Como sonríen la tortugas ***(Premio Fundación Allianz)

Como sonríen la tortugas ***(Premio Fundación Allianz)

Marce Galbán

26/09/2021

El tigre se preguntó si era buena idea seguir adelante, sino era mejor regresar a las rocas donde se echaba a descansar al menos hasta mañana, después que se apagara el sol, con una nueva luna, aunque sabía bien que no podía darse ese lujo. Hacía varios días que no comía y ya estaba cansado y débil; al día siguiente iría a sentirse peor. De pronto escuchó un ruido al costado del sendero por donde caminaba, algo se movía entre las hojas. Inmóvil en la penumbra de la noche, el tigre agudizó la vista, tanto que dejó de ver; ahora sus orejas captaban mínimos movimientos en la oscuridad. Era tiempo de cazar algo para comer, pero había un problema: por el lugar andaba otro tigre. Lo supo del modo en que los tigres saben todas las cosas, con ese cosquilleo que iluminan las manchas negras en su piel dorada. De inmediato pensó que podría ser alguno de sus dos hermanos, aunque hacía tanto tiempo que no los veía que también ellos habían pasado a ser extraños que competían por el bosque. Además de ver con las orejas, ahora el tigre veía también con la nariz: olor a tigre en el sendero. No había dudas, otro tigre andaba por ahí. Pero las pisadas que recién había escuchado eran pisadas ligeras, no eran pisadas de tigre, aunque tampoco eran pisadas de un animal que podría ser una presa; de seguro alguna liebre o algún zorro. El tigre buscaba otra cosa. Una liebre no era digno rival de un tigre; con esas orejas largas que subían y bajaban según la ocasión; y un zorro era, en el mejor o peor de los casos, un competidor, pero nunca una presa. Decidió entonces seguir camino, cuatro pisadas que se repetían en otras cuatro pisadas, sobre aquel sendero en penumbras alumbrado apenas por la luz de la noche que se filtraba entre las hojas de los árboles. Y así, sin pensarlo demasiado, por instinto, por curiosidad o por hambre, unas horas después llegó hasta el lugar en el que no había estado nunca. Con sorpresa vio lo que en un principio le pareció imposible: el bosque se terminaba. Y más allá, una superficie sin árboles ni plantas, una franja plateada distinta a todo lo conocido. El tigre había descubierto la playa. De pronto había dos lunas, una en lo alto del cielo y otra temblorosa, en el horizonte. Y un rugido ensordecedor; provenía de todos lados, envolvía el aire y no lo dejaba pensar. El tigre nunca había escuchado algo así. Miró el suelo, pisó con desconfianza aquella superficie plateada y maravillosa, y al dar algunos pasos giró la cabeza para ver sus huellas en la arena. Así, envuelto en la adrenalina de lo nuevo, quedaba atrás el bosque y su penumbra silenciosa. Pero ahí la noche era brillante y plana y no tenía final, porque se unían, en lo interminable del horizonte, el cielo y la tierra en un mismo color. Al tigre no le gustó ver sus huellas en la arena, dejar semejante rastro lo delataba, y sin embrago no había otro modo de avanzar. Quería saber qué era ese lugar sin árboles ni plantas, con ese suelo brillante y movedizo, tan distinto a la tierra firme del bosque. Entonces lo vio, allí estaba el dueño de aquel rugido interminable y ensordecedor: el mar; se acercaba a la orilla y se arrugaba en pequeñísimas olas, y de pronto retrocedía temeroso del nuevo visitante para luego volver a avanzar. El tigre quiso huir, regresar a los senderos conocidos de su bosque, a la seguridad de su roca, pero sus ojos quedaron fascinados, sus orejas se acostumbraban de a poco a aquel rugido y después de un momento, se atrevió a acercarse a la orilla. Pero algo interrumpió el paisaje: una tortuga se arrastraba por la arena. El tigre sintió las irrefrenables ganas de saltar y ponerle una pata encima, pero no para comerla, una tortuga no iría a servirle de nada, con ese caparazón duro tan parecido a la corteza de los árboles, sino para hacerle saber que él estaba ahí, y que seguía siendo el más feroz entre todos los animales. Qué fácil sería atraparla, pensó el tigre, era como todas las tortugas, lenta y tonta. El tigre se agazapó y preparó el zarpazo. La tortuga parecía caminar hacia la oscuridad del mar, avanzaba a pesar de sus patas lentas y pesadas, y el tigre se quedó unos segundos quieto, mirando a la tortuga arrastrarse por la arena, buscar la orilla, esperar la ola y desaparecer bajo la espuma. Con sorpresa