Que jueguen los niños – Capítulo 1

Que jueguen los niños – Capítulo 1

Neecrom

05/02/2026

Capítulo 1

Un lugar para nosotros, el más grande de todos

… Uno de ellos retrataba una montaña rusa sumergida en el mar, el agua reflejaba el atardecer de colores que deslumbraban sosiego y hasta optimismo: anaranjado, azul, rosa, celeste y negro. Delante de este, un cocodrilo acecha, parece esperar algo en aquellas misteriosas aguas. Aunque le gustó, le asustaban los cocodrilos.

 

Martín sostenía la verja, miraba a todos lados por si los adultos llegaban.

—Apúrense que nos pilla la conga —dijo con esfuerzo.

Lucas y Emilia pasaron sin dificultad, pero Sergio dudó al ver el barro del suelo.

—¿Quieres pasar rápido? —ordenó Lucas molesto.

—Epa, epa —interrumpió Martín—. ¿Emi, puedes ayudarlo?

La pequeña lo tomó de las axilas para que caminara medio agachado. Se veían como una bebé llevando a un cachorro herido.

—Corran… ¡Corran!

Como siempre, Martín lideraba la huida. El orfanato no estaba ni a minutos de atraparlos, ni siquiera horas, pero el cauto mayor del grupo debía asegurarse por sus peques.

Lucas miraba a Sergio enojado, y de pasada a Emilia por ayudarlo. Sergio bajó la mirada mientras caminaban por las calles.

—¿A dónde vamos? —preguntó Emilia.

—¿A dónde quieren ir? ¿Al centro? —sugirió Martín.

—Mucha gente —respondió Lucas—, la última vez nos reconocieron ahí.

—¿Y qué tal el cerro?

—Demasiado lejos, no me quiero perder la cena —dijo Emilia.

Se detuvieron en una esquina para decidirse. Sergio no había dicho ni una palabra desde que salieron.

—¿Alguna idea, Chechín? —Martín portaba una sonrisa amable.

El chico titubeaba, más aún porque todos lo miraban.

—¿El basural? —respondió tímido.

Lo pensaron, un poco, mucho más de lo que deseaba Sergio.

—No tengo problema. ¿Ustedes?

—No, vamos.

—Fue divertido la última vez.

La basura estaba como la habían dejado la última vez, sucia. Ahí se encontraba el auto en el que Lucas fingía huir de la policía, o el montón de chatarra con la que tanto se entretuvo Sergio. Se llenaron de memorias, como cuando tuvieron que subirse a la camioneta para que un perro no los mordiera.

—Oh maldición, ojo con los perros… o el dueño —exclamó Martín.

Emilia dio un saltito de susto, era igual a un gato en su postura y actitud, miraba a todos lados asustada.

—Tranquila —dijo Lucas mostrando bíceps— aquí los hombres te cuidan.

Sonrió a Sergio orgulloso, lo cual lo confundió enormemente. Aquella vez corrió tan rápido como pudo y de suerte encontró una pala, luego falló todos los golpes y el perro se espantó. Tal vez fue más el acto de «valentía» que el haberlo vencido. Sergio levantó el pulgar pensando que así lo dejaría de mirar.

—¿¡Qué es eso!?

Los tres se voltearon a ver donde apuntaba Martín. Un enorme vehículo con una garra se erguía en medio del terreno, estaba lejos, más allá de donde solían llegar. No obstante, avanzaron hacia él con sumo cuidado, en cada rincón miraban de izquierda a derecha. Sin perros en la costa, seguid.

Con la bestia mecánica enfrente, y asegurados de que el dueño no estaba cerca, Martín se subió por si las llaves quedaron puestas. No, la puerta tampoco estaba abierta.

—Creo que puedo subirme a la garra.

—Martín, no —reprochó Emilia.

Poco caso hizo. Como reto personal intentó no ocupar los brazos, era una cuerda floja en su cabeza, aunque estaba ascendente.

—Martín, cuidado —continuó.

—¿Otro viaje al hospital? —bromeó Lucas, la cara de miedo no se la quitaba nadie.

—¡Aprendí de mis errores! —respondió

En la punta resbaló. De reflejo se lanzó hacia adelante quedando abrazado a la máquina. Recogieron sus corazones del suelo de un suspiro rápido.

—¡Martín! ¡Cuidado! —gritó Lucas—. ¡Vas a hacer llorar al peque!

No era mentira, fue Sergio quien lo vio caerse cuando saltaba las rocas en el cerro. Casi no la cuenta, de suerte quedó solo con el brazo roto. Acordándose de eso, estaba a punto de llorar. Lucas se giró hacia él como si le dijera: «Vamos, di algo». Sergio le levantó el pulgar.

Martín ya de pie, continuó hasta llegar a la garra. Le dio un toque con la mano y bajó con todo el miedo que no tenía al subir.

—¡Fue divertido! —dijo jadeante.

Lo querían agarrar a palos.

—Mi turno.

—Lucas, no —Emilia estaba furiosa.

