La gota sobre la baldosa.

La gota sobre la baldosa.

El mármol de la barra del Café El Sur tenía más cicatrices que el alma de un compadrito viejo, y cada mancha oscura en la madera de las mesas parecía el mapa de una bebida derramada, de una lágrima seca, de un olvido. Allí, entre el humo rancio que se aferraba a las cortinas como un fantasma y el eco de mil conversaciones muertas que aún vibraban en el aire denso, esperaba. No esperaba a nadie en concreto. Esperaba, simplemente, a que el tango decidiera volver a nacer. O a morir definitivamente. En este antro de sombras y espejos empañados, las dos cosas eran caras de la misma moneda gastada.

Entró ella. Clara. No con vestido escarlata, sino con uno negro, tan negro que parecía tragarse la poca luz de las bombillas desnudas, o quizás la poca luz era la que se refugiaba en la vastedad de su sombra. No hizo ruido; no es que no lo hiciera, sino que su llegada absorbió cualquier otro murmullo, cualquier otro roce. Se deslizó como una sombra líquida hasta la pista minúscula, baldosas gastadas hasta el hueso por incontables arrastres de pies. Todos los parroquianos, tres viejos de mirada opaca y un mozo bostezando, sintieron que el aire se densificaba, que un peso invisible se posaba sobre ellos, clavando sus ojos en ese cuerpo que parecía traer consigo el silencio absoluto. Un silencio previo al trueno, o al fin del mundo.

Fue entonces cuando él surgió, o quizás siempre había estado, simplemente materializándose de la penumbra al fondo, junto al piano desafinado. Nadie lo había visto llegar, pero tampoco nadie recordaba un tiempo en que El Viejo no fuera parte del café, una astilla más de su madera. Traía un bandoneón más viejo que la tristeza de todos los tangos juntos, cuero cuarteado por los siglos, botones brillantes por el uso de incontables dedos y almas. No saludó. No miró a Clara. Solo acomodó el fuelle sobre su rodilla con una reverencia casi fúnebre, como quien se prepara para un rito inmemorial.

Y empezó.

No fue un tango conocido. Fue un quejido profundo, una grieta que se abría en el suelo del café. Las primeras notas, graves como pasos en un sótano, hicieron vibrar los vasos sucios sobre las mesas, un tintineo fantasma. Clara cerró los ojos. El Viejo apretó los suyos, hundido en su instrumento como un náufrago en un madero. El aire se espesó, olía a cuero, a sudor antiguo, a polvo de estrellas caídas en el arrabal.

Y ella comenzó a moverse.

No fue un baile. Fue una posesión que arrancaba desde las raíces del alma, un exorcismo al revés donde el espíritu no era expulsado, sino convocado con furia. Su cuerpo, antes tan quieto, se quebró en ángulos imposibles, se retorció como un alambre al rojo vivo que ardiera con una pasión propia, se estiró hacia el techo manchado de humedad como una planta buscando un sol que nunca llegaría aquí, o quizás buscando la nada misma. Sus pies no rozaban el suelo; arañaban el aire, dibujando círculos de fuego frío en la penumbra. Cada nota del bandoneón era un látigo que la desollaba, un beso que le sorbía la voluntad, un cuchillo que la atravesaba y la hacía sangrar movimiento puro. Giraba, se desplomaba, y renacía en el instante mismo de la caída. Sus brazos eran serpientes que envolvían fantasmas, sus caderas un péndulo hipnótico marcando un compás que solo ella y el Viejo escuchaban, un compás que latía en el centro del mundo. El tango no sonaba para ella; sonaba desde ella. Era su esqueleto convertido en música, sus venas en cuerdas del bandoneón, su aliento en el gemido del fuelle.

Los viejos olvidaron sus vasos. El mozo dejó caer la jarra de café, el líquido negro extendiéndose como un río de sombra sobre las baldosas. Nadie se movió para limpiarlo. Todos estaban atrapados en el vórtice de aquella danza que no era de este mundo. El Café El Sur ya no era un local en San Telmo; era el centro de un universo que se desgarraba y recomponía con cada gemido del fuelle, con cada giro desquiciado de Clara. El tiempo se licuó. Las paredes respiraron. Los espejos reflejaron no a los presentes, sino figuras borrosas, recuerdos de parejas que quizás jamás existieron, bailando en éxtasis o en agonía.

De repente, un sonido agudo, desgarrador, como el grito de un pájaro nocturno atravesado. El Viejo arqueó la espalda, una convulsión sacudiendo sus manos huesudas. Clara se detuvo en seco, suspendida en el aire, un pie apuntando hacia la nada, el brazo extendido como buscando un abrazo que nunca llegaría. Quedó inmóvil, una estatua de ébano y dolor congelado en el instante más álgido.

Silencio.

Un silencio tan absoluto que se oyó el crujir de las maderas viejas del café, el latido acelerado de los presentes. El Viejo bajó lentamente el bandoneón. Su rostro era una máscara de ceniza. Sin una palabra, sin una mirada hacia Clara, aún petrificada en su pose imposible, se dio la vuelta y se fundió en la oscuridad del pasillo trasero, como si nunca hubiera estado allí.

Clara bajó el pie. Abrió los ojos. Eran ojos vacíos, como dos pozos negros donde había muerto algo. Un temblor leve recorrió su cuerpo. Dio un paso tambaleante, luego otro. Caminó hacia la puerta, pasando junto a los espectadores mudos, sin verlos. La puerta chirrió al abrirse. La calle húmeda de Buenos Aires la tragó.

Nadie habló. El mozo miró el charco de café frío en el suelo, que ahora parecía una mancha inamovible, una nueva cicatriz en la baldosa. Uno de los viejos levantó su vaso con mano temblorosa y bebió el resto del vino tinto, amargo como hiel, como si se purgara de lo presenciado. En el aire, aún flotaba, pesado y denso, el fantasma de aquel tango que no tenía nombre, que quizás nunca lo tuvo, solo la vibración de un cuerpo que bailó más allá de los límites de la carne y el tiempo. Y en el centro de la pista gastada, donde Clara había estado suspendida en el dolor y el éxtasis, una sola gota de sangre, oscura y perfecta, brillaba sobre la baldosa como una estrella caída. Nadie supo de quién era. Quizás del bandoneón que sangró su música. Quizás de Clara, cuyo corazón se derramó en la danza. O quizás del alma misma del Café El Sur, que esa noche había parido, o enterrado, un nuevo mito en la penumbra, un secreto más para sus paredes cansadas.

Aldo Rojas Padilla.

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