos al carrusel, desparramados mientras eran atacados por las llamas, como si se tratara de una enfurecida manada de avispas.

Me sobresalté de repente al advertir cerca de mí a un niño ileso.

De pie, al igual que yo, miraba hipnotizado la cruenta escena del carrusel. Un carrusel que había dejado de funcionar. Se trataba del mismo niño de apariencia tímida que, antes de la explosión, se había acercado al juego. Petrificado el niño miraba con ojos bien abiertos la dantesca escena. El fuego procedente de otra área de la plaza se acercaba hacía él de manera irremediable, y si yo no hacía algo, el niño moriría al instante. La fachada del carrusel parecía venirse abajo —no faltaba mucho para que lo hiciera—, y eso podía aplastar de lleno al niño, ganándole la pulseada al fuego. El aire era irrespirable, me picaban los ojos, y el solo hecho de estar allí me revolvía las entrañas. Por inercia corrí hasta el niño y lo cargué en mi hombro con la intención de salvarle la vida. Miré en todas direcciones tratando de hallar algún lugar libre de amenazas, y al rato lo encontré. A un costado del carrusel, para mi suerte, vislumbré una especie de cerca, cuyos murales de basalto se utilizaban para cubrir una parcela de flores del sol.

El fuego allí apenas si había alcanzado la superficie y quemado la vegetación, pero bastaba con darles unas cuantas pisadas para apagarlo.

Las brasas del fuego se levantaban a un costado del basalto; aún no se propagaban más de allí, esto hacía del hueco un paraje ideal para detenerse a pensar cómo salir con vida.

Me dirigí como pude hasta allí, y al llegar, aun con el niño en brazos, comencé a pisotear entre resoplidos la baja sección de fuego como quien apaga una simple fogata, y al borrarlo, me apresuré a bajar al niño y a depositarlo en la cerca, entre los murales de basalto. Luego me introduje yo también, y reclinado sobre uno de los murales, tomé un poco de aire (allí había un poco de oxígeno que aprovechar) y traté luego de tranquilizarme.

—Los he visto sonreír felices— Las palabras del niño entre sonidos de incineración me sobresaltaron. Su voz sonaba resquebrajada, estridente—; esos niños sonreían, pero un poco después… luego de las explosiones y de que me levantara asustado del suelo, ya no sonreían, sus cuerpos se quemaban y gritaban…

—No hables, niño— le dije—, haz silencio y déjame pensar cómo carajos saldremos.

—Será difícil salir con vida de acá.

—Dije que hicieras silencio— gruñí. Cerré mis ojos para tratar de pensar, pero al rato los volví a abrir y contemplé extrañado al niño. Sus palabras me habían alarmado—. ¿Sabes si alguien vendrá rápido a sacarnos de este infierno? Supongo que helicópteros de la policía y las malditas dotaciones de bomberos estarán llegando. Deberían haber llegado.

—No— respondió tajante el niño—. cuando suceden estos ataques, de explosiones simultáneas, suelen provocarlas en diferentes áreas de todo el distrito al mismo tiempo. Tanto la policía como los militares y bomberos deben ahora estar igual de desconcertados que nosotros dos, sin saber qué hacer, ni para dónde ir.

—¡Mierda! — vociferé—, me cago en toda tu maldita nación, niño.

Hubiera seguido hablando, si no fuese porque el niño en esos instantes se echó a llorar. Me apiadé y traté de tranquilizarlo. Un estruendo hizo que dejara de preocuparme por el niño y levantara mi vista hacia la zona de carrusel. La explosión, según mi parecer, había venido desde un área apartada de la plaza. No obstante, ese no fue el grave problema con el que me encontré al mirar allí. Observando desde ese ángulo, más allá del carrusel, a unos pocos metros pasándolo, la cortina amurallada de fuego se había acrecentado por completo y no dejaba a la vista nada de la otra fracción de parque. Cercaba en el frente y de derecha a izquierda al carrusel derruido como si se hallara en un perímetro cerrado, angosto y sofocante. El aire se hacía irrespirable en extremo, y si no conseguíamos salir cuanto antes la combustión nos aniquilaría. El sector opuesto al carrusel, dirección probable a la que me dirigía antes de que se incendiara todo, se veía mucho peor. Las cortinas de extenso fuego comenzaban a cerrarse sobre nosotros por alguna razón que no comprendía. Algo debía de estar atrayéndolo. Y los murales de basalto, en caso de ser emboscados, no podrían salvarnos esta vez, puesto que el fuego ingresaría letalmente por los huecos.

El niño seguía en shock, petrificado, observando con mirada atónita la pared de basalto que tenía enfrente.

—Esos niños trataban de disfrutar el día de sol— balbuceó el chiquillo—. A pesar de esta mierda de época en la que vivimos, sonreían y disfrutaban de la vida. Me ha impactado verlos solo unos instantes después en situaciones contrarias, muriendo y agonizando de esa manera.

Estuve por interrumpirle para que no siguiera atormentándose, pero divisé en su cara una mueca de esperanza, a pesar de sus duras palabras. Asombrado dejé que siguiera hablando.

