Me pediste que no te amara
y lo hice a sabiendas de lastimarme.
Rogaste a tu Dios que me alejara
y te seguí por la huella errante.
Mas, el camino tornó borrascoso
inundado de lágrimas sufridas.
Y el tiempo consumió solemne
el cortejo de nuestras almas perdidas.
Las hojas amarillentas como testigos,
de un pasado que duele, resquebrajan,
mutilando los recuerdos donde anidan,
los sueños que en paz descansan.
Creen que con ello abaten la desdicha,
que en suspiro silencioso exhalan.
No comprenden que la muerte se encapricha,
burlarse de lo que al destino le arrebata.
Vuelven las noches con sus ansias,
de clavarme las uñas como espinas,
para que sangre el corazón maltrecho
y se esfume el amor por las heridas.
Vuelve el día en su empeño por sanar,
el dolor que en la oscuridad habita.
Desatando en la triste soledad
un llanto amargo del alma que se alivia.
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