Querer a las personas.

Querer a las personas es difícil cuando están bajo el manto de las condiciones y las expectativas. Se vuelve complejo cuando ese querer va alineado a la interminable lista de peticiones que dictan nuestra mente y nuestro corazón para poder brindar cariño.

​Querer es difícil cuando nuestra intención es domar al otro y encerrarlo en la jaula de nuestras idealizaciones. Cuando solo nos enfocamos en lo que deseamos de alguien por pura conveniencia, nos volvemos incapaces de amarlos por quienes realmente son y por el propósito con el que llegaron a nuestra vida.

​Cualquier relación se torna pesada cuando se necesitan demasiadas condiciones para dar afecto; cuando los besos solo se entregan si hay regalos o sorpresas de por medio, y no por el simple placer de darlos.

​Querer con libertad y sin prisiones hace más liviano cualquier vínculo. Ya lo decía Julio Cortázar: «Querer a las personas como se quiere a un gato, con su carácter y su independencia, sin intentar domarlo, sin intentar cambiarlo, dejando que se acerque cuando quiera, siendo feliz con su felicidad».

​Es más fácil querer cuando dejamos a un lado las ensoñaciones de personas perfectas y esos estereotipos que intentamos ajustar a nuestros ideales y convicciones —a lo que creemos que es «mejor» o «correcto»—.

​Al final, cuando simplemente empezamos a querer, en lugar de buscar razones para hacerlo, el amor fluye sin esfuerzo.

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