—Mis padres y hermanos me han dicho muchas veces, que la muerte es solo un dolor momentáneo, y que no debemos temerle cuando se acerca, pero que tampoco debemos mofarnos de ella cuando nos creemos lejos de sus garras. Dicen que debemos respetar y sonreírle a la vida pero que también…

—Debemos de sonreírle a la muerte—le interrumpí, sorprendido. Desde hacía tiempo venía reflexionando sobre la muerte y había sacado esa misma conclusión, me había afirmado a mí mismo lo que al parecer los familiares del niño le habían afirmado a él.

—¿Cómo lo supiste? — preguntó intrigado mirándome de soslayo.

—Porque por simple coincidencia comparto la misma idea que tu familia. Sonreírle a la muerte es también sonreírle a la vida que dejaremos a un costado, es sonreírle a un nuevo comienzo. La vida suele ser muy difícil, y la muerte, sabiendo esto, quizás se apiade de nosotros más de lo que suponemos…

No pude seguir hablando, exhalaba mucho humo y ya no podía tampoco respirar. El ruido de extrema incineración se hacía más plausible, y el calor comenzaba a quemarnos antes que el fuego. Di cuenta de que el estado del chico comenzaba a flaquear, se había sentado en el suelo y se tapaba la cara con sus rodillas y sus brazos. No podíamos hacer más que esperar el milagro de un rescate, del cual no llegaba. Intentar salir de la plaza era infructífero. El ambiente lo impediría.

El mendigo dejó de hablar, lanzó un suspiro y guardó silencio. El olor a quemado seguía en el ambiente, los tres cuerpos sin vida seguían allí a un costado de las altas malezas, a la espera de que las familias afectadas se organizaran para hacer a la siguiente mañana, las cremaciones. Hasta hace unos años eran más comunes los entierros naturales, pero por alguna razón, probablemente espiritual —propuesta por algún sabio campesino que vivió por allí—, se había estado popularizando la cremación. En estas ceremonias crematorias, previo a hacer cenizas, se le dedicaban plegarias al muerto.

A pesar de que el mendigo había estado hablando mucho de fuego, no se hallaban en una fogata, las lámparas de los socorristas, que estos dejaron apoyadas en el suelo, eran suficientes para iluminar los rostros de los reunidos, así como también los enormes rincones de malezas.

Todos, incluso el niño Felipe, creyeron que seguiría con la historia, que esta no había terminado allí. Pero para el asombro generalizado el mendigo se levantó del piso entre bramidos de dolor, y al incorporarse por completo estiró su cuerpo lo más que pudo.

—Debo irme. Saquen sus propias conclusiones de lo que he narrado y de los consejos— dijo con un gruñido.

Felipe se levantó enojado de un salto.

—Pero ¿de qué hablas? — le gritó— ¿no vas a contarnos el final? de cómo has hecho para sobrevivir al agigantado fuego que destruía esa plaza.

—Es que ese es el final. Lo que pasó después es casi lo que ven ahora.

—No entiendo— llorisqueó el niño—¿por qué ese vendría a ser el final?

—Porque no logré salir nunca de allí, quede atrapado con el niño, y allí moriría, asfixiado y desintegrado por completo por el descomunal fuego que nos alcanzó.

Los hombres rescatistas se apearon del suelo con la misma rapidez que lo hizo Felipe, entre exclamaciones de terror y desconcierto. Lo que ninguno de ellos había podido explicarse hasta ese momento era que, en tanto, oían al mendigo, a medida que les relataba esa experiencia en Oriente, habían tenido las mismas raras ideas y sensaciones, las cuales sugerían que la sola presencia del desconocido ameritaba algo por completo sobrenatural.

—Sí. He muerto en el incendio, en ese horrible incendio. Luego, unas horas más tarde, los bomberos y rescatistas lograrían emancipar todo el fuego que sometió el parque, dejando a la vista a un cementerio de vegetación, y sobre todo de cuerpos carbonizados. La mayoría de estos, cuerpos de niños que habían estado despreocupadamente, jugando allí. Tanto el chico al cual le había confiado mi consejo como mi cadáver serían los más irreconocibles de todo el mortal conjunto descubierto. Había sido un completo error el mío de querer resguardarnos en una zona del parque en la que, sin saberlo, volvería a explotar por última vez — el mendigo escudriñó las caras de sus oyentes—. Sus caras me preguntaban ahora cómo carajos logré ver el resultado si ya había muerto. Supongo que ustedes han de ser conocedores del tema, y que tranquilamente se pueden responder ustedes mismos al respecto. En ese estado posterior a mi muerte pude ver eso y muchas cosas más.

