Y miro la tarde brumosa, maloliente, agitada, perdida…
La gente pasa con la prisa del enamorado oculto entre las ramas antes de ver a su amada prohibida.
Cada persona es un universo andante, con las pesadas cadenas que el pasado le ha otorgado como un premio a su pereza negligente y astuta para lograr la audacia de seguir con vida.
Miro impávido el reloj que corre, la manecilla insolente que avanza sin remordimiento mientras mis sienes se poblan de sabias palomas que vuelan por doquier mientras escribo poemas y relato vidas ajenas.
Y vuelvo a pensar en las vidas y en las muertes, los amores y las batallas, las sonrisas y el desdén, la sorpresa y el guiño a aquella imposible epopeya que se nos formó en la cabeza de cómo sería vivir cuando aun eramos niños y apenas ensayábamos torpemente ese arte de andar sin desandar que se aprende con el pasar de las tardes.
Veo la gente pasar, cada quien pensando en cosas que, cuando llegue el gran llamado, perderán de súbito toda su importancia.
Miro la gente, la ciudad y su olor… Me miro a mi, mientras muero.
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