Lamashtu, la intrusa.

Lamashtu, la intrusa.

J. Steve Muñoz

19/07/2023

Alguna vez me pregunté si todas las cosas vividas en aquella época fueron parte de la ilusión, me pregunté además si dichos ruidos, olores, y sensaciones fueron tan solo los estragos del cansancio y la abstinencia, me pregunté si todo lo vivido fueron emociones propias o tal vez plantadas por alguna criatura inenarrable, todo eso y más me pregunté.

Es apresurado decir que estoy a salvo, es muy pronto para decir que ya no voy a estar a merced de “la criatura” bebedora de café, esa misma que solía desorganizar mis zapatos y esculcaba en mi escritorio en búsqueda de quien sabe que cosa pero que aparentemente me ha dejado en paz.

Lo sé, falta algo de contexto para entender lo que está pasando y se los daré. Yo ejercía la profesión de abogado en una firma muy importante en la ciudad de Guayaquil, trabajaba jornadas extenuantes y por días no aparecía en mi casa, vivía solo por lo que nadie en dicha necesitaba de mi presencia.

A pesar de tener una vida económicamente estable y no padecer mayores problemas de salud a mas del dolor residual de una rodilla lastimada y algo de escoliosis, no era del todo feliz. Había algo que faltaba en mi vida, había la necesidad de darme un respiro de papeles, juicios, coimas, alegatos, trajes de trabajo, corbatas y documentos interminables. Soy soltero, pero estaba teniendo encuentros casuales con una pasante de jurisprudencia que trabajaba en el tribunal, asistente de un juez bastante adusto, hosco y algo desaliñado que solía tener un trato algo déspota con los otros de su misma categoría.

Se llamaba Verónica y hablo en pasado porque en este punto no sé nada de ella. Cuando abandoné la ciudad dejé atrás un montón de cosas importantes (al menos las consideraba importantes en ese momento) entre esas cosas estaba ella, sus atenciones me fueron emocionantes al principio, pero pronto perdí el interés y caí en cuenta que estaba siendo muy ausente y porque no decirlo, grosero.

Obviamente Verónica también lo notaba, pero no me hizo nunca ningún reclamo, creo que estaba realmente enamorada, pero parte de mi naturaleza es arruinar las cosas con las personas, así que como era de esperarse la relación se disipó muy rápido entre los dos. Esto me hubiera afectado enormemente sino fuera porque era necesario para mi un cambio de ambiente como mencioné antes, y ella hubiera sido un lastre en ese proceso.

Hice preparativos para irme a otra provincia, no fue fácil, tuve que arreglar asuntos laborales, domiciliarios, personales y notificar a mis allegados mi decisión de abandonar la ciudad. Cuando al fin estaba todo preparado, con el lugar y la fecha escogidos oportunamente, partí hacia la provincia de Manabí y me acomodé una zona rural en la capital de la misma. El lugar era hermoso, placido, silencioso y de temperatura agradable, todo contrario a lo que estaba acostumbrado a vivir.

Gracias a la ayuda de unos familiares conseguí una casa muy cómoda, pero algo antigua. Pese a la carencia de algunos servicios básicos de la zona tenía todo lo necesario para vivir “cómodamente”; contaba con agua, energía eléctrica, línea de teléfono convencional, internet y la facilidad de solicitar todo lo que yo necesitara a domicilio, como ropa limpia, comida, alcohol, tabacos entre otras cosas.

La transición de la ciudad al campo no fue tan difícil como yo pensé que lo sería, de hecho, me acostumbré bastante rápido al entorno y pronto ni siquiera extrañaba la ciudad. Tenía todo lo que podía necesitar de la ciudad con la tranquilidad de no ser molestado por nada ni por nadie (al menos al principio) y el tedio de la tranquilidad se apoderó de mi con prontitud. Solventaba mis gastos con ahorros que había forjado a lo largo de los años, pero aun ejercía la profesión y de vez en cuando me hacia cargo de asuntos menores, como conflictos por terrenos en disputa, denuncias por violencia familiar, demandas por herencias, etc. Todo esto me daba un extra de dinero que ciertamente no necesitaba, pero lo hacia para mantener la mente ocupada.

Los días pasaban con tranquilidad en la “casa de la esquina” que era el apodo de la vivienda donde me encontraba, los pocos vecinos que tenia rara vez llamaban a mi puerta y cuando lo hacían era para traerme algún presente o para darme información sobre los horarios de recolección de la basura, cuando pasaba el distribuidor de agua potable, o cuando venía el vendedor de pan fresco.

