“Pongan atención en la gente por la que van a votar, sobre todo, deben saber que hay un candidato que ni a misa asiste ¡Es una persona, que más bien tiene contacto con el Diablo que con Dios.” Éstas fueron algunas de las palabras del cura Juventino en la iglesia de Tetipac, en uno de los primeros sermones que dirigió a la gente antes de que subieran de tono.

¿A qué persona se refería el cura? ¿Quién sería ese tal hereje, que nada más con nombrarlo dan ganas de conocerlo? Me imagino a una persona peligrosa, con una mirada malvada llena de odio y desprecio a los demás.

Ahí se veía como caminaba a pasos lentos para atravesar la plaza del pueblo, vestía siempre con camisas de color claro de manga corta, las que les llaman guayaberas, esas típicas del estado de Yucatán, que, con cada persona que se encontraba, además del saludo acompañaba de una sonrisa. Toda la gente lo saludaba por su paso con entusiasmo, ¿ese es el satanás al que se refirió el padre?

Prosigamos, traía en una de las bolsas de la camisa, cerca del pecho, una pluma, y asomaba apenas la orilla de un cepillo de dientes, yo creo que, para que no hubiera impedimento de poder lavarse los dientes a donde fuera. Cargaba con una mano su maletín médico, a veces a pie, a veces trasladándose en un Volkswagen sedán del modelo del 68, que además de vivir de una manera sencilla, le permitía entrar a cada uno de los caminos con destino a las rancherías de alrededor. Se trata del doctor Antonio, quien egresado de la Escuela Superior de Medicina del Politécnico Nacional, tenía claro uno de los principios que le habían encomendado: atender de manera prioritaria a la población más desprotegida. Para ello eligió al pueblo de Tetipac, que desde el primer momento que llegó lo deslumbró el paisaje de casas en la montaña entre pinos y árboles de diferentes tipos, y el colorido de flores silvestres, así como sus calles empedradas haciendo una combinación magistral entre el adobe, casas blancas con tejado, puertas de madera, algunas bien pintadas, ante la majestuosa iglesia de la Santa Cruz que data de hacía más de cuatrocientos años.

Todo parecía estar bien, cuando en una especie de sus clubs de lectura del doctor, que daba también oportunidad al juego de ajedrez y dominó, donde se reunía con jóvenes y viejos a leer artículos (sobre todo de política) en las discusiones, se generaban debates emocionantes, lo que con ello, en el momento menos pensado, el uso de la reflexión se convirtió en una cotidianidad, y en conjunto, esto generaba conclusiones, por ejemplo las preguntas ¿por qué en el pueblo hay solo una expresión política? ¿Por qué “El Catrín” es quien decide quién será el candidato a la presidencia municipal?

“El Catrín”, así le apodaban a Severino Castrejón, era el cacique del pueblo, dueño de la tienda más grande que parecía una tienda de raya por tanto endeudamiento de la gente e intereses que tenía que pagar al momento de que recibía su paga semanal.

El doctor, no era un asiduo asistente a la iglesia, su vinculación más estrecha era que el día de las fiestas del Pueblo que terminaba en un baile, a las dos de la mañana tocaban la puerta del doctor para la atención de algún herido por enfrentamientos a consecuencia del excesivo consumo del alcohol, que, con cualquier pretexto sobresalieran las diferencias para iniciar la agresión.

Con el tiempo, en la casa del doctor, se leían novelas y poesía, como las de Víctor Hugo, Dostoievski, Tolstoi, Máximo Gorki, Sor Juana Inés de la Cruz, Alejandro Dumas, Nicolás Guillén en fin, se iban sumando otras como Fernando del Paso, Pablo Neruda, Charles Dickens; se sumergían en un mundo de ideas, identificaban vivencias parecidas a las de cada uno, hasta descubrir cómo había decisiones de por medio en el que sin saberlo, estaban obstaculizando un pensamiento libre. Se dieron cuenta sobre lo importante que era amistarse de manera permanente con los libros.

Con la televisión del doctor, varios de los pobladores que carecían de uno de estos artefactos, pudieron ver importantes acontecimientos por ejemplo, uno de ellos, las Olimpiadas México 68, hasta se ponían de acuerdo estar a cierta hora para ver lo más sobresaliente. Cómo olvidar la emocionante competencia de natación que protagonizó el legendario Felipe “El tibio Muñoz”, todos brincaban de emoción cuando obtuvo la medalla de oro. De manera parecida fue cuando transmitieron otro gran evento un año después como el viaje a la Luna, no lo podían creer.

