A veces pienso que el reloj tiene sentido del humor. Tanta vuelta, tanta aguja corriendo como si la persiguieran los cobradores y justo cuando uno quiere que demore un poquito, se pone modo atleta. Y cuando uno quiere que pase rápido, se queda mirando el techo. Como si el tiempo fuera un gato que no viene cuando lo llamas y viene cuando quiere, se te sube a las faldas y empieza a ronronear en el momento menos esperado.
Yo he querido detener el tiempo muchas veces, pero no en los grandes acontecimientos, no en esas fechas que salen en las fotos con globos y torta. He querido parar el reloj en la clase de momentos que no tienen nombre. Los de todos los días. Los que parecen tan normales que nadie les hace caso, pero que de pronto, sin que te avisen, te llenan de una paz rara, como si el mundo hubiera encontrado por fin el volumen correcto.
Por ejemplo, hay un momento que aparece casi siempre en las mañanas, cuando el agua del hervidor está por silbar y la cocina todavía huele a nada. Ese instante chiquito en que pones la taza sobre la mesa y miras la ventana. No pasa nada serio, pero el vidrio tiene ese brillo de recién lavado, la cortina hace un saludo pequeño, y la luz se cuela como pidiendo permiso. Si pudiera, detendría el reloj ahí, en el segundo exacto antes de que el agua hierva, cuando la promesa del café todavía es promesa y el día no te ha recordado sus deudas. Quisiera quedarme en ese umbral, sin entrar del todo, respirando el rumor de que hoy podría salir bien.
Otro momento: cuando vas por la calle con prisa de adulto y, al doblar la esquina, la panadería suelta ese olor a pan recién hecho que te devuelve la infancia en una cachetada. No se necesita más. Un pan francés abriéndose como flor, la señora que saca la lata con un guante de cocina que ya fue blanco alguna vez, y el calorcito que te empuja a decir “uno para comer ahora, por favor”. Quisiera congelar ese aroma, ponerlo en un frasquito con etiqueta y fecha, y cada vez que el mundo se ponga antipático, abrirlo y dejar que la nariz haga su milagro. ¿Cómo se detiene un olor? No lo sé. Pero en ese pasito breve entre pagar y morder, hay un país entero que vuelve a ser simple.
También está la risa. No esa risa que uno hace para ser amable. Hablo de la risa que te agarra a traición, que te desenfunda los dientes, que te roba el aire y te dobla la cintura. Esa risa que no te hace más joven ni más guapo, pero te devuelve a ti mismo. La risa entre amigos cuando ya nadie tiene razón y no importa. La risa con alguien querido en una broma mal contada. La risa que te deja los ojos húmedos. Ahí siempre quiero parar el reloj, justo en el medio de la carcajada, con la boca abierta, el mundo desenfocado y la sensación ridícula de que, si esto es el tiempo, que no siga, que se quede así un rato largo, aunque nos duela la panza de tanto reir.
Hay silencios que también piden pausa. El silencio que se arma cuando suena una canción vieja y, sin que se ponga de acuerdo con nadie, el cuarto decide callar. Ese medio minuto de armisticio en el que hasta los mosquitos se quedan quietos y uno escucha una frase que escuchó mil veces, pero ahora tiene otra edad, otras cicatrices, otro humor. “Tanto la quería…”, dice Sabina mientras canta, y tú, que no te crees romántico, te quedas mirando el piso, y el piso parece nuevo. Si apretara un botón para detener el tiempo, lo haría ahí, cuando la guitarra raspa justo el lugar donde guardas las excusas.
Y las manos. Cómo piden pausa las manos. Las que sostienen una taza caliente en invierno. Las que desatan el nudo torpe de la bolsa de tus compras. Las que se encuentran sin buscarse y se aprietan un segundo de más. Las manos de los viejos que se apoyan en la mesa como quien se afirma en la vida. Las manos que acomodan una camisa para una foto. Las manos que curan un raspón con agua y paciencia. Quisiera detener el reloj cada vez que una mano se posa en otra con ese contacto honesto que no necesita palabras. Ahí hay algo que no se compra en ningún lado.
El tiempo también se hace blando cuando uno mira hacia arriba. Da igual si es un cielo de garúa y gris como el limeño, o limpio y azul como el de Arequipa. Hay un par de segundos, justo antes de que el cuello diga “ya, suficiente”, en que la cabeza se queda como turista, y uno recuerda que está parado sobre una roca que gira y que, con todo y las multas de tránsito, seguimos en un planeta. Parece una tontería, pero a veces mirar el cielo es lo más serio de la semana. Ahí quisiera quedarme un rato, como quien toma un sorbo largo de agua después de subir escaleras.
He querido detener la tarde también, esa hora boba en que el sol se cansa y los colores se ponen más buenos. No es la hora dorada de las películas, es la hora de la gente que vuelve a casa cargando bolsas, de la señora que barre la vereda con flojera, del niño que le pega a la pelota contra la pared, del perro que mira pasar la vida con filosofía. La ciudad hace una pausa no declarada y uno puede escuchar cosas que no suenan en la mañana. Los pasos, el “chau” desde una ventana, el rumor de olla a fuego lento. Si hubiera un modo de dejar todo suspendido, yo elegiría ese minuto en el que la sombra de un árbol va cubriendo mi zapato y no pasa nada pero algo en mí se acomoda.