Descubrí cosas de mi pasado y de mi futuro que me estremecieron y me entregaron una racional lucidez, una lucidez para poder comprenderlas, para comprender algunos hechos relevantes de mi recién extinguida vida mundana. Pude ser testigo, esta vez de manera extra corporal, del accidente que tuve en la fábrica en la que había estado durante diez años. Contemplé esa jornada fatídica en la que por culpa de una repentina explosión de uno de los tantos aparatos de calefacción que tenía allí la empresa, me quemaría gran parte de mi brazo izquierdo. Por efecto de esta comprobada negligencia ajena, estuve más de un mes tratando mi maltrecho brazo en una clínica de rehabilitación, y sufriendo todos los días un fuerte dolor que a duras penas podía soportar. Mientras eso pasaba no dudé en denunciar a la empresa por negligencia. Lo que derivó al poco tiempo en un juicio, un juicio del que saldría ganador. Beneficiado con una abismal suma de dinero a razón de que la empresa tenía mucho prestigio que mantener, y confianza que irradiar con respecto a los confiables aparatos con los que se manejaban a diario allí, no le di tanta importancia al comienzo. A la semana de cobrar toda esa plata, mi brazo ya se había recuperado casi por completo, algunas cicatrices por las quemaduras seguirían allí, pero ya conseguía mover el brazo sin que me doliera tanto, y cuando lo tenía en reposo directamente no me dolía. Una semana más, y me dieron el alta. En esos días previos ya venía planificando qué es lo que haría a partir de allí. Si seguir trabajando o hacer algo muy diferente con toda esa plata que había juntado. Me decidí al final por lo segundo, y así surgiría mi idea de hacer viaje tras viaje, de hacer una vida nómade y conocer el mundo lo más que podía, hasta que el último billete se escurriera de mis manos. A partir de allí y durante más de dos años, estuve viajando por el mundo por el solo hecho de viajar.

Estos viajes como ya he mencionado, me llevaron por coincidencia del destino, hacia lugares a los cuales muy pocos se atreven a ir. Todo sin saber que al final, en alguno de estos viajes, moriría de tal manera indeseable. Una de las cosas más reveladoras que supe luego de fallecer, fue que en caso de haber optado por quedarme en el lugar en el que vivía —en vez de vivir viajando—, hubiera muerto años después de lo sucedido en aquella plaza, en circunstancias muy similares, carbonizado por el fuego. De hecho, pude ver múltiples variaciones de mí pospuesto futuro, siempre dependiendo de las decisiones que iba tomando, y en cada una de ellas siempre tendría el mismo final: el deceso por incineración. Entendí que mi destino siempre fue el de morir carbonizado. Tarde o temprano, hiciera lo que hiciera, no iba a poder rehuir a una muerte similar.

El mendigo que había estado hablando de pie, giró sobre sus pasos y comenzó a avanzar hacia la alta vegetación.

—¿Por qué tienes aspecto de mendigo?

El espectro se rio, y luego se volvió para responder.

—Porque en la última de las variaciones de mi muerte, yo moriría siendo un mendigo. Sí en la práctica hubiese optado por determinadas decisiones, me hubiera salvado muchas veces de morir. Pero eso no impediría que llegase a la adultez avanzada, quebrado económicamente y teniendo que vivir y dormir en la calle, por culpa de errores propios. En caso de llegar a esa etapa de mi vida, hubiera vivido como un pordiosero. Y a razón de que dormiría muchas veces debajo de fachadas de casas y edificios, tendría muchas veces discusiones con los que vivían allí. Algunos me echarían en buenos términos. Y otros no tanto. Algunos, incluso, llegaron a odiarme por mis sucias conductas típicas de indigente. Uno de esos locos me prendió fuego el colchón, una noche, estando yo durmiendo ahí en la senda. Y como es de esperar moriría carbonizado. Este aspecto adopté luego de fallecer en esa enorme plaza en territorio oriental. Desde entonces cada vez que el fuego se produce a gran escala o se lleva la vida de inocentes, una fuerza externa me saca del plano en el que estoy, y por un corto tiempo me deja estar en el plano terrenal.

Comentado esto, el mendigo regresó la vista hacia la maleza que lo esperaba y avanzó.

Se detuvo frente a la primera hilera, soltó un gruñido y volvió la vista hacia las tres lonas que tapaban los cadáveres. Lo vieron fijarse en estos por un buen rato, sumido en una expresión afligida, para luego verlo meterse en la alta vegetación circundante y desaparecer. Por un largo rato, habría un largo silencio allí en esa inusual zona de campo. Ninguno de los allí reunidos se dignó a soltar palabra alguna, ni siquiera Felipe. Todos se hallaban impresionados y sorprendidos. Si algo faltaba para que la tragedia fuera más difícil de digerir, era la presencia de un espectro visible en la escena. Un ser que no solo se había acercado a dar un consejo, sino que además les había hablado durante rato. Mientras el asimilador silencio continuó, una luz amarillenta surgió de repente entre la maleza, en una sección mucho más allá del claro, y con ella el característico sonido de incineración. Algo se quemaba, provenía de la misma dirección que tomó el mendigo. Los presentes creyeron que la maleza comenzaba a prenderse fuego. Pero nada de eso ocurriría. Al poco rato el supuesto incendio sucumbió repentinamente.

El fuego espectral se había extinguido, había desaparecido, y con él, ese alguien, o algo, que hasta hace un momento estuvo allí.

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