—¡Eso es mentira!— Se expresó don Miguel, se puso de pie y se salió. Pasó un buen tiempo para convencerse de que el viaje a la luna sucedió en realidad. Ya después por las noches llegaba a la casa del doctor a las ocho para ver en la televisión las noticias y la pelea de box los sábados sobretodo si le tocaba enfrentarse Pipino Cuevas, su favorito.

No de todos los acontecimientos se podía enterar la gente a través de la televisión, por ejemplo, del movimiento del 68, la matanza del 2 de octubre fue a través de una estación de Radio UNAM, porque hasta los periódicos de alcance nacional de ese tiempo eran censurados y pasaban por los poderosos filtros de gobernación.

Este tipo de vinculación que tuvo el doctor con la gente, siguió afianzándose con los años y el Catrín seguía al frente de sus negocios. Ahora contaba con más tiendas, sobre todo en pueblos aledaños que formaban parte del municipio.

El nacimiento de una forma diferente de pensar en una parte de la población, y que aún sin estar cerca a las lecturas empezaban a entender nuevas palabras a partir de la convivencia con los demás, se empezó a percibir algo; las lecturas ya formaban parte de la vida de este grupo de gente, se organizaban conferencias, charlas y lo que vino a derramar el vaso de agua fue, cuando se creó una revista.

De repente todos empezaron a escribir en una fiesta de noche mexicana que organizó el doctor, cada quien plasmó algo a manera de juego, hicieron un concurso, surgieron cosas peculiares, desde lo más serio hasta anécdotas con gran humor, decían que todo tenía un propósito, nada era de la casualidad, personajes como el padre Juventino, “el Catrín”, Camelia, Don Tito, las mujeres del pueblo, los hombres del pueblo, el carpintero, el arriero, el abarrotero, hasta el loco que corría por la plaza siguiendo a un carro que acabara de llegar, es decir, el día a día, el trabajo, la cotidianidad, todo lo que transformaban no era circunstancial.

—¿Se fijan en lo que han escrito? Ésta es su historia … nuestra historia — Afirmó gustoso el doctor.

—¡Vamos a publicar!— Exclamó Gildardo un joven de los más activos en el club de lectura.

—Bien, pongámosle nombre a la revista— Prosiguió el doctor.

Entre brindis y abrazos, se tomó la decisión y nació la revista “La casualidad”.

Este acontecimiento, se tradujo, en la primera revista del pueblo, la conformaban títulos como “Mi cuerpo habla”, sobre algunas recomendaciones de alimentos, lo que orientaba a que no se comiera comida chatarra, y sugerencias para hacer ejercicio, otra sección “Los desinformantes”, que hacía la alusión a algunos noticieros televisivos que se dedicaban a distorsionar las verdades de las que deberían enterarse. “Vuela entre las palabras”, era su sección literaria, que según la ocasión se escribía poesía, pequeños cuentos, hasta corridos divertidos que se convirtieron en una de las secciones favoritas y era motivo por el que se acercaban a preguntar por la revista mensualmente.

—¿Ya vio, señor cura? ahora hasta una revista, esto ya se nos está saliendo de control— dijo enérgicamente “El Catrín”— Nada más eso nos faltaba, que, al rato hasta haya una revuelta en el pueblo. Esto tiene que parar.

—No te preocupes hijo mío, mira, vamos a buscarle alguna movida al doctor, alguna maldad debe haber hecho y sobre eso nos vamos para ponerlo en mal, vas a ver cómo reacciona la gente, así como son de persignados, no tolerarán saber lo que guarda este doctor, una vez que divulguemos algo lo pueden hasta linchar, y verás que le baja a esas actividades revoltosas.

—¿Usted cree que pueda suceder eso padre?— Expresó el Catrín, haciendo un gesto de incredulidad.

—Sí, vas a ver que no se van a salir con la suya, es evidente que lo que quiere el doctor es el poder, para de esa forma regir aquí en el pueblo, la gente anda diciendo que lo quieren de candidato, como si fuera de acá, cuando todos sabemos que llegó de la Ciudad de México donde estudió ¡Es un rojo! quiere imponer sus ideas, está claro que tiene un encargo, de eso estoy seguro.

