Conocerse a uno mismo es un ejercicio al que no estabas acostumbrado, pero siempre se puede aprender. Eras ajeno a la capacidad – ¿natural? – que todos tienen de expresar emociones. Fue difícil confesar el abuso de tu padre cuando eras niño, pero lo hiciste. Todavía recuerdo el día por la sensación del sol sobre la piel; era verano, hacía calor, mucho calor, pero me gustaba sudar porque así parecía un verdadero piloto.

Jugaba aquel día con mi cohete nuevo. Estabas ahí, sentado sobre la raíz del guayabo. Te costó hablar. Dijiste que fue por mí, me agradeciste luego de pedir que me quedara conmigo. Desde ahí me entregué lo mejor que pude. Ofrecí mi mano, mis brazos y todo lo que pude para que olvidaras los reclamos de la vida que se iban a cernir sobre nosotros, porque aquello no estaba bien. Todos pensaban que las burlas o el desprecio no te afectaban, porque nunca lo expresabas. Yo sabía que en el fondo te lastimaban. Tu cuerpo se volvía frío cuando estábamos juntos, pensabas que era tu falta de experiencia. Desconocías muchas cosas de ti y quería ayudarte a explorarlas, aunque fui útil sólo un par de veces.

Creíste que tu padre te había condicionado a sentir y a amar de la forma en que lo hacías y que tú me condenaste también a la misma forma de amor. Pensaste que no me dejabas opción, creíste haberte aferrado a mí para resistir y nada más. Yo también me lo pregunté cuando lo gritaste, no lo negué porque nunca imaginé que hasta allá hubieran llegado los insultos. Sentiste que habías decepcionado a tu madre. Y entonces preguntaste: ¿morirías por mí? Me viste quedarme callado y huiste de mí. Te llamé dos veces antes de que cruzaras la calle.

No lo supe en ese momento, que lloraste durante todo el camino de regreso. De haberlo sabido estaría junto a ti, ahora, mirando cómo las olas ocultan tus huellas. Seguro buscas las mías, pero igual que el mar borra tus pisadas sobre la arena, el tiempo te hará olvidarme. Con el paso de los días dejará de doler, conocerás a alguien más y aprenderás a querer de nuevo, será diferente esta vez. La desolación que sientes ahora se convertirá en una sensación lejana, casi inexistente, como una brisa que cae sobre las hojas de los árboles sin apoderarse de ellas.

Cuenta nuestra historia, no me gustaría que se perdiera del todo. Guárdala como si fuera una fotografía, para que cada vez que la veas me traigas de regreso y me sientas a tu lado como un susurro diciéndote: te extraño. ¿Lo ves?, ahora no eres ajeno a ninguna sensación humana, nada de lo que sientes es ajeno a los demás tampoco.

Etiquetas: amar amor entregar historia

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