Muchas cosas cambiarían en casa a partir de entonces. Y todo fue gracias a una entrañable visita que se alargó por algo más de un mes y que nos haría ver de otra forma a ciertas personas, y por supuesto, las fiestas navideñas que estaban a la vuelta de la esquina.

Un mes antes de Navidad.

Cuando mis padres jugaron a la rifa de la tienda del señor Feliciano, no podían imaginar que les tocaría el primer premio, y que este entraría en casa por su propia pata. Se trataba de Norit; un cordero de un año, blanco como la nieve, y que recibimos mis dos hermanos y yo con los brazos abiertos y lágrimas de alegría. Él, por su parte, nos respondía con unos agradecidos balidos que se hicieron populares en medio barrio.

Por supuesto que le llevábamos a pasear, hacía pocos amigos entre el resto de mascotas perrunas, pero era el rey del parque y todo el mundo quería acariciar su blanco pelaje.

Pero pasó el tiempo, y ya todos en casa sabíamos que el bueno de Norit había llegado con fecha de caducidad y que ese aciago día estaba cada vez más y más cerca.

Ajeno a todo, Norit hacía amigos por donde iba, incluso el agrio señor cartero, sorprendido por los balidos que salían de mi casa, un día llamó a la puerta para conocer al responsable de unos «buenos días» tan peculiares.

Y llegó la víspera de Nochebuena. Una profunda tristeza se hizo dueña de la casa. Incluso los balidos de Norit eran menos alegres que antes… y en casa todos mirábamos para otro lado.

A oídos de amigos y familiares llegó nuestra cobardía, pero como suele ocurrir, siempre hay un voluntario que saca pecho, y para eso el bruto del primo Santi se las pintaba solo. 

LLegó a nuestra casa con un enorme cuchillo y nos echó a todos fuera. 

«Volved a casa en una hora, que ya habré terminado», nos dijo con voz altiva y poderosa. Y allí se quedó con Norit en el pasillo de entrada. Cerramos la puerta y paseamos acera arriba y abajo, convirtiendo nuestra calle en una especie de antesala a un paritorio del que, a buen seguro, no saldrían a felicitarnos ni a darnos buenas noticias. 

Pasada esa hora, regresamos a casa. La escena era grotesca, el primo Santi yacía en el suelo abrazado a Norit rogando por su vida, por la del cordero. Todos nos alegramos porque nuestro primo demostró no ser tan valiente como siempre había fanfarroneado. 

A estas alturas de la historia una cosa teníamos clara: esas no serían las últimas navidades de Norit. 

Unos días después de Navidad.

El amable anciano siempre nos recibía al margen de la carretera que lleva a nuestra pequeña casa en el pueblo. Aquel buen hombre tenía una caseta con todo tipo de animales de granja: gallinas, patos, conejos, incluso un enorme cerdo que daba algo más que respeto, su destino ya lo imaginábamos, era el único que sustituían de un año para otro en aquel pequeño arca de Noé.

El anciano se sorprendió al ver llegar a los tres hermanos haciendo de pequeños pajes improvisados y llevando a nuestro lado a Norit. Ese día cambiamos los cuscurros de pan que llevábamos a las gallinas por nuestro lanoso y simpático amigo. 

Muy agradecido dijo que se haría cargo de Norit, que le podríamos visitar siempre que quisiéramos, y que estaría muy bien acompañado con el resto de sus animales de granja, a pesar de que, una vez más, ninguno hablase su idioma. 

Y así lo hicimos… durante mucho, mucho tiempo.

Nota: Sí, muchas cosas cambiaron esas navidades en casa. Nuestro primo Santi resultó ser un cordero con piel de lobo, el aciago cartero, un gran tipo que continuó haciendo paradas en casa para charlar con nosotros, de nuestros paseos con Norit conservamos durante un tiempo muy buenos amigos, y nuestros padres, en fin, ellos jamás volvieron a jugar ninguna rifa en la tienda del señor Feliciano. Nunca en vísperas de Navidad. 

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