Y, claro, los casi. Los casi siempre piden pausa. El casi gol que se fue por arriba del travesaño pero te puso la alegría de punta. El casi beso, cuando la cara del otro se acerca y el aire tiene perfume, y por una descarga electrificada en el ambiente el mundo se llena de sílabas que no existen. El casi llanto que no llega, y tú dices “tranquilo, tranquilo”, dándote palmaditas por dentro mientras respiras hondo. El casi “te perdono”. El casi “perdóname”. Uno querría detenerse en los casi para hacerles zoom, para entenderlos, para atreverse. Pero los casi son rebeldes. Si los miras fijo, se van.
La noche tiene su propia colección de pausas. Está el momento de la cama recién acomodada, cuando la sábana está fría y uno mete la pierna y hace su primer nido. Está el segundo antes de apagar la luz, cuando haces un pequeño inventario: hoy no estuviste mal, pero podrías mejorar en esto, y mañana no olvides llamar, y a ver si por fin empiezas ese libro, y por favor deja de pelear con el espejo. Y está, cómo olvidarlo, el minuto en que la casa entera respira bajito, y tú escuchas tu propio corazón como si viniera de lejos. No es miedo, no es tristeza. Es otra cosa. Es el aviso de que todavía estás aquí. Es bonito.
Claro, no todo es dulce. Hay pausas que se clavan. La sala de espera con olor a cloro. El timbre que no suena. La silla vacía en la mesa de siempre. Un mensaje que no llega. Uno también querría detener esos minutos para que no avancen, como quien pisa el freno en una pendiente, y decir: “basta, ya, déjenme respirar”. Pero hasta en esa punzada hay una especie de enseñanza medio cruel: si duele, es porque importa. Y si importa, entonces estás vivo. Y si estás vivo, tarde o temprano entrará una bocanada de aire por una rendija que no sabías que tenías.
He intentado muchos trucos para detener el tiempo. No me sirvieron las aplicaciones que prometen productividad ni el reloj con cronómetro. Lo que más funciona, para mi sorpresa, es una cosa simple: bajarle la velocidad a mi mirada. Cuando miro despacio, el mundo hace algo parecido. No se detiene, pero coopera. Descubro detalles tontos que me alimentan: una pestaña suelta en el borde de un ojo, una grieta con forma de mapa en la pared, la pequeña mancha de tinta en mi dedo, el suspiro que hace la puerta antes de cerrarse. Los detalles son como esos caramelos que te dan en la farmacia: no sanan nada, pero te hacen mejor el camino a casa.
También me funciona escribir. No porque sea un acto heroico, sino porque es una manera de doblar la hoja del libro para volver ahí. Cuando escribo, el tiempo no se detiene, pero lo invito a tomar un café. Lo siento a la mesa, lo dejo hablar, le pregunto por qué hoy vino tan apurado y si mañana piensa madrugar otra vez. A veces se ablanda y me da diez minutos de regalo. O una metáfora decente. O un recuerdo. No siempre. A veces se va de largo y me deja con los dedos sobre el teclado. Yo insisto. Soy terco. Hay quienes coleccionan monedas. Yo colecciono minutos vividos, aunque sean de segunda mano.
Y claro, están los abrazos. No tengo un manual sobre cómo detener abrazos, pero sospecho que se logran con un poco de torpeza. Un abrazo perfecto dura menos. En cambio, un abrazo con la mochila a medias, con una mano ocupada, con la risa todavía colgada en la boca, suele durar justo lo necesario. Ahí, cuando el mentón encaja con hombro, cuando el cuerpo del otro te dice “estoy”, el reloj pierde autoridad. No hay aguja que mande en un abrazo que se da con ganas. Tal vez, en mi caso, mi idea de detener el tiempo es eso: aprender a dar y recibir abrazos que se queden en los huesos.
Si me preguntas por una receta, no la tengo. Pero he ido entendiendo dos o tres cosas. La primera: los momentos que valen la pena no son escandalosos. Son discretos. Si uno pestañea, se los pierde. Por eso conviene tener los ojos alborotados y la antena levantada. La segunda: no hay que perseguir el minuto perfecto como quien corre detrás de un bus. Los minutos buenos no se dejan alcanzar así. Más bien se sientan a tu lado cuando te detienes, cuando sueltas el celular, cuando dejas de discutir con tu espejo, cuando escuchas sin preparar respuesta. La tercera: siempre, siempre, absolutamente siempre, hay un motivo pequeño para agradecer. Y el agradecimiento es una forma de pausa que no se nota, pero te endereza la espalda.
Así que no, no sé cómo se detiene el reloj. Ni falta que hace. Prefiero pensar que se detiene uno. Que todos tenemos un botón de pausa medio escondido, y que se activa con gestos tontos: una cucharita que da vueltas, una mirada al cielo, el olor a pan, la risa de alguien, un silencio que te nombra, la mano de otro sobre la tuya. Ahí, en esos segundos que no saldrán en el noticiero, vive lo que yo llamo la vida buena. La que no pide permiso para llegar, la que se sienta a la mesa y te dice “sirve nomás”.
Si hoy me tocara elegir un momento para quedarme a vivir, no escogería un gran día. Me quedaría en uno común, con tráfico afuera y un sillón cómodo por dentro, en el que de pronto ocurre algo raro: me reconozco en lo que veo. Me cae bien el que fui y no me asusta el que seré. Me siento otro y el mismo. Lleno y liviano. Con ganas de llamar a alguien solo para decirle “estoy bien, tú”. Y ahí, sin hacer ruido, pararía mi propio reloj. Cierro los ojos. Inhalo, exhalo. Y mientras el mundo sigue su carrera, yo me regalo el lujo de quedarme un ratito más en este instante que no tiene nombre pero tiene casa. Mi casa. Donde el tiempo, aunque no se detenga, me espera sentado.
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