Estaba buscando excursiones en una página web desarrollada por
viajeros cuando lo vi y sin pensarlo demasiado, hice click en el link
y me apunté. Visita a las cavernas del Etna anunciaba
el título, dentro del apartado “aventura”; había una veintena
de fotografías increíbles que te llevaban a pensar que solo una
persona muy miedosa se podía perder ese paseo único.

Me
sorprendió que lo cobraran en efectivo al momento de la recogida…
tarjetas de crédito y otros medios de pago no figuraban como opción,
sin embargo no le di mayor importancia, tampoco al detalle que no
solicitaban en ningun lugar del formulario el número de documento o
pasaporte. Cuando terminé la inscripción y salió el cartel
“Registrato per il tour… y todos los detalles del día, horario,
tipo de calzado, abrigo y demás indicaciones no cabía en mi de la
alegría.

Me
recogieron muy temprano en el hotel, antes del horario del desayuno.

Partimos
en un grupo de doce personas, al llegar nos dieron unas llaves
correspondientes a los casilleros que estaban a la entrada y tuvimos
que dejar cámaras fotográficas y teléfonos.

Hicimos
un trecho de trekking de unos cuatenta minutos y luego ingresamos en
las cavernas que fueran el cauce de los ríos subterráneos de lava
que hubo alcanzado entre 850 y 1200ºC, según explicó la guía, que
es la temperatura del magma. Aun se ve perpetrada en la roca la marca
rojiza que dejó la piedra fundida a su paso. El color da cuenta de
la altìsima temperatura que las licuó, agregó para darle mas
dramatismo a la información.

Antes
de ingresar nos habían dado a cada uno unos cascos amarillos con
linterna como los que usan los mineros, fuimos adentrándonos en las
cuevas siguiendo a la guía que llevaba un potente reflector.

Llegados
a un punto donde se ramificaban los caminos cavernosos como las
arterias y las venas del sistema circulatorio se podía elegir
regresar o avanzar a las entrañas mismas de la tierra.

La
mayoría volvió, solo seguimos una pareja croata y yo. La guía que
hablaba muy mal en español y peor en inglés (croata no sabía) nos
indicaba donde apoyar los pies y las manos para cada movimiento. A
los pocos metros, difíciles de caminar y trepar, pero pocos, muy
pocos, no más de treinta, la chica croata comenzó a desesperar
víctima de una crisis de pánico y hubo que regresarla a la salida.

Como
cada cosa extra que se hacía era bastante costosa-y ya la habíamos
pagado de antemano- el croata y yo decidimos esperar que devuelva la
muchacha para unirla al grupo que regresaba y luego seguir nosotros a
las entrañas de la roca, como habíamos planeado.

Cuando
en una curva desapareció por completo la luz del reflector, quise
encender la linterna del casco, que no funcionó, quedamos sumidos en
la negrura más opacay oscura que jamás vi. Atiné en inglés “can
you turn on your flashlight, please?” A lo que el croata me
respondió “no english”, pero entendió.


el chasquido del botón de encendido de su linterna, que encendió
como un destello y se apagó. Temí moverme y creo que él también
porque nos quedamos petrificados, cada uno en los escasos centímetros
seguros donde teníamos apoyados nuestros pies, ya que al avanzar,
amparados en la seguridad que da la luz, la vista y las
instrucciones, no habíamos registrado por donde caminábamos. Yo
estire mis brazos todo lo que pude hasta el límite que consideré
estable, sin arriesgarme a perder el equilibrio e hice un barrido a
la altura de mis hombros y paralelo al piso, un aire helado y húmedo
se coló entre mis dedos y se instaló en mis manos. No toqué ni
choqué con nada en un radio de ciento ochenta o doscientos grados,
no giré completamente, tuve miedo, sentí el aire gélido penetrar
por mis narinas y congelar mis pulmones, en ese momento creí haberme
vuelto ciega, cerraba con fuerza y abría rápido mis párpados, todo
negro, no imaginé que fuera así la oscuridad. Advertía por el olor
acre del aliento, que mi compañero de tenebrosidad estaba cerca y
que era fumador, estamos salvados, pensé, todo fumador tiene
encendedor o fósforos. Pues este no tenía, por lo que entendí de
sus cortantes respuestas y su extraño idioma, todo lo llevaba su
pareja en la mochila.

El
croata no habló más, tampoco yo, el tiempo se hacía eterno, no
habíamos caminado tanto trecho desde que nos separamos del grupo
primigenio al que debía volver nuestra infortunada compañera, para
desandar el camino de las cavernas para los turistas que no siguen
internándose en la cueva como nosotros, esa parte estaba señalizada
con unos ojos de gato en el piso que indicaban el sendero aunque de
todos modos no se podía caminar sin guía.

Me
pareció que la espera se estaba haciendo muy larga, no podía tardar
tanto tiempo para ir y volver por un camino bastante sencillo y no
tan oscuro, una sensaciòn desconocida, veloz pero intensa, como de
electricidad me recorrió.

Nosotros
tres, los más audaces decidimos seguir por un sendero aventurero que
era muy prometedor a juzgar por lo caro que nos cobraron, nunca
imaginé que alguien que se lanza a la aventura de andar por las
entrañas de la tierra, voluntariamente y paga un alto precio por
ello, fuese a tener una crisis como la de la chica croata. Recordé y
entendí despues de muchos años la frase de mi mamá -nunca
subestimes el miedo, transforma a la gente- y era verdad.