La mirada quieta del cura, dirigida a una dirección, como si estuviera hablando solo, daba cuenta de una obsesión seria por hacer a un lado la imagen de quien cada día que pasaba se ganaba el cariño de la gente, algo parecido a dos empresas que compiten, tenían que hacer una especie de maquiavélico “Plan de mercado” para ganar a los adeptos que para “El Catrín” y para él como representante de la iglesia, les significaba demasiado.

No tardó en interrumpir “El Catrín” —Jajaja pero si el doctor es el mismísimo Dios, qué maldad le vamos a encontrar padre, el problema es que me perjudica en mis negocios, pos si él gana en las elecciones la presidencia, seguramente me va a hacer pagar impuestos, tendrá checado lo que vendo, me pondrán en la lista y seguramente tengo que gestionar permisos.

— ¿El mismísimo Dios? Pues si ni va a misa— dijo el cura encogiendo los hombros.

—¡Eso es, Padre! De eso lo podemos acusar, ¿cómo que este doctorcito no va a misa? la gente puede ver que tiene un pacto con el Diablo. Que sus lecturas son para que los que saben leer “no se acerquen a la Biblia”— Lo dijo con tono irónico.

—Prepararé el sermón para el siguiente domingo, ya verás— Respondió el cura, tocándole el hombro mientras se alejaba.

Así fue como el cura del pueblo, organizó el sermón el domingo una semana antes de las elecciones, en la misa de las nueve de la mañana.

—Pongan atención en la gente por la que van a votar, sobre todo, deben saber que hay un candidato que ni a misa asiste, ¿sí saben? ¿Qué es lo que le puede esperar al pueblo si el candidato no es el correcto? ¡Es una persona, que más bien tiene contacto con el Diablo que con Dios! es importante que lo piensen muy bien— Lo dijo con la mirada directa a la gente, levantó las cejas y abrió los ojos lo más que podía, y continuó —En estos tiempos cada vez más se están perdiendo los valores, nos hemos enterado también de las reuniones clandestinas, esas en las que dizque se juntan a escribir para una revista ¿No se dan cuenta? Alguien está detrás de todo esto y todavía quieren que sea presidente del Pueblo.

En esta ocasión nadie comentó algo al respecto, la gente al salir de la iglesia solo murmuraba entre sí, su comportamiento y rutina de todos los domingos fue la misma, con la diferencia de que a la siguiente semana la gente iba a pasar a votar y tendría que definir quién sería el presidente del pueblo. Es curioso, cuando la gente no habla, no podemos saber lo que piensa, había duda sobre el efecto del sermón de la iglesia. Sin embargo, a pesar del silencio que se percibía en la plaza, al doctor sí le llegó la noticia.

—¿Sabe doctor lo que el cura anda diciendo de usted? Que es un emisario de satanás, que qué casualidad que no va a misa— Le dijo Hermenegildo, uno de sus pacientes, con la mirada atenta a ver cómo reaccionaba.

La carcajada del doctor retumbó en el leve eco que de por sí generaba el consultorio al no tener las ventanas abiertas.

—Don Juventino, es un cura entregado, él cumple con su trabajo. Aunque no debería sacrificar parte de su tiempo en mí, no valgo la pena para ello. A ver, abre la boca— Y prosiguió con la consulta poniendo el abatelenguas en la boca de Hermenegildo para asegurar que ya no prosiguiera con su comunicado.

En sus tiempos libres el doctor continuaba con sus reuniones donde exponía su propuesta como candidato, sucedió que se puso a contar anécdotas, después ya estaba diciendo un chiste, cuando una fuerte carcajada lo transportó a otro encuentro, ya no eran esos jóvenes y viejos con los que estaba conversando, eran otras personas, que sin embargo le resultaron conocidas, entre ellos estaban algunos que habían sido sus pacientes pero que ya no estaban en el mundo terrenal, los observó y entendió, que tocaba seguir la convivencia en otro espacio y con otra gente.

El infarto repentino que sufrió el doctor, hizo que la gente corriera la voz, desde los ranchos se trasladaron al pueblo para acompañar a su familia, se oía entre pláticas una serie de anécdotas, de cuando lo conocieron, parecía que nadie se quería quedar atrás mencionando de qué fueron aliviados. No dejaron de comentar sobre la ironía de por qué justo antes de las elecciones, había perdido la vida, pues hubieran querido que él fuera el presidente de Tetipac.

Desde un helicóptero, se podía ver a los andantes en las veredas entre los árboles, como una hilera de hormigas dirigiéndose a un mismo lugar.

