Después de poco más de un año y medio del inicio de la pandemia, de una obscena cantidad de muertos, de echar de menos a Larenas y varios otros que conocí de cerca, de muchos miedos acumulados en el sueño y en la vigilia, me alcanzó el día que jamás llegaba en que fui inoculado con la primera dosis de la vacuna del covid 19.

Fui el quinto de un grupo de seis personas que nos acercamos juntas al aséptico módulo donde todo estaba a punto de pasar y cada uno en el orden en que llegaba, iba ocupando una de las seis sillas dispuestas allí a cierta distancia donde nos aguardaba una enfermera y su asistente. En ese momento no lo pensé pero ahora que todavía no cesa el dolor en el hombro donde recibí la vacuna se me ocurre que los seis que avanzábamos hacia ese breve destino terminamos siendo elegidos en una macabra versión del juego de las sillas, ese juego en que cuando niños el número de las sillas es menor al de los que daban vueltas alrededor de ellas y se mantenían alertas a la interrupción de la música porque entonces era la señal para sentarse a toda prisa y el más lento quedaba apartado sin más, solo que aquella vez los seis que caminábamos por el insólito pabellón en fila hacia aquellas sillas decisivas, éramos un puñado de sobrevivientes de una vasta muchedumbre que terminó irremediablemente fuera.

Ocupé el penúltimo asiento sin ser consciente de todo el infierno de cosas que pasaron o dejaron de pasar para que esa extraña elección me reservara la silla negada a Larenas y a tantos otros. Muchos años atrás en el colegio la coincidencia de unas carpetas hizo de ambos compañeros de aula ignorando que esa era una de las formas en que la vida nos coronaba con la fortuna frente a aquellos cuya adolescencia fue como un árbol que no terminó de crecer, y ya con la pandemia encima Larenas sucumbió al suplicio del covid con lo cual en el eterno juego de la sillas ahora me tocaba sentarme en el lugar que le pudo corresponder. Sin embargo ahí estaba yo, replicando la inocencia de no saberme favorito de la vida cuando fuimos escolares con mi amigo desaparecido pues aunque sentado en aquella silla privilegiada del centro de vacunación no fui capaz en ese momento de aquilatar que durante la pandemia a muchos el destino les desatendió en sus unánimes súplicas.

Como dije era el quinto de un grupo de seis personas y ese fue de algún modo un conjuro matemático arrojado sobre nosotros puesto que el número corresponde con la dosis exacta de un extracto obtenido por vez de la vacuna Pfizer, y es como si el destino nos hubiera agrupado de a seis también en un único cubileteo de dados para decidir un desenlace compartido por todos. Una suerte de nuevo juego de las sillas solo que esta vez con igual número de sillas que de jugadores. Pero al mismo tiempo las mascarillas delante de todos esos rostros con identidades suprimidas enfatizaban que ese cubileteo de dados en busca del desenlace era obra del azar pues solo tiene una anónima obsesión por las cifras y no distingue a malvados de piadosos.

Y sí, allí estaba al fin el prodigio encapsulado en su cámara de frío. La esperanza engañosamente empequeñecida. Esa promesa de paz extendiéndose de a pocos sobre la fatigada Tierra. Un vaho se dejó escapar con la apertura del recipiente como una reminiscencia de cuando las sacerdotisas quedaban envueltas en una bocanada de aquellas emanaciones ante el oráculo que consultaban. De sus entrañas la enfermera extrajo el fantástico elixir que se perdió por un momento entre sus guantes de látex. Luego el frasco diminuto fue izado en un gesto suyo de buscar exactitud antes de perforarlo con la jeringa. Vimos resplandecer el azul de su uniforme que hizo de fondo momentáneo al frasco vidrioso. El primero de nosotros ya se había descubierto el hombro y alternadamente nos fuimos dejando llevar para recibir el pinchazo. Cuando llegó mi turno me atreví a ver cómo desaparecía bajo mi piel las tres medidas calibradas del líquido de la jeringa y que era empujado con lentitud por el émbolo. La sensación de dolor fue superada por el frío que me produjo la vacuna alojada a varios grados bajo cero. El esparadrapo dejó inmóvil la gasa en el punto donde la aguja se abrió paso. Todo estaba consumado. ¿Lo está…?

El futuro desde luego es incierto aunque algo auspicioso. Aún estoy a la espera de mi segunda dosis de la vacuna y solo he completado una parte de este sinuoso camino emancipado del dolor. Entretanto, mientras la pandemia persista los amaneceres habrán de sobrevenir arrastrando la huella de ser ofrendas con que el tiempo te abruma una vez más desde la ventana, y en mi diálogo silencioso con Larenas supongo que me acechará la culpa por usurparle su lugar en la silla también a él, culpa que solo podré confrontar enrostrando el dudoso mérito de haber sobrevivido.

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* A la memoria de José Luis Larenas Nieri (1973-2021)

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