Diariamente Carla se unía con sus compañeras de trabajo a la misma caminata a lo largo de la cuadra que se extendía hasta la entrada a la estación del metro Unión Latinoamericana, ejercicio con el cual llenaban las noches entre cliente y cliente. Los vendedores ambulantes con su mercado de especies de poco valor ya la conocían, al igual que los tenderos de los locales establecidos y que ofrecían todo tipo de prendas de vestir igual de económicas y de no menos mal gusto. Esa marcha era constante, ya fuera por el frío del invierno o el calor del verano, convertida en una estrategia para no parecer tan evidentes, ya fuera ante los peatones o la policía que de vez en cuando las observaban sin mayor intención punitiva. Este movimiento se detenía solo para manosear la ropa expuesta en las góndolas de las tiendas.
Quien más se fijaba en ella al tiempo que ordenaba camisas de colores y polerones, era don Ernesto el octogenario dueño del bazar que llevaba su mismo nombre ubicado en la galería Alessandri, centro comercial de aristocrático apellido, visitado por transeúntes cuyos pasos se dirigían rápidos a los sospechosos cafés de vitrinas tiznadas que se ubicaban estratégicamente al final del pasillo central. Los mismo cafés en los cuales a ellas les permitían utilizar los baños durante las horas que se encontraban abiertos. El anciano la miraba al tiempo que hacía un breve saludo con la cabeza que más que cortesía era una forma de recordarle que él estaba ahí, por si a alguna hacía algo más que tocar las prendas. Ella no se molestaba, aunque más de una vez pensó en reclamarle por tan burda sospecha. Su ropa la compraba en mejores tiendas y con el dinero que ella misma ganaba.
La acera unos metros más allá del inicio de la escala que descendía hasta los andenes del tren subterráneo. Ese era el lugar de la segunda pausa apoyandose en un breve muro de protección. Las otras pausas eran obligadas, cuando alguno de esos hombres le dirigía una vergonzosa mirada y se detenía unos metros más adelante, esperando que ella tomara la iniciativa. La mayoría de las veces la pregunta de rigor ¿buscas algo rico? terminaba en una negativa del hombre al tiempo que se alejaba rápido, como temiendo que entre los desconocidos apareciera algún pariente o un compañero de trabajo para sorprenderlo en una situación tan comprometedora. En un principio a Carla le costaba contener los deseos de gritar alguna palabrota ante tal desprecio, pero con el tiempo entendió que la noche no se haría más productiva por hacerlo. Quién querría irse con ella, lo haría simplemente. Así que solo respiraba hondo y volvía a comenzar la marcha.
A sus compañeras no les iba muy distinto. Por eso, especialmente en los inviernos de la capital, cuando llegaban los fríos, entre todas le compraban algo caliente a la señora del carro que haciéndose sin quererlo parte del negocio de cuerpos se instalaba con su improvisada cafetería callejera. Así cuando las tiendas bajaban sus cortinas sus portales se convertían en puestos de descanso, en el cual además de saborear la compra charlaban y revisaban sus celulares mostrándose entre ellas chistes y memes.
Ya llevaba tiempo haciendo lo mismo. Como todas no recordaba o no quería recordar, ni cuándo ni cómo había terminado allí. Quizás fue en las noches de tragos en los bares de la Estación Central cuando llegado un momento solo por el ánimo de seguir bebiendo había que hacer caja recurriendo a otros parroquianos, y era casi un juego dejarse manosear mientras recibían algún dinero que rápidamente terminaba en manos de los mozos. Lo que sí recordaba con claridad era el momento en que dejó de serlo, y paso de breves encuentros casuales en los baños de hombres a esa caminata por esa acera.
A veces tenía suerte y le podía ir mejor. Esos eran los días en que se daba algún gusto en las fuentes de soda llena de pasajeros y que cerraban más tarde, esto especialmente durante las quincenas cuando los obreros de la construcción se detenían y envalentonados por sus bolsillo llenos de dinero, preguntaban sin esfuerzo por el precio de la atención. Cuarenta mil por el contacto total, o veinte mil por el oral, mi amor, respondía amablemente, repitiendo una lista de precios definitivamente alta, que obviamente a diferencia de la de don Ernesto no resistiría mucho antes de comenzar a descender ante la vacilación del potencial cliente. El precio, porque esto era un negocio se movía dependiendo de cuanto fuera la urgencia por obtener algo para no terminar la noche con las manos vacías.
El regateo era parte de una estrategia de ventas aprendida después de muchas horas en la calle, que se enfilaba hacia el éxito cuando él preguntaba dónde sería. Entonces ella avisaba que se tomaría un minuto en averiguarlo, solo una excusa para alejarse y avisarle a sus colegas que había enganchado a uno y que ocuparía la habitación común por unos minutos.
Hasta ahí todo salía bien, en cambio en esas noches que la suerte no la acompañaba porque los clientes escaseaban, quizás bastaba con uno solo. Las más antiguas le habían enseñado que aprovechando un descuido del tipo, podía meterle la mano al bolsillo y quedarse con lo que encontrara. A Carla, en realidad eso no le gustaba, no porque la honestidad fuera un principio de su emprendimiento callejero, ya que en ese trabajo todo era mentira, desde la hora ofrecida hasta los orgasmos simulados, sino por el temor a terminar en la cárcel lo cual la descubriría ante su vecindario y en especial su familia que se enteraría de que no trabajaba en una tienda de ropa de calle Meig, sino de mujer de la noche, como decía su abuela. Eso, aunque las otras insistían en que ningún hombre iría a la policía a contar lo que le había pasado. Solo lo hacía cuando la necesidad o el frío eran demasiado y los clientes huían del centro de la ciudad.
Carla cruzaba la calle sin apuro, hasta una vieja casona donde pagaban entre todas ese espacio para trabajar, el hombre la seguía un par de pasos atrás, sin decir palabras, con la vista dirigida al suelo por temor a las miradas de las dueñas de casa que a esa hora permanecían en las puertas,sin prestar mucha atención a la escena. Ese día a esa hora el tren subterráneo ya estaba cerrado.
Ese sábado Don Ernesto abrió un poco tarde. Subió la cortina metálica y se dispuso a ordenar sin apuro las gondolas llenas de ropa de colores chillones y cortes comunes, mientras paralelamente hojeaba el diario. Ignoro casi naturalmente que en el conteo no había el mismo número de camisas ni polerones de damas que el día anterior. Levantó la vista hacia la acera vacía, pensó que unas pocas prendas baratas habían valido la pena por volverse a sentir jóven aunque fuera durante una hora. Luego observo la cuadra pero en esta ocasión con un poco de desilución no la vió, y siguió doblando camisas.
OPINIONES Y COMENTARIOS