En alguna ocasión llego a mi puerto Don Pedro Gracia, un anciano de aspecto fresco pero desgastado por el trabajo físico y su propia vida, de joven se dedicó a la albañilería, pero también lo motivaban las mujeres, el agua ardiente y el tabaco. Don Pedro llegó una mañana a invitarme a una pequeña procesión religiosa que se daría en las cercanías del lugar donde me encontraba alojado, acepté su invitación tan solo de palabra porque realmente nunca he sido religioso y no tenía intenciones de presentarme a dicho evento.

No tenía intenciones de salir a ningún lado esa noche y mucho menos a una procesión religiosa pero realmente no tenía nada que hacer y me sentía aburrido, por lo que decidí salir. Las indicaciones de Don Pedro fueron bastante precisas (o al menos así las sentí en ese momento) pero cuando decidí encaminarme al lugar donde se supone que sería el evento, no di con él. Caminé por el sendero que aparentemente me llevaría al lugar, pero después de dar vueltas durante más de 25 minutos entendí que estaba perdido y decidí regresar a casa.

En mi intento de regresar a casa noté que estaba aun más perdido que antes y el pánico comenzó a apoderarse de mí. Seguí tratando de retomar mis pasos y de recordar por donde había venido y nada me resultaba familiar para darme una pista de mi ubicación, seguí caminado ya con algo de desesperación hasta que encontré un altar, un pequeño altar dedicado a un santo que yo no pudo identificar.

Dicho altar estaba decorado con cuero de animal, tenía velas con llamas que estaban a punto de extinguirse, pequeñas escaleras sucias y con manchas de sangre, el olor era fuerte pero soportable hasta cierto punto. Subí hasta la parte más alta donde se encontraba una figura tallada en madera de lo que parecía ser una creatura con rostro de mujer, un torso largo y delgado, piernas y pies como de un perro, manos con dedos extremadamente largos y garras.

Todo esto me sobresaltó un poco pero también despertó enormemente mi curiosidad y decidí investigar a detalle el lugar. Había una pequeña inscripción que rezaba “Deus dator, Lamashtu omnia tollit”, cerca de la tablilla de la inscripción había relieves de figuras extrañas con forma de animales. Había figuras antropomorfas, un perro con cabeza de leona, un ave con patas de humano y alas desplumadas, una serpiente con dientes y un sapo con cabella de águila con alas de insecto.

La luz de mi celular me permitió notar todos esos detalles, pero el lugar era realmente oscuro y ya estaba empezado a inquietarme un poco, por lo que decidí marcharme de inmediato. Bajando del altar caminé prontamente por un sendero que se dibujaba a lo largo de la colina en la que me encontraba, sendero que no había notado cuando llegué al lugar. Escuche pasos, pasos como los de un animal asechador, pensé que podría tratarse de algún animal salvaje por lo que asustado apresuré el paso.

Caminé con cierta desesperación por unos 10 minutos hasta que noté luces de velas y cantos, había encontrado la procesión y me topé con los vecinos del sector. Cuando los saludé notaron mi palidez y el susto que había sentido, me preguntaron si algo pasaba, pero en ese momento decidí no comentar nada de lo ocurrido. Estuve con ellos unos 35 minutos más hasta que el evento terminó y fuimos en caravana hasta el pueblo nuevamente.

Ya en casa tomé un baño, calenté el agua que usaría para filtrar un poco de café y busqué el libro que estaba leyendo, me senté en el sofá a leer, pero me quedé dormido con prontitud. No creo haberme dormido por mas de una hora, sin embargo, lo hice profundamente. Cuando desperté noté que el café que había preparado (que nunca tomé) había sido consumido casi en su totalidad y que en la jarra donde se encontraba quedaban residuos de una especie de baba de animal.

Realmente ese suceso no me alteró para nada en ese momento, pero si me dejó con mucha curiosidad ya que en casa no tenía animales y los perros y gatos de mis vecinos jamás se habían acercado a mi casa en los meses que tenía viviendo allí. Atribuí lo ocurrido a un simple olvido, me convencí que yo mismo había tomado el café y que la baba en la jarra era mía, en ese momento olvidé el asunto y fui a dormir.

A la mañana siguiente noté pequeñas huellas que se formaban en el patio y que parecían alejarse de la casa, curiosamente estas huellas salían de la ventana que daba a la cocina, una vez más no dejé que la sugestión me controlara y decidí pensar que quizás se trataba de algún roedor que decidió visitar mi despensa.

Decidí no darle mayor importancia ya que tenía asuntos que atender a lo largo del día y también esperaba una visita importante, por lo que me preparé para salir y comencé mis actividades tal como lo hacía todos los días. Preparé todo para la visita que recibiría al día siguiente, mi gran amigo, Alfredo Valencia estaría unos días conmigo y tendríamos tiempo de ponernos al día con las novedades ocurridas en la ciudad.

Etiquetas: demonio misterio terror

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