No
sentía los pies ni las manos de tan fríos, solo percibía olores,
sonidos y frío, mucho frío, pero no podía confirmar nada porque
con mi compañero no me podía comunicar ni por señas, ya que no nos
veíamos. Me atravesaba un torbellino de sensaciones poco exploradas.
No pude conectarlas en mi mente con nada conocido. Un fuerte olor a
cueva de murciélagos me provocó náuseas y terror, por el mito con
que desde chicos jugábamos a asustarnos unos a otros “que
sobrevuelan y se enredaran en el cabello para siempre, y ya nunca más
es posible sacarlos de ahí”, por ese mismo terror me calcé la
capucha de la campera y ajusté el elástico alrededor de mi cara.

Por
un inconveniente que terminó en demanda judicial de un turista fue
que nos hicieron dejar en un locker a la entrada cámaras y
teléfonos. El hecho nos lo contó la guía en el viaje en bus, una
señora sacó foto con flash con su telèfono celular, cegando con el
destello a un turista de su grupo, justo cuando iba a poner el pie en
un peldaño de una escalera colgante y por ese desafortunado y
evitable suceso le erró y se desplomó incapacitándolo, arruinando
en forma permanente su rodilla derecha. El que demandó declaró que
el accidente fue causado por destello del flash, la empresa debió
indemnizarlo y a partir de ese momento los prohibieron.

Cómo deseé tener mi teléfono en ese momento! Que útil hubiera
sido para regresar.

El
miedo, el miedo verdadero, ese que instala en todas tus células la
inminencia de la muerte impostergable, ese que hasta ahora no
conocía, me jugó una mala pasada. Sensaciones extrañas, películas
siniestras se proyectaron en mi mente durante la opacidad de la
espera. La guía tarda demasiado, pero demasiado-demasiado.

No
tiene sentido gritar pues estamos esperando, todos saben que estamos
aquí, en algún momento volverá a buscarnos. ¿O no?. ¿Nos habrá
dejado?. ¿Se habrán accidentado en su camino de regreso con la
chica croata?. Están tardando mucho, ¿y si no vuelven? Nadie
registró nuesto ingreso, no vi planilla alguna de asistencia en el
bus ni en la garita de entrada.

Hace mucho frío y recuerdo la novela El país de las sombras
largas,
allí
describe como es el fin de los habitantes del polo norte, donde la
muerte es tan natural que se dirigen a ella como a pescar, donde los
esquimales ancianos saben que es hora de morir, y nunca
se resisten, y saben como hacerlo; entonces se sientan sobre el
hielo, a la intemperie y ahí se quedan hasta entrar en ese sueño
que provoca el frío, hasta congelarse, final e irremediablemente.

Huelo
a quemado, como a tela planchada con la plancha demasiado caliente,
estas cavernas fueron los cauces de los ríos de lava del Etna,
¿habrá entrado en erupción de nuevo? ¿Será mi último momento en
este mundo? ¿Y yo inmóvil por miedo a pisar en falso? ¿Perdiéndome
los últimos minutos de vida jugando a la estatua viviente?. Trato de
concentrarme. Ahora oigo ruido a agua que corre, nos habían dicho
que hay ríos subterráneos, pero no creo que se oigan sin aparatos.
No puedo reconstruír el camino por el que llegué hasta estos
escasos centímetros cuadrados que son mi base en este momento y que
no me atrevo a abandonar, no sé si fue por la izquierda, por la
derecha desde atrás o por el frente, no sé si llegué subiendo o
bajando. Vuelvo a extender los brazos y a barrer el aire, como un
limpiaparabrisas, pero ahora también hacia arriba y hacia abajo, sin
agacharme, no vaya a perder el equilibrio… no se si tengo a mis
espaldas un paredón o el borde de una grieta, todas las paredes son
ásperas, como de vidrio roto, si tan sólo tropezaras o las rozaras
con la yema de los dedos, te cortaría como una gillette, ya
nos advirtieron al respecto. Nuevamente toco vacío y aire helado muy
helado. Grito, y vuelvo a gritar hasta que me arde la garganta. Ya no
puedo controlarme mas. El eco es infinito, silbo hacia abajo y el
sonido parece caer en un precipicio. O no, ya no confío en mis
sensaciones. Muevo despacio el pie izquierdo hacia adelante apoyando
toda la suela de mi zapatilla y lo voy girando hacia atrás como
describiendo un semicírculo, vuelvo a ponerlo en su lugar y repito
lo mismo con el derecho, avanzo un paso de la medida de un pie, tengo
espacio, voy descendiendo, agachándome con extrema cautela sobre las
puntas de los pies, apoya mis manos para asegurarme que hay piso y me
dejo ir hacia atrás hasta sentarme. Siento la roca áspera y
escarchada en mis nalgas, una descarga helada me recorre la columna
vertebral y me hace castañetear los dientes. Mi compañero respira
agitado, también tiene miedo. Le pregunto si está bien y me
responde “No”. No volvemos a hablar.

No
soy capaz de calcular las horas que pasaron pero son más de tres,
estoy segura. El tiempo deja de ser importante. De nuevo el olor a
murciélago y un sonido inaudito como un silbato agudo pero quedo,
raro…

Soy
una estatua, mis extremidades no responden las órdenes de mi
cerebro, creo, no tengo como comprobarlo. Mi respiración se
ralentiza, oigo mi corazón cada vez más pausado. Quiero pensar en
algo pero no puedo. Siento sueño, mucho sueño, mis ojos se cierran
o creo que se cierran. Todo se funde a negro.

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