Malvones y geranios

Es común oír que las plantas requieren muchos cuidados. Tales dichos guardan un grado de razón, ya que hasta los malvones y geranios necesitan de la fortaleza del sol, la sabiduría del suelo y el abrazo del agua.

El jardín estaba colmado. Los jazmines aún persistían en el aire, mas no en la tierra. El recuerdo de la lavanda acompañó el susurro del mariposario, anhelando cambios en cada aleteo y luchando al aire que resistía su vuelo. Se sintió insecto, recorriendo las enormes hojas de arbusto. Percibió abrumadora la presencia de tallos que quintuplicaron su tamaño, los rodeó con torpeza y siguió su camino.

Pasada la mañana se volvió un pez, de esos que nadaban por el estanque detrás de las pérgolas. Le encantó sumergirse, pero no así estar en el agua. Era una tarea sencilla pero turbulenta, de supervivencia recluida a los límites de sus muros. No era de extrañar que los peces conociendo su encierro asumieron la realidad comprimida al espacio de todo ser vivo, si hubiese un lugar infinito realmente, ningún ser lograría habitarlo. El sol se puso y ningún vegetal recuperó la inquietud por florecer, buscar luz o permanecer. Se sintió culpable por no elegir ser una planta aburrida como los malvones y los geranios. Floreció en rojo, luego en rosa y después en blanco.

A la mañana siguiente el jardinero se extrañó de no poder apreciar los dulces jazmines, las extravagantes rosas o tiernas fresias. Cortó los geranios para suplir su escasez en la tienda, si bien eran difíciles de poner a la venta, unos cuantos ramos de estos serían mejores que los malvones. El primer corte fue sutil, con la precisión diagonal sobre el tallo. El segundo fue más brusco y luego de incontables tirones arrancó todas las plantas.

No tardaron las semanas en mostrar que el jardín lejos de desaparecer, había transportado su energía por el sol, su experiencia mediante las raíces y la conexión por el agua. Aquel jardín ambulante floreció en cada amanecer, albergó fauna por las tardes y supo permanecer junto a la luna cada noche en un suspiro de rabia y esperanza hacia un nuevo día, cada vez.

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