—Mejor que no, amigo —sugirió Martín, aunque, viéndolo tan decidido, supo que no había manera de pararlo—. En la parte del medio resbala. Agárrate del brazo en ese momento.

Desde abajo se veía menos alto, pero cuando tu salud está en juego, esos cuatro a cinco metros de altura te recuerdan que la gravedad no perdona. Martín no se la iba a jugar, estuvo todo el tiempo bajo él por si caía. Tal vez lo atrapaba o lo aplastaba. Sergio y Emilia se tapaban los ojos.

No llegó ni a la mitad antes de que avanzara agachado, entendió lo loco que estaba Martín y se apresuró a tocar la garra. Ya en el piso, estaba temblando. Sergio le levantó el pulgar, pero él se enojó. Vale, no más pulgar.

—A ustedes ni se les ocurra —exclamó Lucas.

Asintieron.

—¿Lo viste? —preguntó Martín.

—¿Qué cosa?

—Síganme.

Marcharon hasta el final del deshuesadero. A pesar de que Martín les aseguró que no vio perros desde la cima, no se confiaron, avanzando precavidos por todo el recorrido marcado. Cuando llegaron se les abrieron los ojos como platos. Era una puerta metálica, dentro se hallaba un vacío hecho de tinieblas. Parecía un búnker antiguo creado para una guerra nuclear, debía ser eso, tenía símbolos de radiación y una pintaza de robusto.

—Hay que entrar —Martín tenía estrellas en las pupilas.

—¿Y si nos atrapan? —dijo Lucas.

—Ya es hora de volver de todos modos, si pasa, nos llevarán en coche al orfanato.

—Está oscuro —recalcó la chica.

Martín apretó un interruptor y vualá, se hizo la luz.

—Okay, vale, entremos —dijo Emilia triste.

De inmediato se encontraron unas escaleras. Bajaron con extremo cuidado de no caer. Se cerró la puerta detrás de ellos con fuerza. Fue Martín.

—¿Para la experiencia? —Se justificó.

Estuvieron unos minutos descendiendo, de vez en cuando carteles con propaganda aparecían. Que Stalin acá, que Fidel Castro allá, no entendían nada. Pasaron todas sus vidas en el orfanato y nunca prestaron atención a las clases. Tampoco asistían, les era incómodo siquiera entrar a las salas, preferían pasar las tardes fuera o en sus cuartos, siempre en compañía de ellos; no había día que no se vieran.

Se hallaron en una habitación conectada con otras dos. Tenía una mesa central y una radio, no funcionaba, comprobó Sergio. Había también una humilde cocina repleta de provisiones en lata y un cuarto con literas. Todo cubierto por fino polvo. Se separaron para husmear.

—Señorita, ¿le apetece una deliciosa sopa de tomate con pollo enlatado? —Martín hacía su mejor impresión de mesero.

Emilia puso cara de asco, pero luego se lo pensó. Tenía hambre.

—Sí, me apetece.

Sin saber cómo abrirla, buscó por poco rato hasta encontrar una herramienta multiuso. Cuchillo, destornillador, lima, sacacorchos, destapador de botellas, abrelatas. ¡Ah! Abrelatas. Se giró con dramatismo.

—Excelente elección, señorita.

Abierto, tomó un bol cercano y puso el contenido. Tenía mejor pinta de lo que esperaban. Lucas se levantó de la cama al sentir el olor. Su mano iba directa al pollo. Martín se la abofeteó.

—Una oración, por favor, hermanos.

Los menores rieron, Lucas volteó los ojos.

—Tú no crees en Dios —señaló.

—Shh. Hermano Lucas, dígame, sí tuviera un deseo, ¿cuál sería?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

—Que me dejes comer.

—Un salvaje como siempre. ¿Usted Emilia?

La chica se había relajado, tenía todavía la risa en la comisura de los labios.

—Estoy bien con esto, mientras estén ustedes no tengo deseos.

—Qué más se podía esperar de usted, señorita Emilia. ¿Sergio?

Otra vez con toda la atención sobre él, entró en leve pánico. Decidió decir lo que sentía:

—Quisiera irme lejos, con ustedes, obvio.

Esas palabras le dolieron un poco a Martín. Retomó su personaje y continuó:

—Se hará lo posible, joven.

—¿Tú, Martín? —preguntó Emilia.

—¡Que la gracia divina nos proteja y nos dé libertad!

—Era en serio, Martín —dijo riendo.

Un horrible sonido destruyó la fiesta, como el de cien camiones avanzando encima de ti. Las luces parpadearon y todo tembló. Duró entre diez segundos a un minuto, era difícil saberlo, ya que se sintió como una eternidad. Se quedaron quietos en silencio hasta que terminó, incluso más tiempo, estaban congelados en la posición previa al ruido. Una voz rompió la tensión:

—¡Y la gracia divina lleg…!

—Calla —interrumpió Lucas—. ¿Paró?

Con todos aterrados, Martín cambió la cara, tomó aire profundo y sacó pecho.

—Todos aquí, iré a ver.

—¡Martín! —exclamó Emilia.