y admiración, el tigre envidió su coraje, y supo, en aquel momento, lo que era el miedo: el mar, misterioso y potente. Y lo supo, le tenía miedo al mar, el tigre, que a nada le temía. Aquella oscuridad salpicada por la luna era fascinante y peligrosa, y sin embargo la tortuga había enfrentado el mar con valentía, sola, sin ayuda de nadie, y se había dejado envolver por la espuma de la orilla. El tigre sintió la sangre correr por todo su cuerpo, como cuando estaba a punto de dar el zarpazo final tras correr a una presa, y tuvo ganas de rugir más fuerte de lo que rugía el mar. Si la tortuga había podido enfrentarlo, él también podría, para eso había nacido tigre, por eso lo respetaban todos los demás animales, y el mar también lo iría a respetar. El tigre miró las olas, no había imaginado nunca algo así, y sin pensarlo dos veces corrió él también hacia el mar. Primero sintió el frio del agua en la piel, y dio un salto para no dejarse atrapar por las olas, pero ahora su cuerpo entero estaba bajo el agua, en medio de aquel rugido interminable y ensordecedor que se mezclaba con su propio rugido, y se hundía sin nada que pudiera hacer, y burbujas de aire salieron de su nariz y sus patas lucharon para salir a flote, pero no había de donde aferrarse, y el tigre comenzó a hundirse cada vez más, sus movimientos frenéticos no servían de nada, no había escapatoria, se hundía el tigre entre las olas, solitario y final. Y de pronto la noche fue un silencio oscuro y distinto, una soledad en la que no había estado nunca, y en esa soledad oscura y distinta el tigre comprendió que no había forma de escapar. No se podía luchar contra el mar, el agua se dividía entre sus patas, y en aquel momento pensó en los senderos del bosque, en el destino de tigre que lo había llevado hasta allí. Ahora luchaba por sobrevivir, pero el mar no luchaba contra el tigre, y era por eso que el mar se lo tragaba de a poco; cuanto más se movía más rápido se quedaba sin aire, y segundos después se dejó caer pesado en aquel abismo arremolinado e interminable hacia el fondo del mar. Ya no tenía fuerzas. Se hundía en la ternura del agua, en las corrientes submarinas, se acostumbraban al fin sus ojos a tanta oscuridad. Cuando de pronto sintió que algo lo arrastraba hacia el aire de la superficie. El tigre no comprendía qué sucedía hasta que sus ojos vieron en la oscuridad del cielo una mancha blanca que se hacía cada vez más grande y luminosa, y al sacar la cabeza fuera del agua vio la luna y respiró una bocanada de aire que lo devolvió a la vida. La tortuga lo había salvado, pero ella ahora luchaba contra la corriente, el cuerpo del tigre era demasiado pesado y además, como bien había pensado el tigre, la tortuga era algo lenta y tonta, aunque sabía moverse en el agua, conocía el mar, la fuerza de las olas, y estaba dispuesta a salvarlo. Con mucho esfuerzo, la tortuga logró llevarlo a tierra firme, y con el poco aliento que le quedaba, el tigre logró salir del agua. Dio varios pasos y se dejó caer sobre la arena, donde las olas no podían alcanzarlo. Estaba exhausto el tigre, apenas podía levantar la cabeza y mantener los ojos abiertos. Quería alejarse de allí de inmediato. No volver jamás al mar. Tortuga, alcanzó a susurrar el tigre, prometo ser tu amigo. La tortuga miró al tigre con esos ojos lentos que tienen las tortugas, capaz de retener aquella imagen durante siglos. Y cuando el tigre recuperó fuerzas pudo levantarse para correr hacia la maleza; antes de perderse en la penumbra del bosque, el tigre miró hacia la playa, buscó con sus ojos de tigre los ojos de la tortuga, y a su manera le dio las gracias por haberlo salvado. Días más tarde el tigre encontraría a sus hermanos en el bosque, y le contaría con palabras de tigre acerca del mar y de su nueva amiga. Poco después, la tortuga apareció entre la espuma, empujada por la última ola; el esfuerzo de salvar al tigre había sido demasiado grande. Abrió la boca y tragó una bocanada de aire fresco. Dio algunos pasos y, como el tigre, también se echó a descansar sobre la arena. La luna se duplicaba en el horizonte, y brillaba, también, en las huellas que había dejado el tigre. La tortuga alzó la cabeza, miró hacia el bosque. Ahora tengo un nuevo amigo, pensó la tortuga. Lenta y tonta. Y sonrío, como sonríen las tortugas después de salvarle la vida a un tigre.

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