EL ELEFANTE MEDIOCRE

EL ELEFANTE MEDIOCRE

anacristinalpz

10/02/2023

Érase una vez un hombre cuarentón, mediocre, de oficio cuentista.

Permanece sentado en un sillón de lo que él fantasiosamente llama “su oficina” y en realidad es un pequeño cuarto con un olor nauseabundo a orines de gato, tabaco barato concentrado y mezcal insalubre.

Enfrente de la vieja mesa que usa como escritorio hay una ventana sin cortina que da hacia la calle, el elefante está sentado ahí escribiendo sus cuentos amargos en una computadora, mientras las horas y los días pasan.

De vez en cuando voltea por la ventana y ve la luz, le da un trago al vaso sucio, bebe alguna cerveza artesanal de dudosa procedencia, enciende un cigarrillo tóxico.

De pronto bosteza y estira con pereza sus brazos tatuados como baño sucio de gasolinera, eructa como cerdo, despide de su sucia boca un olor fétido a cloaca.

Acaricia su barba canosa en forma de candado que luce tan descuidada como los pelos de una muñeca vieja abandonada en un basurero, agacha su encorvado cuerpo y continúa escribiendo sus cuentos.

De lunes a domingo religiosamente.

El elefante mediocre se pudre ahí sentado entre sus ideas, temores, recuerdos, añoranzas y traumas.

¿Pero por qué no sale?

¿Por qué no es capaz de avanzar si todos los seres humanos lo hacen?

¿Por qué no es capaz de salir a vivir?

¿Por qué se conforma con estar detrás de una ventana sin cortina?

El elefante está atado a los grilletes de su vieja silla.

Los grilletes que el mismo se autoimpuso, tal vez provenientes de sus temores de la infancia, ha vivido gran parte de su vida como un nómada de un lugar a otro, sin la estabilidad económica y emocional que solo una familia estable y con buenos valores puede brindar.

Se suman las responsabilidades de adulto que es incapaz de asumir. Es presa de sus temores y de su ineptitud para volar con sus propias alas.

Los meses han pasado y aun el elefante permanece ahí sentado.

Ya está lleno de moscas, huele a podrido, su piel se arrugó más, su abdomen está más abultado, su trasero se cayó, se ensancharon sus caderas, sus cabellos ya pintan más canas, su boca huele a cloaca tras fumar cientos de cigarrillos y beber café reciclado.

Algunas veces el elefante tiene destellos de lucidez y logra ubicarse por instantes en su patética realidad.

Se da cuenta de que está a casi a un lustro de cumplir medio siglo de vida y aún no tiene nada propio, ni siquiera ha formado su propia familia.

A veces participa en ferias de libros en distintas ciudades, donde ofrece sus cuentos, impresos por una editorial de medio pelo.

Lo peor es que aún vive en la misma vieja casa rentada para colmo, la comparte con su hermano del que aún depende económicamente.

Ese que físicamente se parece a “Abelardo” el popular pájaro verde del exitoso programa de TV Plaza Sésamo; Es muy alto, dientón y miope. Cuando camina lleva la boca abierta y se “menea” “zangoloteando” la cabeza para todos lados y lleva grandes audífonos.

“Abelardo” graciosamente se autollama artista y no es más que un vil “marchante” que usa como recurso parlotear hasta marear a sus víctimas para pretender venderles sus pinturas como oro puro y en realidad son como “baratijas pintadas” de cobre.

Es un simple bufón de los “gringos” esos que cualquier pieza artesanal que hagan los mestizos lo consideran como arte.

Los años han pasado.

Y el elefante, aún vive en la misma vieja casa que renta, se mira frente al espejo de su pequeño y apestoso cuarto. Donde la luz permanece siempre encendida.

Su corazón palpita, le sudan las manos, sus pupilas reflejan temor a vivir, se da cuenta de que es un cuarentón, ridículo y fracasado.

Camina hacia al pequeño cuarto contiguo, igualmente la luz permanece encendida.

Se sienta en su vieja cama que está frente a la ventana abierta, la luz entra porque nunca ha sido capaz de poner una cortina y tampoco ha sido capaz de largarse de ese lugar.

El elefante cierra los ojos, toma un poco de aire, se levanta con pereza y regresa a su pequeña “oficina” se vuelve a sentar cómodamente en su vieja silla.

Esta vez agrega otro grillete a su cuello, aunado a los que ya tenía en sus podridos y gangrenados pies.

Prefiere quedarse a vivir entre sus alimañas que emergen de su propio ser, lombrices se deslizan por su cerebro podrido, moscas verdes salen de su boca, gusanos salen de su ano. Sus gatos ya se multiplicaron y merodean libremente por su pequeño cuarto, dejando un olor nauseabundo a orines y mierda.

El elefante pasa, 525600 minutos, sentado en su vieja silla frente a la ventana.

Si te da morbo verlo, lo encuentras en un viejo callejón, no importa cuando vayas, si es de día o es de noche, él está siempre ahí sentado hasta las madrugadas y a veces hasta el amanecer, escuchando música de restaurante, esa que no tiene letra y que siempre cansa y aburre porque tiene la misma tonada de violín triste.

Está como siempre agachado, encorvado, escribiendo sus cuentos amargos y haciendo diseños patéticos, por supuesto, con la luz permanentemente encendida sin importar las molestias que pueda ocasionar a los demás.

Una década después.

El elefante ya está más viejo y aún sigue viviendo en la misma vieja casa que renta.

Se dispone a pudrirse sentando en su silla frente a la ventana sin cortina con la luz que siempre permanece encendida, soñando con ser lo que pudo ser y nunca será.

Fin.

Autor: Ana Cristina López 

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