Bajo el Fuego y la Semilla

Bajo el Fuego y la Semilla

Xavier Pardell

07/03/2026

La noche partida

El humo no huele igual cuando es tuyo. Aisha lo supo desde la primera vez que las sirenas rasgaron el barrio con ese grito metálico, casi humano, que no avisa sino que confirma. Ahora, parada en el umbral de la callejuela que conduce al mercado cerrado, mira el cielo de Teherán y ve las estelas blancas que los drones dejan como cicatrices sobre la luna. Hay algo obscenamente bello en eso, y ese pensamiento la avergüenza.

«¿Cuánto más?», se pregunta.

No lo dice en voz alta. En estos días, las preguntas en voz alta tienen precio.

A tres cuadras de donde está, una columna de humo negro sube desde lo que antes era un depósito de la Guardia. Las bombas caídas del cielo —americanas, israelíes, da igual el logo en el fuselaje cuando el impacto es el mismo— han convertido el orgullo de los Guardianes en cascotes y silencio calcinado. En los noticieros internacionales, eso se llama «operación quirúrgica». Aquí abajo, en los callejones donde las balas de perdigón todavía rebotan contra las paredes esta misma semana, se llama de otra manera: se llama Reza, se llama Nasrin, se llama Dariush, diecinueve años, muerto por pedir pan y por gritar lo que no debía gritar.

Su hermano gritó lo mismo hace tres noches.

Zan. Zendegi. Azadi. Mujer. Vida. Libertad.

Tres palabras que en boca de un joven con los puños en alto valen una celda oscura, quizás algo peor. Aisha no sabe dónde está Cyrus. Nadie le ha dicho nada. Eso, aprendió hace tiempo, es la primera forma de la crueldad: no el golpe, sino el silencio administrativo que lo precede.

Lo que guarda la tierra

El teléfono le vibra en el bolsillo. Mensajes desde Mashhad. Desde Shiraz. Pequeñas llamas encendidas en ciudades que el régimen ya declaró pacificadas, pero que siguen, obstinadas, mandando señales en la oscuridad. Aisha no responde todavía. Primero escucha: el viento entre los escombros, el llanto lejano de alguien que no conoce, el rumor sordo de una ciudad que respira con dificultad, pero que respira.

Piensa en su abuela.

Maryam Jaan tenía una forma de sentarse que hacía pensar en los árboles: enraizada, quieta, como si el suelo fuera a reclamarla cuando ella quisiera y no antes. Hilaba bajo una lámpara de queroseno, en la misma casa en la que nació y en la que murió, y mientras las manos hacían su trabajo, la boca tejía otra cosa. Cuentos de resistencia. Invasores mongoles que llegaron con el fuego y se fueron con el tiempo. Conquistadores árabes que creyeron enterrar una lengua y encontraron que la lengua los había sobrevivido, que el persa seguía ahí, tupido y vivo bajo las capas del olvido impuesto, como raíces que ninguna bota puede arrancar del todo.

«La tierra guarda nuestras voces», le decía.

Aisha tenía doce años la primera vez que lo escuchó. No lo entendió entonces. Lo entendió más tarde, cuando enterró a su padre. Lo entiende ahora, esta noche, con el velo rasgado doblado en el fondo del bolsillo —no tirado, guardado, que es distinto— y el olor a pólvora impregnado en el pelo.

El verso que no se escribe

No tiene papel. No importa: los poetas persas aprendieron hace siglos a escribir primero en la memoria, porque el papel se quema y la piedra se rompe, pero lo que vive adentro solo muere si uno lo permite. Así que Aisha compone en silencio, en ese espacio interior donde nadie puede entrar sin permiso, donde ningún guardia puede hacer una redada:

Bajo el fuego extranjero y el látigo propio,
Irán sangra, pero no muere.

No es un poema terminado. Es un hueso. El andamiaje de algo que todavía no sabe qué forma va a tomar, pero que ya existe, que ya pesa, que ya es real de la única manera que importa: porque alguien lo pensó y decidió no dejarlo morir.

Eso también es resistencia. No la más visible, no la que sale en los titulares, no la que los analistas geopolíticos cuentan en sus gráficas de bajas y porcentajes. La otra. La de adentro. La que no necesita testigos para ser verdad.

La semilla

El alba tardará todavía unas horas. Aisha lo sabe porque conoce este cielo de memoria, cada matiz de su oscuridad antes de que el rojo lo transforme todo. Mañana, cuando eso ocurra, cuando el amanecer tiña de escarlata las ruinas y los escombros y los edificios que todavía están en pie con sus ventanas rotas como ojos vaciados, ella volverá a salir.

No porque no tenga miedo. El miedo es la prueba de que el cuerpo entiende lo que está en juego.

Saldrá porque hay algo más antiguo que el miedo funcionando en ella, algo que no aprendió en los libros, sino en la voz de su abuela, en el recuerdo de su padre, en los mensajes que le llegan desde Mashhad y Shiraz y que le dicen, sin decirlo, que no está sola. Un pueblo que ha sobrevivido a los mongoles, a los árabes, al sha y al Ayatolá, a los misiles de afuera y a los porrazos de adentro, no necesita que nadie le explique qué significa resistir. Lo lleva en el cuerpo. Lo lleva en la lengua. Lo lleva en la manera en que las madres cuentan cuentos a sus hijos bajo lámparas de queroseno, noche tras noche, generación tras generación, para que la memoria no se pierda.

Aisha mete las manos en los bolsillos. Siente el tejido rasgado del velo. Siente el teléfono que vibra otra vez.

No es derrota lo que late en ese pecho apretado bajo el frío de la madrugada. Es semilla. Y las semillas, bien lo saben quienes trabajan la tierra, no necesitan testigos para germinar. Solo necesitan tiempo, oscuridad y la obstinada convicción de que la superficie existe y que vale la pena empujar hacia ella.

Mañana, Aisha saldrá.

Irán sangra, pero no muere.

Etiquetas: esperanza guerra irán

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