La máquina de escribir esperaba en el rincón como un perro fiel. Una Olivetti Lettera 32, verde aceituna, con teclas gastadas por mis dedos. La compré en el Mercado de las Pulgas un domingo lluvioso, cuando aún creía que las palabras podían salvar el mundo. Ahora sé que solo salvan pedazos del alma, esos que se despegan al rozar la realidad.
Escribo de madrugada. El silencio es un aliado que bebe café conmigo mientras la ciudad ronca. Aquella noche, el cuento fluía: un hombre encontraba semillas de estrellas en los bolsillos de su gabardina. Pero al pasar a la página tres, la Olivetti empezó a tartamudear. Clac-clac… clic. Las teclas se hundían solas.
«…y supo que el colega había robado sus estrellas para adornar su mediocridad».
Fruncí el ceño. Yo no había escrito eso. Toqué la línea con la yema del índice. La tinta estaba fresca, oliendo a menta y resentimiento. Al día siguiente, en el suplemento cultural, mi cuento apareció firmado por Renato Villegas. El muy chacal incluso había cambiado «semillas de estrellas» por «polvo de luna».
Renato me sonrió en el café La Habana.
—Inspiración divina, Samuel —dijo, mojando un churro en chocolate espeso—. A veces las ideas caen del cielo.
Su sonrisa era un cuchillo mal envainado.
Esa noche enfrenté a la Olivetti.
—¿Traición o brujería? —pregunté.
Las teclas respondieron:
«Soy espejo, no sirviente. Escribo lo que callas».
Apoyé los dedos en el tablero. Pensé con furia: Ojalá Renato se atore con tu tinta.
La máquina escupió un verso de Quevedo:
«Poderoso caballero es don Dinero».
A la mañana siguiente, Renato había desaparecido. Su redacción estaba vacía, salvo por una hoja en la Olivetti que él usaba:
«El hombre de papel vive en el libro que escribió con sangre ajena. Página 22».
Corrí a la biblioteca. En mi libro de cuentos —Semillas de Asfalto—, la página 22 tenía una ilustración nueva: Renato atrapado entre líneas, golpeando el papel como una polilla en un farol. Sus gritos eran comas vivas. Al cerrar el volumen, una nota se desprendió:
«Los ladrones de palabras mueren de hambre en sus propias jaulas».
Volví a casa. La Olivetti relucía bajo la lámpara. Escribí hasta el amanecer. Cuando el último punto cayó, la máquina tosió tres veces. Del carro salió una tira de papel con letra de Renato:
«Tienes razón: robar es un vicio. Pero encerrar a un enemigo en un libro… eso es literatura, Samuel. ¿O no?»
Sonreí por primera vez en semanas. Tomé el teléfono y marqué su número. Al otro lado, entre estática, se oyó el clic-clac de una máquina de escribir.
—¿Renato? —dije.
La voz que respondió era la mía:
«Los finales justos no se editan, colega. Solo se viven».
Colgué. En el espejo, mi reflejo tecleaba algo en el aire. Al acercarme, vi las palabras grabadas en el cristal:
«Cuidado con lo que deseas escribir».
Ahora escribo esto con lápiz. La Olivetti duerme en el sótano. Pero algunas noches, cuando el silencio se hace demasiado denso, juraría oír desde abajo el eco de una risa… y el martilleo obstinado de una tecla que repite mi nombre.
Aldo Rojas Padilla.
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