Las muestras de solidaridad, se veían por doquier, gente llevando a los familiares un kilo de azúcar, otros café, los de la revista, ahí estaban presentes, algunos con lágrimas en los ojos, otros nada más callados. Era evidente el dolor del pueblo.

A sabiendas de que el doctor no era asiduo a asistir a misa, los familiares del doctor, habían decidido no pedir a la Iglesia hacer ceremonia religiosa, Zósimo uno de sus hijos que trabajaba en Morelia y acababa de llegar, ya había avisado a la gente sobre esta decisión.

—Doña Mary, ¿puede decirle a la gente que no habrá misa? Creo que esa hubiera sido la voluntad de mi papá. Además supimos sobre la forma como el padre Juventino ha estado hablando de él.

—Ay mijo, eso va a ser imposible, en este pueblo nunca se ha dejado de dar la bendición a nuestros difuntos y mucho menos lo vamos a hacer ahora con el Doctor— Zósimo se quedó callado, y Doña Mary se retiró.

Como una nevada intensa que arrasa con todo, la gente se juntó y mostró estar preparada para hacer el recorrido fúnebre tradicional que se hace en el pueblo y trasladar al difunto a la iglesia para la misa antes de ser sepultado. Esta corriente se convirtió en una bola de nieve que a los mismos familiares no tuvieron opción, se unieron a ella y su papel fue de acompañar a la gente ante su pérdida, no al revés, y aliarse a sus deseos de que se hiciera la misa.

Se sintió la intensidad de las campanadas para el llamado a misa. La gente se preparaba para asistir a la iglesia poniéndose sus mejores ropas de luto, y dejando por ese momento los quehaceres de la casa, las cosechas y los oficios.

Llegaron los que en alguna ocasión acudieron al doctor tras haber sido heridos o habían entablado una relación estrecha, podemos mencionar a Odilón, famoso porque llegó a acudir a que lo atendiera en más de tres ocasiones tras una riña después de un baile en el pueblo, Don Beto y doña Tote quienes lo conocieron desde su llegada, y lo recibieron en su hogar mientras construía su propia casa. Don Cheo un vendedor de paletas que se había ido a vivir a la ciudad de Morelia, Rosario que cada vez que venía de la Ciudad de México llevaba a su mamá a consulta, por lo que fue atendida por el doctor Antonio hasta su muerte. Y por supuesto no podía faltar don Fermín, quien era un gran comunicador entre la gente del pueblo.

Había personas a los que el doctor les dio el recibimiento en este mundo, niños, algunos ya adolescentes y hasta jóvenes, como Andrés quien junto con sus papás Amelia y Santiago, se sentaron en la última fila ante la tristeza que los agobiaba. Amelia recordaba el día en que en la plaza, ante la emergencia, el doctor tuvo que atender su parto ahí mismo, fue así como nació Andrés.

Los estudiantes de la secundaria en los que algunos habían sido sus alumnos, también estuvieron presentes, formaron un grandioso coro, cuyos ecos y matices transportaban al recuerdo de la pasión por el doctor al invitar a resolver un problema de matemáticas.

Esto sucedía mientras el cura se preparaba para oficiar la misa, había un hermetismo, en momentos ciertos murmullos, miradas entre los asistentes y otras hacia diferentes ángulos esperando ver por dónde y ahora con qué actitud iba a salir el cura para oficiar la misa; por otro lado las miradas de los ángeles que formaban parte del retablo principal de la iglesia como una especie de reflectores, listos para la salida del primer actor.

Finalmente el cura se presentó y ante la mirada intensa de los feligreses, no se quiso arriesgar y tuvo que dar la cara y decir quién era en realidad el doctor Antonio.

—Los que estamos presentes sabemos muy bien quién fue el doctor Antonio, no hubo persona que no entablara una vinculación con él, aparte de su generosidad como médico y enseñante, siempre mostró disposición sin descanso por ayudar al prójimo, se dedicó en cuerpo y alma a atender a la gente, y en cada espacio Dios lo acompañaba, tenía una misión importante. El pueblo ha perdido un ser bondadoso y misericordioso, pero el cielo ha ganado un ser excepcional.

Fue el último día que la iglesia estuvo tan concurrida. Pasó una semana y el cura se fue a otro pueblo, después de aquella misa sentía que las miradas estaban presentes para juzgarlo. El Catrín se quedó sin cómplice para engañar a los demás. La gente volvió a sus actividades culturales, la convivencia giraba sobre discusiones de temas del día que buscaban de diferentes formas pudieran salir como caudales de palabras recorriendo el pueblo de Tetipac.

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