—Shh —Soltó un poco de aire—. ¡Nada vence al pastor y a la congregacioooooo…!

Su voz desapareció mientras subía las escaleras. El sismo había reventado los focos que daban hacía arriba, produciendo la sensación de que iba hacia la noche.

El sutil sollozo de Sergio irritó a Lucas.

—Detente, no es momento de ser un bebé.

—¿Y si no vuelve? —dijo Emilia.

—Los dos en silencio, ahora.

Martín no bajaba. Esperado lo suficiente, Lucas puso un pie en un escalón.

—¿Subo?

Sergio le dio empujones para que lo hiciera, comenzando con ello su ascenso. Quedó él con Emilia.

—Voy a vomitar —Emilia estaba pálida.

No esperó, subió también. Sergio no lo hizo. Se quedó mirando la escalera. Respiraba rápido. Aprovechó de llorar ahora que estaba solo. Imploraba que alguien lo viniera a buscar.

Entonces, al fondo vio una luz. Habían abierto la puerta. Subió corriendo, tropezaba desesperado por salir de ahí. Le llegó olor a humo y sabor a metal. No importa, tenía que salir. La luz se hizo cada vez más fuerte. Hasta que llegó a la puerta.

—¡Cuidado! —gritó Martín tomándolo—. Que me chocas, Chechín, ¿estás bien?

Los cuatro contemplaban sus alrededores, el deshuesadero estaba igual que antes de salir, sucio y oxidado. Sí veías los autos o los edificios lejanos nada parecía haber cambiado, sin embargo, el cielo tenía un color rojo, como si de un atardecer constante se tratara. El sol marcaba pasado el mediodía.

—¿Qué pasó? —preguntó Sergio.

—No lo sé.

Caminaron cautos hacia la salida, el viento golpeando los vehículos averiados hacía un silbido semejante al de un pájaro, siendo este el único sonido además de sus pasos. Al observar las calles se dieron cuenta de que estaban vacías, había montículos de polvillo rojo separados entre sí. Ni una persona, tampoco en los autos.

En un mudo acuerdo determinaron que debían volver al orfanato. Sus caras plasmaban el horror de lo desconocido. Un enemigo invisible. Un desastre de la naturaleza. Tal vez un dios vengativo que te llevaba al infierno agarrado de los tobillos.

La entrada estaba desocupada y la puerta desprotegida, polvo rojo donde siempre se paraba el guardia. Merodearon juntos los pasillos hasta llegar a la sala de clases que les correspondía. Polvo rojo, el piso estaba repleto de él. No derramaron ni una lágrima por aquellas personas, lo único que se les pasaba por la mente era el terror de imaginar lo que habría ocurrido.

—¡ECO! —gritó Martín, sobresaltando a todos.

Eco, eco, eco, eco.

—¿Eres tonto? —Lucas tenía la mano en el pecho—. ¿Te das cuenta de lo que ha pasado?

—¿Y tú te das cuenta de lo que significa?

Comenzó a correr por los pasillos, luego por los patios, el comedor y la cocina; tocaba las paredes y tiraba cosas, avanzaba por donde solía tener prohibido. Los demás lo seguían como podían. Finalmente se halló en la calle, se detuvo con los pies en el asfalto. Emilia, Sergio y Lucas resollaban cansados, lo observaban confundidos.

Se volteó hacia ellos, con una sonrisa más grande que el sol que tenía detrás de él. La contraluz definía en su forma la emoción que llevaba dentro.

—¡Tenemos el mundo para nosotros!

Sintieron el corazón darles un fuerte latido, como si Martín les hubiera entregado parte de su entusiasmo, pero siendo este tan grande, les dejó congelados en el sitio. Estrechó su mano, cayendo frente al rostro de Sergio.

—¿Dónde quieres ir, Chechín?

Tenía un revuelto de cosas que decir, también uno de emociones y dudas. Sonrió tímido.

—Siempre quise ir a un museo.

—¿¡Qué te detiene!? ¡Vamos!…

—Bueno… Esto es aburrido —proclamó Martín.

—Y qué lo digas, muero de hambre —dijo Lucas.

—Creo haber visto una panadería a una cuadra, hagamos la cena ahí.

—Concuerdo ¡En marcha!

Los tres ya se iban, Sergio no. El museo era todo lo que él esperaba y más. Desde la entrada siempre veía las mismas esculturas y exposiciones, castigado a nunca poder entrar. Ahora, tenía preciosos cuadros expuestos ante él. Se quedó inmerso, contemplaba en silencio las pinceladas que el artista alguna vez hizo.

—¡Sergio! ¡Apresúrate! —Escuchó afuera.

—Déjalo, ¡Chechín! ¿Sabes dónde está la panadería?

—¡Sí! —respondió Sergio.

—¡Estaremos allá! ¡Tómate tu tiempo!

El ambiente era calmo, el piso de cerámica acompañaba con suave melodía su paseo. Continuó observando el pasillo de cuadros, uno de ellos retrataba una montaña rusa sumergida en el mar…

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